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viernes, abril 26, 2024

Técnica narrativa. El encanto de narrar haciendo listas de cosas, ideas u objetos.

 


Existen muchos autores a los que les encanta usar listas, enumeraciones y clasificaciones como recursos narrativos. Esta técnica puede aportar riqueza, profundidad y ritmo a la historia, además de servir para revelar la personalidad del narrador o del personaje.

Aquí te presento algunos ejemplos de obras literarias que utilizan listas de manera magistral:

1. "Cien años de soledad" de Gabriel García Márquez: En esta obra maestra del realismo mágico, encontramos numerosas listas que describen con detalle la genealogía de la familia Buendía, los objetos de la casa, los ingredientes de las recetas y hasta los nombres de los animales. Estas listas no solo aportan información, sino que también crean una atmósfera de exuberancia y realismo mágico.

2. "Rayuela" de Julio Cortázar: Esta novela experimental está repleta de listas, desde las instrucciones para jugar al "rayuela" hasta las enumeraciones de los pensamientos y emociones del protagonista, Oliveira. Estas listas reflejan la fragmentación del mundo y la mente del personaje, y contribuyen a crear una atmósfera de juego y experimentación.

3. "La escritura del dios" de Jorge Luis Borges: Este cuento hace lista exhaustiva de los objetos del universo . A medida que la lista avanza, el lector se va preguntando por la historia de la casa y sus habitantes. La lista, en sí misma, se convierte en una narración que invita a la reflexión sobre la memoria, el paso del tiempo y la naturaleza de la realidad.

4. "Los viajes de Gulliver" de Jonathan Swift: En esta sátira política, el protagonista, Lemuel Gulliver, describe sus viajes a tierras lejanas habitadas por criaturas fantásticas. Sus descripciones a menudo incluyen listas detalladas de las características físicas, la cultura y las costumbres de estos seres. Las listas sirven para enfatizar la extrañeza de estos mundos y para criticar la sociedad humana.

5. "El Señor de los Anillos" de J.R.R. Tolkien: Esta épica obra de fantasía está llena de listas, desde las descripciones de las diferentes razas y pueblos de la Tierra Media hasta las enumeraciones de los objetos mágicos y las armas que utilizan los personajes. Las listas ayudan a crear un mundo complejo y detallado, y contribuyen a la sensación de grandiosidad y aventura de la historia.

6. "El Silmarillion" de J.R.R. Tolkien: Esta obra de mitología y cosmología también utiliza listas de manera extensiva. Se describen en detalle los linajes de los diferentes personajes, las genealogías de los dioses y los Ainur, y las características de los reinos y lugares de la Tierra Media. Las listas sirven para crear una historia profunda y rica en detalles, y para establecer las bases del universo de Tolkien.

7. "El diario de Ana Frank" de Ana Frank: Este diario, escrito por una niña judía durante la Segunda Guerra Mundial, contiene numerosas listas de las cosas que Ana desea tener cuando termine la guerra, de los libros que ha leído y de las actividades que realiza en el escondite. Las listas nos permiten conocer los pensamientos, sentimientos y esperanzas de Ana, y nos dan una idea de las dificultades que ella y su familia tuvieron que enfrentar durante la guerra.

8. "La invención de Morel" de Adolfo Bioy Casares: Esta novela de ciencia ficción cuenta la historia de un hombre que descubre una máquina que puede proyectar imágenes del pasado. A medida que explora la máquina, el protagonista crea listas de las imágenes que ve, tratando de comprender su significado y de descubrir la verdad sobre la isla en la que se encuentra. Las listas sirven para crear una atmósfera de misterio y suspenso, y para explorar temas como la memoria, la identidad y la realidad.

9. "Trópico de Capricornio" de Henry Miller: Esta novela autobiográfica está llena de listas de amantes, bares, libros y lugares que el protagonista ha visitado en su vida. Las listas reflejan la personalidad bohemia y desenfrenada del protagonista, y contribuyen a crear una atmósfera de caos y vitalidad.

