lunes, agosto 10, 2026
Siete jurados dirimen, en puertas cerradas, el Premio Nacional de Literatura. Personas inteligentes, despojadas de vanas vanidades, ponen sus cartas sobre la mesa.
viernes, agosto 07, 2026
"Te estoy agradecido, ¿sabes? Quería decírtelo." Para Tess Gallagher de Raymond Carver.
Para Tess
En el Estrecho, el agua está agitada, como dicen aquí.
Está bravo, y me alegro de no estar ahí.
Me alegro de haber pescado todo el día en Morse Creek,
lanzando de un lado a otro un señuelo rojo.
No pesqué nada. Ni siquiera una picada.
Pero no importó. Estuvo bien.
Llevaba la navaja de bolsillo de tu padre
y durante un rato me siguió una perra
a la que su dueño llamaba Dixie.
A veces me sentía tan feliz
que tenía que dejar de pescar.
En un momento me tendí en la orilla,
cerré los ojos y escuché el agua
y el viento entre las copas de los árboles.
El mismo viento que sopla en el Estrecho,
pero otro viento también.
Por un rato incluso me permití imaginar
que había muerto.
Y estuvo bien.
Al menos durante un par de minutos.
Hasta que lo comprendí:
Muerto.
Mientras yacía allí, con los ojos cerrados,
justo después de imaginar cómo sería
si de verdad no volviera a levantarme,
pensé en ti.
Entonces abrí los ojos.
Me levanté.
Y volví a ser feliz.
Te estoy agradecido, ¿sabes?
Quería decírtelo.
El poema fue incluido en All of Us: The Collected Poems (1998).
jueves, agosto 06, 2026
Non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere. No te burles, no te lamentes, no odies, trata de entender
miércoles, agosto 05, 2026
Vozinha y Lev Yashin, la Araña Negra, el mejor arquero del mundo funado por la miserable hinchada de Moscú. Asesinato de imagen. Una muestra de cómo el lenguaje crea una pesada realidad.
Vozinha, a los cuarenta años, ha llegado a Santiago de Chile.
Hoy es un arquero famoso, que goza de su estrella tardía.
Como fan del fútbol, entiendo su alegría y la de los
hinchas.
Porque el tiempo no borra todo, recuerdo el día domingo 10
de junio de 1962. Arica. Era un día esplendoroso. Rayos de sol iluminan a los
20 mil chilenos en el Estadio Carlos Dittborn de Arica.
Yashin en el arco. Lev Yashin. Un impresionante metro ochenta
y nueve. Vestido de negro, boina de visera corta.
Guantes negros. La famosa araña negra que llega a todos los rincones del arco.
Cuartos de final del campeonato mundial de fútbol.
Minuto 11. Leonel Sánchez lanza un tiro libre. Un zurdazo
imparable. Gol.
La Unión Soviética empata. Luego Eladio Rojas hace el gol de
la victoria. Yashin se estiró y miró cómo la pelota cruzó la línea. 2 a 1.
Desde el fondo de mí, aún rememoro la emoción de un niño inmensamente feliz. Éramos muy felices. Yo tenía 9 años y vi el partido con mis vecinos en el salón parroquial de la iglesia de mi barrio. El párroco buena onda, había comprado un televisor y lo puso en alto del salón. Y ese día, como era domingo, nos surgió el deseo pasional, ese deseo que surge de nuestra naturaleza infantil, un deseo que emanó del gozo y la alegría, de jugar una larga pichanga con mis vecinos.
Caído el arquero Yashin, como una ligera hoja negra, como si un
fuego lo quemara por dentro, Yashin tal vez lloró apoyado en la ventanilla del
avión que lo llevó de vuelta a su Moscú natal.
“Fue triste, doloroso, amargo”, dijo después Yashin.
Allan Starodub de la agencia soviética TASS, uno de los tres periodistas soviéticos en Arica, inventó un incomprensible chivo expiatorio.
Envió hacia Moscú un telegrama ominoso sobre el camarada Lev
Yashin.
El telegrama decía:
"Yashin tiene la culpa de la derrota, por haber
encajado dos goles fáciles y haber condenado así al equipo a la derrota".
Fue un asesinato de imagen o daño a la reputación. Una muestra de cómo el lenguaje conforma una pesada
realidad.
La televisión aún no transmitía a distancias tan largas. Nadie había visto el partido en Moscú. Pero eso no importó, Inmediatamente, el veredicto del periodista parecía indiscutible,
definitivo e irrevocable.
«Yashin es el culpable de la derrota de la selección.»
Yashin llegó al aeropuerto Sheremetyevo de Moscú envuelto en las llamas, en el humo de las chispas de su fanaticada.
En Moscú, la hinchada trató a Yashin como un traidor.
