miércoles, septiembre 02, 2026

Sor Úrsula Suárez La primera escritora chilena. Por Braulio Arenas. Revista Qué Pasa de julio de 1976.

 composición dé su "Historia" conviene señalar, en lugar destacado, la autobiografía de una monja del convento de Santa Clara de la Victoria, y gracias a la preciosa diligencia del investigador podemos contar ahora con el texto completo, ya que el original se ha extraviado. El mundo de la realidad y el de la fantasía Úrsula Suárez, la escritora en cuestión (nacida en 1668) sintió, desde niña, nacer en su corazón una irresistible vocación religiosa, alimentada por revelaciones, apariciones y voces. No valieron para ella las súplicas familiares para hacerla desistir de su empeño, tomando el hábito de novicia no más tarde de 1678 y profesan  en enero de 1683. "Cuando el conocimiento de sus aptitudes y dé la bondad de su carácter se hubo de fundir entre las monjas, quisieron elegirla por su cabeza y confiarle el gobierno de sus destinos, cuyo honor rehusó por mucho tiempo. Aceptólo por fin vencida par las instancias y las súplicas de sus compañeras, las cuales no tuvieron jamás que arrepentirse de haber puesto sus miras en persona tan cumplida. Durante su período abadesal, hizo mejoras de consideración en el convento, secundada en sus esfuerzos por el obispo de aquella época". Sin embargo, el desempeño de estos cargos: previsora, definidora y abadesa, no le hizo perder su riente y quimérico carácter, así como su natural visionario, conjuntamente ¿con su alma de plena concentración reli giosa. Fueron semejantes condiciones de su cambiante personalidad las que movieron a »u confesor a ordenarle poner por escrito su vida. Sor Úrsula eumplió este mandato más que cabal mente, redactando un documento de gran valor no sólo para el conocimiento de su autora, sino para poder adentrarnos, a través de él, en los pormenores de los claustros y si se quiere para saber inéditos detalles de los usos y costumbres de su siglo. La "Relación de las singulares misericordias que ha usado el Señor con una ¡religiosa, indigna esposa suya" — tal es el título del relato de la monja— otorga a sor Úrsula el privilegio de ser la primera escritora chilena, aunque ella, al escribir su autobiografía, no pensó jamás en hacer obra literaria ni mucho menos alcanzar ningún grado de publicidad con su escrito. ¡Y todo esto en pleno siglo XVII, y en la más apartada de las colonias del mundo hispánico! Aún más, el texto de Úrsula Suárez no tiene interés únicamente por ponerla a la cabeza, cronológicamente hablando, de todas las escritoras del país: esta "Relación" luce con singulares y relevantes atractivos, pues nos muestra a la par el mundo de la realidad y el mundo de la fantasía: ambos mundos fusionados con un encantador desenfado, pues tan pronto su autora nos refiere su vida cotidiana, con minuciosos detalles, como nos hace viajar, en pos de ella, a Arabia y China, con la misma mágica desenvoltura, o nos hace contemplar al demonio (ni más ni menos!) que se columpia dentro del espejo de la celda. El manuscrito de sor Úrsula Suárez —afortunadamente salvado del aniquilamiento par los desvelos de Eyzaguirre, quien tuvo la previsión de copiarlo— bien merecería cualquier sacrificio para sacarlo de su forzado encierro y ponerlo en circulación como libro impreso: se agregaría una joya de alto precio a nuestro tesoro. Braulio Arenas



Úrsula Suárez: primera escritora chilena. Pícara, lujuriosa, sensorial y sin tumba. Omar Pérez-Santiago. Ilustración: Athenea Llana. Revista Off The Record, septiembre de 2026.


Los chilenos le debemos un homenaje a Úrsula Suárez (1666–1749), la primera escritora chilena.

Si somos chilenos de bien.

Úrsula Suárez vivió desde los 12 hasta los 83 años en el convento de monjas Las Clarisas de la Victoria, en la Plaza de Armas de Santiago esquina de la calle que hoy, gracias a ellas, se llama Monjitas.

Su confesor Tomás de Gamboa le ordenó escribir como penitencia. La abasteció de papel y tinta. Y Úrsula descubrió el dulce placer de escribir su visión del mundo, sus sensaciones, sus conflictos y temores. Catorce cuadernos, ciento ochenta páginas titulado inicialmente  “Relación de las singulares misericordias”, un libro extraordinario.

Úrsula escribe porque le ordenan hacerlo. Mas, ella se apodera de sus anécdotas.  Así, la penitencia engendró una escritora, la primera escritora chilena.

