sábado, agosto 23, 2008

Los ángeles de ayer partimos camino al olvido. Homenaje a Carlos Geywitz

Poetas: Sergio Infante, Adrian Santini, Sergio Badilla y Carlos Geywitz

“Con nuestra púrpura fragancia
Los ángeles de ayer partimos camino al olvido.
Los días aquellos que oscurecieron los sueños
Reducidos a un susurro.
Muerte…"

Carlos Geywitz


Carlos tenía 29 años cuando llegó a Estocolmo. Joven revolucionario de Concepción, estudió sociología, fue detenido por los militares y luego se exilió en Estocolmo huyendo de la dictadura chilena, junto a otros cientos de chilenos y argentinos perseguidos.

En la hermosa Estocolmo aprendió todo lo que tenía que aprender. Aprendió a tomar café, a tomar mucho café, como lo hacen la mayoría de los suecos. Nunca más “nescafé”. Aprendió a sacarse los zapatos al ingresar a cualquier casa. Aprendió a decir su nombre al contestar el teléfono: “Geywitz”. Aprendió a llegar a la hora.

Pero sobre todo, abrazó a la poesía y nunca más la abandonó. Con sus amigos, Sergio Infante, Adrián Santini, Sergio Badilla y Edgardo Mardones, (que ahora están desolados), fundaron el grupo Taller, uno de los grupos poéticos valiosos de la historia moderna de la poesía chilena, aunque aún no se encuentre una antología del grupo. Esos eran chicos muy creídos y muy serios en la poesía. No era fácil polemizar con ellos, ni entre ellos. Se la tomaban muy en serio. Tan comprometidos que Sergio Infante y Adrián Santini se hicieron doctores en literatura en la universidad de Estocolmo. La disputa de un solo verso en un solo poema podía significar que no se hablaran en semanas.

Y yo creo que soñaban conquistar el mundo cuando en 1981 viajaban en tren desde Estocolmo, pasando por Malmö y cruzando Dinamarca hasta llegar a Rótterdam, para participar a ese gran encuentro, el encuentro en Rótterdam, del Instituto para un Nuevo Chile.

Fue en el departamento de Sun Axelsson. Fue en la casa de la escritora sueca que supe que Carlos era el chico regalón de la dueña de casa. Lo mimaba. Y Carlos tradujo dos libros de la Sun al castellano.

En 1989 se organizó un encuentro mundialmente famoso en Estocolmo. El evento "La Reconstrucción del Tiempo" -un mito en los círculos de poetas chilenos-, se inició con una recepción en el departamento de Sergio Infante y Aurora Azócar. Recuerdo que estaban allí poetas que venían de Chile como Teresa Calderón, Diego Maqueira, Carmen Berenguer, Andrés Morales, Elicura Chihuailaf, y otros venidos de otros países como Gonzalo Millán, Tito Valenzuela, Juan Cameron y Walter Hoefler. Estuvieron también allí los argentinos Mario Romero y Cristian Kupchick y los uruguayos Roberto Mascaró, Sergio Altesor, Juan Carlos Piñeyro. Y se hicieron charlas en la universidad de Estocolmo, cuando aún Sergio Canut de Bonn estaba vivo. Sé que Canut de Bon estaba vivo, por que lo vi entrar a la sala apoyado en un bastón. Apoyado en un bastón pero vivo (Canut de Bon al Nóbel). Recuerdo muy bien el día del encuentro en el monumental auditorium del Moderna Museet de la calle Skeppsholmen de Estocolmo. Digo que lo recuerdo bien, pues Carlos leyó su entonces ya emblemático poema sobre el cerdito, Amacnédota, que producía una risa contagiosa en el público, aunque el poema era triste y desolado y crítico de la civilización. Carlos tenía un estilo rockero, algo duro, irónico e incrédulo:

DESDE SIEMPRE INCREDULO
Una luz se me resbala por la infancia:
estoy yo, niño, sentado
sobre mis abismosdías, nombrando,
hacia las doce de la noche
a un Santa Claus
que lucha por librarse
de su paracaídas.