10. "Ciudades de ceniza" de Cassandra Clare: Esta novela de fantasía urbana contiene numerosas listas de las diferentes razas de seres sobrenaturales que existen en el mundo, desde los cazadores de sombras hasta los vampiros y los hombres lobo. Las listas sirven para crear un mundo complejo y detallado, y para explicar las reglas y la jerarquía de este mundo.

Estos son solo algunos ejemplos de cómo los escritores utilizan las listas como recurso narrativo. La lista puede ser una herramienta poderosa para crear una atmósfera, desarrollar personajes, revelar información y contar una historia de manera efectiva.

martes, junio 14, 2022

VENGO DE UNA ÉPOCA

 


Vengo de una época en que los libros que leíamos eran las novelas de Julio Cortázar, Rayuela de 1963 o de Gabriel García Márquez, Cien años de Soledad de 1967. Le debo la obligación de leerlas al profesor Muñoz (de cuyo nombre recordar no puedo), del Colegio Claretiano en la Gran Avenida de San Miguel. El profe, que no era muy alto y se empinaba para escribir en el pizarrón, nos contagió su entusiasmo por los escritores del boom. (Es un decir. En verdad, estábamos forzados a leer. No había resúmenes de Google)

Vengo, pues, a reivindicar la labor del profe.

En el cuento de Cortázar, “La señorita Cora”, de Todos los fuegos el fuego, 1966, Pablo, un estudiante de 15 años, (como yo), tenía que operarse el apéndice. La señorita Cora, la linda enfermera, debía afeitarlo allá abajo. El pudor de ese Pablo, era mi pudor.

O el cuento “Reunión” del mismo libro, sobre un revolucionario que desembarca en una isla con un grupo de camaradas, para iniciar la revolución. Se presume que el protagonista era el asmático Che Guevara y su camarada Fidel Castro en Cuba. El cuento tiene un epígrafe de una cita del Che de sus pasajes de guerra revolucionaria publicado en el 1961:

“Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista, apoyado en un tronco de árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida.”

El cuento del popular norteamericano Jack London (1876-1916) de un ser humano que se enfrenta dramáticamente a su supervivencia, se llamaba “Encender una hoguera” de 1908. Un hombre y su perro luchan contra la naturaleza, el frío de Yukón. Va  a morir de hipotermia. En algún momento pensó en matar a su perro para usarlo de protección. El perro se da cuenta de las malas intenciones y le toma distancia. Finalmente, el hombre desea morir con dignidad. 

Morir de pie con decoro.

Era, en el fondo, una cristología moderna. La ilusión del bien y el mal. Un mito laico religioso de redención con la mediación de un Cristo en la cruz. Morir por la causa. Un cariño a la entrega moral de cuño apocalíptico.

Esa era la fe que me inspiraba esa literatura.

La literatura parecía pegada a la vida. Las obras que leíamos eran nuevas. Casi recién publicadas.

Vengo de una época en que me parecía que cuando se escribían esas obras, las cosas dramáticas que se contaban allí estaban ocurriendo. Era algo real maravilloso, estar dentro de la película.

Por ejemplo. El Che viajaba en avión desde Argelia. El escritor cubano Roberto Fernández Retamar tenía en el bolsillo  el cuento de Cortázar, “Reunión”.  Le dijo al Che: “Un compatriota tuyo ha escrito este cuento donde eres el protagonista”. El Che dijo: “Dámelo”. Lo leyó, se lo devolvió y dijo: “Está muy bien pero no me interesa”. El escritor cubano movió sus ojos planos y se ajustó su boina como disculpándose.

Al Che no le interesó un cuento donde él era protagonista.

El Che moriría en 1967, en Bolivia, con decoro.

Y se transformó para muchos jóvenes, para mí, en un Cristo y en una imagen de polera.

