miércoles, abril 08, 2026

El país está lleno de traidores que buscan un líder. Biblioteca Nacional, jueves 31 de agosto de 1995.

 




Los titulares de los diarios del kiosko dicen que el cohete con el satélite chileno falló. Se frustró el despegue. 

El estallido del cañón del cerro Santa Lucía me sustrajo de la lectura. Son las doce.

Subí las escalinatas de la Biblioteca Nacional por la entrada de Moneda, en la galería azul me crucé con la apresurada directora de la biblioteca, Marta Cruz Coke. Subí al segundo piso y en las afueras del salón Ercilla estaba reunido un grupo de literatos alrededor de Jorge Teillier, como si fueran viejos compañeros de curso, niños de escuela. 

Entramos y en un mesón de mantel rojo que cruza la sala se sientan Jaime Valdivieso, Jorge Teillier y Jaime Quezada. Al frente de ellos nos sentamos 28 personas, como si fuéramos alumnos. El joven editor nos dice:

Ahora se va presentar el libro "Jorge Teillier, el poeta de este mundo" de Jaime Quezada

Enrique Lafourcade se sienta, abre un cuadernito y anota sin saludar a nadie, como si estuviera enojado. Es un niño difícil. El niño inquieto de Enrique Volpe, en cambio, mueve la cabeza afirmativamente cuando algo le parece bien, o comenta en voz alta la elocuencia o el silencio de un poema, con su vecino de banco, Oreste Plath.


Valdivieso dice que los poemas de Teillier iluminan u organizan su visión del mundo, y afirma que es bueno que, en este mundo en que nadie lee, se hagan pequeños libros de bolsillo que explican la esencia de los escritores.

Teillier tiene su mano izquierda sobre la carpeta roja posada en el mesón y la mano derecha  descansa en el interior de su chaqueta, detenida como si fuera a sacar la  lapicera o una pistola. De repente nos mira seriamente a los ojos, como hurgueteándonos

Jaime Quezada va a decir ahora que su librito es un homenaje a Teillier por sus 60 años, y un agradecimiento por que Teillier le publicó su primer poemario en los años 60.

—Mi libro es un homenaje a Teiller y un agradecimiento.

Quezada está leyendo parte de las 18 páginas de la introducción a los poemas, cuando entra Poli Delano a la sala con el pelo mojado peinado como si estuviera saliendo de la ducha. Llegó tarde a la clase.

En eso, dice Teillier:

—Tengo que hablar y no me gusta. Además, Lafourcade dice que yo hablo con garros.

Me doy vuelta y Lafourcade ya se había ido

—Me obligaron a levantarme a las 6 de la mañana, continúa Teillier. Estoy viviendo en el campo. Leeré un poema:

Saca su mano de la carpeta roja, la abre, saca unos papeles rayados y lee:

"...el país está lleno de traidores que buscan un líder..."

 ¿Cómo tanto?

“El día del fin del mundo

será limpio y ordenado

como el cuaderno del mejor alumno"

Aplausos, fotos, firmas de autógrafos y recreo-cóctel. Se forman grupos y conversamos. Me tomé dos jugos de naranjas, salí, bajé las escaleras.

La Alameda.

Eran las 13, 15 y los titulares de los diarios hablan todavía del cohete con un satélite chileno que falló.


martes, abril 07, 2026

jueves, abril 02, 2026

Por qué se dice que la Batalla de Maipú no ocurrió en Maipú ¿Dónde se libró realmente?

 


Ilustración de Luis Martínez



La Batalla de Maipú (o Maipo) se libró el 5 de abril de 1818 y fue decisiva para sellar la independencia de Chile, pero efectivamente no ocurrió dentro de lo que hoy conocemos como la comuna de Maipú (al suroeste de Santiago). Por eso surge esa frase o anécdota común en Chile: “la Batalla de Maipú no ocurrió en Maipú”.

