Antonio Gil: Cielo de serpientes

. viernes, noviembre 20, 2009

Antonio Gil nació en el 1954. Ese mismo año fue encontrado el niño del cerro El Plomo (el Apu) a cinco mil metros de altura de la cordillera de Los Andes. Estaba allí acurrucado, suspendido, adormecido por la chicha, por siglos, producto de un rito inca. Lo descubrieron en el año 1954. Y G. postula que en ese despojo, en esa profanación, hay una maldición.

Tiene el libro Cielo de Serpientes excelentes páginas de una prosa lírica-quechua muy inspirada, una construcción muy exquisita de lirismo indígena.

Hacia las páginas siguientes, para mi gusto, el libro se entorpece con las innecesarias versiones periodísticas del mito.

Larsson y discovery chanel

. jueves, noviembre 19, 2009

Termino de leer “La reina en el palacio de las corrientes de aire”, el tercer libro de la trilogía Millenium del sueco Stieg Larsson.

L. ha escrito una trilogía adictiva.

Qué duda cabe.

Tan adictiva como son los documentales del Discovery Chanel, que anuncian con meses sus programas sobre una conspiración argentina, o la conspiración de los libros gnósticos de la Biblia, o el reportaje sobre un hombre árbol, o el niño del cerro El Plomo.

Uno espera y ve con ansias esos programas y, en realidad, al final, todo queda en nada.

Qué duda cabe.

Stieg Larsson se murió a los cincuenta años de un ataque fulminante al corazón.

Murió pobre.

No alcanzó a ver su éxito mundial

En eso me recuerda a nuestro paisano Roberto Bolaño.

Qué duda cabe.

Estambul de Pamuk: la construcción de la tristeza.

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Lo más notable es como Orhan Pamuk cree que la Estambul amarga, triste, maltrecha, oscura y pobre es una construcción meta literaria.
Amargura literaria que introdujeron los escritores extranjeros que visitaron Estambul: los franceses Flaubert, Gautier, Nerval y los nórdicos Knut Hamsun y Hans Christian Anderssen.
Pamuk afirma que años después algunos escritores de Estambul confirmarían esa imagen. Autores como Yahya Kemal, Reşat Ekrem, Koçu, y Abdülhak Şinasi Hisar, “cuatro amargos escritores solitarios”, nacionalizaron la propuesta de la tristeza como identidad.

Hitchcock, Truffaut

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En este preciso momento -mientros bebo un par de piscosauers con limones del limonero del jardin -leo una joya: El cine según Hitchcock de Francois Truffaut, cuya primera edición fue el año 1974.
T. conversa con H. sobre sus películas. En algún pasaje H. afirma que "nunca tengo sueños eróticos".
Inquietante.
Preocupante para alguien que rodó el beso más largo de la historia del cine, entre Ingrid Bergman y Cary Grant (Notorius).
"Creo que después de Psicosis, H. no estaba satisfecho con ninguna de sus películas"

La hermana de Eloísa, cuento de Borges

. viernes, noviembre 13, 2009

La hermana de Eloísa
Jorge Luis Borges y Luisa Mercedes Levinson

Habían pasado unos quince años, pero cuando Jiménez me dijo que había tenido que ir a Burzaco para planear la edificación de un chalet por cuenta de un tal Antonio Ferrari, mi primer pensamiento fue para Eloísa Ferrari, cuya imagen de pronto surgió ante mí, inmediata y casi dolorosa.
Sólo después pude sorprenderme de que aquel excelente don Antonio, que pasaba la vida en el café proyectando negocios vagos y vanos, hubiera conseguido, al fin, redondear la suma que significa la construcción de la casa propia.

El hecho me resultó tan insólito que para no pensar en algo peor, pensé en una herencia. Jiménez, mientras tanto, seguía explicándome que se trataba de un gran chalet y que los Ferrari eran muy exigentes.
Por lo pronto, no íbamos a repetir en Burzaco el tipo 14 de bungalow californiano, ni el 5 en piedra de Mar del Plata, que, innumerablemente multiplicados, ya conoce y acaso habita el lector. Jiménez, mi socio, era constructor; la obra exigía un arquitecto.

