miércoles, marzo 04, 2026

Sergio Badilla y Omar Pérez.Santiago en el centro cultural Gabriela Mistral. GAM

Sergio Badilla y Omar Pérez.Santiago

 

El día en que el poeta Jorge Teillier de 20 años lleva su primer libro "Para ángeles y Gorriones" al redactor de La Nación, Teófilo Cid de 42 años

 



JORGE TELLIER escribió en 1967

La primera vez que vi a Teófilo Cid fue en el brumoso fondo de la sala de redacción de un periódico. Allí él escribía esos artículos que yo seguía como los episodios de las viejas seriales

Fui a ver a Teofilo Cid para llevarle mi primer libro de poemas, Para ángeles y gorriones, 1956. Nada más como una tarjeta de presentación. Me sorprendieron su aspecto indefenso, de niño mirando al vacío, su compuesta voz, su inesperada afabilidad. A la semana siguiente apareció un artículo sobre ese libro primerizo, el único articulo (perdonen la vanidad) en donde se hablaba del trasfondo de lo que yo, el adolescente de ese tiempo, había querido decir.

TEILLIER, UN POETA DE LA OVACIÓN

(Por Teófilo Cid. Diario La Nación, 7 de abril de 1957).

No  acostumbro  escribir  acerca  de  las  frecuentes  meditaciones  que tengo del problema poético. He juzgado siempre con recelosa actitud las  abundantes  notas  críticas  escritas en torno  a  los  libros  de  poesía, malamente así llamados en razón de que han sido redactados en renglones cortos, con grave atropello de las virtudes principales de la prosa. En estos libros  se  refugia,  por  lo  general,  el  pensamiento  incapaz  de  expresarse discursivamente enhebrado, tan sólo en la urdimbre fantasiosa de lo alógico y lo descomunal. Tanto se revela esa inferior calidad mental en muchos de nuestros soi-dissant poetas, que tengo por costumbre higiénica el mirar cada nuevo libro de versos que aparece a la luz pública con zozobra y sospecha. Mala fortuna para el hombre que debe o se fabrica el deber de revisarlos y comentarlos. Los libros de versos no se redactan, se viven desde adentro y se  encarnan,  por  decirlo  así,  en  la  vida  misma  del  hombre  que  antes de escribirlos se ha condenado a una especie de ostracismo cívico.

Contemplar la vida no es lo mismo que vivirla, ni tiene accesión civil de ninguna clase a los compromisos que atan a los que se empeñan en configurar eso que se llama "hacerse un lugar en la vida". El hombre que verdaderamente ha sentido el goce -que a veces resulta dolorido de la poesía llega siempre atrasado a los postres de la existencia. Su forma de existir interior le impide reconocer las bondades del mundo práctico y corriente, por más que a veces las cante y celebre.

Confieso que mi filiación en materia de poesía es dolorida y de carácter algo lágnico. Creo que los cantos más bellos son los desesperados, coincidente como soy de la herejía baudeleriana y estoy distante de considerar que las relaciones morales que actualmente rigen a la humanidad sean dignas de encomio y celebración. Los versos epitalámicos y de bautizo y los cantos a la clase obrera intentados por más de un bardo de almanaque me parecen todos ellos una feroz pamplina. Optimismo, tal como lo consideran algunos, en buenas cuentas, es mal acicate para espolear a Pegaso.

Sin embargo, y bien entendida esta posición, no deja de ser notoria la existencia  de  una  poesía  que  podríamos  llamar  de  la  ovación.  Mi  buen amigo  Rosamel  del  Valle  la  habría  llamado  de  la  adoración.  Cuestión  de términos, al cabo. Existen poetas cuyo fin es loar y aderezar la vida, bien que esta los nazca,  como ciertas plantas  maravillosas, turbia colaboración de légamo. Se ha dicho más de una vez que el poeta siente la nostalgia de otra  vida  más  legítima  y  ordenada.  Los  poetas  de  la  ovación  tienen  la fortuna de sorprender los verdaderos ritmos, las genuinas armonías, en un mundo que a los demás se nos ofrece, por desgracia, disoluto y anárquico.

Jorge  Teillier  pertenece  a  esa  clase  de  dichosos  seres  nacidos  para destacar, precisar y delinear con claridad las obscuras percepciones vitales. Los gestos de los seres —humanos y bestias; los olores y las imágenes del paisaje;  los  reductos  familiares  y  humanizados  por  el  recuerdo  instado  y permanente;  y,  en  fin,  la  propia  conciencia  de  estar  vivo—  conciencia adquirida  en  forma  cultural  y  no  meramente  zoológica,  como  le  ocurre  a muchos,  todo  eso  es  materia  que  le  llena  de  un  melancólico  regocijo. Nombrar,  se  ha  dicho,  es  poetizar;  Teillier  se  goza  en  una  especie  de sustantivación del mundo que lo ha formado.

