lunes, mayo 11, 2026

Eras exquisita, Rosalie, tan exquisita que aún regresas cuando la luz se vuelve amarilla. Poema de amor a una stripper de Charles Bukowski

 Poema de amor a una stripper de Charles Bukowski 


Hace 50 años yo iba a ver 
a las striptiseras del Burbank y del Follies
Todo era muy triste y muy dramático.
La luz mudaba del verde al
Púrpura y al rosa
Y la música era vibrante y luminosa.
Ahora estoy aquí esta noche
Fumo y escucho música clásica
Pero aún recuerdo algunos de sus nombres: 
Darlene, Candy, Jeanette y Rosalie.
Eras la mejor, una experta, Rosalie.
En los asientos nos movíamos 
Y rugíamos
Cuando tu encanto, Rosalie, 
se ofrecía a los solitarios
Hace ya tanto tiempo.
Ahora, Rosalie,
O estarás muy vieja o
Muy quieta bajo tierra,
Yo soy aquel muchacho con acné,
Que mentía sobre mi edad,
Sólo para verte.
Eras exquisita, Rosalie,
En 1935, 
tan exquisita que aún regresas
cuando la luz se vuelve amarilla
Y las noches son tan lentas.

Poema de amor a una striptisera-Charles Bukowsky
Love poema to a stripper


Chinoy y Michael Strunge

 


Camila Fadda




 

viernes, mayo 08, 2026

Gran éxito de Boite Bijoux. La vieja tradición pícara en el teatro chileno del deseo y el pecado en un burdel, ah, la ausencia de corrección política. Homenaje a los hermanos Tomás y Eliana Vidiella.


A tablero vuelto. Vibrante noche en el Boite Bijoux dirigido por Rodrigo Bastidas y Magdalena Max-Neef. Un homenaje a los hermanos Tomás y Eliana Vidiella. La vieja tradición pícara del burdel en el teatro chileno. Solo faltaron las piscolas.

La obra "El gran show internacional de Cabaret Bijoux" fue escrita por el dramaturgo argentino Alberto Zemma. Un éxito en Buenos Aires en 1975. 

En 1976 José Pineda hizo una adaptación y Tomás Vidiella hizo una montaje en Chile que permaneció en cartelera durante 10 años. 

En septiembre de 1989 se volvió a montar en el teatro Providencia con Claudia Santelices como la vedette que realiza un striptease.


La vieja tradición del burdel en el teatro chileno

 “Los siete espejos” fue un burdel de Valparaíso de la calle Clave que estaba adornado con siete espejos de marco dorado en el palpitante barrio rojo del puerto, donde las noches se llenaban de hombres que salían de allí al amanecer.

Isabel Allende, la escritora que se merece el premio Nobel, escribió la obra Los Siete Espejos sobre  la vida de cuatro mujeres que deben fingir, beber y sonreír.

Tomás Vidiella realizó el montaje junto con su hermana Eliana en 1976. Con la música de Francisco  Flores del Campo fue un éxito de público. Durante un año provocó risas y aplausos. 

Patricia Iribarra, Soledad Rengifo, Nona Campbell, Mariane Klagges, Tomás y Eliana Vidiella

De allí saltó a Cabaret Bijoux.

Tomás Vidiella murió durante la pandemia. Y ahora el teatro le rinde merecido homenaje.

TEATRO NACIONAL

En el ámbito del teatro chileno, la mujer de la noche, la trabajadora sexual,  sostiene un imaginario teatral como un gran mar nocturno

La Remolienda" de Alejandro Sieveking con el personaje de "La Chepita", una joven de veinte años de Puerto Montt que se dedica a la venta del amor pagado.

"El Abanderado" de Alberto Heiremans representa a "La Pepa de Oro" quien se dedica al trabajo sexual en San Antonio. La obra "La Negra Ester de Roberto Parra de 1971 sobre una mujer que ejercía en el prostíbulo "Las Luces" fue llevado al teatro por Andrés Pérez en 1988.

 

Foto de Sergio Larraín

 El fotógrafo chileno Sergio Larraín 1931-2012 capturó el lugar Los Siete Espejos en 1963, en la calle Clave del barrio Puerto, logrando imágenes que hoy son arte. 

Foto de Sergio Larraín







 

lunes, mayo 04, 2026

La tarde en que la uruguaya Ema Risso Platero de 28 años visitó a Gabriela Mistral en Petrópolis, Brasil: "Pensé en una montaña, en un valle, en un río."

Ema Risso Platero nació en Montevideo en 1915, y murió en París, en 1981. Fue una escritora y diplomática uruguaya. También incursionó en la actuación y en las artes plásticas.

TARDES CON GABRIELA MISTRAL

Ema Risso Platero

Publicado en Los Anales de Buenos Aires nr 3 de 1946.

