lunes, septiembre 21, 2020

Mesón del buen comer y la muerte de Juan Luis, alias Pape. Por Pérez Santiago. Foto de Laura Vicuña

 



José Luis Hernández salió una noche de aquí del  Mesón del buen comer, después que se había bebido unos ron, con su morral naranja, su camisa gris de manga corta y sus pantalones de jeans. En la madrugada estará su cuerpo reventado en la sala de la morgue, inerte, tirado sobre una bandeja de metal, cubierto de una tela de polietileno. 

Patricio Igor Melillanca, su compañero y colega, fue al reconocimiento en el depósito de cadáveres. 

-Su cabeza -dijo cuando nos contó más tarde-, era como si un niño la hubiese hecho con plasticina y luego la hubiese aplastado con el dedo pulgar. Era una plasta, una masa. El cuerpo estaba reventado, un vehículo pesado le pasó a lo largo. 

***

El año 2005 las oficinas de nuestro trabajo estaban ubicadas en el Barrio Cívico, o lo que queda de él, en el paseo Bulnes, al llegar a Alonso de Ovalle. Solíamos almorzar en el paseo peatonal, quizás uno de los proyectos urbanos frustrados más bellos  de Santiago. El paseo comienza frente al palacio La Moneda en La Alameda.  Caminábamos hacia el sur hasta el final del paseo, hasta casi llegar a la estatua de piedra de don Pedro Aguirre Cerda y dos niños, obra del escultor Galvarino Ponce, en el parque Diego de Almagro. Cerca de allí hay un letrero de neón, algo sucio, algo bastante sucio, que dice Mesón del buen comer, al que finalmente yo y el periodista José Luis Hernández escogimos como refugio, por ser el más amplio y el más barato de todos los lugares del paseo. El lugar está atendido por el hijo del dueño, Patricio Toro, moteado por nosotros como Pato Mesón.

El almuerzo era una ganga, costaba 1450 pesos e incluía ensalada o sopa, plato de la casa, jugo y postre. Por las tardes, cuando salíamos de la pega, volvíamos a la misma fuente o abrevadero, a sentarnos, sobre todo en primavera o verano, en unas sillas de plástico azules que ponía Pato Mesón en el bulevar. El aire fresco que dan los plátanos orientales, los jardines tuliperos, el agua corriendo de una fuente en medio del paseo peatonal, hacían del lugar especial para pasar el calor, antes de irnos a casa, y olvidarnos del ajetreo áspero y el duro stress del día.

Había otro encanto. Por allí pasaban las jóvenes estudiantes de las universidades, y era grato ver bambolearse  a las chicas sueltas de cuerpos con sus morrales a un costado del hombro, convirtiendo el bar en una agradable pasarela. 

En el ocaso de los espacios públicos, el Mesón del buen comer era un respiro.


El padre de Pato Mesón autorizó a Pato que  administrara el negocio por las tardes. Pero Pato no tenía más capital que unas cuantas cervezas que compraba en el supermercado. Llegado el momento, cuando nos habíamos tomado esas chelas, Pato iba corriendo al mini market de  la otra cuadra, a comprar nuevas. Nosotros quedábamos momentáneamente a cargo del bar. No había nada para picar. No había vino y no había licor. Cuando queríamos tomar vino, teníamos que pagarle anticipado. Así él   podía ir corriendo al mini mercado. 

Así es la capitalización de la pequeña empresa chilena. Así es la gente emprendedora. Corriendo y corriendo al mini mercado. Agentes del estado han querido construir el mito de Chile como gran potencia emprendedora. Pato Mesón es el contramito, la contrahistoria. Pato Mesón,  sin apoyo de un banco ni del Estado, creó su fuente de ingresos, marchando al mini market.


Un día Pato Mesón trajo un televisor con pantalla gigante y ofreció pasar el fútbol. José Luis le prometió realizar un impreso digital para que se avisara la hora y el día de los partidos del mundial de fútbol de Alemania, en junio y julio del 2006. Pato Mesón lo colgó en la entrada y entonces  el bar se llenó de parroquianos devotos de la pelota. Y el negocio,  a esas alturas,  comenzó a fructificar. Por la tarde ya se podía consumir sánguches, vino y ron. Y nosotros para ver el fútbol teníamos que reservar mesas.

Un día ocurrió lo inevitable. 

Se nos acabó el dinero, pero no la sed. 

Entonces José Luis le pidió fiado unos rones, para pagarlos a fin de mes, solicitud que Pato Mesón aceptó. José Luis le sugirió que anotara en un papel el monto de la deuda y que él ponía la firma. Así nació la popular Pato-Card,  una tarjeta de crédito mejor que cualquier otra  tarjeta usurera del mercado financiero, pues no incluye intereses ni costos del servicio. 

Con el tiempo Pato Mesón guardaba un montón de papelitos de sus deudores 

El Mesón del buen comer no es un bar de escritores como  los que he conocido como  El Floridita de La Habana donde iba Ernest Hemingwey a beber sus daiquiris, ni El Tortoni de Buenos Aires donde iba Jorge Luis Borges. Tampoco el Bar de la Unión Chica de Santiago donde conversé con Jorge Teillier, (“un boxeador contra las cuerdas”, Boccanera dixit). Ciertos escritores jóvenes y también viejos bohemios afirman a veces que la literatura está ligada a la musa sedienta y glorifican el licor como químico creativo. Pero, muchas veces, el trago es  una musa cruel de autodestrucción nocturna y pendenciero malditismo.

Digo: El Mesón no es un bar de escritores, aunque he bebido y comido allí con varios de ellos:  Teresa Calderón, Sergio Badilla, Reinaldo Marchant, Mario Artigas, José María Memet,  entre otros. A veces, sólo a veces, hablamos de literatura. La mayoría de las ocasiones nos reímos y nos reímos mucho con nuestro mal hábito y deporte favorito de desplumar finamente a otros escritores. 

-Ese escritor está sobrevalorado, ¿no creen? 

-Mmm, irregular...

-Editado a la mitad, su libro sería  mejor.

-Ja, ja, ja… 

-Ja, ja, ja…

Qué cosas nuestros queridos escritores.

Hay cosas que la historia quiere dejar pasar. Es la ocasión para recordar otra anécdota de contrahistoria: era la época, la primera década del siglo XXI, en que esos escritores criticaban públicamente a la Ministra de Cultura, Paulina Urrutia, por un turbio manejo de las becas de escritores. Y algunas de esas estrategias de lucha contra la cultura manoseada, se discutieron en el Mesón. El jueves 12 de Julio del 2007, ese grupo de escritores y escritoras llegamos a la calle San Camilo de Santiago y subimos al séptimo piso para reunirnos con la menuda señora Paulina Urrutia que parecía haber dormido poco.  Llevamos una carta titulada La crisis de la cultura nacional. La infelicidad permanente, firmada por más de 300 escritores y que reflejaba un creciente malestar en la cofradía literaria. La periodista de El Mercurio nos catalogó al otro día  como “los escritores disidentes“.

