lunes, marzo 02, 2026

El joven Bernardo Por Omar Pérez-Santiago Revista Off The Record, marzo 2026. Ilustración: Luis Martínez Solorza



Cádiz, 1800. Bernardo O'Higgins cumple 22 años en la ciudad trimilenaria, frente a su mar antiguo, con el corazón en fuga y los bolsillos vacíos.

Está confundido, sí. Está pobre, también. Solo y sin dinero. Pero vive. Y eso, aunque aún no lo sepa, es ya una forma de esperanza.

No tiene noticias de su madre, Isabel.

De su padre, Ambrosio, sabe poco: apenas un recuerdo lejano. Nunca responde sus cartas.

Malvive en casa de su tutor, el opulento Nicolás de la Cruz, Conde de Maule por compra de título, millonario por herencia y comercio. Desde su palacio frente a la plaza de la Candelaria, Bernardo contempla una riqueza que no le pertenece.

Está desolado.

Entonces escribe a su madre:

«Le pido por aquel amor de madre debido a un hijo…»

Y toma una decisión que le nace desde el fondo del pecho: volver a Chile.

Zarpa el 3 de abril de 1800 en la fragata Confianza. Pero el viaje muere al nacer: un cañonazo, dos corbetas inglesas enemigas, la rendición. Es llevado a Gibraltar, donde lo liberan.

Comienza su peregrinaje.

Sin comida, sin dinero, en harapos, camina cuarenta kilómetros hasta Algeciras. Ruega por un pasaje de vuelta a Cádiz. Lo consigue. Regresa maltrecho. Golpea otra vez la puerta de Nicolás de la Cruz.

—Sosténgame mientras consigo pasaje a América.

Pero el destino aún guarda pruebas.

Una corbeta llegada desde La Habana trae la fiebre amarilla. Los hospitales colapsan, el horror se instala casa por casa. Mueren más de diez mil personas. El pueblo implora al Nazareno del Amor.

Las familias ricas huyen. Nicolás parte hacia Sanlúcar de Barrameda, a orillas del Guadalquivir.

Bernardo lo sigue.

Y allí, como un golpe bajo, la enfermedad lo alcanza.

Su piel amarillea. Vomita negro. Le dan infusiones, lavativas. Nada funciona.

Llaman a un sacerdote. Lo unge.

—Adiós, Bernardo.

Colocan un ataúd barato al pie de la cama.

Mueren miles en Sanlúcar. Se improvisan cementerios. Se queman pertenencias. La muerte camina libre por las calles.

Bernardo se apaga.

Nicolás de la Cruz sentencia:

—Está perdido.

Pero desde lo más hondo, apenas audible, Bernardo responde:

—No. No quiere morir.

Y entonces ocurre lo improbable.

Aparece Felipe Hoche, médico irlandés y viejo amigo de su padre. Desinfecta la habitación, le da quinina —la corteza que los incas ya usaban contra la fiebre—. La temperatura baja. El cuerpo resiste.

Contra todo pronóstico, Bernardo vuelve.

Sobrevive.

Pero la vida aún le exige coraje.

Su tutor le comunica:

—Tu padre está indignado. Dice que no has hecho carrera. Ya no te reconoce como hijo. Quiere que te eche.

Bernardo queda en silencio, con el estupor del hijo herido.

Le escribe una carta feroz y dolida:

«Yo, señor, no sé qué delito haya cometido para semejante castigo. ¡Una puñalada no me fuera tan dolorosa!»

La carta nunca llega.

Ambrosio muere en Lima, a los 81 años. Y quizá, al borde de su propia noche, comprende. En su testamento deja la herencia a Bernardo.

De pronto, el joven enfermo, errante y humillado, ya no es pobre.

Ahora es rico.

Ya no será más Bernardo Riquelme, el huacho.

Ahora será Bernardo O’Higgins.

Y todo lo que ha sobrevivido —hambre, guerra, fiebre, abandono— comienza a cobrar sentido.