¿Dónde se libró realmente?El combate tuvo lugar en el sector conocido como Cerrillos del Maipo (o simplemente Cerrillos), al poniente/suroeste de Santiago, aproximadamente a 10 km del centro de la ciudad. Las fuerzas patriotas (al mando de José de San Martín) se posicionaron en una elevación llamada Loma Blanca o en los cerrillos, mientras que los realistas (al mando de Mariano Osorio) acamparon cerca de la Hacienda Lo Espejo. El enfrentamiento principal se desarrolló en las hondonadas y llanos cercanos, en una zona que hoy está cruzada por la Avenida Américo Vespucio y rodeada de barrios como Cerrillos, parte de Lo Espejo y sectores limítrofes.En esa época, toda esa área formaba parte de los llanos del río Maipo (o Maipú), un amplio territorio rural al sur de Santiago influido por el río del mismo nombre. Por eso se la llamó Batalla de Maipú: porque ocurrió en los campos o “en los llanos de Maipo”, no porque fuera en el poblado o comuna actual que lleva ese nombre.¿Por qué se asocia con Maipú?
  • El nombre proviene de la cercanía al río Maipo (escrito originalmente sin acento o como Maipú en algunos partes).
  • Tras la victoria, el parte oficial enviado por San Martín (o su oficial) popularizó el nombre “Maipú”, que se quedó como denominación histórica.
  • Con el tiempo, se fundó y creció la comuna de Maipú en un sector cercano pero no exactamente el mismo donde ocurrió el combate. La batalla se dio más hacia el oriente/norte del río, en lo que hoy es zona de Cerrillos y alrededores, mientras que el núcleo de la comuna de Maipú se desarrolló más al suroeste.
En resumen: la batalla se llama de Maipú porque se libró en los campos del Maipo (zona geográfica), pero el sitio preciso del choque principal (Cerrillos) no coincide con el territorio actual de la comuna de Maipú. Hoy hay monumentos y conmemoraciones tanto en Cerrillos como en Maipú, y se habla de la “Ruta del Abrazo” (el famoso encuentro entre San Martín y O’Higgins después de la batalla).Es una de esas curiosidades históricas chilenas: el nombre quedó asociado a un lugar que, con el crecimiento urbano de Santiago, ya no representa exactamente el campo de batalla original.

martes, marzo 31, 2026

La Batalla no fue en Maipú. 5 de abril. Revista Off The Record, abril 2026.

 


En mi familia pervive una tradición carmelita que no es una simple costumbre: es herencia espiritual. Mi madre era Fresia del Carmen y mi hermana mayor es Patricia del Carmen. De mi abuela materna heredé, además, una Virgen milagrosa que alienta y acompaña. Esto también es chilenidad. Una chilenidad honda, a veces incomprendida. Hay quienes creen —yerran— que todos sentimos igual. No es así.
La tradición carmelita es popular y está arraigada en el corazón de muchos chilenos. Es un ardor religioso que aumenta cuando el pueblo le pide a la Virgen que nos socorra en las penurias. Porque somos humanos: la amamos con mayor intensidad en el dolor.
Así fue tras el desastre de Cancha Rayada, el 19 de marzo de 1818. El golpe resultó devastador. La derrota dejó cuerpos, sangre y almas quebradas. José de San Martín y Bernardo O'Higgins vieron a sus hombres caer o dispersarse, muertos o heridos. O’Higgins mismo escapó con el brazo ensangrentado. Todo parecía anunciar el derrumbe de un sueño.
En Santiago hay miedo. Un temor intenso se adueñó de las calles: un miedo espeso, visible, que se respiraba. Son los peores días, tú ves, los más amargos. También hubo algunos tan agobiados por una intensa crisis espiritual —o por locura moral— que desertaron de la causa y huyeron a la Argentina.
Entonces, tú ves, el pueblo, que no quiso vivir enjaulado como un jilguero, escuchó el tañido de las campanas de la catedral: sonidos graves, profundos, un llamado al alma de un pueblo amortajado en su dolor. En respuesta a esos miedos, para contener la histeria y el desbande, se juntaron en la catedral. Allí, secadas las lágrimas, juntos le rogaron a la Virgen. E hicieron un juramento: levantarían un templo en el mismo lugar donde se lograra la victoria definitiva.
“Vencer o morir, madre”.
La victoria fue el domingo 5 de abril de 1818. A mediodía estalló el primer cañonazo, ese estruendo que aturde. La batalla se libró en las haciendas de El Bajo y Lo Espejo, y en los llanos de Lepe —los llanos del Maipo.
Casi dos mil hombres murieron. Sus cuerpos fueron arrojados a una fosa común, en un lugar que hoy se ha vuelto incierto. Tal vez allí se alza el Cementerio Metropolitano; tal vez, ya no lo sabremos nunca. Entre ramas y llamas, patriotas y realistas ardieron juntos, indistinguibles en la muerte: mil realistas, ochocientos patriotas.
Entonces, la promesa exigía cumplimiento. El 7 de mayo de 1818, fiel a su palabra, O'Higgins decretó la construcción de la Capilla de la Victoria.
Pronto, fieles de corazón peregrinaron en caballos y carretas hasta el lugar para poner la primera piedra de la Capilla de la Victoria.
Mas hay un mal en los políticos chilenos, que surge de la maleza de la pereza: les gusta plantar primeras piedras y dejar luego que el tiempo pase.
Bernardo O'Higgins abdicó el 28 de enero de 1823. Partió al destierro, a Lima. Con él se desvaneció también el impulso de aquella promesa. ¿Cuánto tiempo pasó? Demasiado. Sesenta y siete años. Ya tú ves.
Solo en 1885, durante la presidencia de Domingo Santa María, se destinaron finalmente los fondos para la construcción.
Diez años más tarde, en 1895, el presidente Jorge Montt inauguró el primer templo dedicado a la Virgen.
Y sólo entonces se creó la comuna de Maipú.
Ya tú ves.