Vueltas de tuerca. Somos precarios los chilenos, somos frágiles y olvidadizos,  aunque se quiera hacer  creer otra cosa. Muchos operantes de la Concertación creían, según recuerdo, que su autocomplacencia -el peso de su noche-, sería sempiterna. Estaban de la realidad, lejos. De los barrios, lejos. Y más lejos aún de estos bares chilenos que antes visitaban y en los cuales soñaron cambiar, alguna vez, la insidiosa realidad.  

El Mesón es un bar muy parecido a la mayoría de los bares chilenos, donde todos olemos a pan con ajo, tomate y ají. El único con el que yo realmente hablaba de literatura en el Mesón, era Mathius, un parroquiano moreno, de panza abultada, de voz whiskosa, habitué del Mesón. Lo conocí aquí y las únicas veces que lo vi, fue sentado en estas sillas de plástico azules. Le gustaba el escritor nazi Miguel Serrano.

-No me gusta, le dije.

-¿No te gusta por nazi? 

-No es el escritor, es su literatura pringosa. 

Mathius, tal vez por herencia de su sangre,  hablaba muy seguro de sus gustos literarios extravagantes y decía que tenía una obra poética muy delicada; talento literario que permanecerá en el mito, pues yo nunca leí nada. 

Una tarde  José Luis me dio la noticia lúgubre: 

-Se murió 

-¿Quién?

-Tu amigo Mathius.

La musa sedienta y cruel cobraba una víctima del Mesón.

Fui a saludar a sus amigos de trabajo que estaban en otra mesa, pero a ellos les extrañó que alguien como yo estuviese interesado en darles el pésame por la muerte de Mathius.

De repente pienso que el fantasma literario del presunto escritor, vuela por el Mesón del Buen comer.

La higiene de los urinarios de los bares darían para una crónica propia, tan sucios y con mal olor, pues parece que la autoridad sanitaria nunca controla. El baño del Mesón del buen comer, es un miadero respetable. Lo difícil, como tantos baños de tantos bares de Santiago, es cuando uno decide cagar. Por que el retrete  no tiene puerta y cualquiera puede verte cuando uno está con cara descompuesta vaciando la tripa. Siempre es conveniente llegar con la tripa vacía.

He visto aquí el formidable apetito sexual de dos jóvenes noctívagos.  Una mujer en la semipenumbra de un rincón –ya cerca de la medianoche-  le solicita al oído de su joven pareja ser corrida en el lugar. Y mientras su amigo la besa y la besa con besos mojados, le hace cositas con los dedos por debajo del mantel. Ella ponía cara de inocente y cara de pervertida, sin comedimiento ni moderación. 

¡Lo que hace el alcohol, dios mío! 

El destino de esos dos calientes sería el baño de mujeres, que sí tenía puerta. Así  procrean los jóvenes a veces en Chile, sentados en un retrete del Mesón del buen comer.

Los miércoles era un día muy especial. 

A las siete de la tarde aparecía un pequeño pero compacto y convencido grupo de evangélicos con un micrófono y un parlante portátil y se instalaban al otro lado del paseo, frente al Mesón. Traían unas guitarras viejas y panderos hechizos con los que iniciaban una plegaria cantada. Venían muy bien peinados al agua, y venían, eso se notaba desde el inicio, con la clara y decidida intención de sabotear  a los que estábamos plácidamente bebiendo cerveza en la terraza del Mesón. 

El show estelar de la noche lo protagonizaba una canuta muy guapa, de pelo largo, de aspecto lábil, de falda ajustada a la rodilla, que desde el micrófono con voz de canario invocaba a dios, para que nos sacara del infierno del alcohol.

-Cuídense  pecadores, cuídense  que llegarán al infierno, el alcohol a nada conduce.

Con ritmo tiraba hacia adelante su cadera y hacía notar su pubis, mientras nos apuntaba con el dedo.

José Luis miraba a la canuta con admiración y al final del sermón, aplaudía, aunque no veía en la alerta de la canuta ningún mal presentimiento. Todo parecía trivial.

Nuestro jefe era un gordo cuyo único talento era hablar de todo, sin tener conocimiento de nada. Al desgraciado le decíamos Walala, arquetipo del jefe ignaro. Un Walala que se infla de inmediato como un sapo, cuando tiene un gramo de poder. Un Walala  soez y prepotente. 

¿Usted conoce un Walala? ¿Tiene uno cerca?

El  jefacho mediocre que cree que tu dignidad es insolencia, Walala. 

Una secretaria salió llorando de su oficina. 

-El Walala me acosó sexualmente, dijo ella, no sé que haré.

-Demándalo, dijo José Luis.

Esa tarde llegaron al Mesón y José Luis decidió apoyarla para que hiciera la denuncia ante la Dirección de Trabajo. Se puso el honor de la secretaria a favor de la cólera colectiva. Había engendrado mucho odio, el villano del Walala. 

José Luis Hernández era un buen amigo. 

Nadie pensaba que se iba a morir tan pronto. 

Nadie piensa que uno va a morir joven, aunque siempre somos candidatos a la disolución.

Sé que a José Luis le gustaría que lo recordara como un  periodista no intimidado por las grandes corporaciones, las monopólicas empresas de alimentos, de comunicaciones o las tabacaleras. José Luis quería dar su testimonio de  contrahistoria.

Pero también sé que a José Luis le gustaría que lo recordaran como social y comunitario, que adoraba contar chistes y reírse bebiendo una chela helada. 

Salió de aquí, un día 12 de enero del 2009, y caminó iluminado por los faroles del paseo Bulnes, salió de aquí después de haberse tomado unos ron y de haber firmado una deuda en la Pato-Card. Dejó estampada allí su firma por los últimos tragos que bebió y que algún día pagaría.

En nuestros países, el martes 13 es un día de mala suerte. 

En la madrugada del día martes 13 de enero, como si el martes 13 fuese realmente un día de fatalidad, José Luis estaba tirado inerte en una bandeja de metal, cubierto por polietileno, en la morgue de Santiago.

Esa noche fue atropellado por un bus del Transantiago. El bus le pasó a lo largo y con el peso lo reventó. El chofer huyó del lugar, practica cobarde común,  y el fiscal que estuvo a cargo no investigó nada.

La página de Facebook de José Luis evolucionó a una moderna animita. Una muy digital y fascinante animita donde sus amigos, amigas y familiares empezaron a colgar saludos, versos, canciones. Y mujeres enviando saludos consternados. 