Un día de 1970 apareció en las portadas de los diarios una foto de mi amigo Rigo Quezada, estudiante del liceo 6 de San Miguel. Llevaba pelo largo y zapatos rotos como indigente. Lo habían arrestado en la selva de Chaihuín por intentar formar una escuela de guerrillas, con la fe del Che.

Poco después, mismo año, a unos pasos del Colegio Claretiano, el alcalde de San Miguel, el socialista Tito Palestro, con rara voz de barítono, inauguró en la Gran Avenida, una estatua de bronce del «Che» Guevara, “para que la juventud se inspire”.  

Todo me parecía que ocurría en La Gran Avenida.        

Ese mismo año vi caminar a Julio Cortázar por Santiago. Iba entrando a La Moneda a saludar al presidente Allende. Una amiga gritó con femenina voz puberfónica: 

¡Mira ahí va Cortázar! 

Corrimos. Cortázar, como un gigante, sobresalía por su altura entre periodistas de tamaño chilensis. Cortázar medía más un metro noventa, o algo así.

Así pasaron las cosas, en esa época de la que vengo.

Vengo de una época en que la literatura y la realidad parecían una sola.

sábado, septiembre 12, 2020

En El Mercurio, Ignacio Valente sindicó a Isabel Allende como un epígono de García Márquez, por su novela La Casa de los espíritus. Por Pérez Santiago

 



(Publicado en utopista pragmático Nº73, 16 de junio 2002)
En El Mercurio, Ignacio Valente, el cura Valente, sindicó a Isabel Allende como un epígono de García Márquez. Los hechos ocurrieron hace veinte años, por su novela La Casa de los espíritus. Durante años, escritores de esta provincia llamada Chile, en una desmañada operación de asesinato de imagen, tomaron esa afirmación del cura Valente y, para apocarla, (difícil tarea con una empecinada Isabel Allende) iteran que ella copia el realismo mágico de García Márquez. Nada más artero y conspirador en la literatura que desacreditar de un plumazo.Había en esa manipulación un estrecho, estrechísimo cerco mental y mala leche, una falta de distanciamiento y una perspectiva anclada aún en la estética de la región.

Efectivamente, el realismo mágico no es exclusividad latinoamericana: ya estaba, de algún modo, en las sagas nórdicas de la Edad Media, algunas recopiladas en Codees Regius, un manuscrito del 1200, guardado en Copenhague. Los fundadores de Islandia -tierra del hielo- fueron jefes feudales noruegos exiliados durante el siglo IX. Allí los pueblos exiliados construyeron aventuras extravagantes de héreos mítico-reales sobre sus antepasados. Estas sagas enumeran hechos fantásticos y surreales. Durante los siglos X y XI llegaron a ser alrededor de treinta y cinco mil habitantes islandeses y en esa época construyeron las sagas propiamente islandesas que comenzaron a ser transcritos sobre piel de ternera. Los largos y oscuros inviernos, despertaban la imaginación de los islandeses. Aún hoy los islandeses son uno de los países con mayor índice de lectura en el mundo. Paralelamente a las sagas de seres reales, surgen sagas noveladas en las que se hace borroso el deslinde entre historia y cuento. Venganzas sangrientas y disputas familiares son los motivos más comunes. Un pequeño descuido, el más leve agravio podía desencadenar actos de venganza. La venganza era una obligación para hombres y mujeres. Las mujeres eran iguales, y sin llantos ni suspiros, van también tras el desagravio. La leyenda Gesta Danorum de Saxo Grammaticus del siglo XI relata sobre como el príncipe Amleth prepara la refinada venganza de su padre. Si usted reconoce la anécdota es que recuerda el Hamlet de Shakespeare, una obra que tiene raíces islandesas. Durante el siglo XII las guerras civiles acabaron con su república y la independencia de Islandia. Lo único que sobreviviría era su literatura.