El año 1990 nos encontramos en Santiago de Chile, en el Encuentro Hispanoamericano de Poesía, de la Universidad de Santiago. Es difícil olvidar ya esas sobremesas en un restaurante cerca de las Estación Central, con Jesús Ortega, Sergio Badilla, Jaime Siles, Teresa Calderón, Antonio Cisneros y otros poetas más.

La última vez que vino a Chile fue en el ChilePoesía, que dirige José María Memet, con otros tantos poetas que viven fuera de Chile (Waldo Rojas, Jorge Etcheverry, Hernán Lavín Cerda, Sergio Infante, Ludwig Zeller, Sergio Macías, Raquel Jodorowsky, Carlos Trujillo, Ronald Kay, Hernán Castellano-Girón y Óscar Hahn). Era el año 2005 y yo estaba allí sentado en unas sillas de plástico que habían puesto en la plaza de la Constitución cuando Carlos Geywitz leyó su poema emblemático con La Moneda a sus espaldas. Estaba contento.

Y la noticia ahora dice que Tito Estrella lo encontró en su departamento.
Tito Estrella, emblema de los años de exilio de Estocolmo, lo encontró ya muerto en su departamento.
Todo ha terminado.
Y me han dado ganas de poner una música dura.

Cierro con un poema sobre la muerte seductora de Sergio Infante, que lo imagino lloroso, hoy en Estocolmo de agosto.

EMBLEMATICA
¡Mira!
La muerte se desnuda
en tu ventana,
Y eso
de la osamenta y la guadaña
apenas era un chiste,
un chisme del más acá,
el último susurro
de un mal fabulador.

viernes, agosto 15, 2008

Grito en la Noche. Visita a Sofía IV

Publicado en Diario Arbetet, junio 20, año 1991.

Es tarde por la noche en la capital de Bulgaria, Sofía. Acabamos de cenar en un restauran muy central y vamos hacia las faldas de la magnifica cordillera Vitosha, de vuelta al pequeño hotel, cuyo dueño es el primer empresario hotelero de la Bulgaria post comunista. Mi empatía con la ciudad crece y yo siento que, en realidad, todas las ciudades son mi ciudad. El que una vez ha emigrado recibe un virus: el virus de la aclimatación, es más fácil acostumbrarse. Mis ojos tienden a cerrarse dentro del taxi y huelo, por un momento, la esencia de la ciudad.
Estoy en camino de dormirme cuando un frenazo me saca del sueño.
¡Dios mío!
Un hombre está allí, frente al auto, al otro lado del parachoques. El hombre se cruzó y el chofer, a último segundo, logró frenar.
El hombre en la avenida grita confundido, como un pequeño niño que se ha perdido:
-¿Dónde está mi mujer? ¿Dónde está mi mujer?
El grito llena la noche con un desesperanzado y angustioso patetismo.
-¿Qué sé yo? le contesta el chofer.
El hombre mira dentro del auto mientras grita:
-¡Devuélvanme mi mujer!
Ahora él está lloroso, triste.
Mi amigo Ricardo Arroyo está sentado a mi lado en el taxi, sale y le pregunta en un nítido idioma búlgaro qué es lo que le pasa.
-Mi mujer me ha abandonado esta noche y debo encontrarla.
-Pero, hombre, tú entiendes bien que tu mujer no está con nosotros, ¿no?
-Sí, lo sé, dice el pobre hombre y llora. Y llorando agrega: pero de todos modos tengo que buscarla. Péguenme si quieren, yo soy tan tonto.

Nosotros no le pegamos, obviamente. Somos ajenos a ese tipo de masoquismo.
El y su mujer habían estado comiendo en el mismo restaurante que estuvimos nosotros. Había creído el hombre que su mujer se había ido con nosotros

En nuestro pequeño hotel post comunista me lavo los dientes, me desnudo y me acuesto. Apago la lámpara. Entonces me vuelve el grito, como un golpe dentro de mí:
¿Dónde está mi mujer? ¿Dónde está mi mujer?