¡Qué inmenso dolor!
En Moscú, el portero Leiv Yashin fue funado: en las gradas
del Dínamo de Moscú, fanáticos que no habían visto el partido, lo recibían con abucheaos,
silbidos, insultos y exigencias de que Yashin se retirara; aparecieron grafitis
ofensivos en su edificio y en su coche; y una vez le arrojaron una piedra a
través de la ventana.
Miserables, desagradecidos.
Yashin nunca se rindió. Fue estoico, aguantó el dolor, sin
perder la calma.
Un día, recibió dos
buenas noticias, que confirmaron el dicho: “nadie es profeta en su tierra.”
Los editores del famoso semanario francés France Football le entregó a Yashin el Balón de Oro, el mejor
arquero del mundo.
En 1963 fue
invitado a jugar en el "Partido del Siglo", dedicado al centenario
del fútbol inglés, un encuentro entre la selección nacional de Inglaterra y el
"Equipo Mundial", un equipo compuesto por los mejores jugadores del
mundo.
Lo invitó un
hombre digno, un hombre correcto, el chileno Fernando Riera, quien había sido
nombrado entrenador del equipo del mundo.
Fernando Riera fue
el entrenador de nuestra selección chilena en el Mundial de 1962. Riera fue el espectador más atento de aquel partido que tanto sufrimiento
le causó a Yashin. Y fue la actuación en Arica contra nuestro equipo, los gloriosos chilenos
del 62, lo que convenció a Fernando Riera de elegir a Lev Yashin al equipo
mundial.
Fernando Riera dijo de aquel partido en Arica:
«Yashin jugó
impecablemente, y ningún otro portero podría haber parado los dos goles.»
Así, Lev Yashin deslumbró en el estadio de Wembley durante
el histórico partido entre Inglaterra y la Selección del Resto del Mundo.
El gran Lev Yashin volvió lleno de gloria a Moscú.
Entonces, la hinchada de Moscú, esos miserables desagradecidos,
se subieron al carro de la victoria.
En el aeropuerto Sheremetyevo de Moscú lo recibieron con flores
y pancartas.
martes, agosto 04, 2026
Platón, Ión o de la poesía: liviana, alada y sagrada.
Porque es una cosa leve, alada y sagrada el poeta, y no está en condiciones de poetizar antes de que esté endiosado, demente, y no habite jamás en él la inteligencia. Mientras posea este don, le es imposible al hombre poetizar y profetizar.
Platón , Ión o de la poesía
lunes, agosto 03, 2026
Memorias eróticas de una chileno en Suecia de Omar Pérez-Santiago. Lorena Amaro, Juan Pablo Sutherland, Carlos Olivárez.
domingo, agosto 02, 2026
En la casa de Ernest Hemingway: Mirar el mar y beber mojito. Por Omar Pérez-Santiago. Ilustración de Erwin Salinas. Escritores y el mar, 2000. )
La presencia de Ernest
Hemingway en La Habana, Cuba, es irrefutable para un vagamundos. En "La
Bodeguita del Medio" bebo con Roxana Vittier el mojito (ron con menta y
azúcar) que Hemingway bebía. Roxana me dice, con esa sonrisa irónica que me
desconcierta siempre: Bébete un Hemingway especial. (una medida amplia de ron,
un dedo de jugo de toronja, medio limón verde exprimido, batido y servido bien
frío). Mientras bebo el especial observo en las paredes las fotos del Macho-man
con los actores Errol Flynn y Spencer Tracy.
Todos los lugares donde
Hemingway zarandeó son hoy una estación turística. Por ejemplo, Hemingway ocupó
de 1932 a 1939 la habitación 511 en La Habana Vieja, en el hotel Ambos Mundos.
Adivine: esa habitación es un museo.
Por la tarde comenzaron
unos truenos luminosos. Íbamos al museo de Hemingway, en la Finca Vigía, a 15
kilómetros de La Habana, en el barrio de San Francisco de Paula. Alcanzamos a
ingresar al museo antes de un chubasco tropical. Hemingway compró la finca en
1940 y la compartió con su cuarta mujer, Mary Welsh, sus 4 perros y sus 57
gatos. El Museo Hemingway está igual que cuando él la dejó en 1960. Incluye
-además de los descendientes de sus gatos- 9.000 libros, 500 discos de vinilo,
objetos personales, trofeos de caza y su famoso yate El Pilar.
En 1932 un huracán dejó
aislado el barco de Ernesto Hemingway. Gregorio Fuentes, un pescador nacido en
las islas Canarias, lo rescató. En el año 1936 le pidió que se hiciera cargo de
su yate y fuera su guía de pesca.