Alcé los ojos al diploma que colgaba en la pared, enmarcado en ébano; ese papel con su sello azul y su letra caligráfica me serviría para ver de nuevo a Eloísa, al cabo de los años.

- La señorita tiene sus ideas propias, explicó Jiménez.
Y luego, como si pensara en voz alta:
-Tiene un gusto refinado.

Me pareció natural que hubiera caído bajo el encanto de Eloísa.
Aproveché para preguntarle como al descuido:
- ¿Siempre sigue rubia y delgada?
Me miró un poco sorprendido antes de contestar:
-No sé. Lo que impresiona más es la voz. Habla como si entendiera de todo, y uno le cree.

Pensé que Jiménez no sabía discernir. Atribuía a la voz un efecto producido por toda ella.

Los años la habrían cambiado, sin duda, pero en aquel momento yo evoqué a la Eloísa de 1938; la mirada un poco lejana, los ojos caídos hacia los pómulos, como abrumados por el peso de las pestañas, la sonrisa cuidadosamente enigmática, un hombro luminoso surgiendo del vestido de terciopelo negro.
En realidad, lo que evoqué era su fotografía, que obtuvo el segundo premio en el concurso de belleza de Lomas (el primero fue adjudicado a la hija del inventor)

En el recuerdo, las fotografías tienden a sustituir a los originales; además, resulta difícil recuperar los rostros que nos han inquietado.
Otras imágenes se habían superpuesto a la de Eloísa, pero algunos momentos seguían intactos: una tarde en que me acompañó hasta la puerta, espontáneamente; aquella noche en que nos sentimos unidos ante un film de Norma Shearer.
Por lo menos, yo creí que nos sentíamos unidos.

Norma Shearer, Lomas, concurso de belleza, segundo premio, son palabras triviales, pero la belleza y el encanto no son triviales y Eloísa los poseía, implacablemente.
Claro está que a mí, ahora, con diez años de ejercicio en la Capital, el ambiente de Eloísa me podría resultar un poco provinciano, un poco mediocre.
Pero el hecho es que Eloísa ejerció un poder sobre mí y sobre todos los muchachos que la frecuentábamos.

No sé si era inteligente, pero había en ella una especie de resplandor que hacía perdurar los gestos cotidianos.
Tenía esa seguridad que da la belleza.
Por aquellos años, yo era más tímido y, aunque ya empezaba a quererla, no me hubiera atrevido a decírselo.

El primer paso lo dio ella, una noche.
Yo iba a Temperley; Irma, la mayor de las Ferrari, me preguntó si podía traerle un tarrito de polvo de hornear.
Saqué la libreta de cuero de cocodrilo y empecé a apuntar el encargo, con cierta detención.
Eloísa me la arrancó, la recorrió, murmuró con cierto desdén direcciones de otras mujeres, la rompió y la tiró.
Se retiró sin mirarme, alta la cabeza, pero yo sentí que ese enojo era una invitación.

Así empezó esa desdichada historia de amor que mató parte de mi juventud.
Otra frase espectacular le dio fin.

Al salir de un baile del club, un subteniente aviador, al ayudarla con el abrigo, le ponderó los hombros.
- Pueden ser suyos, le dijo ella, con una seriedad de evidente propósito matrimonial.

El viernes a las siete de la tarde fui a visitarla, según la tradición que yo había logrado imponer, pero nadie contestó a mi llamado.
Adentro, estaba encendida la luz; por el balconcito entreví, sobre el aparador, un kepi galonado. De esos antiguos recuerdos me desvió la discusión de los problemas técnicos de la obra.

Sorprendentemente, fue Jiménez quien volvió al tema.

-Si se quiere, Eloísa y Gladys, la menorcita, son más lindas, pero Irma tiene otra categoría. Es muy señora.

Creí haber entendido mal.
¿Irma?
¿Jiménez había estado hablándome de Irma?

Recordé ese personaje de fondo, esa hermana mayor que aún seguiría, tal vez, esperando el Royal que no le traje nunca.