Ese grito es la metáfora de la actual Bulgaria, pienso.
Pero es un pensamiento inconcluso: me quedo dormido.

jueves, agosto 14, 2008

Poeta de pocas palabras. Visita a Sofía III


Publicado en diario Arbetet, 8 junio 1991

Sofía es confusa, pero también muy amable. Es fácil tomar contacto con la gente. El Café Praha está lleno de humo de cigarro y de gente muy vivaz. Bebemos café con coñac. Le pregunto por la literatura búlgara a una amiga búlgara, una espigada bailarina que nos acompaña y que viste un llamativo jersey lila. Hizo unos llamados por teléfono y no nos demoramos mucho en estar en la casa de Deian Ene, un premiado joven escritor, en las faldas del monte Vitosha, donde vive con su mujer y sus dos hijos. El nos invita con un aperitivo de raika, un aguardiente búlgaro.
Deian es un treintañero profesor de inglés, y ha publicado el libro de cuentos “Lecturas para un tren nocturno”. Su segundo libro espera, pues el editor debe encontrar papel, un bien escaso en la Sofía actual. El escribe usualmente en diarios y revistas. Pero vive con una sensación de asilamiento, una claustrofobia que duele.
Miedo
Deian ha pasado toda su vida en Sofía. Sus contactos con el extranjero son pocos, aunque Bulgaria es un país Europeo muy central. Deian –igual que muchos otros jóvenes escritores europeos- es escéptico de la política. “La literatura es una manera de volar”, dice. “Escribir es un modo de buscar armonía entre el mundo interno y externo. Es como el amor: uno no sabe bien como comienza, pero luego uno no desea terminar. Pero cuando uno escribe sobre la gente, siempre está allí el entorno.”
El gran tema en la literatura búlgara es el miedo. Y vendrá a marcar la literatura en el futuro, quizás de modo más abierto ahora. En Bulgaria han empezado, paralelamente con la salida de diarios y revistas, a fundar editoriales independientes. “Hay tres grupos: el primero son los ex jefes, que aún publican mierda. El segundo grupo son editoriales que sólo quieren ganar dinero y publicar pornografía. El tercer grupo es el que está realmente interesado en la literatura, pero que hasta ahora ha tenido dificultades para establecerse en el casi inexistente mercado.
El tiempo pasó rápido y ya era muy de noche cuando terminamos la velada.

Minimalista

Al otro día mi amiga del jersey me presenta a otro escritor: Ivan Radief tiene 33 años y es un minimalista, cuidadoso con el idioma, con la palabra, con miedo a la retórica. Me cuenta que ha escrito una pieza de radio de 15 minutos, con una sola réplica.
-El único problema es que ellos pagan según el largo de la obra, dice y sonríe. El es un escritor que sonríe a menudo.

Raíces

Seis poemarios ha publicado y es redactor de Annales, la gran revista cultural de Sofía. El publica su propia revista, Naba. Mucha poesía minimalista hay allí. Por ejemplo, su poema Familia, tiene tres palabras: “Y era amor”.
-Mientras menos palabras, el poema es más libre. Debemos ir a las raíces, dice. Y las raíces están en un camino donde muchas otras raíces se cruzan. Bulgaria es una cultura mezclada. No son catedrales, son árboles lo que necesitamos, allí están nuestras tradiciones.

martes, agosto 12, 2008

Las campanas de la iglesia doblan de nuevo. Visita a Sofia (I)



Publicado en el diario Arbetet de Suecia, domingo 10 junio 1991

La ciudad de Sofía –una de las ciudades Europeas más verdes- se silencia y en sus numerosos parques la gente por cortos segundos se queda pensativa cuando doblan las campanas de la iglesia rusa . Varias décadas en silencio se reúnen en este momento, todos esos años que las campanas no pudieron doblar en Sofía.


Damos vuelta la cabeza hacia el horizonte de la avenida y allá está el centro moderno de Sofía y su funcional arquitectura comunista.


El lado sur de la plaza 9 de septiembre limita con el ostentoso mausoleo de Dimitrov. Allí marchó la gente el año pasado y los más exaltados querían prenderle fuego al mausoleo donde Georgi Dimitrov (1882-1949), el padre del estado comunista, estaba embalsamado. Un sacerdote habló con energía a las masas, como un gallo de pelea elevado en el mausoleo de piedra iluminado por los focos del monumento. El convenció a las masas de no destruir el mausoleo. Al día siguiente llegó un helicóptero militar y levantó la estrella roja . El cuerpo embalsado de Dimitrov se sacó a escondida por la noche y se enterró en un lugar secreto.



