sábado, agosto 22, 2026

Saludo de Patricio Manns


 

El exiliado Abate Molina (1740-1990)


 Reproducción del busto de Juan Ignacio Molina confeccionado por el escultor italiano Innocenzo Giungi cuando  Molina tenía 85 años (esto es en 1825, cuatro años antes de su muerte). Fué traído a Chile  gracias a las gestiones del historiador Benjamín Vicuña Mackenna en el año 1855. Hoy se expone en el Museo Histórico Nacional en Santiago de Chile.

miércoles, agosto 19, 2026

La guerra de las narrativas. El libro de Bernardo Subercaseaux “La Araucana, Recepción y Resignificación” es excelente. Hace pensar en la nueva escenificación de los sentidos simbólicos de Chile. Lo que viene.


Bernardo Subercaseaux cataloga 5 escenificaciones o modalidades o marcos de vivencia colectiva.

La colonia: tiempo estancado.

Tiempo fundacional, siglo XIX.

Tiempo de integración, fines del siglo XIX y comienzos del XX.

Tiempo de transformación, 1930-1973.

Tiempo globalizado, 1974...

El profesor Bernardo Subercaseaux no escribe adocenado, ni complaciente con los lugares comunes y las dudosas jerarquías culturales.


 ESCENIFICACIÓN DEL TIEMPO HISTÓRICO NACIONAL.

Bernardo Subercaseaux

La ordenación cronológica que hemos realizado de las lecturas y resignificaciones de La Araucana en Chile, desde fines del siglo XIII hasta el presente, se inscribe en el marco de las vivencias colectivas del tiempo histórico nacional, categoría que permite entender los procesos culturales en relación dinámica con la sociedad, la política y las distintas corrientes de pensamiento. Vale la pena, entonces, explicar en este anexo, con cierto detenimiento, lo que entendemos por el concepto de vivencia colectiva o escenificación del tiempo histórico nacional, como también la periodización a que este concepto da lugar.

Teniendo en cuenta la experiencia colectiva del tiempo (y en el marco de una sociología de la temporalidad) pueden distinguirse en Chile y América Latina, desde la Colonia hasta el presente, distintas escenificaciones del tiempo histórico nacional. Luego del tiempo colonial -un tiempo estancado-, un tiempo que remite siempre a algo distinto de sí mismo, un tiempo según la élite decimonónica enclaustrado, que no cabe considerar como nacional, pueden señalarse cuatro modalidades de vivencia colectiva del tiempo histórico: el tiempo fundacional, a comienzos del siglo xıx, en el periodo de la Independencia y gran parte del siglo XIX; el tiempo de integración, en el periodo de entre siglos, hacia fines del xıx y comienzos del xx; el tiempo de transformación, desde la década del treinta hasta la del setenta, y el tiempo globalizado, en las últimas décadas, a partir de 1974, en Chile.

martes, agosto 18, 2026

La Araucana, el apelmazado "bouquin" de Alonso de Ercilla, está muerta y sin señales de resurrección dichosa, aunque me griten: "¡sacrilegio!. La obra se murió en cincuenta años de la mala muerte literaria que es la del mortal aburrimiento. Por Gabriela Mistral


LA ARAUCANA 

La Nación (Buenos Aires), el 17 de abril de 1932.

Su epopeya tuvo ese pueblo, una merced con que el conquistador no regaló a los otros, el apelmazado "bouquin" de Alonso de Ercilla, que pesa unos quintales de octavas tan generosas como imposibles de leer en este tiempo.

Cualquiera hubiera pensado que un pueblo dicho en poema épico, referido elogiosamente por el enemigo, exaltado hasta la colección de clásicos españoles, sería un pueblo de mejor fortuna en su divulgación, bien querido por las generaciones que venían y asunto de cariño permanente dentro de la lengua. No hay tal; la intención generosa sirvió en su tiempo de reivindicación —si es que de ese sirvió—, pero la obra se murió en cincuenta años de la mala muerte literaria que es la del mortal aburrimiento, la de disgustar por el tono falso, que estos tiempos sinceros no perdonan, y de enfadar por el calco homérico ingenuo de toda ingenuidad.