“-Mi José Luis no te imaginas como me duele tu partida...te quiero mucho mucho.”

“ya nos encontraremos, amigo mío...en la mesa del bar ...o” 

“putas hermanito duele tu ausencia”

Patricio Igor Melillanca escribió un poema: 

“Yo no me despido de las flores ni de las estrellas

Ni de las piedras que les tiramos a la dictadura y al patrón”

Yo subí desde Youtube una sevillana que se llama “Cuando un amigo se va”.

Una de sus amigas subió unas fotos sensuales que José Luis le había tomado hace diez años. Fotos en calzones pequeños de una mujer de veintún años. 

Su página en Facebook se había transformado en la materialización de su alma en bits. Era un alma digital, energía eléctrica, una especie de holograma. 

El día del sepelio volvimos por la tarde aquí al Mesón, desde donde José Luis había salido la última vez. Aquí estuvimos sus numerosos amigos haciendo salud por él. 

Salud. 

Como si la musa sedienta, la musa re sedienta,  no tuviese ninguna culpa. Como si el sombrío panorama de la embriaguez, la pulsión autodestructiva, el licor de olvido, blackout y embrutecimiento y que lleva al fracaso a los frágiles y sensibles, no fuese culpable.

Pato Mesón dijo esa tarde que guardaría como una reliquia de la buena suerte la Pato-Card con la firma de José Luis. 

A veces me ha contado que cuando las cosas no van bien en el bar, saca la Pato-Card firmada por José Luis y le ruega que lo ayude. 

Dice que siempre le da buena suerte.

Foto de  Laura Vicuña, Elogio del Bar, Bares & Poetas de Chile. Edición Gonzalo Contreras. 2014


Suecia. Författare och översättare, Pérez santiago, 1991.


 

sábado, septiembre 12, 2020

Realismo mágico Islandés por Pérez Santiago

 

(Publicado en utopista pragmático Nº73, 16 de junio 2002)
En El Mercurio, Ignacio Valente, el cura Valente, sindicó a Isabel Allende como un epígono de García Márquez. Los hechos ocurrieron hace veinte años, por su novela La Casa de los espíritus. Durante años, escritores de esta provincia llamada Chile, en una desmañada operación de asesinato de imagen, tomaron esa afirmación del cura Valente y, para apocarla, (difícil tarea con una empecinada Isabel Allende) iteran que ella copia el realismo mágico de García Márquez. Nada más artero y conspirador en la literatura que desacreditar de un plumazo.Había en esa manipulación un estrecho, estrechísimo cerco mental y mala leche, una falta de distanciamiento y una perspectiva anclada aún en la estética de la región.

Efectivamente, el realismo mágico no es exclusividad latinoamericana: ya estaba, de algún modo, en las sagas nórdicas de la Edad Media, algunas recopiladas en Codees Regius, un manuscrito del 1200, guardado en Copenhague. Los fundadores de Islandia -tierra del hielo- fueron jefes feudales noruegos exiliados durante el siglo IX. Allí los pueblos exiliados construyeron aventuras extravagantes de héreos mítico-reales sobre sus antepasados. Estas sagas enumeran hechos fantásticos y surreales. Durante los siglos X y XI llegaron a ser alrededor de treinta y cinco mil habitantes islandeses y en esa época construyeron las sagas propiamente islandesas que comenzaron a ser transcritos sobre piel de ternera. Los largos y oscuros inviernos, despertaban la imaginación de los islandeses. Aún hoy los islandeses son uno de los países con mayor índice de lectura en el mundo. Paralelamente a las sagas de seres reales, surgen sagas noveladas en las que se hace borroso el deslinde entre historia y cuento. Venganzas sangrientas y disputas familiares son los motivos más comunes. Un pequeño descuido, el más leve agravio podía desencadenar actos de venganza. La venganza era una obligación para hombres y mujeres. Las mujeres eran iguales, y sin llantos ni suspiros, van también tras el desagravio. La leyenda Gesta Danorum de Saxo Grammaticus del siglo XI relata sobre como el príncipe Amleth prepara la refinada venganza de su padre. Si usted reconoce la anécdota es que recuerda el Hamlet de Shakespeare, una obra que tiene raíces islandesas. Durante el siglo XII las guerras civiles acabaron con su república y la independencia de Islandia. Lo único que sobreviviría era su literatura.

La sueca Selma Lagerlöf (1958-1940) (Premio Nóbel en 1909), escuchaba de niña las sagas de Islandia en Värmland, su terruño cubierto de lagos y bosques, propicio para la mística de las leyendas. Su técnica narrativa -en La Saga de Gösta Berling y Las Monedas de Don Arne, por ejemplo- es deudora de las sagas islandesas. Y Selma Lagerlöf, a su vez, ejerció influencia sobre la literatura latinoamericana. El mexicano Juan Rulfo reconoció: "los escritores nórdicos fueron en realidad la influencia que he tenido más cerca. Yo empecé a leer a los nórdicos, a Knut Hamsun, a Björnsson, a Selma Lagerlöf, en fin...a mí siempre me ha gustado la literatura nórdica porque da la impresión de un ambiente brumoso, neblinoso, ¿no?."

Obviamente, no podía ser de otro modo, las sagas han influenciado siempre a la nueva literatura islandesa en su folclorismo y color local. Halldor Laxness (1902- 1983) (Premio Nóbel en 1955) introdujo una renovación de la literatura islandesa. Pero es Gudbergur Bergsson (1932) -con su novela Tomas Jonson, Best seller (1966)- el que amplió la matriz literaria de Islandia. Hizo una revolución. Una novela larga, de estructura compleja y tono experimental, que modernizaba la narrativa tradicional, mezcla de realismo y surrealismo con tonos humorísticos y bizarros, propios de la tradición islandesa. Los jóvenes lo convirtieron en un libro de culto. Nuestra literatura le debe mucho a este islandés.

Escuchemos.
Bergsson ha traducido a El Quijote, a García Márquez, a Borges, a García Lorca, entre otros, al islandés. Bergsson ha introducido la literatura española y latinoamericana en Islandia. Nació en 1932 en Grindavik, un pueblo cerca de Reykiavik. Es autor de más de veinte novelas y colecciones de cuentos y ha recibido dos veces el prestigioso Premio de las Letras Islandesas. Bergsson, muy popular en su país, ha alcanzado en los últimos años verdadero reconocimiento en el mundo literario europeo. Kundera, por ejemplo, considera a Gudbergur Bergsson un autor continental. Bergsson escribe artículos para diarios y radios de Islandia desde donde mantiene su lucha contra la estupidez, la corrupción y la estagnación.

Así es, Islandia tiene una gran tradición de "realismo mágico". No es casualidad que Isabel Allende tenga un público masivo en los países nórdicos. 