Aún no se sabe quien le prendió fuego al edificio del partido, hacia el otro lado de la avenida. La oposición habla de provocadores y al actual jefe de partido, Dimitri Lilof se le llama “von” Lilof. La explicación está en un pedazo de historia europea: George Dimitrov fue acusado por los nazis de haber quemado el Reichstag en 1933. George Dimitrov es ahora un cuerpo desaparecido y el edificio quemado del partido comunista una marca del presente.




En este preciso momento, las campanas de la iglesia rusa han dejado de sonar.

domingo, agosto 03, 2008

Poeta callejero, mujeriego, bebedor y algo cafiche

La Casa de Dostoievsky. Ultima novela de Jorge Edwards

Todo empezó cuando me enteré que había un nuevo libro de Jorge Edwards, La Casa de Dostoievsky. Conseguirme el libro fue fácil. Buscar un momento para leerlo, eso fue lo difícil. El sábado opté por algo simple y barato: no levantarme de la cama. Llevé el té del desayuno, mi pan con palta y el libro al velador y así transcurrió la mañana y transcurrió la mañana y transcurrió la mañana y ya había leído el primer capítulo de la novela.

Pues, deben saber que la novela tiene tres capítulos.

El primer capítulo, La espalda de Teresita, son los inicios de un joven poeta, llamado simplemente El Poeta, un vate callejero, que con sus amigos, el Chico Adriazola y Eduardito Villaseca, aplanan esas cuadras del centro de Santiago, entre el Mapocho, el parque Forestal, y el cerro Santa Lucía, a fines de los años 40 y años 50, una época en que Santiago era aún un lugar para vagabundear. Una época en que el Poeta vivía en una covacha, una pieza que da título irónico a la novela, la casa de Dostoiesvky. Se iban, a veces, a tomarle el whisky al papá de Eduardito y luego hablar de poesías, de poetas y por su puesto de mujeres. El Poeta se tira a la hermana del chico Adriazola, aborto de por medio, y luego se enamora de Teresa Echazarreta Guzmán o Vidal (no está claro), una chica bien, que descoloca al Poeta y cuya locura lo hace pasar un fin de semana en un calabozo de la Primera Comisaría de Santiago, que estaba ubicada (y aún lo está) en McIver con Santo Domingo.

En el segundo capítulo, De Tránsito, el Poeta abandona su cuchitril Dostoiesvky, sale por la ventana, tira la llave y se va caminando hacia la cordillera hasta llegar a la casa del Antipoeta en los faldeos de La Reina. Después se va a Isla Negra, y en las cercanías arrienda una pieza con piso de tierra. Un día el Poeta se embarca en el aeropuerto hacia Francia. Allí se encontró de nuevo con Teresa Echazarreta, que estaba casada con un palogrueso (como se decía entonces). Un día el marido llegó a su estudio en el séptimo piso con una pistola. Le apuntó a la cabeza y disparó. El sonido fue aterrador, pero la bala era de fogueo. Y, por ese hábito social de que conocidos presentan a conocidos, el Poeta se encontró con un cubano, y colaboró en la revista cubana Casa de las Américas. Y así, o de un modo que se cuenta mejor en el libro, llegó a Cuba, donde ganó el premio Casa de las Américas y, por razones que cuesta saber, se quedó viviendo unos años en La Habana, donde se casó con María Dolores y vivió con ella hasta que María Dolores, cansada de las trasnochadas de su marido, quedó embarazada de un amigo del Poeta. Y María Dolores se lo contó un día directamente:

“-Que estoy embarazada-dijo ella.

-¿De quién?

-De Alejandro –respondió ella- de Tomás Alejandro Tritón.”

Y luego él:

“-¡Imbécil!, dijo, agarrándose los pelos-. He sido un perfecto imbécil.

-Yo no sé –respondió ella, lloriqueando-. Yo creo que me porté mal, pero ya la cosa no tiene remedio.”