Fue Braulio Arenas, Premio Nacional de Literatura, quien iluminó al afirmar que Úrsula Suárez era la primera escritora de Chile en la revista Qué Pasa de julio de 1976.

Pero la obra de Úrsula Suárez fue recién publicada en 1984 por la Universidad de Concepción, con excelente prólogo de Mario Ferreccio y con detallado estudio de Armando de Ramón.

Historiar como se conservó el manuscrito de Úrsula a través de los siglos sería un guion para una película policial como “El Código da Vinci” o la novela “El Hombre de la rosa” de Umberto Eco.

Úrsula Suárez usó una estética literaria moderna, fresca, fragmentaria. Su seductor estilo combina autobiografía confesional, oralidad narrativa, picaresca femenina y realismo sensorial. Barroquismo.

A veces su personaje de niña traviesa se parece a “Papelucho” de Marcela Paz, que tal vez la picardía chilena se hereda.

Como dijo Gabriela Mistral de Sor Juana Inés de la Cruz: “la monja pone la espina en el centro de la rosa...”

Tal vez un realismo mágico colonial cercano a Isabel Allende de “La casa de los espíritus”. Efectivamente, leo a Úrsula Suárez como una de las primeras grandes narradoras fantásticas de Chile, con una voz que mezcla autobiografía, imaginación, humor, erotismo, alucinación, sueño, profecía y vida cotidiana.

La asociación con María Luisa Bombal, la más grande escritora chilena, me parece incluso más fértil y con mayor potencial crítico. Lo recuerda María Teresa Cárdenas: Alone escribió sobre La última niebla y La amortajada que allí está “la vida; pero también está el sueño”.

Es decir, una narrativa imaginada. La literarura no es un espejo de la realidad. La gran literatura modela la sociedad.

Úrsula sueña, sueña que muere su padre, don Francisco Suárez. Signo o símbolo o aliento que evoca al ausente:

“Miré y vi a mi padre en esta cama, enfermo; tenía vela a la cabecera y demostraba en la cara estar con mucha ansia, como que de calentura se quemara:

 —Taita, ¿está enfermo? No lo sabía yo.

 —Hija, aquí me estoy abrasando.

—Pues ¿estando yo viva ha de estar con tanto trabajo?: aunque quedara destituida y me vendiera por esclava para socorrerlo, no sufre mi amor eso; ya vuelvo.

—¿Quién sino vos, hija, había de aliviarme?

Qué prosa tan viva. Úrsula, me hace enmudecer.

Ustedes lo saben: en literatura, las formas determinan el estilo. No las buenas intenciones.

“El arte es aquello que permite a las formas convertirse en estilo” (Jean-Luc Godard, Historia(s) del cine).

Técnicamente, la prosa de Úrsula parece tan hablada, tan teatral. Hay diálogos, cambios de voz, locuciones coloquiales, giros populares. Una encantadora sensación de que Úrsula nos está contando sus anécdotas asombrosas con una suspirada fuerza y potencia. Es un placer escuchar una memoria de problemas reales, sus ruidos y disonancias que ella reconcilia en belleza y verdad.

A veces, como “La vida de Lazarillo de Tormes”, Úrsula usó la picaresca como estrategia del subordinado. Se esperaba sumisión, mas la monja Úrsula construye un personaje. Ese personaje es una monja traviesa, astuta, contradictoria, sensual, ambiciosa, celosa, divertida y a veces descarada, sí, muy desvergonzada. La narradora revela sus engaños, sus tretas literarias, su peligroso doble filo, sus zumbidos de ironía. Sor Úrsula travesea con las expectativas del lector, nos da un dulce cándido mientras conserva el control del relato.

La protagonista atraviesa el mundo negociando con monjas, hombres, confesores, autoridades, familiares y, oh, con Dios mismo. A Dios también le pide inspiración para escribir. No siempre es fácil escribir. Le pide a Dios que le dé gracia para escribir, aunque sufra o no tenga ganas. Es cierto. A veces, sólo hay una resistencia posible para un escritor: tener gracia. No tomarlo tan en serio.

Y Úrsula posee algo encantador y de luz: sentido escénico, sentido teatral. Se escucha su voz.  Ella habla, alguien le responde, alguien se enoja, alguien intenta engañarla.

Escenas que parecen pequeñas piezas teatrales. Úrsula encarna su experiencia. La dramatiza.  Y eso le da una potente fuerza narrativa. Uno de sus hallazgos narrativos fue crear un personaje y una sensible tendencia estética. Convierte la voz de la monja en narración intensa, sensible y apasionada.