La sociedad desmontada, revista La Noche


 

2008, el año que postulamos a Patricio Manns al Premio Nacional

 


Ese año el jurado, que no le dio el Premio a Patricio Manns, estuvo compuesto por
el escritor José Miguel Varas
el rector de la Universidad de Chile, Víctor Pérez;
el Rector de la Universidad Católica del Norte, Misael Camus
y el miembro de la Academia Chilena de la Lengua, Andrés Gallardo y
la ministra de Educación, Mónica Jimenez.



jueves, septiembre 10, 2020

“Héroes Invisibles”, exitosa serie sobre el embajador héroe, Tapani Brotherus. Su hermano Matti Brotherus es un gran traductor de escritores latinoamericanos

 


Fue una agradable cena -ostiones al ajillo- en la casa de Santiago del embajador de Finlandia, Ivo Salmi y señora-, en homenaje al traductor Matti Brotherus, de viaje en Chile en el año 2007. Matti es hermano de Tapani Brotherus, el embajador que salvó a miles de chilenos y que se puede ver hoy en la excelente producción que transmite hoy Chilevisión.

Matti Broherus es traductor del español al finés. Un amigo muy espontáneo y simpático al que he tenido el agrado de encontrarme en otras ocasiones. Ha traducido  a José Donoso, Luis Sepúlveda, García Márquez, Neruda, Mario Vargas Llosa y un largo etcetéra.

En esa comida de ostiones estaba también Sergio Badilla, pues otro de los motivos del encuentro era dar conocer que el poeta Badilla estaba invitado este año a la Reunión Internacional de escritores de Lahti, el más importante festival literario de Finlandia.

En la mesa de los ostiones estaban además  Skármeta, Edwards, Cámeron, y Marchant y los periodistas Pablo Guerrero de El Mercurio y Pablo Marín de La Tercera y  la diplomática Riittta Alanen.  La serie “Héroes Invisibles” está traducida por Rebecca Badilla Alanen, hija del poeta Sergio Badilla y de Riita Alanen. 

Sobre literatura finlandesa vean mi versión de un cuento de Rosa Liksom, una escritora que a mí me gusta mucho.

sábado, agosto 22, 2020

Bolaño: “Es muy duro ser escritor en un país donde no te consideran de los suyos.” Pérez Santiago y las generaciones de narradores chilenos



Pérez Santiago. Escritores y escritoras de la guerra. Vigencia de una generación de escritores chilenos. Segunda edición, Editorial Universidad Bolivariana, 2007. 
CÁNOVAS, CANALES, TROPA, PIZARRO & SANTOS Y SEPÚLVEDA: IDEOLOGÍA DE LA OBRA ÚNICA

El día que dejé de creer en Santa Claus, lo recuerdo ahora con nostalgia, sentí un aire fresco, una malicia y un don irónico ingresó a mi vida. Ya nada sería lo mismo. Los tiempos de dejar de creer son relativos y esplendorosos, unos caemos antes que los otros.

Pongan atención.

 El profesor Rodrigo Cánovas y sus colaboradores Carolina Pizarro, Danilo Santos y Magda Sepúlveda en Novela Chilena, nuevas generaciones el abordaje de los huérfanos (1997) analizaron detenidamente la generación del 87. Se sostenían, técnicamente, en otros dos prominentes profesores, José Promis y Cedomil Goic. Del profesor Goic, Cánovas tomó la periodización generacional, hoy ampliamente aceptada. Goic distingue seis generaciones: la generación de 1927 (nacidos entre 1890 y 1904), la de 1942 (nacidos entre 1905 y 1919), la de 1957 (1920-1934), la generación del 72 (nacidos entre 1935 y 1949), la del 87 (nacidos entre 1950 y 1964) y la generación del 92 (nacidos entre 1965 y 1979).

 Cada generación tiene quince años de gestación, de los treinta a los cuarenta y cinco y quince años de vigencia, de los cuarenta y cinco a los sesenta. Del profesor Promis, Canovas mira el proceso de ejecución de las generaciones. José Promis postula que cada generación contiene un orden estructural singular. Así, la generación del 57 corresponde a la novela del escepticismo, a la generación del 1972 corresponde la novela de la desacralización. Canovas acepta la periodización de Goic y define a la generación del 87 como la nacida entre los años 1950 y 1964, pero, furtivamente, incluye a una hornada de autores de la generación del 72: José Leandro Urbina (1949), Damiela Eltit (1949), Ana María del Río (1948), Darío Oses (1949), Luis Sepúlveda (1949), Jaime Hales Dib. (1949), Eugenio Mímica (1949), José Leandro Urbina (1949).

Cánovas considera que estos autores tienen una producción cercana ―al espíritu de la nueva generación‖. Estos autores tienen, efectivamente, una vasta obra y su impacto es reconocido. Justamente, los escritores nacidos en esos años son muchos y potentes. Habría que incluir además a escritores interesantes como Adolfo 11 Pardo (1949), Jaime Casas (1949), Martín Faunes (1949), Javier Campos (1947) o Juan Pablo Uribe-Etxeverría (1949).

En consecuencia, instalarlos, de muto propio, en la generación 87 desvirtúa el análisis. No es un detalle. Gran parte del argumento posterior del libro de Cánovas se sustenta en estos autores. Allí se produce el primer gran desfalco y desconcierto. Cánovas no está hablando nuclearmente de la generación del 87. Cánovas desplaza, a fin de cuentas, el objeto de su estudio. Iba a darnos manzanas y nos dio peras.

Matemáticamente, la generación del 87 debe rondar alrededor de los nacidos entre los años 55 y 58. Jamás alrededor de los nacidos en los años 48 o 49. En estricto sentido, si hablamos de escritores de la frontera, con propiedad esos escritores son los (la) muchachos (a) nacidos (a) en el año 1950: Jorge Marchant, Roberto Rivera, Radomiro Spotorno, Desiderio Arenas, Mario Banic, Eugenia Brito, Hernán Rivera Letelier y Sergio Marras.

En cambio, Canovas no incorporó, entre otros, a novelistas como Michell Bonnefoy, y Alejandro Pérez, autores de exilio. Y, miren lo que son las cosas, tampoco consideró a Roberto Bolaño, también autor de exilio, aceptado casi unánimemente hoy como el príncipe de nuestra generación.

Bolaño había ya publicado tres novelas, (publicó su primera novela en 1984, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, que realizó en colaboración de Antoni García Porta. Con esta novela obtuvo el Premio Ambito Literario; La pista de hielo (1993), ganadora del Premio de Narrativa Ciudad de Alcalá de Henares, y La senda de los elefantes (1993), ganadora del premio de novela corta Félix Urabayen y publicada luego con el título de Monsieur Pain).