Efectivamente, sin remedio, el Poeta se quedó solo. Y siguió conviviendo con esa pandilla, ya algo infectada, de poetas que estaban bajo la mirada sospechosa de los llamados organismo de seguridad del estado. Y ustedes saben bien lo que les pasó a esos poetas en Cuba. Y ustedes saben bien que al final Heberto Padilla se auto inculpó. La mundialmente famosa Autocrítica. El Poeta estaba allí en la sala de Unión de escritores con la cabeza entre las manos cuando Heberto Padilla comenzó su lamentable caída:

“Ya sabemos lo que dijo Heberto Padilla en aquella sesión vertiginosa, sorprendente en más de algún sentido, abismal, y de alguna manera clásica, acorde con la mejores tradiciones del socialismo real, y digna, por lo tanto, de ser registrada.”

El Poeta de la novela La casa de Dostoviesvky, siente también que la mano que aprieta de la seguridad cubana, lo tiene rodeado, le escuchan sus conversaciones y le pinchan los teléfonos.

Y rápidamente, el desencantado poeta estaba volando a Santiago de Chile. En el aeropuerto Cerrillos (que ya no existe y que pronto será habitado por casitas y poblaciones) lo esperaban Adriazola, Eduardito y Teresa Echazarreta. Y ya estamos en el Chile de Allende y su cierre en la dictadura militar, en el capítulo 3 y final, La Ciudad del Pingüino.

El Poeta es, sin duda, un decepcionado de la revolución cubana, tal como lo fue el autor del libro, Jorge Edwards (O Eguar, como le decían los cubanos). Hacia el final, el Poeta, enfermo de cáncer, le pide a Teresa, para sorpresa de todos, que lo velen en una casa del Partido Socialista, sin curas y sin rosarios y esas cosas católicas.

“-Mis restos deberían salir de una casa del Partido Socialista que hay allá por la calle Dieciocho, sin pasar por ninguna iglesia.”

Eso dice el Poeta, al final del libro.

Y muere.

Y cuando muere, el lector, -o sea yo-, yo tirado sobre mi cama de este sábado lluvioso y frío, me da un poco de pena el desánimo interior de El Poeta.

Y eso que yo no soy muy propenso a ponerme triste.

¡Lo qué son las cosas con las novelas!

Luego, en camino al cementerio “el Antipoeta dijo que los funerales sin curas, sin cánticos religiosos, sin responsos de preferencia en latín, acompañados de las correspondientes aspersiones del ataúd con agua bendita, eran demasiado tristes, fomes”

Después que me dio un poco de pena, me dio algo de risa el comentario del Antipoeta.

No sé por qué, pero a mí me dan risa los chistes en los funerales.

Y allí llegué a la página 329 y final.

El día sábado se había puesto oscuro. Me preparo para cenar con amigos, unos de los cuales ya ha leído la novela. Y fue en la sobremesa, ya estábamos en los bajativos, cuando me explico algunas influencias de la novela.

El libro tiene algo de la buena novela de Marcelo Mellado, Informe Tapia y sus poetas estructuralistas (estructuralistas de nivel chileno) de las cuencas de los ríos, (y Edwards toma, por lo demás, esa técnica, de usar diversos apellidos para los personajes, que le otorgan el estilo etéreo y de memoria frágil al relato).

( Y ahora mismo me acuerdo que Informe Tapia la presté y nunca la devuelven los huevones).

Y la novela se parece en algo a Detectives Salvajes de Roberto Bolaño (aunque con menos fondo). Algo tiene de Memorias de un tolstoyano de otro Premio Nacional, Fernando Santiván, sobre una colonia Tolstoyana, una breve experiencia artístico-comunitaria de los años 1904 y 1905, de los jóvenes escritores Augusto D’Halmar, Fernando Santiván y Julio Ortiz de Zárate. Y si vamos a seguir con las referencias habría que citar en Chile, el cuento de Enrique Lafourcade, que se llama Muerte del Poeta, de unos jóvenes poetas que llegan a hueviar al funeral de Vicente Huidobro en Cartagena. Y, ¿por qué no?, lean también El Poeta Chileno, que publiqué inicialmente en sueco, hace casi veinte años.