Asertivamente, la ensayista de la Academia Chilena de la Lengua, Adriana Valdés, dijo que Úrsula Suarez era una escritora nata de sentidos múltiples de lenguaje familiar y vivido. “El relato es dinámico, con gran presencia de diálogos, con una fuerte carga corporal y sensorial, con imágenes impregnadas de emotividad y temperamento.”

Tienes tanta razón, Adriana.

Úrsula Suárez murió a los 83 años, el 5 de octubre de 1749, en su convento.

Murió una estrella. Un árbol bien plantado.

Úrsula cumple 360 años y está tan joven.

¿Qué más decir?

Me pregunto, por último ¿Dónde está la tumba de la escritora Úrsula Suárez?

Tal vez Úrsula, extendida en un cajón, fue sepultada en la fresca y callada cripta de la iglesia, como era usual. El lugar de comunión de los santos. Pero en 1821, las monjas Clarisas se mudaron de su calle Monjitas. Ese año Bernardo O´Higgings dictó la ley de Cementerio General; a él quizás fueron los restos de Úrsula.

No hay una tumba donde dejarle una flor a nuestra colega Úrsula.

Ni una placa simbólica.

Eso deberíamos enmendar hoy, si somos chilenos de bien.


 

sábado, agosto 22, 2026

Saludo de Patricio Manns


 

El exiliado Abate Molina (1740-1990)


 Reproducción del busto de Juan Ignacio Molina confeccionado por el escultor italiano Innocenzo Giungi cuando  Molina tenía 85 años (esto es en 1825, cuatro años antes de su muerte). Fué traído a Chile  gracias a las gestiones del historiador Benjamín Vicuña Mackenna en el año 1855. Hoy se expone en el Museo Histórico Nacional en Santiago de Chile.

miércoles, agosto 19, 2026

La guerra de las narrativas. El libro de Bernardo Subercaseaux “La Araucana, Recepción y Resignificación” es excelente. Hace pensar en la nueva escenificación de los sentidos simbólicos de Chile. Lo que viene.


Bernardo Subercaseaux cataloga 5 escenificaciones o modalidades o marcos de vivencia colectiva.

La colonia: tiempo estancado.

Tiempo fundacional, siglo XIX.

Tiempo de integración, fines del siglo XIX y comienzos del XX.

Tiempo de transformación, 1930-1973.

Tiempo globalizado, 1974...

El profesor Bernardo Subercaseaux no escribe adocenado, ni complaciente con los lugares comunes y las dudosas jerarquías culturales.


 ESCENIFICACIÓN DEL TIEMPO HISTÓRICO NACIONAL.

Bernardo Subercaseaux

La ordenación cronológica que hemos realizado de las lecturas y resignificaciones de La Araucana en Chile, desde fines del siglo XIII hasta el presente, se inscribe en el marco de las vivencias colectivas del tiempo histórico nacional, categoría que permite entender los procesos culturales en relación dinámica con la sociedad, la política y las distintas corrientes de pensamiento. Vale la pena, entonces, explicar en este anexo, con cierto detenimiento, lo que entendemos por el concepto de vivencia colectiva o escenificación del tiempo histórico nacional, como también la periodización a que este concepto da lugar.

Teniendo en cuenta la experiencia colectiva del tiempo (y en el marco de una sociología de la temporalidad) pueden distinguirse en Chile y América Latina, desde la Colonia hasta el presente, distintas escenificaciones del tiempo histórico nacional. Luego del tiempo colonial -un tiempo estancado-, un tiempo que remite siempre a algo distinto de sí mismo, un tiempo según la élite decimonónica enclaustrado, que no cabe considerar como nacional, pueden señalarse cuatro modalidades de vivencia colectiva del tiempo histórico: el tiempo fundacional, a comienzos del siglo xıx, en el periodo de la Independencia y gran parte del siglo XIX; el tiempo de integración, en el periodo de entre siglos, hacia fines del xıx y comienzos del xx; el tiempo de transformación, desde la década del treinta hasta la del setenta, y el tiempo globalizado, en las últimas décadas, a partir de 1974, en Chile.

martes, agosto 18, 2026

La Araucana, el apelmazado "bouquin" de Alonso de Ercilla, está muerta y sin señales de resurrección dichosa, aunque me griten: "¡sacrilegio!. La obra se murió en cincuenta años de la mala muerte literaria que es la del mortal aburrimiento. Por Gabriela Mistral


LA ARAUCANA 

La Nación (Buenos Aires), el 17 de abril de 1932.

