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sábado, febrero 02, 2008

Las orillas están llenas de murmullos de Marchant, según Raúl Zurita

Por Raúl Zurita
Las orillas del río están llenas de murmullos de Reinaldo Marchant, al contrario de lo que sucede con la inmensa mayoría de los textos literarios, constituye uno de esos escasos libros en que se ensaya el lenguaje de la felicidad. Esta serie de setenta y tantos relatos breves dialogan con una tradición más que milenaria cuya raíz se encuentra tanto en la antiguas fábulas como en el entramado de Las mil y una noches, y donde la presencia del realismo mágico, de lo real maravilloso o del realismo fantástico, empleando terminologías que se pusieron en boga durante el boom, están atravesados permanentemente por una experiencia de la cotidianeidad y de los paisajes que nos son familiares, plazas, parques, calles, que puede adscribirse, y para quienes gusten de las definiciones, a una suerte de surrealismo no programático sino existencial.
Así estos murmullos vuelven a resaltar dos atributos que finalmente son morales: el primero es el de la libertad. Es una libertad que se manifiesta antes que nada en la ruptura con los límites del realismo para indagar en aquellas zonas de nosotros mismos donde, como querían también los surrealistas, la vigilia y el sueño, la noche y el día, la vida y la muerte, dejan de ser percibidos como términos contradictorios. Pero también a diferencia del surrealismo ortodoxo, el otro atributo que privilegian estos murmullos es, la piedad. Se trata de una piedad hacia los seres humanos representados a menudo por personajes que viven en los márgenes y que la sociedad considera parias, pero que en el universo de Reinaldo Marchant representan la pureza, el consuelo y, de nuevo, la libertad. Se trata entonces de una singular inocencia donde los animales, por ejemplo, como la vaca en el relato “La vaca y él”, la mosca de “Se alquila, una oreja…” o los perros en “Murmullos en la mitad de la ciudad”, entre tantas otras narraciones igualmente remarcables, ocupan roles protagónicos en una complicidad con lo humano y cuyo origen en la narrativa se encuentra en la raíz misma de la escritura, sin ir más lejos recuérdese el papel de los monos en el Ramayana hindú o del caballo en el Aquiles homérico, pero que aquí ha adquirido un sesgo particular y a la vez inmediatamente reconocible: estos animales atraviesan la cotidianeidad, se hacen presente en escenarios que nos son en extremo familiares, porque se les ha encomendado el papel de ser alucinantes representaciones de la hermandad, de la solidaridad y, finalmente, de la libertad y del amor.
No podemos entonces dejar de leer este libro como una crítica a un modo de relacionarnos y a una pérdida generalizada, a un extravío monstruoso que nos lleva en el mejor de los casos a relegar la inocencia, la virtud y la belleza, al diván de los trastos inservibles y, en el peor, a tomarlos como sinónimos de la afectación, de lo cursi y de la simplonería. Algo sucede con nuestras vidas, con nuestras vidas concretas, algo demasiado feroz, como para que se haya impuesto una exaltación de los espacios de la violencia, del mal y del daño. No se trata obviamente, de criticar a Kafka o a José Donoso, y por favor entiéndaseme bien, odiaría en este punto al menos ser malinterpretado, de lo que se trata es de mirar, pero mirar con dolor, con angustia, con remordimientos, la historia que nos ha llevado a Kafka o a Donoso. Quien admire a Roberto Bolaño no puede sino horrorizarse del mundo. Lo demás es simplemente frivolidad, literature. Pero es precisamente ese el nudo central que ponen de manifiesto los relatos de Marchant; sus personajes son entrañables porque aunque perfectamente ellos podrían ser cada uno de nosotros, ellos, también a diferencia de nosotros, siempre al final nos están hablando de una experiencia de la dicha.
Me ha parecido que ese es el aporte de este libro esperanzado. Leerlo nos devuelve a una infancia que probablemente no existió nunca, pero a la que paradójicamente volvemos cuando hablamos solos, cuando murmuramos en sueños, cuando cruzamos una calle sin fijarnos en las luces del semáforo. Quiero apostar a que en esos momentos somos ángeles y que luego al volver caemos abruptamente en el desvelo de habitar nuestros cuerpos imperfectos, nuestras pasiones imperfectas, nuestra irremediable vejez y muerte. Pero no nos engañemos, ser ángeles, aunque sea por un minuto, es en extremo peligroso, puedes ser arrollado por un automóvil o atravesar los límites de la locura. Leer Las orillas del río están llenas de murmullos de Reinaldo Marchant también puede ser un ejercicio peligroso; su ensayo de la felicidad es también el relato de nuestra desgracia.