Recuperé sin mayor dificultad sus facciones: la cara de base ancha, los ojos vivos y pequeños, la risa intempestiva, la boca fresca, pero no sensual.
¿Qué había ocurrido?

Por lo menos para Jiménez, Irma era más memorable que Eloísa.

Creí que por uno de esos juegos del destino se había enamorado de Irma.
Pero la frase que siguió me hizo descartar esa conjetura.

-Es una mujer admirable. Claro que por nada del mundo quisiera ser su marido. Es una de esas mujeres que siempre llevan los pantalones.

Y con eficacia, qué diablos. Irma, Eloísa, Gladys...

El último nombre apenas representaba para mí unas piernas flacas que corrían al sol, una moneda de veinte centavos que yo le daba para que comprara caramelos y me dejara solo con Eloísa, unas pecas en la nariz respingada, y la voz áspera de Irma, retándola.

Pero habían pasado quince años; Gladys ya sería una señorita.

En aquel momento, sentí a las tres hermanas como a un espejo de tres cuerpos que de algún modo reflejaba mi juventud.
Una ilógica necesidad de volver a verlas me hizo decir a Jiménez:

-Por el interés de la firma, convendría que yo le llevara personalmente los planos a don Antonio. Usted sabe, en mis tiempos yo frecuentaba la casa... Me tiene confianza. Y si ahora anda con plata, no me costará convencerlo de que gaste unos pesos más.

II

Sería a todas luces absurdo negar espíritu progresista a los vecinos de la línea General Roca, pero sinceramente, al ver desfilar las estaciones y los pueblos desde la ventanilla del tren, tuve que deplorar la docilidad con que muchos se dejan convencer por firmas poco escrupulosas, que anteponen lo vistoso a lo sólido, y aun a lo práctico.

Claro está que no todos los propietarios obran así; al pasar por Lanús, me di el gusto de saludar el bungalow tipo 14 que edificamos vez pasada para el farmacéutico Roverano y que hubo que refaccionar después de las últimas lluvias, con buena utilidad para nuestra caja.

Las torres de la capilla evangélica en Lomas de Zamora fueron para mí otro motivo de legítima satisfacción: el reverendo Mannteufel tuvo la deferencia de consultarnos y nuestras sugestiones, por cierto, no cayeron en saco roto.

¡Se resolvió ipso facto el problema del drenaje de las cañerías!

Estas reflexiones de orden profesional eran quizás un engaño para no pensar en Eloísa.

Me dije por centésima vez que no esperaba verla y que lo más probable era que Ferrari me recibiera solo.

De las quintas llegó una brusca ráfaga de madreselva.
Procuré convencerme de que el encuentro con Eloísa podía ser un poco terrible, al cabo de quince años, pero era imaginario ese temor y realmente primaban en mí la esperanza y la ansiedad.
Me pareció que nunca llegábamos a Burzaco, pero cuando reconocí las primeras casas y el tren se detuvo, me sentí menos valeroso y en vez de encaminarme directamente a lo de Ferrari, hice un alto en la confitería de la estación.
Tenía que revisar los papeles del portafolio; después de un par de cañas, decidí que convenía echar un vistazo al lugar donde levantaríamos el chalet.
Era un terreno que brindaba muchas posibilidades, con martillo a favor, pero ya eran las 17 pasadas en el reloj pulsera extrachato y la indumentaria de gabardina italiana no se prestaba para andar verificando medidas.

Ante la puerta de la casa de Eloísa, volví a ser el muchacho de hace quince años.
Mi mano halló la altura exacta del timbre sin que yo necesitara mirar.
El tímido llamado me pareció indigno del soltero porteño con estudio en la avenida Belgrano que yo era ahora; insistí con más decisión.
Quien me abrió la puerta fue don Antonio.

Para ocultar mi decepción, lo saludé con exagerado entusiasmo.

La salita me pareció más chica, acaso porque estaba abarrotada de adornos; una odalisca en petit bronze confusamente duplicaba sus formas en la madera de la tapa del piano y, al entrar, casi tropecé con Leda y el cisne.
Un mármol efusivo en el que bullían faunos y ninfas usurpaba el lugar donde antes reinó la fotografía de Eloísa.