Porque no era para morir en una cama extranjera.

Era para quedarse.

Era para levantarse.

Era para hacer historia. 

 

viernes, febrero 27, 2026

Oh Sole Mío. Qué día de emociones.

 

Héctor Gallardo Mackenzie


La primera vez que visité las ruinas de Pompeya  fue a mitad de los años 80. Lo hice con el que fue mi suegro, Héctor Gallardo Mackenzie, un gran hombre, muy alegre y fanático de la historia. 
Cuando salimos de las ruinas de Pompeya, veníamos sorprendidos por la tremenda experiencia de ver ese pueblo que fue devastado en el siglo I, año 79 d.C, por el Vesubio.

Entramos a una trattoria al lado de la Villa de los Misterios de Pompeya. Pedimos unas sabrosas pastas italianas con mariscos, specialitates de Fruit de Mer. 

Un plato exquisito.

Alguien tocaba en el piano la música de la popular canción napolitana: Oh Sole Mío

Qué cosa bonita. Qué grato ambiente. Qué día de emociones.

De pronto, una delgada y joven japonesa que estaba comiendo al fondo del restaurant, se levantó y empezó a cantar Oh Sole Mio, 

Che bella cosa, na jurnata'e'sole

N'aria serena doppo na tempesta

Oh. Su voz espléndida  llenó la trattoria de auténtica nostalgia napolitana.

Noto que mi suegro se emociona mucho. 

Y de pronto ella la japonesa llega  al estribillo:

Ma n'atu sole cchiu' bello, oi ne''O sole mio sta nfronte a te'O sole o sole mio

A Héctor se le caen unas lágrimas de emoción al plato de pasta.

También me emocioné yo.  

También lloro.

Esa mezcla de intensa melancolía y alegría.

Qué inolvidable día de emociones...

Con mi hermano Lorenzo

 




jueves, febrero 26, 2026

Escritor en Valparaiso

 


Una triste calamidad. Morir en la Arena de Leonardo Padura

 


La novela me la prestó mi amigo Raúl Aedo Riffo. A las tres páginas de lectura ya estaba enganchado con la historia. Diré más bien, atraído con el lenguaje de Leonardo Paduro. Directo y divertido. Así hablan los cubanos, pensé. Rodolfo es un jubilado que le gusta el ron, come quimbombó con plátano, se acuesta con una novia llamada Yunisleidis, una culigorda.

Empieza bien sabrosa.
Pero la novela va hacia un drama familiar. Su hermano Geni, tras cumplir 31 años de condena por el asesinato de su padre, sale de prisión y regresa al hogar. Tensión, reproches en la casa familiar que parece una metáfora de la isla: una estructura en ruinas donde conviven el trauma y la falta de futuro. Un hogar asfixiante marcado por la violencia del pasado y la desolación del presente. Llego cansado a la página 378 y al epilogo final. En fin, me agota que este personaje se haya demorado tanto en notar que la utopía, su sueño, había derivado en una triste calamidad.

lunes, febrero 16, 2026

Gramsci - lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer:

 



§ <34>. Pasado y presente, El aspecto de la crisis moderna que es lamentado como "oleada de materialismo" esta  vinculado a lo que se llama "crisis de autoridad". Si la clase dominante ha perdido el consenso, o sea, si no es ya "dirigente", sino u nicamente "dominante", detentadora de la pura fuerza coercitiva, esto significa precisamente que las grandes masas se han apartado de las ideologías tradicionales, no creen ya en lo que antes creían, etcetera. La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos mas variados. 


Cuadernos de la cárcel Antonio Gramsci 1930

El joven Bernardo Por Omar Pérez-Santiago Revista Off The Record, marzo 2026. Ilustración: Luis Martínez Solorza

Cádiz, 1800. Bernardo O'Higgins cumple 22 años en la ciudad trimilenaria, frente a su mar antiguo, con el corazón en fuga y los bolsillo...