¿Raro, verdad?

 Cánovas excluyó a Roberto Bolaño, el verdadero eje de nuestra generación y, de ese modo, sin quererlo, se invalidó a sí mismo. Con estas desacertadas premisas, Cánovas identifica las características de la generación. La novela de la generación del 87 habla de la Orfandad, el delirio de un huérfano, afirma. Casi ya no vale discutir esta deducción.

Ya lo dijo el escritor y profesor Ricardo Cuadros, toda la literatura universal puede leerse como literatura de los huérfanos.

 El discurso de Canovas pretendió – ya no lo logró– ser un macrorelato único, paradigmático y, por eso mismo, normativo y didáctico. Una historia literaria oficiosa o académica y por otro lado, no menos significativa, de la prensa y la difusión editorial. Era la unión perfecta. La academia y el mercado, por fin, de acuerdo.

 El profesor Cánovas sobrevaloró la vitrina comercial para así contentar a autores y editores y a los sujetos de la normalización. Lo suyo fue, es fácil decirlo ahora, un gran invento. Un gran invento ideológico. 12 Su estética y su ética intentaron legitimar la novela que sonaba en el mercado, principalmente aquella que producían los escritores formados en el taller de José Donoso, estipulándola como eje central de la nueva narrativa.

Lo demás eran escrituras marginales. Canovas intentó legitimar un conformismo, un pacto que probablemente –yo no creo en la ingenuidad- no sea independiente del conservadurismo del mundo cultural de mitad de los años 90. De este modo, su visión enmascara el supuesto ―consenso‖ estético que afectaba al arte. Cánovas, hay que decirlo, fue alumno de Donoso en Estados Unidos.

El estudio de José Canales y Emerson Tropa, La novela de la generación de 1980. La escritura del antipoder (1995) mantiene la periodización de Goic. Y, a partir de allí, realizan una verónica –con algo de elegancia- para afirmar que la generación de los ochenta son los nacidos en los años 50. Algo que no está del todo mal, teniendo en cuenta que los escritores nacidos después de los 60 son hoy una minoría (12 escritores, el 10 %).

Aunque, al igual que Cánovas, incorporan a escritores de la generación del 72 (Oses, Eltit, Urbina) y también soslayan a Bolaño, a Bonnefoy y a Alejandro Pérez. La sociedad Canales & Tropa afirma que la generación de los ochenta, es literatura del antipoder, al incorporar fórmulas desacralizadoras de la novela como formas paraliterarias (característica que, por lo demás, Promis le otorgaba a la novela de la generación del 72).

 Esta conclusión, aunque de otro signo, también es ideológica, es decir, ilusoria. Si no es una escritura de Orfandad ni del Antipoder, ¿Cual es entonces el tema de la visión de la generación del 87?

La sola pregunta me parece pérfida.

No hay ninguna fórmula. No hay centros. No hay metanarrativas. Hay libros muy diferentes en su complejidad.

No creo que se deba racionalizar, encauzar, canalizar, o sea, domesticar la narrativa de nuestra generación. Simplemente los libros se miden por sus méritos propios. ¿A qué cuento viene esto de estandarizar la fabricación literaria de una generación? Tenemos una literatura plural, con estilos, conocimientos e historias diferentes.

No hay una versión de lo real. Hay de todo: El pastiche, la mezcla de estilos, tonos, géneros, niveles de lenguaje, lo lúdico y lo paródico, irónica, el humor, la incorporación de iconos de la cultura de masas junto a elementos de la llamada alta cultura, la presencia de lo metaficcional. Hay obras buenas y no tan buenas en mi generación.

Pero, ¿un discurso? ¿Una ley?

¿No estaremos ya asaz viejos para creer en Papá Noel? 

lunes, agosto 10, 2020

El Pezón de Sei Shōnagon de Pérez Santiago. Tercera edición. Novela sobre seducción y moderno masoquismo

 


Novela chilena creepypasta sobre mujer obsesionada por los likes y retuits y la fama en internet 

J. del C. Ripper

 

Una mujer se confunde con su personaje creado, Su creencia está por sobre la verdad; la emoción de un like por sobre la realidad. 

Tres películas, La Piel de VenusPerfect Blue y El libro de la almohada parecen ser antecedentes  visuales de este entretenido libro de Pérez Santiago. Esto no es raro ya que el cine y comic son dos de sus pasiones. Dos films se han realizado con sus obras, La Novia de Borges y El Deber y Pérez Santiago fue uno de los creadores del Parque del Comic en San Miguel, Santiago.

La Piel de Venus  es un film de Roman Polanski basado en el libro del austríaco Leopold von Sacher-Masoch,  La Venus de las pieles, publicado en 1870, que combina la sumisión y el fetichismo. 

Perfect blue es un film de animé de Satoshi Kon, basado en la novela de de Yoshikazu Takeuchi. Un thriller psicológico sobre una estrella del pop que trata de labrarse una carrera en el mundo del cine pero sufre una crisis de identidad  cuando debe enfrentarse a un fan obsesivo, el acoso online, la paranoia y el estrés.

El británico Peter Greenaway presentó su película El libro de la almohada en 1996, una historia visual que hace referencia a la obra de la escritora japonesa Sei Shōnagon.

El Pezón de Sei Shōnagon es una visual novela corta de Pérez Santiagocreepypasta o de terror sicólogo ambientada en el mundo del internet. El Pezón de  Sei Shōnagon es sobre una joven y sexy mujer inteligente que admiran sus jóvenes compañeros en los pasillos de la universidad. Pero ella tiene una obsesión. Ella sueña que, mediante las redes sociales, brillará como artista en el mundo del arte. Ella desarrolla un narcisismo angelical y se auto explota en las falaces redes sociales. Ella quiere, que la miren, que la adulen y, por supuesto, quiere ser famosa. Está poseída por Facebook e Instagram.
Al inicio de Internet hubo una visión humanista alternativa. Pero, el espíritu inicial de plácido renacimiento cultural logrado por internet ha desaparecido o se ha hecho problemático.
Las redes sociales entraron en un punto crítico. Ahora parecen agotarse o convertirse en un elevado espejismo o bruma. Las redes sociales no han logrado eludir el asunto del control de la información de las grandes corporaciones. Más y más han quedado al desnudo que son una herramienta del poder.
Ese es el presente que enfrenta una nueva novela creepypasta del escritor chileno Pérez Santiago, titulada, El Pezón de Sei Shōnagon.
La novela se sustentaría en 4 premisas
1. Una mujer angelical es poseída o infectada por Facebook o por un Techno Diávolo.
2. El Techno Diávolo es producto del engranaje de la Utopía Neoliberal Realmente Existente, la UNRE.
3. El Techno Diávolo es un sofisticado mecanismo techno de control mental en el que las víctimas entregan voluntariamente sus vidas para beneficio del organismo que les ha infectado.
4. Finalmente y en el fondo, detrás del Techno Diávolo hay una siniestra ideología llamada el Ciberoptimismo del Techno que manipula nuestros comportamientos.