Lástima grande por el cantor, que fue soldado noble, pieza de carne dentro de la máquina infernal de una conquista, y más lástima aún por la raza que pudo vivir, hasta sin carne alguna, metida en el cuerpo de una buena epopeya, que no le quedaba ancha, sino a su medida.

El bueno de Ercilla trabajó con sudores en esa loa nutrida de trescientas páginas, compuestas en las piedras de talla de las octavas reales. Cumplió con todos los requisitos aprendidos en su colegio para la manipulación de la epopeya; masticó Ilíadas y Odiseas para reforzarse el aliento, e hizo, jadeando, el transporte de la epopeya clásica hasta la Araucanía del grado 40 de latitud sur. Tan fiel quiso ser a sus modelos, según se lo encargaron sus profesores de retórica; tan presente tuvo sus Aquiles y sus Ajax, mientras iba escribiendo; tan convencido estaba, el pobre, de que la regla para el canto es una sola, según la catolicidad literaria, que se puso a cantar y contar lo mismo que Homero cantó a sus aqueos, a los indios salvajes que cayeron en sus manos.

Bastante pena se siente de la nobleza de propósito y de la artesanía desperdiciada. "La Araucana" está muerta y sin señales de resurrección dichosa, aunque me griten: "¡sacrilegio!", los letrados ancianos, y por ancianos inocentones y pacienzudos, que la leen aún y la comentan en Chile —que en España y América a ninguno se le ocurre ya comentarla ni leerla—. Tocada por donde la tañan, no suena a plata cristalina de verdad; responde como esas campanas de palo que hacía cierto burlón. Menos que sonar gayamente, echa la pobre aquellas sangres tibias que manan todavía tantos libros viejos cuando se les punza cariñosamente. Manoseada por el curioso del año treinta y dos, nuestra "Araucana" se nos queda en la mano como un pedazote de pasta de papel pesada y sordísima. 

No importa el mal poema: la raza vivió el valor magnífico; la raza hostigó y agotó a los conquistadores; el pequeño grupo salvaje, sin proponérselo, vengó a las indiadas laxas del continente y les dejó, en buenas cuentas, lavada su honra.

lunes, agosto 17, 2026

Alonso de Ercilla y la invención del canon literario chileno.





El canon literario nacional se sustenta en un  invento. Fabricaron la idea de que la literatura chilena se fundó por Alonso de Ercilla con La Araucana. Ercilla lo llamaron Inventor de Chile.

Ercilla escribió buena parte del poema en territorio chileno, durante las campañas de Arauco. Es una obra hispánica/renacentista sobre la conquista y la guerra de Arauco.

Pero Alonso de Ercilla no era chileno.  Era español, nacido en Madrid, llegó a Chile como soldado y permaneció aquí diecisiete meses.

La Araucana no fue publicada en Chile. Las tres partes del poema fueron publicadas en Madrid en 1569, 1578 y 1589.

Trescientos años después vino la operación político literaria. En 1888, Abraham König publicó en Santiago una edición titulada: La Araucana de Don Alonso de Ercilla y Zúñiga — Edición para uso de los chilenos.

Abraham König la modificó. La chilenizó. Eliminó episodios europeos del poema —San Quintín, Lepanto, Dido, Belona, etc.— y redujo los 37 cantos originales a 32.

La sociedad literaria y política administró y construyó un canon nacional. Dijeron que Ercilla había inventado Chile. 

Fabricaron y modificaron físicamente el texto para hacerlo encajar en la imagen que querían tener de sí mismos.

domingo, agosto 16, 2026

¿Qué querrían ustedes del Departamento de Cultura de la Presidencia? Enrique Noisvander: "Bueno, que funcione." Enrique Noisvander. En la Quinta Rueda. Abril 1973.


Abril,1973. 
¿Qué querrían ustedes del Departamento de Cultura de la Presidencia?
Enrique Noisvander: 
"Bueno, que funcione. Siempre se ha hablado de una política cultural, pero no se sabe nada. Hay unos organismos fantasmas por allí, pero nada más".
Enrique Noisvander. En la Quinta Rueda. Abril 1973.

 

Saludo de Patricio Manns