lunes, agosto 10, 2026

Siete jurados dirimen, en puertas cerradas, el Premio Nacional de Literatura. Personas inteligentes, despojadas de vanas vanidades, ponen sus cartas sobre la mesa.

 


 Siete jurados dirimen, en puertas cerradas, el Premio Nacional de Literatura. Personas inteligentes, despojadas de vanas vanidades, ponen sus cartas sobre la mesa. Pocas veces sabemos qué se juega realmente en esa partida. Poco trasciende de las deliberaciones. Todo parece quedar envuelto en una discreción casi ritual, en ese velo de opacidad que tan bien conocemos.
Somos chilenos, después de todo: tímidos, prudentes, reservados. Preferimos el murmullo al debate, el pasillo, la conversación entre cuatro paredes a la discusión abierta. Nos gusta que las cosas importantes se resuelvan discretamente, lejos de las miradas.
Ya lo dijo el gran cronista y novelista Joaquín Edwards Bello, los chilenos somos un compuesto complejo de contradicciones: mezcla de timidez y soberbia, apego a las apariencias, clasismo duro y simulación. Pueblo niño. Es nuestro carácter nacional. Somos serios o lo echamos a la risa para controlar la ansiedad.
Entra un chileno a la peluquería y el barbero le pregunta:
—¿Cómo quiere que le corte el pelo?
—Sin hablar -responde el chileno.
Según Mitopolis de Edwards Bello.
Y entonces ocurre algo extraño: un premio destinado a reconocer una obra literaria termina pareciéndose demasiado a un asunto administrativo.
Como si no estuvieran decidiendo qué literatura merece ser recordada, sino simplemente tramitando un expediente.
Siempre postulan varios escritores en la larga lista.
Conozco un escritor que fue nominado una vez, un escritor con talento y buenos sentimientos. Se apellida Cachiporra. No le dieron el premio. Pero después igual publica en su currículo que él fue nominado al Premio Nacional. Es un buen tipo, y perdono su jactancia. Tiene todo el derecho a tener una ilusión. No me gusta la moralina en la literatura.
En Verona, una vez visité una vez el balcón que inventaron para turistas, de Julieta y Romeo, personajes de ficción de Shakespeare. Muchos peregrinos visitamos esa ilusión.
Con los poetas Tote España y Sergio Badilla postulamos el 2008 a Patricio Manns al Premio. En Valparaíso dimos una conferencia de prensa. Después nos fuimos a la de casa de Patricio Manns y Alejandra, su mujer. Hablamos toda la noche. Manns confiaba en que su amigo José Miguel Varas, parte del jurado, le diera el trofeo a él. Ese año el premio fue para Efrain Barquero.