De la novela se pueden deducir algunas cosas básicas. Por ejemplo, se podría colegir que los poetas chilenos son, por condición, por estructura adenítica, callejeros, mujeriegos, bebedores y algo cafiches, y que acostumbran a tener un lado B, oscuro y retorcido, algo odioso.

¿Conocen ustedes algún poeta chileno?

Si ustedes conocen alguno, como yo, sabrán reconocer que El Poeta de la novela se acerca algo, se parece por lo menos, (sin que nadie se ofenda), a la descripción de un poeta chileno standard. Un tópico.

Quiero decir, por lo tanto, que reconozco aquí en esta novela algo de ficción interpretativa sobre los brillos y las derrotas de la poesía chilena.

Quizás, suena presumido decir “brillos y derrotas de la poesía chilena”.

Ya. Lo reconozco.

Se los presento de otra forma:

La novela recuerda que los poetas chilenos tuvieron relaciones, -a veces utilitaria, a veces fiel y la mayoría de las veces de costado-, con la política y con la izquierda. Y como tales, grandes escritores chilenos sufrieron grandes líos con los cubanos castristas en su época de gloria y dominio cultural. Así ocurrió con Pablo Neruda (la felona carta de los escritores cubanos a Neruda que lo acusaban de dejarse comprar por los imperialistas). Así ocurrió con Nicanor Parra (después de su té con Pat Nixon, una carta visada por el cubano Roberto Fernández Retamar que decía “Como revolucionarios condenamos su confianza en el imperialismo”,) y así ocurrió con Jorge Edwards (encargado de negocios de Allende que fue declarado por Fidel Castro como Persona Non Grata en la isla). Además, esas malas relaciones con los cubanos, llevaban siempre un antipático eco local de escritores chilenos.

¿Me explico?

Esta novela de Edwards no es, naturalmente, una novela de vanguardia, ni de un desesperado e insensato escritor de novelas con barranco. No. Y hay algo de déjà vu en las historias, la sensación de haberlas escuchado antes. Pero es una novela que a mí me entretuvo y me gustó leerla, justamente, -miren qué paradójico-, por lo mismo que algunos critican duramente a Edwards, es decir: su frivolidad, su divertimento, sus alusiones humorísticas, el despliegue de cultura y buen humor para construir, con intrigas bien contadas, una vida.

De cualquier modo, es una novela mucho más útil que la anterior novela de Edwards, El Inútil de la Familia.

Hay varias formas de leer novelas. (Y que cada quien lea como quiera, por lo demás). Yo la he leído este sábado de invierno de lluvia inclemente, como ficción (mentirosa ficción, ambigua construcción sobre una realidad). Una imagen, pero no falsa (¿Borges?).

Aunque en la novela hay hechos muy pegados a cierta realidad, por ejemplo la anécdota de cuando el Poeta conoce a su mujer cubana María Dolores, está ya contada en el libro Persona Non Grata, y allí Edwards nombró directamente a Enrique Lihn y su mujer. Pero a mi me importa un pepinillo de que carne está hecho El Poeta de Edwards.
Yo he leído la novela como si fuera, precisamente, una novela. Pero hay otros, otros por ahí, que ahora la leen como infidencias, como un Roman à clef (novela en clave). Para ellos los personajes son trasuntos (transposición, representación) reconocibles (o semi) de seres reales. Esta novela sería, según se sugiere, la biografía no autorizada de, digámoslo, Enrique Lihn. El “avatar”, así se llama ahora al yo virtual, sería el retrato (arbitrario y cobarde) de una de las figuras más influyentes de la poesía chilena. Es una forma de leer con criterio de farándula.

Puede ser, quizás, que ese mismo licor agrio y descreído que fluye en la sangre densa del Poeta de la novela de Edwards, sea el mismo licor, quizás, que fluya hoy por las venas de esos críticos de Edwards. Quizás, sin que se den cuenta, actúan igual que El Poeta de la novela, en su lado más turbio, en su lado más oscuro de la luna: de modo acre. En el fondo, quizás, le rinden homenaje al lado pesado de El Poeta. Qué sé yo.

En cambio, creo que los lectores masivos leerán la novela, tal como la he leído yo, este sábado frío: como una grata novela, como una buena novela.