La sueca Selma Lagerlöf (1958-1940) (Premio Nóbel en 1909), escuchaba de niña las sagas de Islandia en Värmland, su terruño cubierto de lagos y bosques, propicio para la mística de las leyendas. Su técnica narrativa -en La Saga de Gösta Berling y Las Monedas de Don Arne, por ejemplo- es deudora de las sagas islandesas. Y Selma Lagerlöf, a su vez, ejerció influencia sobre la literatura latinoamericana. El mexicano Juan Rulfo reconoció: "los escritores nórdicos fueron en realidad la influencia que he tenido más cerca. Yo empecé a leer a los nórdicos, a Knut Hamsun, a Björnsson, a Selma Lagerlöf, en fin...a mí siempre me ha gustado la literatura nórdica porque da la impresión de un ambiente brumoso, neblinoso, ¿no?."

Obviamente, no podía ser de otro modo, las sagas han influenciado siempre a la nueva literatura islandesa en su folclorismo y color local. Halldor Laxness (1902- 1983) (Premio Nóbel en 1955) introdujo una renovación de la literatura islandesa. Pero es Gudbergur Bergsson (1932) -con su novela Tomas Jonson, Best seller (1966)- el que amplió la matriz literaria de Islandia. Hizo una revolución. Una novela larga, de estructura compleja y tono experimental, que modernizaba la narrativa tradicional, mezcla de realismo y surrealismo con tonos humorísticos y bizarros, propios de la tradición islandesa. Los jóvenes lo convirtieron en un libro de culto. Nuestra literatura le debe mucho a este islandés.

Escuchemos.
Bergsson ha traducido a El Quijote, a García Márquez, a Borges, a García Lorca, entre otros, al islandés. Bergsson ha introducido la literatura española y latinoamericana en Islandia. Nació en 1932 en Grindavik, un pueblo cerca de Reykiavik. Es autor de más de veinte novelas y colecciones de cuentos y ha recibido dos veces el prestigioso Premio de las Letras Islandesas. Bergsson, muy popular en su país, ha alcanzado en los últimos años verdadero reconocimiento en el mundo literario europeo. Kundera, por ejemplo, considera a Gudbergur Bergsson un autor continental. Bergsson escribe artículos para diarios y radios de Islandia desde donde mantiene su lucha contra la estupidez, la corrupción y la estagnación.

Así es, Islandia tiene una gran tradición de "realismo mágico". No es casualidad que Isabel Allende tenga un público masivo en los países nórdicos. 

lunes, enero 28, 2008

Gabriel García Márquez y la increíble y triste historia del náufrago

Es la primavera de 1957 y el escritor colombiano Gabriel García Márquez —28 años— flanea feliz e indocumentado por el bulevar Saint Michelle de París. De pronto, al otro lado de la calle, ve a Ernest Hemingway (que aún creía que París era una fiesta). 

—¡Maaaaestro!, le gritó.

—Adiooos, amigo, le respondió el maestro. 
García Márquez lo admiraba desde que leyó El viejo y el mar. El año 1953 el colombiano era un vendedor de libros sin éxito, y estaba con cuarenta grados de calor en un hotelucho de Valledupar —cuya cuenta, por demás, amortizó con libros. No le importó el abrasador calor tropical: la lectura en el número 7 de Life en español "fue un taco de dinamita". Le impactó el estilo sencillo y elegante de narrar. Sobre todo le gustó el escritor vivencial:
"Para llegar a ese pescador temerario de El viejo y el mar, el escritor había vivido media vida entre pescadores; para lograr que pescara un pez titánico, había tenido él mismo que pescar muchos peces, y había tenido que aprender mucho, durante muchos años, para escribir el cuento más sencillo de su vida".
Ahora saben los biógrafos que García Márquez aplicó con excelencia los truquillos formales del relato corto de Hemingway, en un reportaje superlativo, El relato del naufrago. 
El naufrago, Luis Alejandro Velasco —20 años—, llegó solito al diario El espectador de Colombia. El director lo mandó a hablar con el reportero estrella, Gabriel García Márquez, que lo entrevistó en largas sesiones y reconstruyó día a día la espléndida historia. Velasco formaba parte de la tripulación del Buque Caldas, de Colombia. Unico superviviente de un accidente en que ocho marinos cayeron la mar del Caribe. Estuvo 10 días a la deriva en una mugrienta balsa sin comida ni agua. Vivió toda la soledad y la angustia, la angustia y la sed que muchos hombres sedentarios no viven en toda su vida. Bregó con las olas, con el mando de la balsa, con los tiburones y Luis Alejandro Velasco —para no perder el juicio— con el control de su mente.
La verdad sobre su aventura se publicó bajo el original titulo de "La verdad sobre mi aventura", en catorce capítulos del diario, escrito en primera persona y publicada con el nombre del náufrago. El relato es encantador, y si yo fuera pomposo diría que es una magistral síntesis de periodismo y literatura. Tuvo un éxito morrocotudo: la gente ama la desgracia ajena con final feliz. 
Fue un suceso. 
Todos risueños. Menos uno: el déspota colombiano, el general Gustavo Rojas Pinilla.