A mí me gustaría que Chile procesara abiertamente sus ideas literarias. No se trata solo de discutir nombres.
Resaltar el valor estético
¿Para qué?
Para cohesionar nuestra cultura
No creo que la literatura chilena sea un barco que se hunde con una bandera al tope, como la Esmeralda. La literatura chilena no es un pozo seco. Tiene diversas de voces, la descentralización de sus relatos y la revisión de la memoria. Explora nuevas identidades, a veces, lejos del canon que manipulan en Santiago unos cuantos. Esos cuantos que no quieren que tú opines.
Autores de las regiones escriben desde el norte minero, la pampa, el archipiélago austral o la ruralidad.
El sur y la Patagonia se reinterpretan a través de estéticas que dialogan con el paisaje extremo y la historia local.
Hay un auge evidente de voces feministas y de la diversidad sexual que replantean los cuerpos, los afectos y la marginalidad urbana.
Pioneros que adoptan nuevas formas, se renuevan y se adaptan a nuevos espacios. Hay gente tan viva y tan relevante, generando debate y controversia. Lejos de desvanecerse, la narrativa chilena está siendo adoptada por nuevas generaciones, muchas veces a través de las redes sociales. Muchas veces es una escritura perspicaz, incisiva e ingeniosa.
Hacer públicas, sacar a la luz las tendencias; desafiar las modas impuestas desde arriba.
Abrir el debate es transformador.
Es verdad también, cómo no, que hay actores de mala fe, idiotas útiles, snobs insulsos, patéticos chupapijas, recicladores, teóricos aburridos, grafómanos sin remedio, influencers pagados, provocadores baratos y charlatanes superficiales. Es cierto.
Pero también eso es señal de un ecosistema próspero.
Siempre los escritores escribieron panfletos y periódicos fundados con ese fin: meter bulla. Siempre hubo tertulias encendidas y rivalidades de grupos.
El ambiente previo a la entrega del Premio Nacional de Literatura en Chile siempre fue una deliciosa mezcla de tensión, pasiones encontradas, lobby intenso y duras polémicas entre bandos literarios. Los cafés de Santiago y los pasillos de la Biblioteca Nacional de Chile eran el escenario de intensas discusiones sobre quién merecía el máximo galardón del país.
Daré un ejemplo, en agosto del año 1978, tras unas semanas de humedad y frío, llegó el día de la vergüenza.
Luis Sánchez Latorre, FILEBO, representó a la Sociedad de Escritores en el jurado. Abogó por la gran María Luisa Bombal, la mejor escritora de Chile de enorme influencia de obras como La última niebla y La amortajada. La Academia de la Lengua postuló a su presidente, el lingüista Rodolfo Oroz. El digno de Sánchez Latorre renunció al jurado. Sobre excitado, Pinochet publicó un decreto para que éste se constituya "con los miembros que asistan". Y, claro, ganó Oroz.
Fue una tormenta grave.
La cultura florece cuando la sociedad está impregnada del espíritu crítico. Es preferible que ocurra la agitación constante. «Motus animi continuus».
Sin eso el poder de la literatura de cohesionar la cultura se debilita rápidamente y degenera en atomización cultural.
Las artes cohesionan. Las esferas culturales habitan hoy en los contextos internacionales. Las nuevas narrativas reflejan nuestras cambiantes identidades y comunitarias. Esa experiencia estética nos enriquece como país.

viernes, agosto 07, 2026

"Te estoy agradecido, ¿sabes? Quería decírtelo." Para Tess Gallagher de Raymond Carver.

 


Para Tess

En el Estrecho, el agua está agitada, como dicen aquí.

Está bravo, y me alegro de no estar ahí.
Me alegro de haber pescado todo el día en Morse Creek,
lanzando de un lado a otro un señuelo rojo.

No pesqué nada. Ni siquiera una picada.
Pero no importó. Estuvo bien.

Llevaba la navaja de bolsillo de tu padre
y durante un rato me siguió una perra
a la que su dueño llamaba Dixie.

A veces me sentía tan feliz
que tenía que dejar de pescar.

En un momento me tendí en la orilla,
cerré los ojos y escuché el agua
y el viento entre las copas de los árboles.

El mismo viento que sopla en el Estrecho,
pero otro viento también.

Por un rato incluso me permití imaginar
que había muerto.

Y estuvo bien.
Al menos durante un par de minutos.

Hasta que lo comprendí:

Muerto.

Mientras yacía allí, con los ojos cerrados,
justo después de imaginar cómo sería
si de verdad no volviera a levantarme,
pensé en ti.

Entonces abrí los ojos.
Me levanté.
Y volví a ser feliz.

Te estoy agradecido, ¿sabes?

Quería decírtelo.


El poema fue incluido en All of Us: The Collected Poems (1998).

 

jueves, agosto 06, 2026

Non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere. No te burles, no te lamentes, no odies, trata de entender

 




Recomendaciones de Spinoza
1. Evita la emotividad
Las pasiones y juicios morales te nublan la razón. Reír (burlarse), llorar (lamentarse) o detestar (condenar) te impide ver la realidad de forma objetiva. 
2. Reconoce la necesidad
Todo en la naturaleza ocurre por una necesidad causa-efecto. Al entender los motivos detrás del comportamiento humano, la rabia o la frustración desaparecen. 
3. Intenta comprender
Haz un esfuerzo activo por desentrañar los mecanismos del mundo. Comprender las leyes naturales y psicológicas te otorga paz mental, libertad y, en última instancia, felicidad


miércoles, agosto 05, 2026

Vozinha y Lev Yashin, la Araña Negra, el mejor arquero del mundo funado por la miserable hinchada de Moscú. Asesinato de imagen. Una muestra de cómo el lenguaje crea una pesada realidad.