Una tarde de verano de 1943, en la Academia de Letras de Río de Janeiro, discutían varios escritores. Ya entonces el continente reclamaba el premio Nobel de literatura para la querida y admirada poetisa de América. Aunque todos reconocíamos que el talento de Gabriela Mistral merecía tal honor, recuerdo que yo protesté con enérgica vehemencia, explicando que Gabriela no reclamaría nunca los merecidos laureles. Sólo el tiempo pudo lentamente arrebatarle su obra, pronto difundida de tal modo, que Gabriela no supo ya luchar contra una reputación literaria que ella jamás buscó. No sé qué métodos persuasivos empleé, utilizando mi mejor portugués, pero creo que convencía a estos venerables señores pues, al poco rato, aprobaban plenamente mi manera de pensar.

Han transcurrido mil días, castigando mis recuerdos, mis esperanzas, mis arrepentimientos.

Hoy, por primera vez, manos sudamericanas han recibido los gloriosos laureles. La majestuosa silueta avanzó con su rostro grave y sereno. Gabriela —montaña, valle y río— agradecía modesta y naturalmente al anciano rey Gustavo "en nombre de todas las mujeres de América”.

En un tibio atardecer de verano, llegué a Petrópolis, la hermosa ciudad de las flores que albergó las horas más felices del emperador Pedro II, último monarca de América, el hombre culto que consiguió abolir la esclavitud en el Brasil y que mantuvo estrechas relaciones de amistad con los grandes espíritus de su época, Pasteur, Charcot, Lamartine, Víctor Hugo, Wagner, Nietzsche ... Yo iba a visitar a la admirada escritora, llevando mis pocos méritos y mis innumerables inquietudes.

En una amplia avenida de la ciudad de las hortensias se encuentra la casa de Gabriela Mistral. El gobierno de Chile le ha concedido el privilegio de poder llevar al lugar que desee el consulado de su país.

Después de haber llamado y esperado en vano alguna señal, decidí empujar la puerta del jardín que sin duda no tuvo nunca cerrojos, lo que me invitó a franquear también la de la casa. Desde entonces, ya me pareció natural y hasta necesario internarme en el silencio y comencé la ascensión de una crujiente e ignorada escalera como si no hubiera hecho otra cosa en mi vida. Recién en el primer piso apareció una sonriente muchacha a quien inmediatamente regalé la preparada frase destinada a la autora de "Desolación”. La joven me miró asombrada diciéndome que la dueña de casa tenía cincuenta y tres años. Yo no lo ignoraba; sin embargo, desde que me encontré en su casa y aún antes de verla, sentí que todo estaba tan misteriosamente ligado a su presencia, que ésta podía ocultarse en cien metamorfosis que no habían de extrañarme. Cruzamos cinco, seis puertas y me encontré delante de una extraña belleza poseedora de los más suntuosos ojos verdes que he visto jamás. Estuve a punto de convertirla también en Gabriela, pero mi acompañante, amante de la verdad, se apresuró en presentármela con un nombre de complicada ortografía. Era una famosa actriz del primer teatro de Varsovia, que la guerra había desplazado hasta el lejano Brasil.

Gabriela la albergaba en su casa; a ella acuden escritores y artistas ávidos de consejo. Incontables en el corredor, me habían hecho tropezar los gruesos baúles de Falconetti.

Inadvertidamente, al fin, se abrió otra puerta, formando marco a la silueta inconfundible.

Pensé en una montaña, en un valle, en un río.

Me agradecía Gabriela que yo hubiera tenido "la fineza de subir a verme” (en Petrópolis se dice: bajar a Río). Olvidé enteramente el tan pensado discurso. Su voz, milagrosamente dulce, repetía las palabras de bienvenida, mientras yo, absorta, la contemplaba. Era un paisaje luminoso, un canto sin fin, a veces un lamento.

Conversamos largamente en tono ceremonioso y confidencial. Ella había ido a Petrópolis "siguiendo la mirada portuguesa”, pues había vivido mucho tiempo en Portugal. El suave carácter de los portugueses no chocaba a su timidez.

—¿Usted no es tímida? —me preguntó imprevisiblemente.