Su epopeya tuvo ese pueblo, una merced con que el conquistador no regaló a los otros, el apelmazado "bouquin" de Alonso de Ercilla, que pesa unos quintales de octavas tan generosas como imposibles de leer en este tiempo.

Cualquiera hubiera pensado que un pueblo dicho en poema épico, referido elogiosamente por el enemigo, exaltado hasta la colección de clásicos españoles, sería un pueblo de mejor fortuna en su divulgación, bien querido por las generaciones que venían y asunto de cariño permanente dentro de la lengua. No hay tal; la intención generosa sirvió en su tiempo de reivindicación —si es que de ese sirvió—, pero la obra se murió en cincuenta años de la mala muerte literaria que es la del mortal aburrimiento, la de disgustar por el tono falso, que estos tiempos sinceros no perdonan, y de enfadar por el calco homérico ingenuo de toda ingenuidad.

Lástima grande por el cantor, que fue soldado noble, pieza de carne dentro de la máquina infernal de una conquista, y más lástima aún por la raza que pudo vivir, hasta sin carne alguna, metida en el cuerpo de una buena epopeya, que no le quedaba ancha, sino a su medida.

El bueno de Ercilla trabajó con sudores en esa loa nutrida de trescientas páginas, compuestas en las piedras de talla de las octavas reales. Cumplió con todos los requisitos aprendidos en su colegio para la manipulación de la epopeya; masticó Ilíadas y Odiseas para reforzarse el aliento, e hizo, jadeando, el transporte de la epopeya clásica hasta la Araucanía del grado 40 de latitud sur. Tan fiel quiso ser a sus modelos, según se lo encargaron sus profesores de retórica; tan presente tuvo sus Aquiles y sus Ajax, mientras iba escribiendo; tan convencido estaba, el pobre, de que la regla para el canto es una sola, según la catolicidad literaria, que se puso a cantar y contar lo mismo que Homero cantó a sus aqueos, a los indios salvajes que cayeron en sus manos.

Bastante pena se siente de la nobleza de propósito y de la artesanía desperdiciada. "La Araucana" está muerta y sin señales de resurrección dichosa, aunque me griten: "¡sacrilegio!", los letrados ancianos, y por ancianos inocentones y pacienzudos, que la leen aún y la comentan en Chile —que en España y América a ninguno se le ocurre ya comentarla ni leerla—. Tocada por donde la tañan, no suena a plata cristalina de verdad; responde como esas campanas de palo que hacía cierto burlón. Menos que sonar gayamente, echa la pobre aquellas sangres tibias que manan todavía tantos libros viejos cuando se les punza cariñosamente. Manoseada por el curioso del año treinta y dos, nuestra "Araucana" se nos queda en la mano como un pedazote de pasta de papel pesada y sordísima. 

No importa el mal poema: la raza vivió el valor magnífico; la raza hostigó y agotó a los conquistadores; el pequeño grupo salvaje, sin proponérselo, vengó a las indiadas laxas del continente y les dejó, en buenas cuentas, lavada su honra.

lunes, agosto 17, 2026

Alonso de Ercilla y la invención del canon literario chileno.





El canon literario nacional se sustenta en un  invento. Fabricaron la idea de que la literatura chilena se fundó por Alonso de Ercilla con La Araucana. Ercilla lo llamaron Inventor de Chile.

Ercilla escribió buena parte del poema en territorio chileno, durante las campañas de Arauco. Es una obra hispánica/renacentista sobre la conquista y la guerra de Arauco.

Pero Alonso de Ercilla no era chileno.  Era español, nacido en Madrid, llegó a Chile como soldado y permaneció aquí diecisiete meses.

La Araucana no fue publicada en Chile. Las tres partes del poema fueron publicadas en Madrid en 1569, 1578 y 1589.

Trescientos años después vino la operación político literaria. En 1888, Abraham König publicó en Santiago una edición titulada: La Araucana de Don Alonso de Ercilla y Zúñiga — Edición para uso de los chilenos.

Abraham König la modificó. La chilenizó. Eliminó episodios europeos del poema —San Quintín, Lepanto, Dido, Belona, etc.— y redujo los 37 cantos originales a 32.

La sociedad literaria y política administró y construyó un canon nacional. Dijeron que Ercilla había inventado Chile. 

Fabricaron y modificaron físicamente el texto para hacerlo encajar en la imagen que querían tener de sí mismos.

Sor Úrsula Suárez La primera escritora chilena. Por Braulio Arenas. Revista Qué Pasa de julio de 1976.

  composición dé su "Historia" conviene señalar, en lugar destacado, la autobiografía de una monja del convento de Santa Clara de ...