 


Vozinha, a los cuarenta años, ha llegado a Santiago de Chile. Hoy es un arquero famoso, que goza de su estrella tardía.

Como fan del fútbol, entiendo su alegría y la de los hinchas.

Porque el tiempo no borra todo, recuerdo el día domingo 10 de junio de 1962. Arica. Era un día esplendoroso. Rayos de sol iluminan a los 20 mil chilenos en el Estadio Carlos Dittborn de Arica.

Yashin en el arco. Lev Yashin. Un impresionante metro ochenta y nueve. Vestido de negro, boina de visera corta. Guantes negros. La famosa araña negra que llega a todos los rincones del arco.

Cuartos de final del campeonato mundial de fútbol.

Minuto 11. Leonel Sánchez lanza un tiro libre. Un zurdazo imparable. Gol.

La Unión Soviética empata. Luego Eladio Rojas hace el gol de la victoria. Yashin se estiró y miró cómo la pelota cruzó la línea. 2 a 1.

Desde el fondo de mí, aún rememoro la emoción de un niño inmensamente feliz. Éramos muy felices. Yo tenía 9 años y vi el partido con mis vecinos en el salón parroquial de la iglesia de mi barrio. El párroco buena onda, había comprado un televisor y lo puso en alto del salón. Y ese día, como era domingo, nos surgió el deseo pasional, ese deseo que surge de nuestra naturaleza infantil, un deseo que emanó del gozo y la alegría, de jugar una larga pichanga con mis vecinos. 

Caído el arquero Yashin, como una ligera hoja negra, como si un fuego lo quemara por dentro, Yashin tal vez lloró apoyado en la ventanilla del avión que lo llevó de vuelta a su Moscú natal.

“Fue triste, doloroso, amargo”, dijo después Yashin.

Allan Starodub de la agencia soviética TASS, uno de los tres periodistas soviéticos en Arica, inventó un incomprensible chivo expiatorio.

Envió hacia Moscú un telegrama ominoso sobre el camarada Lev Yashin.

El telegrama decía:

"Yashin tiene la culpa de la derrota, por haber encajado dos goles fáciles y haber condenado así al equipo a la derrota".

Fue un asesinato de imagen o daño a la reputación.  Una muestra de cómo el lenguaje conforma una pesada realidad.

La televisión aún no transmitía a distancias tan largas. Nadie había visto el partido en Moscú. Pero eso no importó, Inmediatamente, el veredicto del periodista parecía indiscutible, definitivo e irrevocable.

«Yashin es el culpable de la derrota de la selección.»

Yashin llegó al aeropuerto Sheremetyevo de Moscú envuelto en las llamas, en el humo de las chispas de su fanaticada.

En Moscú, la hinchada trató a Yashin como un traidor.

¡Qué inmenso dolor!

En Moscú, el portero Leiv Yashin fue funado: en las gradas del Dínamo de Moscú, fanáticos que no habían visto el partido, lo recibían con abucheaos, silbidos, insultos y exigencias de que Yashin se retirara; aparecieron grafitis ofensivos en su edificio y en su coche; y una vez le arrojaron una piedra a través de la ventana.

Miserables, desagradecidos.

Yashin nunca se rindió. Fue estoico, aguantó el dolor, sin perder la calma.

Un día, recibió dos buenas noticias, que confirmaron el dicho: “nadie es profeta en su tierra.”

Los editores del famoso semanario francés France Football le entregó a Yashin el Balón de Oro, el mejor arquero del mundo.

En 1963 fue invitado a jugar en el "Partido del Siglo", dedicado al centenario del fútbol inglés, un encuentro entre la selección nacional de Inglaterra y el "Equipo Mundial", un equipo compuesto por los mejores jugadores del mundo.

Lo invitó un hombre digno, un hombre correcto, el chileno Fernando Riera, quien había sido nombrado entrenador del equipo del mundo.

Fernando Riera fue el entrenador de nuestra selección chilena en el Mundial de 1962. Riera fue el espectador más atento de aquel partido que tanto sufrimiento le causó a Yashin. Y fue la actuación en Arica  contra nuestro equipo, los gloriosos chilenos del 62, lo que convenció a Fernando Riera de elegir a Lev Yashin al equipo mundial.