—Creo que no —respondí avergonzada.
Declinaba la tarde del caluroso día. Las sombras invadían la estancia, una ventana empezó a golpear reclamando preparativos para la noche. Movida por no sé qué mandato, me levanté.
—¿Mañana a las cuatro? —dijo Gabriela.
Esa fórmula se repitió y al correr de las tardes me despedí al tácito acuerdo de la inexorable ventana.
Habla Gabriela y su voz de agua me explica cómo adoptó su seudónimo, Mistral, en recuerdo del poeta provenzal laureado en 1904 junto con Echegaray con el premio Nobel de literatura (Gabriela vivió mucho tiempo en Provenza y ama a Francia muy especialmente). Y me cuenta del verde color del valle de Elqui, de Vicuña, la pequeña ciudad del norte de Chile que vio nacer a Lucila Godoy Alcayaga, de los años en que fue maestra, de la alegría de las rondas de niños.
En el cuarto vecino se escucha el teclear incesante de una máquina de escribir. Una hija del barón de Río Branco está traduciendo un extenso trabajo sobre Santos Dumont. Entra un apuesto muchacho, un sobrino que llama cariñosamente "mamá” a su tía Gabriela y que poco después murió en trágicas circunstancias. Un perro lacio y taciturno pasea tristemente sus inexplicables orejas. Una sirvienta obesa y familiar deposita sobre un banquillo la bandeja con el "cha”.
El azar de la conversación trae los nombres de la amistad o de la admiración: Valéry, Claudel, Supervielle, Juana de Ibarbourou, Victoria Ocampo, Manuel Bandeira, Claudio de Souza, la última persona que vio vivo a Stefan Zweig, cuyos restos descansan en Petrópolis. Y me dice Gabriela su amor por la tierra, en la que ha sumergido sus manos. Y la enseñanza de los largos viajes.
Hay, sin embargo, en el Brasil un lugar donde le gustaría "terminar sus días”. Es la isla de Paquetá, una de las islas más exóticamente bellas del mundo, que pocos días después visité y que tampoco hubiera querido dejar. Isla donde el dinero es casi desconocido, la sonrisa la única ley, y cuyas flores desprenden al atardecer misteriosas notas musicales que toda la noche, incansablemente y por doquier, repiten felices los negros habitantes.
Una tarde me habló Gabriela de la Biblia, de la muerte, de extraños presentimientos y de inexplicables coincidencias. Caía sobre Petrópolis una de esas imprevistas y persistentes lluvias que lo anegaban todo y que al interrumpirse no dejaban rastros.
Prematuramente oscurecía. Las palmas de Gabriela expresaban un extraño dolor.
De pronto "vi” dibujarse claramente en una pantalla luminosa, nítidas, las palabras de Gabriela. Se perseguían las letras, formando palabras, frases, páginas. En ese momento mi pensamiento se sintió bruscamente ocupado en colocar comas, puntos, punto y coma . .. No sé cuánto tiempo duró el extraño sortilegio, no sé cuántas páginas se esparcieron en el espacio. El cuarto estaba ya completamente oscuro. Las palabras se perseguían luminosas y vibrantes, materializadas, visibles.
Al irme quedó Gabriela inmóvil y muda, olvidada totalmente mi presencia. No me atreví a interrumpir su diálogo con extrañas fuerzas para mí ignoradas. Salí en una atmósfera de sueño, cerrando sin ruido la puerta.
Había cesado la lluvia. Ávida de realidad respiré el olor de la tierra húmeda, nerviosamente lastimé mis dedos en la corteza de un árbol.
Hoy, mudo, mi recuerdo se prolonga desde este lejano Buenos Aires. Mis manos reposan, reflexivas, sobre la inmerecida dedicatoria de un libro.
El viento llama, insistentemente, a la ventana de mi cuarto.
¿Es verdadero el episodio de la última tarde en Petrópolis? Tal vez no. Por lo pronto, cuenta con demasiados antecedentes en la buena literatura: las vocales de algún soneto de Rimbaud, la selva oscura del Infierno, dove il sol tace, la luz tácita de Virgilio. . . Así es, tal vez he mentido, ¿pero cómo trasmitir la impresión que causa Gabriela Mistral, sin esa inocente metáfora?


NORAH BORGES





domingo, mayo 03, 2026

La cárcel del preso político Tzinacán, según el boceto del artista argentino Horacio Zavala, sobre el cuento de Jorge Luis Borges, La escritura de Dios



Anteproyecto para Tzinacán de Horacio Zavala (Buenos Aires, 1943) destacado artista conceptual y arquitecto argentino. Proyecto arquitectónico de una cárcel inspirada en el cuento La escritura de Dios (1949) de Jorge Luis Borges:
EL CUENTO DE BORGES
La cárcel es profunda y de piedra; su forma, la de un hemisferio casi perfecto, si bien el piso (que también es de piedra) es algo menor que un círculo máximo, hecho que agrava de algún modo los sentimientos de opresión y de vastedad. Un muro medianero la corta; este, aunque altísimo, no toca la parte superior de la bóveda; de un lado estoy yo, Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, que Pedro de Alvarado incendió; del otro hay un jaguar, que mide con secretos pasos iguales el tiempo y el espacio del cautiverio. A ras del suelo, una larga ventana con barrotes corta el muro central. En la hora sin sombra se abre una trampa en lo alto y un carcelero que han ido borrando los años maniobra una roldana de hierro, y nos baja en la punta de un cordel, cántaros con agua y trozos de carne. La luz entra en la bóveda; en ese instante puedo ver al jaguar.

EL CUENTO DE BORGES
"La escritura de Dios", uno de los cuentos más profundos de Jorge Luis Borges (incluido en El Aleph, 1949), aborda la relación entre la divinidad, la prisión, la memoria y la pérdida de identidad cultural. El cuento narra la historia de Tzinacán, un mago de la pirámide de Qaholom, quien es encerrado por los conquistadores españoles. Desde su calabozo, Tzinacán intenta descifrar una sentencia mágica escrita por su dios al inicio de los tiempos, que le permitiría liberarse, pero que también representa la esencia de su cultura destruida. 

Eras exquisita, Rosalie, tan exquisita que aún regresas cuando la luz se vuelve amarilla. Poema de amor a una stripper de Charles Bukowski

  Poema de amor a una stripper de  Charles Bukowski  Hace 50 años yo iba a ver  a las striptiseras del Burbank y del Follies Todo era muy tr...