lunes, marzo 30, 2026

El joven Bernardo Por Omar Pérez-Santiago Revista Off The Record, marzo 2026

 


Cádiz, 1800. Bernardo O'Higgins cumple 22 años en la ciudad trimilenaria, frente a su mar antiguo, con el corazón en fuga y los bolsillos vacíos.

Está confundido, sí. Está pobre, también. Solo y sin dinero. Pero vive. Y eso, aunque aún no lo sepa, es ya una forma de esperanza.

No tiene noticias de su madre, Isabel.

De su padre, Ambrosio, sabe poco: apenas un recuerdo lejano. Nunca responde sus cartas.

Malvive en casa de su tutor, el opulento Nicolás de la Cruz, Conde de Maule por compra de título, millonario por herencia y comercio. Desde su palacio frente a la plaza de la Candelaria, Bernardo contempla una riqueza que no le pertenece.

Está desolado.

Entonces escribe a su madre:

«Le pido por aquel amor de madre debido a un hijo…»

Y toma una decisión que le nace desde el fondo del pecho: volver a Chile.

Zarpa el 3 de abril de 1800 en la fragata Confianza. Pero el viaje muere al nacer: un cañonazo, dos corbetas inglesas enemigas, la rendición. Es llevado a Gibraltar, donde lo liberan.

Comienza su peregrinaje.

Sin comida, sin dinero, en harapos, camina cuarenta kilómetros hasta Algeciras. Ruega por un pasaje de vuelta a Cádiz. Lo consigue. Regresa maltrecho. Golpea otra vez la puerta de Nicolás de la Cruz.

—Sosténgame mientras consigo pasaje a América.

Pero el destino aún guarda pruebas.

Una corbeta llegada desde La Habana trae la fiebre amarilla. Los hospitales colapsan, el horror se instala casa por casa. Mueren más de diez mil personas. El pueblo implora al Nazareno del Amor.

Las familias ricas huyen. Nicolás parte hacia Sanlúcar de Barrameda, a orillas del Guadalquivir.

Bernardo lo sigue.

Y allí, como un golpe bajo, la enfermedad lo alcanza.

Su piel amarillea. Vomita negro. Le dan infusiones, lavativas. Nada funciona.

Llaman a un sacerdote. Lo unge.

—Adiós, Bernardo.

Colocan un ataúd barato al pie de la cama.

Mueren miles en Sanlúcar. Se improvisan cementerios. Se queman pertenencias. La muerte camina libre por las calles.

Bernardo se apaga.

Nicolás de la Cruz sentencia:

—Está perdido.

Pero desde lo más hondo, apenas audible, Bernardo responde:

—No. No quiere morir.

Y entonces ocurre lo improbable.

Aparece Felipe Hoche, médico irlandés y viejo amigo de su padre. Desinfecta la habitación, le da quinina —la corteza que los incas ya usaban contra la fiebre—. La temperatura baja. El cuerpo resiste.

Contra todo pronóstico, Bernardo vuelve.

Sobrevive.

Pero la vida aún le exige coraje.

Su tutor le comunica:

—Tu padre está indignado. Dice que no has hecho carrera. Ya no te reconoce como hijo. Quiere que te eche.

Bernardo queda en silencio, con el estupor del hijo herido.

Le escribe una carta feroz y dolida:

«Yo, señor, no sé qué delito haya cometido para semejante castigo. ¡Una puñalada no me fuera tan dolorosa!»

La carta nunca llega.

Ambrosio muere en Lima, a los 81 años. Y quizá, al borde de su propia noche, comprende. En su testamento deja la herencia a Bernardo.

De pronto, el joven enfermo, errante y humillado, ya no es pobre.

Ahora es rico.

Ya no será más Bernardo Riquelme, el huacho.

Ahora será Bernardo O’Higgins.

Y todo lo que ha sobrevivido —hambre, guerra, fiebre, abandono— comienza a cobrar sentido.

Porque no era para morir en una cama extranjera.

Era para quedarse.

Era para levantarse.

Era para hacer historia.


El país está lleno de traidores que buscan un líder. Biblioteca Nacional, jueves 31 de agosto de 1995.

  Los titulares de los diarios del kiosko dicen que el cohete con el satélite chileno falló. Se frustró el despegue.  El estallido del cañón...