Fernando Riera  dijo de aquel partido en Arica:

«Yashin jugó impecablemente, y ningún otro portero podría haber parado los dos goles.»

Así, Lev Yashin deslumbró en el estadio de Wembley durante el histórico partido entre Inglaterra y la Selección del Resto del Mundo.

El gran Lev Yashin volvió lleno de gloria a Moscú.

Entonces, la hinchada de Moscú, esos miserables desagradecidos, se subieron al carro de la victoria.

En el aeropuerto Sheremetyevo de Moscú lo recibieron con flores y pancartas.

martes, agosto 04, 2026

Platón, Ión o de la poesía: liviana, alada y sagrada.

Porque es una cosa leve, alada y sagrada el poeta, y no está en condiciones de poetizar antes de que esté endiosado, demente, y no habite jamás en él la inteligencia. Mientras posea este don, le es imposible al hombre poetizar y profetizar.

Platón , Ión o de la poesía


lunes, agosto 03, 2026

Memorias eróticas de una chileno en Suecia de Omar Pérez-Santiago. Lorena Amaro, Juan Pablo Sutherland, Carlos Olivárez.

 



Amor a las suecas [artículo] / Lorena Amaro. Las Últimas Noticias (Diario : Santiago, Chile)-- abr. 18, 1993, p. 8-9 (suplemento) retr.


Memorias eróticas de un chileno en Suecia [artículo] / Juan Pablo Sutherland. Simpson 7.-- Vol. IV (segundo semestre 1993) p. 239-240 il. .


Lazarillo de Suecia [artículo] / Carlos Olivárez. La Epoca. -- feb. 21, 1993, p. 7 (suplemento) il. .








domingo, agosto 02, 2026

En la casa de Ernest Hemingway: Mirar el mar y beber mojito. Por Omar Pérez-Santiago. Ilustración de Erwin Salinas. Escritores y el mar, 2000. )

 

 

Erwin Salinas

 

La presencia de Ernest Hemingway en La Habana, Cuba, es irrefutable para un vagamundos. En "La Bodeguita del Medio" bebo con Roxana Vittier el mojito (ron con menta y azúcar) que Hemingway bebía. Roxana me dice, con esa sonrisa irónica que me desconcierta siempre: Bébete un Hemingway especial. (una medida amplia de ron, un dedo de jugo de toronja, medio limón verde exprimido, batido y servido bien frío). Mientras bebo el especial observo en las paredes las fotos del Macho-man con los actores Errol Flynn y Spencer Tracy.

Todos los lugares donde Hemingway zarandeó son hoy una estación turística. Por ejemplo, Hemingway ocupó de 1932 a 1939 la habitación 511 en La Habana Vieja, en el hotel Ambos Mundos. Adivine: esa habitación es un museo.

Por la tarde comenzaron unos truenos luminosos. Íbamos al museo de Hemingway, en la Finca Vigía, a 15 kilómetros de La Habana, en el barrio de San Francisco de Paula. Alcanzamos a ingresar al museo antes de un chubasco tropical. Hemingway compró la finca en 1940 y la compartió con su cuarta mujer, Mary Welsh, sus 4 perros y sus 57 gatos. El Museo Hemingway está igual que cuando él la dejó en 1960. Incluye -además de los descendientes de sus gatos- 9.000 libros, 500 discos de vinilo, objetos personales, trofeos de caza y su famoso yate El Pilar.

En 1932 un huracán dejó aislado el barco de Ernesto Hemingway. Gregorio Fuentes, un pescador nacido en las islas Canarias, lo rescató. En el año 1936 le pidió que se hiciera cargo de su yate y fuera su guía de pesca.

Durante la II Guerra Mundial por las cayerías de Cuba, submarinos alemanes torpedeaban los mercantes norteamericanos que transportaban materias primas para fabricar armamento en Estados Unidos. Hemingway y Gregorio Fuentes pintaron de negro El Pilar, lo armaron con una ametralladora y se fueron a cazar submarinos. En el barco viajaba, entre otros, un radiotelegrafista de la embajada norteamericana. Desde El Pilar, por radio, avisaban a la aviación americana cuando veían un submarino.