Don Antonio había iniciado una conversación ostentosa y vaga.
Sacó una caja de cigarros, me ofreció uno que cortésmente rehusé y que él guardó, con destreza de prestidigitador, en uno de los bolsillos del saco.
-Para las chicas, lo ha fumado usted -dijo con una voz sigilosa y haciendo un guiño.

Eligió otro cigarro con lentitud, lo olió como pregustando el placer, cruzó la pierna, lo encendió con gravedad ritual e inmediatamente adquirió el aire de un gran señor.
Hubo un silencio y tuve la convicción de que Eloísa no estaba.
-Un chalet, todo un gran chalet -exclamó- para la primera chica que se me casa.

No pude contenerme y dije: -¿Eloísa?
Don Antonio ni siquiera me oyó.
-La formalización del enlace se festejó con un vino de honor en Los Alamos. Usted se acuerda, el establecimiento de los Chiclana. Parece mentira, la benjamina es la primera que llevaré al altar. Gladys se casa con Alberto Chiclana, un muchacho muy preparado, que sólo debe unas materias para redondear su segundo año de doctor en leyes.
Y gran apellido.
Sobrino de Raúl, que era de su tiempo.

Demasiado me acordaba yo de Raúl.

Una noche, en el club, le ofreció una orquídea a Eloísa.
Ella se la prendió sobre el corazón y repetía, yendo de grupo en grupo: Obsequio de Raú1 Chiclana.

Los Chiclana eran la gente antigua del partido; Los Alamos, entonces, era un establecimiento importante.

Después, el botarate de Raúl prefirió las farras de Buenos Aires al sólido trabajo rural y de la estancia, como le dicen, sólo queda el casco y los perros.
¡Las hipotecas se comieron la propiedad!

Dije por decir algo:
-¿Con que al novio sólo le faltan cinco o seis años para recibirse?...
Dadas las luces de los Chiclana, calculé por lo bajo treinta o cuarenta, pero la profesión nos enseña a ser diplomáticos.

-Ahora el tiempo pasa tan rápido -contestó don Antonio-. Y, además, Albertito está bajo mi ala. Echó una bocanada de humo y miró la gotera del cielo raso:
-El amor, las ilusiones, la juventud... Claro que nosotros ya no estamos para esos trotes... -y aquí agregó amenazándome con el índice: -Por lo pronto, usted tiene más barriguita que yo...
Volvió a guiñar el ojo; se trataba, evidentemente, de un hábito que había adquirido con la prosperidad.
Era irritante.

Además, ese vejete oruga, esmirriado, sólo profuso en los mostachos, ahora quería ponerse a la par de un tipo como yo, con su metro setenta y nueve de elevación y los trece minutos de flexiones, cada mañana, a lo gimnasia sueca.

El hombre estaba tan garifo, que aproveché para enfrentarlo, pero no perdí los buenos modales que exige la profesión.
-Vea, don Antonio -le dije- las cosas no hay que hacerlas a medias. Hay que sacar partido del martillo que da a la avenida Espora. El muchacho, que un día será abogado, se merece un bufete -esta vez el que guiñó el ojo fui yo-. Unos pocos miles de pesos más y le anexamos escritorio y sala de espera.

Don Antonio pareció caer en la trampa.
-Interesante idea, mi arquitecto -dijo como si lo arrebatara mi verba-. En sumo grado, interesante.

Poco le duró, sin embargo, esa reacción tan halagüeña.
Empezó a achicarse como si se atornillara en el asiento y dijo con una vocecita aflautada:
-El señor Klaingutti, de la firma Klaingutti Hermanos, Chapas Glavanizadas, suele encargarle algunos asuntitos -y agregó, como dándose ánimos-: Un poco de alpiste para el muchacho.

Sinceramente, la mención de Klaingutti me impresionó.

¿Quién que ha rolado un poco puede permitirse ignorar la casa matriz en la avenida El Cano y las filiales de Berazategui y de Merlo?

Don Antonio prosiguió:
-Oiga, no sé... Hay tantas cosas por delante. -Encendió el cigarro que había dejado apagar, y agregó bajando la voz-: Mi hija mayor es muy personal en sus gustos. Muy severa.