 

 

Una juventud erotizada e individualista

Reseña: Fran Gaete Trautmann


Lujuria por un pezón deseado por varios. Venerado pezón de una joven que es astuta, ardiente y deseada, deseada como el oro.

Crea una atmósfera sexual más que sensual. Hipnotiza a los hombres con ese botón mamario que atesorarían y que las mujeres envidian a la protagonista del pezón llamada Sei Shōnagon.

La estética, el arte, la fantasía erótica se une en este libro de Pérez Santiago, escritor y traductor chileno.

“No hay mayor felicidad en el destino de un artista que en la plenitud de la vida, en los años creadores, descubrir una misión” (página 25).

En la página 31 describe muy bien lo que representa el pezón: “los pezones representaban una respuesta introspectiva de sentimientos oscuros o problemas irresueltos de sus vidas y existencia”.

A veces fría, a veces candente. Ella busca placer. Y tiene una idea que mientras más feo sea el hombre, mejor en la cama. Es ahí que conoce a Matsuo, un estudiante de arte al igual que ella que realmente no tiene ninguna gracia, no es estupendo, pero dibuja bastante bien. Por eso hace un dibujo extraordinario del pezón de Sei y todos quedaron locos. Y fue subida a las redes sociales. Ahí comenzó a derrumbarse la relación entre ellos dos.

Ella es todo lo que la modernidad nos muestra en la actualidad: los likes, la música, el arte contemporáneo, el look de pelos de varios colores y una desfachatez que demuestra sin vergüenza ante la gente. Utiliza a los hombres, perversa, pero encantadora.

En un mundo super actualizado un “like” significa el mundo entero, validarse, pero para otras como Matsuo Bashō el eterno enamorado de la joven artista que comenzó a sacar provecho su pezón para darse a conocer. Y él moría por eso, le daba mucha pena. Él lloraba por ella, ella, que, a pesar de ser feo, feo, le puso atención y luego de la obra de arte ella quedo como la reina digital y él como el bufón inexistente. Ella lo utilizó. Estaba en resumidas cuentas cansado de lo que estaba sucediendo.

El internet más lo erótico juega en la imaginación de la chica. Mientras más me gusta, más se siente poderosa. Lo extraño que al mostrar algo tan íntimo como su pezón la hace vulnerable y más aún, superficial.

Llama la atención en la parte psicológica que provoca este libro: la falta de libertad y privacidad. Uno es dueño de hacer lo que quiera hacer, sin embargo, el sobre exagerar su vida privada, “mostrando el pezón”, hace que se debilite la vida común y corriente de una persona.

Tras las páginas del libro, se van constituyendo nuevas aventuras artísticas eróticas, en el cual nuevamente internet y las redes sociales juegan un rol primordial para mostrar lo masoquista que el arte puede llegar hacer.

Lo interesante del libro es como el arte, la era del internet y lo sexual se envuelve como si fuera de lo más normal.

El autor ha escrito varias obras, como “Escritores y el Mar” (2002) y se presentó en el último Primavera Libro en el Parque Bustamante.

 La sensibilidad en el desarraigo

Reseña de Emilio Vilches Pino

              

El pezón de Sei Shōnagon, la nueva novela de Pérez Santiago, se sitúa en el Japón actual para contarnos la historia de la relación de (des)amor entre Matsuo  Bashō  y Sei Shōnagon. Se conocen en una Escuela de Arte (la Tokyo Gaidai). Ella es una mujer que “no tenía miedos; tenía autoestima, audacia y ambición” y de quien se rumoreaba en la Escuela que “seducía a los hombres con solo mirarlos a los ojos. Los usaba sexualmente y luego los lapidaba (…) una femme fatale cuyos novios aparecían después arrastrando tristes su propio sarcófago”. La llamaban Pezón Dorado por la altura casi legendaria del deseo que sentían por sus senos. Él, en cambio, “además de malcarado, era relativamente gordito e ingenuo y vestía con traje de factura sencilla y parca”. El autor es enfático al resaltar las diferencias entre ambos, no solo en lo físico sino en toda una forma de ver y vivir el mundo. Él la ve casi como a un ídolo (“hincado, como si estuviese rezando al divino, Matsuo  Bashō  se acordó de sus compañeros de arte de la Universidad que soñaban con este pezón”), tanto así que crea una obra de arte, una especie de escultura, del pezón de Sei Shōnagon y la exhibe en la Escuela.

La obra comienza a ser admirada y alabada, pero no precisamente por la calidad de la misma, sino por su referente: el pezón de Sei Shōnagon. Empieza así un vertiginoso proceso en que la mujer irá sucumbiendo ante las bondades efímeras de la fama virtual, perdiéndose entre redes sociales y páginas web, dejando atrás su vida y convirtiéndose, de cierta forma, en nada más que una imagen digital. (“Ella era un nuevo tipo de animal digital. Se utilizaba a sí misma voluntariamente. Ella estaba imposibilitada de amar a un ser de carne y hueso. Todo tenía que estar en gigas, o no era seductor para ella.”) Por otro lado, su novio, irá viviendo un proceso de celos artísticos en un comienzo, para luego ir derivando a la tristeza y la desesperación ante una mujer que lo deja de amar tan pronto se convierte en una celebridad de Internet.

Andy Wharhol, casi como un oráculo, anunció en un programa de televisión en los ya lejanos años sesenta que “en el futuro, todos tendrás sus quince minutos de fama”. Internet y todas las actuales tecnologías han cambiado la manera de comunicarse y de obtener notoriedad pública, tanto que hoy, efectivamente, muchas personas pueden tener sus quince minutos de fama a través de YouTube, Facebook, Instagram, virales, etc. El arte mismo ha cambiado producto de esto. La técnica y el talento parecen ya no tener una supremacía total por sobre la masividad, y este proceso lo refleja el cambio en los personajes:

“Los llamativos y enigmáticos pezones se viralizaron en las redes sociales de todo el mundo. Paradojalmente, junto con la fama de los pezones, comenzó la ruina de Matsuo  Bashō  (…) Así Sei Shōnagon se valorizó en el mercado del arte de las redes sociales, en spams y motores de búsqueda. Toda una máquina digital barata y persuasiva funcionó gratis para que Shōnagon expusiera sus hermosos pechos. Like, like, like. Mientras ella recibía más like, ella era más feliz”

La novela, desde este punto en adelante, permite ser leída como un thriller, debido a la misteriosa desaparición y muerte de una serie de muchachas japonesas, a la vez del acontecer de Sei Shōnagon; también puede ser leída como una novela juvenil con tintes ciberpunk; pero sobre todo como una crítica al mundo superficial de las redes sociales y a cómo han cambiado la manera de concebir las relaciones humanas y de percibir el arte.