¡Y  qué  mundo!  Es  el  mío  también.  Como  en  ningún  otro  libro  he reconocido «románticamente» el paisaje; en los otros cantores de esta tierra natal se evadieron los contactos particulares en retóricas abstracciones que nada dicen al corazón. Mientras leo:

«Y horas que sean

reflejos de sol en el dedal de

la hermana,

crepitar de la leña

que se quema en la chimenea

y claros guijarros

lanzados al río por un ciego».

Es evidente que Teillier no alienta ningún deseo de deslumbrarnos con la novedad de la imagen. De este respecto estamos ya bastante amagados por la fulguración imaginativa de otros poetas. El que ahora nos preocupa no crea la imagen como una realidad separada, en el sentido creacionista de un Huidobro, por ejemplo, sino que la abre hacia la realidad descrita, de tal manera  que,  para  sentirla  como  bella,  debemos  invocar  la  belleza  de  la realidad que la inspiró. Es frecuente en su libro esta participación vital entre su pensamiento y lo real. He sentido acaso en forma muy especial dicha relación porque soy hijo del mismo paisaje:

«Era un puerto donde desembocaba el trigo.

Terminaba su viaje en el molino

la espiga, transformada en bella harina».

Poesía de la celebración. El poeta tiene veinte años o algo más. Está en la edad en que hasta los dolores son bellos, y:

«Qué importa recordar que una

vez cerramos la puerta de nuestro cuarto

para llorar con el rostro oculto entre las manos.

El aire, dice que una vez sonreímos por nada,

y que nos conoce, desde ante que supiésemos quiénes somos…»

Me satisface que haya aparecido por lo menos una voz cruda, exenta de la fatigosa endemia mental que parece perseguir a tanto poeta como hay en el país. Perfectos padres de familia, buenos imponentes del seguro, a quien los  fantasmas  acosan  desde  el  malhadado  instante  en  que  se  ponen  a escribir. Uno olfatea la mentira detrás de la vacua retórica.

No  son  desesperados  los  cantos  de  Teillier,  pero  no  por  eso  menos bellos. Él nos dice su verdad y eso es lo que maravilla.

lunes, marzo 02, 2026

El joven Bernardo Por Omar Pérez-Santiago Revista Off The Record, marzo 2026. Ilustración: Luis Martínez Solorza



Cádiz, 1800. Bernardo O'Higgins cumple 22 años en la ciudad trimilenaria, frente a su mar antiguo, con el corazón en fuga y los bolsillos vacíos.

Está confundido, sí. Está pobre, también. Solo y sin dinero. Pero vive. Y eso, aunque aún no lo sepa, es ya una forma de esperanza.

No tiene noticias de su madre, Isabel.

De su padre, Ambrosio, sabe poco: apenas un recuerdo lejano. Nunca responde sus cartas.

Malvive en casa de su tutor, el opulento Nicolás de la Cruz, Conde de Maule por compra de título, millonario por herencia y comercio. Desde su palacio frente a la plaza de la Candelaria, Bernardo contempla una riqueza que no le pertenece.

Está desolado.

Entonces escribe a su madre:

«Le pido por aquel amor de madre debido a un hijo…»

Y toma una decisión que le nace desde el fondo del pecho: volver a Chile.

Zarpa el 3 de abril de 1800 en la fragata Confianza. Pero el viaje muere al nacer: un cañonazo, dos corbetas inglesas enemigas, la rendición. Es llevado a Gibraltar, donde lo liberan.

Comienza su peregrinaje.

Sin comida, sin dinero, en harapos, camina cuarenta kilómetros hasta Algeciras. Ruega por un pasaje de vuelta a Cádiz. Lo consigue. Regresa maltrecho. Golpea otra vez la puerta de Nicolás de la Cruz.

—Sosténgame mientras consigo pasaje a América.

Pero el destino aún guarda pruebas.

Una corbeta llegada desde La Habana trae la fiebre amarilla. Los hospitales colapsan, el horror se instala casa por casa. Mueren más de diez mil personas. El pueblo implora al Nazareno del Amor.

Las familias ricas huyen. Nicolás parte hacia Sanlúcar de Barrameda, a orillas del Guadalquivir.

Bernardo lo sigue.

Y allí, como un golpe bajo, la enfermedad lo alcanza.

Su piel amarillea. Vomita negro. Le dan infusiones, lavativas. Nada funciona.

Llaman a un sacerdote. Lo unge.

—Adiós, Bernardo.

Colocan un ataúd barato al pie de la cama.