Cómo ustedes saben, queridos lectores, no se puede bromear con un dictador militar. 

Luis Alejandro Velasco se había convertido —a sus veinte años— en un héroe nacional, condecorado por el dictador, nombrado hijo ilustre, usado en los reclames publicitarios de jabones y detergentes y —qué mejor— mimado y besado por las reinas de belleza. 
Un suceso. Una estrella. Un diamante. Pero.
El náufrago, (aquí viene lo sabroso), la embarró solo. 

¿Por qué? 

Porque le contó al reportero estrella que el barco militar no había sido objeto de una tormenta. Simplemente las cargas de contrabando que traía el barco militar —neveras, televisores, lavadoras— se soltaron por un bandazo del barco y cayeron con ocho tripulantes al agua.
Entonces, el marino condecorado, el héroe nacional, el hijo ilustre, el ícono publicitario, el diamante, cayó del pedestal de la gloria y le pegaron una patada en el poto: lo echaron de la marina. 

—¡Te me vas!, le dijeron. 
Ya ven que no se puede bromear con un dictador militar.
El náufrago había develado una bacteria latinoamericana que no hay que jamás develar: la bacteria de la corrupción.
Como ya se entenderá, García Márquez, (Gabo, para los amigos), también tuvo aprietos con los corruptos del matute de neveras, televisores y lavadoras.
La mitología dice, y yo lo repito aquí, que García Márquez salió a un exilio forzado a París por su relato del náufrago. 
Sus amigotes eran esos camaradotas que uno siempre recuerda con cariño: le hicieron una estirada fiesta de despedida. La parranda fue tan dilatada que al otro día, por razones obvias que no vale la pena detenerse, García Márquez no escuchó el despertador, se quedó dormido y perdió el avión.
Pero, afortunado, el avión se echó a perder y se detuvo en Barranquilla y aprovechó de despedirse de sus otros compañerotes en el bar El Cuervo.
También tuvo una despedida dulce como la miel: se encontró con su eterna novia: Mercedes, la hija del boticario. Con la cara larga y esos ojos de látigo que usan las mujeres cuando están enfadadas le dijo que no le importaba. 