miércoles, mayo 16, 2007

Leonardo Favio y escritores desanimados

La gente salió del Metro de Santiago, en la estación La Rejas, y se tomó la avenida La Alameda. El Metro colapsó y la gente salió espontáneamente a protestar en la superficie. Llegaron los pacos y como no pudieron contenerlos, los señores carabineros tiraron sus agradables bombas lacrimógenas.
Yo no estaba allí.
Yo estaba desayunando en mi casa con mi hija, (que ahora tomó el hábito de hablar como los chinos,) mirando todo por la tele. Los encantadores matinales de la tele chilena. Lucho Jara y Felipe Camiroaga, Leo Caprile y la chica ésta, que está casada con…el otro animador, …cómo se llama…, no me acuerdo.
Todos los animadores de los matinales le daban un tonillo de hundimiento del Titanic y de asonada popular al evento que se transmitía en directo.
Y yo estaba tan distraído o medio dormido que me lo creí. Hasta aquí no más llegamos Michelle Bachelet.
Más tarde almuerzo con Sergio Badilla y a él le había ocurrido lo mismo. Así la conversación fue muy desalentadora y penca.
Nuestro estado de ánimo era desalentador.
Badilla viaja y viaja a diversos festivales de poesía en el mundo, lee sus poemas, participa en coloquios donde se discute el valor de la poesía, y luego bebe y turistea con los gastos pagados que paga no sé que fundación o no sé qué universidad.
Pero el poeta vuelve a Chile y se desanima.
Más tarde me tomé un café con el Pato Igor en el barrio Londres, y de pronto en el vano de la puerta se recortó la figura Marchant. Algo nervioso y ansioso, como buscando a alguien en el recinto. Reinaldo Marchant fue presidente de la Sociedad de Escritores hasta hace poco. Duró sólo unos meses, pues los comunachos de la Sech lo acusaron de no sé qué. Unas platas del gobierno que viajaron a Antofagasta donde el escritor Hernán Rivera Letelier. O algo así. No estoy seguro.
El ex presidente de los escritores ingresa al café y me dice:
-Estuve en la Feria del Libro de Buenos Aires y no quería, no quería volver a Chile. También se desanima cuando llega a Chile.
Otro escritor que se desanima cuando llega a Chile.
En sólo unas horas me había encontrado con dos escritores que se desaniman cuando vuelven a Chile.
Marchant dijo que esperaba a alguien. Sospeché que esperaba a alguien del Partido Socialista. ¿Por qué? Obvio.
Marchant es socialista y frente al café está la sede del partido socialista.
Ahora Marchant no tiene cargo, pero lo tuvo alguna vez: fue agregado cultural en Uruguay y luego en Colombia, o al revés, primero Colombia y luego Uruguay, no me acuerdo bien. Qué se yo. Nunca me acuerdo.

Por la noche vi por la tele a la presidenta Bachelet. Está más flaca y ese traje negro la hace más elegante que los trajes rojo-tomate, y menos ingenua que esos trajes blancos de primera comunión. Acusó a la derecha de promover asonadas. Eduardo Frei, el presidente del senado, dijo que había que estatizar los buses. Y la derecha se puso para el encuadre televisivo: Larraín, Longueira, Novoa, alcaldes y medios pollos, todos unidos, de modo compacto, una gran patota unida, en una conferencia de prensa en la que faltaba espacio para el encuadre televisivo. Esa derecha dijo lo que ustedes saben.

Me puse a escribir y escuché a Leonardo Favio.

miércoles, febrero 28, 2007

Antonio Skármeta canta boleros

Anoche estuve en una comida muy agradable en la casa del embajador de Finlandia, Ivo Salmi y señora, a quienes, por lo demás, agradezco la gentileza de invitarme.
Era una comida en homenaje a Matti Brotherus, de viaje en Chile.
Matti es traductor del español al finés. Un ser muy espontáneo que vale la pena conocer. Ha traducido a José Donoso, Luis Sepúlveda, García Márquez, Neruda, Mario Vargas Llosa y un largo etcetéra. En esa comida estaban los escritores Skármeta, Edwards, Cámeron, y Marchant. Estaban los periodistas Pablo Guerrero de El Mercurio y Pablo Marín de La Tercera.
Estaban también Sergio Badilla y su señora Rita, pues otro de los motivos del encuentro era dar conocer que el poeta Badilla está invitado este año a la Reunión Internacional de escritores de Lahti, el más importante festival literario del país. La Reunión Internacional de Escritores se organiza anualmente en los hermosos parajes de la Mansión de Mukkula en Lahti, justo los días antes del San Juan. Esta reunión forma un punto de encuentro para escritores de todos los países del mundo para intercambiar opiniones sobre literatura y para discutir el papel de su arte en el mundo moderno.
El embajador anunció que luchará para que esta práctica de invitar a un chileno o chilena cada año se mantenga.
Mientras probábamos ostiones al ajillo, le recordé a Antonio Skármeta, lo bueno que era para cantar boleros. No cantamos boleros anoche. Pero sí lo hizo aquella primera vez que nos vimos en el Malmö de mi exilio. Antonio vivía su exilio en Berlín, acababa de filmar su película Ardiente Paciencia, con una jovencísima Marcela Osorio. Con los hermanos Juan y Guillermo Moya lo invitamos a presentar su película en Malmö. Luego hubo una alegre fiesta en la casa latinoamericana donde Antonio brilló con sus canciones acompañadas de los hermanos Moya.

Sobre literatura finlandesa vean mi versión de un cuento de Rosa Liksom, una escritora que a mi me gusta mucho

Desplazamiento simbólico. Alone no tenía razón

Desplazamiento simbólico. Alone no tenía razón. “La literatura femenina empieza a existir seriamente en Chile, con iguales derechos que la m...