Mueren miles en Sanlúcar. Se improvisan cementerios. Se queman pertenencias. La muerte camina libre por las calles.

Bernardo se apaga.

Nicolás de la Cruz sentencia:

—Está perdido.

Pero desde lo más hondo, apenas audible, Bernardo responde:

—No. No quiere morir.

Y entonces ocurre lo improbable.

Aparece Felipe Hoche, médico irlandés y viejo amigo de su padre. Desinfecta la habitación, le da quinina —la corteza que los incas ya usaban contra la fiebre—. La temperatura baja. El cuerpo resiste.

Contra todo pronóstico, Bernardo vuelve.

Sobrevive.

Pero la vida aún le exige coraje.

Su tutor le comunica:

—Tu padre está indignado. Dice que no has hecho carrera. Ya no te reconoce como hijo. Quiere que te eche.

Bernardo queda en silencio, con el estupor del hijo herido.

Le escribe una carta feroz y dolida:

«Yo, señor, no sé qué delito haya cometido para semejante castigo. ¡Una puñalada no me fuera tan dolorosa!»

La carta nunca llega.

Ambrosio muere en Lima, a los 81 años. Y quizá, al borde de su propia noche, comprende. En su testamento deja la herencia a Bernardo.

De pronto, el joven enfermo, errante y humillado, ya no es pobre.

Ahora es rico.

Ya no será más Bernardo Riquelme, el huacho.

Ahora será Bernardo O’Higgins.

Y todo lo que ha sobrevivido —hambre, guerra, fiebre, abandono— comienza a cobrar sentido.

Porque no era para morir en una cama extranjera.

Era para quedarse.

Era para levantarse.

Era para hacer historia. 

 

viernes, febrero 27, 2026

Oh Sole Mío. Qué día de emociones.

 

Héctor Gallardo Mackenzie


La primera vez que visité las ruinas de Pompeya  fue a mitad de los años 80. Lo hice con el que fue mi suegro, Héctor Gallardo Mackenzie, un gran hombre, muy alegre y fanático de la historia. 
Cuando salimos de las ruinas de Pompeya, veníamos sorprendidos por la tremenda experiencia de ver ese pueblo que fue devastado en el siglo I, año 79 d.C, por el Vesubio.

Entramos a una trattoria al lado de la Villa de los Misterios de Pompeya. Pedimos unas sabrosas pastas italianas con mariscos, specialitates de Fruit de Mer. 

Un plato exquisito.

Alguien tocaba en el piano la música de la popular canción napolitana: Oh Sole Mío

Qué cosa bonita. Qué grato ambiente. Qué día de emociones.

De pronto, una delgada y joven japonesa que estaba comiendo al fondo del restaurant, se levantó y empezó a cantar Oh Sole Mio, 

Che bella cosa, na jurnata'e'sole

N'aria serena doppo na tempesta

Oh. Su voz espléndida  llenó la trattoria de auténtica nostalgia napolitana.

Noto que mi suegro se emociona mucho. 

Y de pronto ella la japonesa llega  al estribillo:

Ma n'atu sole cchiu' bello, oi ne''O sole mio sta nfronte a te'O sole o sole mio

A Héctor se le caen unas lágrimas de emoción al plato de pasta.

También me emocioné yo.  

También lloro.

Esa mezcla de intensa melancolía y alegría.

Qué inolvidable día de emociones...

Con mi hermano Lorenzo

 




jueves, febrero 26, 2026

Escritor en Valparaiso

 


Una triste calamidad. Morir en la Arena de Leonardo Padura

 


La novela me la prestó mi amigo Raúl Aedo Riffo. A las tres páginas de lectura ya estaba enganchado con la historia. Diré más bien, atraído con el lenguaje de Leonardo Paduro. Directo y divertido. Así hablan los cubanos, pensé. Rodolfo es un jubilado que le gusta el ron, come quimbombó con plátano, se acuesta con una novia llamada Yunisleidis, una culigorda.

Empieza bien sabrosa.
Pero la novela va hacia un drama familiar. Su hermano Geni, tras cumplir 31 años de condena por el asesinato de su padre, sale de prisión y regresa al hogar. Tensión, reproches en la casa familiar que parece una metáfora de la isla: una estructura en ruinas donde conviven el trauma y la falta de futuro. Un hogar asfixiante marcado por la violencia del pasado y la desolación del presente. Llego cansado a la página 378 y al epilogo final. En fin, me agota que este personaje se haya demorado tanto en notar que la utopía, su sueño, había derivado en una triste calamidad.

Sergio Badilla y Omar Pérez.Santiago en el centro cultural Gabriela Mistral. GAM

Sergio Badilla y Omar Pérez.Santiago