—No importa, Gabito, yo te espero.
Creo que algo parecido debe haber dicho la enamorada. 
En París García Márquez vivió en un piso séptimo. En realidad, era una buhardilla del averiado hotelucho Flandre, del Quarter Latin, que ya estaba poblado de sudacas pobres e indocumentados.
Así era.
En París, el escritor, futuro Premio Nóbel, futura estrella de las letras: sin trabajo, escribiendo novelas de noche, luchando para conseguirse una botella de vino y un plato de spaghetti y haciendo una movida bohemia entre turcos, franchutes y sudacas. Un patiperro en una ciudad de patiperros. 
Fue en esos días de primavera en que patiperreaba por el bulevar Saint Michelle que vio al maestro de 59 años (que aún creía que París era una fiesta) y le gritó maestro. Y el maestro le gritó adioooos amigo. Ambos ya habían escrito una obra marina: El viejo y el mar y El relato del Naufrago. 
Hemingway hace poco que ya había ganado el Premio Nóbel en 1954, y García Márquez lo recibiría en 1982. Año 1982. Recordemos: ese año fue al barrio viejo de Estocolmo, la gamla stan, a recibir de las pálidas manos del pálido rey Karl Gustav, el Premio Nóbel, vestido con una guayabera blanca.
Miren lo que son las cosas: ese mismo año se enfrascó en una enojosa disputa con el naufrago. 
Flash back o la crónica de un juicio anunciado: en marzo de 1970 se publicó en forma de libro el relato del naufrago con el original título de Relato del Naufrago, bajo la firma de García Márquez. García Márquez le relegó los derechos de autor a Velasco, porque "hay libros que no son de quien los escribe sino de quien los sufre". Desde marzo de 1979 hasta diciembre de 1982, los derechos de la edición castellana le llegaron puntualmente al naufrago. 
Pero en 1981 García Márquez leyó una nota en el diario que lo sobresaltó. Se anunciaba la posible realización de una película con el relato del naufrago. Se trataba de una coproducción colombiana-italiana, y daba como posible director al cineasta italiano Francesco Rossi y como protagonistas a dos superstars: Arnold Swazeneger y a la divine Kim Bassinger. Un testigo afirma que el rostro del escritor cambió de expresión. 

—Esa película yo nunca la he autorizado, ni la autorizaré, jamás, dijo enfáticamente, remarcando la palabra jamás. 
Se notaba que el escritor estaba en sus tiempos de cólera. 
A partir de ahí, los derechos de Luis Alejandro Velasco se detuvieron.
"En un momento en el que todavía no podía vivir de mis libros, decidí -por una razón humanitaria- entregarle a Velasco el dinero producto de la venta del libro. Así se hizo hasta que un abogado instó al marino a pelear por los derechos. Es decir, a tener la propiedad intelectual del relato, para poder negociar a su antojo con él, y venderlo, por ejemplo, a un productor de cine o a uno de teatro".
"Me pareció una respuesta poco cortés a la generosidad que había tenido con él. Fue un abuso que no estuve dispuesto a aceptar y, por eso, suspendí la publicación del libro".
Velasco se quejó. "Me da tristeza ver cómo la palabra de un hombre tan importante como García Márquez no se cumpla. Gabo no hubiese podido escribir el libro sin mi concurso, pues en el libro hay léxico mío en un 60 o 70 por ciento".
Luis Alejandro Velasco, como buen marinero, se fue a las manos y resolvió demandar a García Márquez. En febrero de 1984 los jueces finalmente fallaron a favor del escritor. Ahora era el único dueño de los derechos de autor del libro.
El naufrago en su laberinto, por segunda vez, la había embarrado solo. 
Desgraciadamente, todos tenemos que morir algún día y el naufrago murió en agosto del 2000. El naufrago, que estuvo tirado diez días en una balsa, estuvo ahora más de diez meses tirado en una cama a causa de un tumor.
Moribundo, Velasco hizo su mea culpa y pidió excusas públicas al escritor.
"Quiero dejarlo muy claro: ahora estoy arrepentido. Le pido perdón a Gabo porque considero que perjudiqué su imagen. Fue por eso que me quitó los derechos. Espero que sea el momento para que las regalías que tú me has cobrado por tanto años me ayuden en los gastos que no sufraga la sanidad de las Fuerzas Militares de Colombia", dijo el hombre que sobrevivió diez días en una balsa sin agua ni comida en el mar del caribe.
Entonces, finalmente, murió. 

(Publicado en Escritores y el Mar por Ecoceanos, Santiago, Chile,2002)

¿No quieres quedarte con nosotras para siempre? Te llevaremos a todas partes. Siempre te mantendremos en tus dieciséis años.. La Endemoniada de Santiago. Braulio Arenas

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