El Japón actual aparece hiperconectado e hiper-tecnologizado. El autor hace gala de un no despreciable conocimiento de la cultura nipona, incluyendo referencias sociales, religiosas y culturales, pero que se van mezclando con las nuevas tecnologías y formas de comunicación, dándoles un nuevo significado. Por ejemplo, los mismos nombres de los personajes son homenajes a antiguos escritores japoneses y, tal como lo hizo Jim Jarmusch en Ghost Dog: The Way of the Samurai (1999), existen referencias directas a los códigos y la tradición de los samuráis, pero insertas en un mundo donde el honor y la lealtad ya no son prioridad.

El pezón de Sei Shōnagon es una novela escrita de manera fragmentada, con un lenguaje simple, que habla de una sociedad milenaria en crisis, de crímenes en las calles, de oscuras organizaciones que funcionan en la Deep web, pero también de personas desorientadas, sedientas de aceptación en una sociedad insegura y huérfana de soportes reales.

Una novela a la que hay que prestar atención.

 La higiene del sexo y las malas formas de amar

Reseña Jorge Yacoman


Pérez Santiago (Santiago, 1953), autor de “Malmö är litet” (1988), muestra en El Pezón de  Sei Shōnagon (Los Perros Románticos, 2018) lo más burdo del deseo sexual y de la ambición por el poder.

Situada la actualidad, aunque en un mundo con peculiaridades propias, la novela se centra en Matsuo Bashô, un joven estudiante de arte que se enamora de Sei Shōnagon, una llamativa mujer considerada por sus compañeros una femme fatale.

 Pérez Santiago usa estos nombres para sus personajes como un homenaje: Bashô, el famoso poeta japonés nacido en Ueno, en 1644, reconocido por sus haikus; y Shônagon, poeta japonesa nacida alrededor del año 966, autora de “El libro de la almohada” (Makura no Sôshi, c. 1000) cuyo nombre real y gran parte de su historia son desconocidos.

En El Pezón de  Sei Shōnagon, Shōnagon representa la cosificación de la mujer, lo más repudiable e irracional de nuestra sociedad donde sólo importa el placer personal. La particular obsesión con su pezón se explica en la novela a través de las generaciones actuales que han sufrido una falta de amor maternal por privación a lactancia. A esto se le denomina Trastorno de la Privación Emocional del Pezón.

Matsuo logra entablar una breve relación con Sei, donde él satisface todas sus fantasías, pero esta termina una vez que ella se hace famosa en las redes sociales y se pierde en el mundo virtual.

“Ella ya estaba acostumbrada a la raza de zombis que son adictos al sexo y la masturbación a distancia, sexting, y aplicaciones como Snapchat que envían de inmediato capturas de pantalla picantes a través de dispositivos móviles.”

“Su propuesta era el sexo higiénico. Puro, limpio. Sin sudor, sin olor. Sólo mirarse a través de una pantalla. La proterva novedad de la masturbación a distancia.” (P. 61)

Pérez Santiago  usa una narrativa explícita y breve, de frases cortas, y articula así un imaginario representativo de la psicología de estas generaciones saturadas por el internet donde lo más único de nuestra existencia es reducido a frases que se ajusten a los caracteres y expectativas de cada red social, usando siempre lo sexual como señuelo. Esto queda en aparente contraste con Matsuo que es más idealista y romántico, más a la antigua, pero que también lucha con sus celos y malas formas de amar.

Desgarrar y ser desgarrado

Reseña de Jorge Calvo

Esta novela es la más reciente obra de mi amigo el escritor Pérez Santiago quien ya ha publicado una serie de libros, cuentos y novelas y  quien suele abordar este tema, un tanto lúdico, y bastante estimulante. Pero también ligeramente peludo.

Conocí a Pérez Santiago hace ya unos treinta años en una época en que todos éramos escandalosamente jóvenes. Finalizaba el año 1986. Era el último día de noviembre, hacía mucho frío y había nevado de modo que un manto blanco cubría las veredas y el parque del Rey de la ciudad de Malmoe. Nos presentó un amigo común, el escritor sueco Fredrik Ekelund, estábamos en su casa en el barrio antiguo y muy pronto sonó música, se descorcharon algunas botellas y desde la noche, cantando,  aparecieron unas muchachas que volvían de haber visto el musical El Hombre de la Mancha. Pronto aquello cedió lugar a una atmosfera lúdica y erótica. En algún momento, avanzada la noche, salimos al Parque a jugar a la pelota, los suecos corrían descalzos sobre la nieve.

En los días siguientes coincidimos con Pancho en el café Siesta y me mostro algunos de los cuentos que publicaría en las Memorias eróticas de un chileno en Suecia. Dos o tres años más tarde se embarcó en la escritura de un guión y la producción de una película, y hasta actuó en el rol principal interpretando a Borges, la película se titula La Novia de Borges, y fue a filmada en Budapest.

Cuento todo esto para señalar que el tema del erotismo siempre ha estado presente en nuestras literaturas y conversaciones. Sobre la novela breve que me toca en suerte presentar en esta oportunidad puedo decir, citando a George Bataille -considerado el verdadero y legitimo padre del erotismo moderno: y metidos en el área chica de este tema –que mucho consideran escabroso- en la esencia o lo medular Bataille sostiene que “El punto de encuentro de los amantes es el delirio de desgarrar y ser desgarrado.  Ninguna comunicación es más violenta”

La verdad indesmentible es que en nuestro actual modo de vida, el ser humano ha extraviado su dimensión sagrada.

El ciudadano moderno, entregado por entero a una infinidad de actividades rutinarias –esquemas, desplazamientos, metas–, sumado a la cantidad de horas desperdiciadas en los tacos, finalmente ha acabado lejos de la intimidad que lo define como ser humano. Extraviado en el sistema de los compromisos, dinero plástico, mall y consumo se debate día a día en un mundo sin vida que, no obstante, se le presenta como la sempiterna Shangri-La, el paraíso prometido- un sistema perfecto con la tarjeta de crédito como síntesis de todos los sueños. Definitivamente estancado en esa perpetua correa sin fin, el ser humano (hombres/mujeres) se encuentra a una distancia sideral de la fiesta, del carnaval en medio de los espesos bosques y del libre ejercicio del deseo. El sistema ofrece sustitutos: droga sintética y de la otra, vaginas plásticas, soma y consoladores automáticos. Pornografías diversas: veinte, mil, millones o si se quiere cincuenta  sombras que distan años luz del erotismo.