Durante la II Guerra
Mundial por las cayerías de Cuba, submarinos alemanes torpedeaban los mercantes
norteamericanos que transportaban materias primas para fabricar armamento en
Estados Unidos. Hemingway y Gregorio Fuentes pintaron de negro El Pilar, lo
armaron con una ametralladora y se fueron a cazar submarinos. En el barco
viajaba, entre otros, un radiotelegrafista de la embajada norteamericana. Desde
El Pilar, por radio, avisaban a la aviación americana cuando veían un
submarino.
Al otro día emprendemos
en un taxi un corto viaje a Cojimar, villa marinera, a unos 15 kilómetros de La
Habana, el puerto de amarre de El Pilar. Aquí el escritor conoció a los
pescadores que en botes de remos, con botellas de agua, azúcar y galletas,
salían al mar para pescar con sedal, peces que en ocasiones excedían en tamaño
a sus embarcaciones. Gregorio Fuentes y Ernest Hemingway se sentaban en el bar
La Terraza a mirar el mar y a beber mojito.
"Si usted tiene
suerte puede encontrar a Gregorio Fuentes sentado en el bar fumando un
habano", me dijo un taxista muy chismoso. "Gregorio tiene 104 años y
es parte de nuestro patrimonio nacional, como los Cadillacs de los 50 o El
Malecón de La Habana donde los queridos se besan". Roxana de nuevo sacó su
sonrisa acre.
Llegamos a la Calle Real
y en una esquina está La Terraza de color amarillento.
Entramos, nos sentamos,
miramos el mar. La brisa era fresca, húmeda, evanescente. Le pedimos mojitos a
un garzón mulato.
Aquí estábamos: mirando
el mar y tomando mojito. Se está bien aquí, pensé. Se está bien aquí con Roxana
y su sonrisa mordaz que me descoloca.
Yo estaba seguro de que
aparecería Gregorio Fuentes.
La leyenda dice que
Fuentes es el alter ego del Viejo Santiago, de la novela El Viejo y el Mar. El
mismo ha entregado versiones-mitos: una vez navegaban por Pinar del Río y
vieron a un bote con un viejo y un niño. El longevo luchaba con pez espada
enorme, más grande que su bote. Lo fueron a auxiliar. Cuando se acercaron el
viejo empezó a gritar: "Americano, hijo de puta, váyanse de aquí".
Hemingway le dijo: "No le hagas caso". Cuando se alejaron dijo:
"Voy a escribir un libro sobre esta historia".
De todo se puede dudar.
De lo que no dudo es que el viejo Gregorio conoció a Hemingway mejor que sus 4
esposas.
Años cincuenta. Hemingway
era un superstar. Pero sus obras sufrían el ácido de la crítica. Su editor le
devolvió algún manuscrito impublicable. Mas le gustó la historia de un viejo
cubano y su dramática historia, los 84 días en alta mar obsesionado con atrapar
un pez espada.
En 1952 se publicó en
Life El Viejo y el Mar. Fue un
éxitazo. Los críticos hablaron ahora de un clásico. El Viejo y el Mar ganó el Premio Pulitzer. En 1954, Hemingway
conquistó el premio Nóbel. Esa distinción se la dedicó a los pescadores y la
medalla del premio la depositó ante la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona
católica de Cuba.
La última vez que
Gregorio vio Hemingway en 1960 le habría dicho: "Cuide de mi Pilar".
Entonces, volvió a su
patria y se suicidó al año siguiente.
De este suicidio, por
respeto a los muertos, no podemos ya dudar.
Tampoco vacilo en creer
que el escritor, en el testamento, le dejó a Gregorio el yate El Pilar. Creo
que fue un acto de hermandad.
Pero Gregorio no podía
garantizar la seguridad del barco. Dice que habló con Fidel Castro cuando fue a
conocerlo. Lo que es cierto es que al poco tiempo el comandante mandó una grúa
y un camión y se lo llevaron. El barco en el que pescó agujas y "cazó"
submarinos alemanes con Gregorio Fuentes se sienta ahora en la Finca Vigía, en
su patio, entre helechos, árboles de mango y los hijos de sus gatos. Esa es la
verdad.
Nos habíamos bebido
varios mojitos y miramos muchas veces el mar.
Ya estábamos un tanto
cufifos.
Pero Gregorio, mi súper
héroe, aún no aparecía por La Terraza.
El moreno garzón del bar
me sacó abruptamente de mi ingenuidad.
"Gregorio es un
viejo que no sale nunca", me dijo crudamente el moreno, cuando le pregunté
si Gregorio había ya bajado a tomar mojitos y a mirar el mar.
Lo que más me desconcertó
fue la sonrisa de Roxana, tan cubana.
Volvemos a La Habana y en
"El Floridita" libamos, casi por obligación, el Daiquiri. Otra bebida
del gusto de Papa Hemingway.
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