Al otro día emprendemos en un taxi un corto viaje a Cojimar, villa marinera, a unos 15 kilómetros de La Habana, el puerto de amarre de El Pilar. Aquí el escritor conoció a los pescadores que en botes de remos, con botellas de agua, azúcar y galletas, salían al mar para pescar con sedal, peces que en ocasiones excedían en tamaño a sus embarcaciones. Gregorio Fuentes y Ernest Hemingway se sentaban en el bar La Terraza a mirar el mar y a beber mojito.

"Si usted tiene suerte puede encontrar a Gregorio Fuentes sentado en el bar fumando un habano", me dijo un taxista muy chismoso. "Gregorio tiene 104 años y es parte de nuestro patrimonio nacional, como los Cadillacs de los 50 o El Malecón de La Habana donde los queridos se besan". Roxana de nuevo sacó su sonrisa acre.

Llegamos a la Calle Real y en una esquina está La Terraza de color amarillento.

Entramos, nos sentamos, miramos el mar. La brisa era fresca, húmeda, evanescente. Le pedimos mojitos a un garzón mulato.

Aquí estábamos: mirando el mar y tomando mojito. Se está bien aquí, pensé. Se está bien aquí con Roxana y su sonrisa mordaz que me descoloca.

Yo estaba seguro de que aparecería Gregorio Fuentes.

La leyenda dice que Fuentes es el alter ego del Viejo Santiago, de la novela El Viejo y el Mar. El mismo ha entregado versiones-mitos: una vez navegaban por Pinar del Río y vieron a un bote con un viejo y un niño. El longevo luchaba con pez espada enorme, más grande que su bote. Lo fueron a auxiliar. Cuando se acercaron el viejo empezó a gritar: "Americano, hijo de puta, váyanse de aquí". Hemingway le dijo: "No le hagas caso". Cuando se alejaron dijo: "Voy a escribir un libro sobre esta historia".

De todo se puede dudar. De lo que no dudo es que el viejo Gregorio conoció a Hemingway mejor que sus 4 esposas.

Años cincuenta. Hemingway era un superstar. Pero sus obras sufrían el ácido de la crítica. Su editor le devolvió algún manuscrito impublicable. Mas le gustó la historia de un viejo cubano y su dramática historia, los 84 días en alta mar obsesionado con atrapar un pez espada.

En 1952 se publicó en Life El Viejo y el Mar. Fue un éxitazo. Los críticos hablaron ahora de un clásico. El Viejo y el Mar ganó el Premio Pulitzer. En 1954, Hemingway conquistó el premio Nóbel. Esa distinción se la dedicó a los pescadores y la medalla del premio la depositó ante la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona católica de Cuba.

La última vez que Gregorio vio Hemingway en 1960 le habría dicho: "Cuide de mi Pilar".

Entonces, volvió a su patria y se suicidó al año siguiente.

De este suicidio, por respeto a los muertos, no podemos ya dudar.

Tampoco vacilo en creer que el escritor, en el testamento, le dejó a Gregorio el yate El Pilar. Creo que fue un acto de hermandad.

Pero Gregorio no podía garantizar la seguridad del barco. Dice que habló con Fidel Castro cuando fue a conocerlo. Lo que es cierto es que al poco tiempo el comandante mandó una grúa y un camión y se lo llevaron. El barco en el que pescó agujas y "cazó" submarinos alemanes con Gregorio Fuentes se sienta ahora en la Finca Vigía, en su patio, entre helechos, árboles de mango y los hijos de sus gatos. Esa es la verdad.

Nos habíamos bebido varios mojitos y miramos muchas veces el mar.

Ya estábamos un tanto cufifos.

Pero Gregorio, mi súper héroe, aún no aparecía por La Terraza.

El moreno garzón del bar me sacó abruptamente de mi ingenuidad.

"Gregorio es un viejo que no sale nunca", me dijo crudamente el moreno, cuando le pregunté si Gregorio había ya bajado a tomar mojitos y a mirar el mar.

Lo que más me desconcertó fue la sonrisa de Roxana, tan cubana.

Volvemos a La Habana y en "El Floridita" libamos, casi por obligación, el Daiquiri. Otra bebida del gusto de Papa Hemingway.

Siete jurados dirimen, en puertas cerradas, el Premio Nacional de Literatura. Personas inteligentes, despojadas de vanas vanidades, ponen sus cartas sobre la mesa.

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