Otro escritor, el poeta y ensayista mexicano Octavio Paz, al analizar y escribir sobre el tema dice que “...para Bataille el erotismo, la muerte y el pecado son conceptos equivalentes o  signos intercambiables que repiten el mismo significado: apuntan a la absoluta y despiadada nada en que habita el hombre y  su irremediable abyección”

En la novela de Pérez Santiago–astutamente ambientada en una capital del mundo posmoderno como lo es Tokio- aparecen estos personajes que además deambulan o existen en el terreno del arte, ambos son estudiantes y por ende son compañeros en una hiper moderna escuela de arte, la Tokio Geidai. De un lado aparece el protagonista Matsuo Bashō que nos narra desde su perspectiva su encuentro, los roces y las citas cargados de erotismo y la poderosa succión a la que se ve sometido por los siempre activos encantos de ella, Sei Shōnagon la protagonista y eje central de la historia.

No solamente se sabe bella y atractiva además posa, modela, incita, provoca a generado un mito en la escuela y especialmente entre los alumnos varones sobre las delicadas y sensibles zonas erógenas de su cuerpo, elevando uno de sus pezones, que tiene sabor a canela, a la categoría de deidad. Imágenes del pezón circulan en diversas imágenes, dibujado, pintado, fotografiado, sometido a métodos de transparencia, viralizado recorre las redes, lo watsappean, lo envían como mensaje. Ella gradualmente, y en función del pezón, va adquiriendo notoriedad, se vuelve famosilla, ingresa a dimensiones mitológicas, la buscan, para fotografiarla, filmarla y hacer películas con ella.

Es la imagen en la retina de todos, la adoran, la aman, se masturban con ella. Sei Shōnagon deviene orgasmo electrónico, un manjar de impulsos eléctricos:  icono virtual.

Hasta que ciertas bandas, hackers, mafiosos virtuales, depravados de toda laya, traficantes de niñas y señoritas se fijan en ella. En cambio el narrador solo la ha visto a veces. Pero la sigue y la vigila. Entre tanto de vez en vez aparecen por aquí y por allá cadáveres de chicas que han sido abusadas asi como uno se imagina que gustaría abusar de Sei Shōnagon, han sido violentadas, descuartizadas en el sumun del acto…

Es un mundo donde la tecnología es altamente avanzada y sofisticada y no existe nada que no se pueda conseguir, todo es alcanzable sin moverse del sillón, eternamente sentado frente a la pantalla se tiene al alcance de la mano un mundo virtual, acaso depravado, Pero es la realidad en que vivimos.

Esta suerte de reality show que Pérez Santiago nos ofrece en El Pezón de Sei Shōnagon, no es irreal ni algo inalcanzable, ya está aquí, se encuentra entre nosotros y llego para quedarse. Lo vemos a diario, Lo que hace la novela de Pérez Santiago es simplemente dejar constancia que a diario vivimos y existimos en esta inquietante realidad.

Entre lo moderno y lo clásico

Reseña de Rodrigo Torres Quezada

 

El autor retrata a una sociedad que confunde el mapa con el territorio, que vive en la virtualidad al punto que los momentos cotidianos, como un beso o tener sexo, se transforman en trámites, o en lapsos previos antes de conectarse a la red: se trata de agudas reflexiones sobre la soledad en la que estamos en la actualidad.

En un mundo hipertecnologizado, las temáticas ciberpunk se vuelven ad hoc para intentar comprender una realidad que a veces asusta o derechamente provoca terror. Pérez Santiago, escritor chileno, en su nueva novela El pezón de Sei Shōnagon publicada por editorial Los Perros Románticos, toma este camino y lo hace a base de mucha cultura pop y reflexiones en torno a la locura digital en la que estamos insertos.

Hay que acotar que Pérez Santiago es un escritor de letra multifacética y que siempre juega con el pasado y el presente fusionando ambos en una especie de no tiempo, donde pareciera que los límites espacio temporales jamás hubiesen existido y todos hubiésemos estado aquí, siempre en el mismo punto. Prueba de esto es su novela Allende, el retorno (Aura Latina, 2013), donde el autor juega con la idea de un Salvador Allende que revive en un mundo que se vanagloria de su efímera condición de moderno.

En El pezón de Shōnagon también presenciamos este juego de ideas sobre lo clásico y lo moderno y cómo estos conceptos se funden. El autor escogió muy bien el escenario de su obra, Japón, ya que esta es la tierra superlativa donde tradición y modernidad conviven. En la novela se nos cuenta la historia de dos jóvenes: Matsuo Basho (homenaje al poeta japonés), un gordito muy feo y con problemas de sociabilidad y Sei Shōnagon (otro  homenaje a una escritora), una mujer atractiva y deseada que, de forma impensada, inicia una relación con Matsuo. El problema viene cuando Matsuo, obsesionado con ella, hace una figura artística de su pezón. La gente, sin embargo, no alaba a Matsuo y su obra, sino a la musa: Sei Shōnagon, quien pronto se convierte en un referente de las redes sociales y la locura bondage, dejando a un lado de su “vida real” a Matsuo.

Esta es la historia central. Pero es más bien la excusa de Omar Pérez para retratarnos una sociedad que confunde el mapa con el territorio, que vive en la virtualidad al punto que los momentos cotidianos, como un beso o tener sexo, se transforman en trámites, o lapsos previos antes de conectarse a la red. Así, en la novela conviven alusiones sobre la deep web, gran cantidad de palabras que pertenecen al ciberespacio y reflexiones sobre la soledad en la que estamos en la actualidad.

Otro punto a favor de la novela, es que ha sabido situarse dentro de un género que recuerda mucho al anime o al manga nipón. No solo porque hable de Japón, sino porque este tipo de trabajos utilizan dos elementos esenciales en su estructura narrativa: una metafísica tradicional y una observación sobre la hipermodernidad social. Tenemos así a Akira: película que habla de una sociedad enfrentada a la creencia en el fin del mundo y a su utilización de las personas como armas de guerra. También se puede citar a Death note: los tradicionales demonios shinigamis conviven con un joven que desea tener el poder sobre la vida de los demás, a la vez que estudia y quiere ser el mejor alumno de su generación. Y no olvidar la clásica Evangelion donde “ángeles” llegaban a la Tierra para destruirla a la vez que los protagonistas lidiaban con problemas sicológicos relacionados con la soledad, el abandono y el vacío existencial. Así, la novela de Omar Pérez bien puede seguir esta línea ya que ha sabido unir los dos elementos clásicos del género anime-manga y ciberpunk; todo bajo una prosa entretenida y llena de reflexiones sobre la extraña sociedad en la que vivimos.