Lo miré atónito.
- ¿Qué tenía Irma que ver con el chalet de Gladys?

Don Antonio dijo algo, pero a través de las persianas de los balconcitos, oí un menudo taconeo que me inquietó.
Oí abrirse la puerta y, un instante después, entraba Eloísa.

En el primer momento no sentí nada.
Su silueta contra la luz, parecía un poco indefensa.
La cara estaba en sombra, pero el cabello le hacía como una aureola dorada.
Me dijo, como si me hubiera visto hace poco: -Cachito, ¿vos por aquí?

Era la Eloísa de siempre.
Ignoro si llegué a balbucear algo, pero sentí dos cosas. U
Una, que aquel encuentro tan importante para mí, no lo era para ella.
Otra, quizá la misma, que yo era apenas una imagen de su pasado.

Eloísa, haciendo caso omiso de mi presencia, habló con don Antonio:
-No sé qué vamos a hacer con la pobre Clemen. Ya se mandó hacer un vestido, casi igual a las del cortejo, y -ahora resulta que no quieren que vaya. Eso no se hace.
-Pero también, hijita, ¿cómo la invitaste sin consultar?
-Siempre consultando... Nos conocernos de toda la vida; ella dio por sentado que iría.

Clemen, pensé, sería Clementina Traversi, una muchacha que trataba de imitar a Eloísa y que de un día para otro apareció con melena rubia.
-Mirá, Eloisita -prosiguió don Antonio, conciliatorio-, hacés muy bien en defender una amiga, pero ya sabés que Irma es de lo más delicada para estas cosas. Clemen ya ha tenido tres novios. Y la gente es mala...

-¿Y qué hay de malo en tener novios?

La contestación de don Antonio fue sentenciosa: -Somos nuestra reputación. Además, Irma se ha asegurado la presencia del señor Klaingutti.
-¡Del selior Klaingutti! -repitió ella.
Lo dijo con una voz muy rara.

III

A mediados de la semana siguiente, tuve otra conversación con don Antonio.
Fue copiosa, rica y estéril; soy del todo incapaz de reconstruir esa obra maestra de postergación y de vaguedad.
Al principio, yo estaba francamente encantado: mis sugestiones no eran sólo aprobadas por don Antonio, sino admiradas y amplificadas.
Así, en etapas sucesivas, se encaró la posibilidad de adquirir terrenos vecinos, de construir una pileta de natación con sus vestuarios correspondientes, de dotar a la finca de un reloj de sol, de invernáculos, de una gran pajarera, de un frontón de pelota vasca, de una gruta con cascada y de un laberinto.
Proyectamos también, para los fondos, un jardín italiano escalonado, con cabezas yacentes de emperadores.
No juraría que se habló de un busto ecuestre del pagador Chiclana, desaparecido en la guerra del Paraguay, pero nada era imposible, esa tarde.

Desgraciadamente, don Antonio se desanimaba con la misma rapidez con que se animaba: las dificultades de la ejecución de un detalle mínimo de cualquiera de esos proyectos interesantes lo hacían renunciar a todo.
En cuanto a gastos y honorarios no tuvimos ni un sí ni un no.
Sin embargo, a medida que avanzaba la noche, me dio mala espina porque sentí que no llegábamos a nada.

Don Antonio no quería (o no podía) comprometerse.
Claro está que tengo la conciencia tranquila; me plantifiqué en el sofá y defendí, una a una, mis posiciones.
No me retiré hasta dadas las diez, cuando el propio anfitrión me repitió que aprovechara un tren que salía a los pocos minutos.

En la estación, el hambre pudo más, y me invité a una milanesa a caballo y dos medios litros, cuyo importe resolví cargar a la cuenta Ferrari.

Las casuarinas hacían un ruido como de mar y pensé en Eloísa.
No sé si la esperanza de verla, o el temor de hacer un triste papel delante de Jiménez, cuyas indirectas y directas, me tenían sin cuidado, o la voluntad de no perder un negocio que se pincelara tan promisorio, me hizo regresar a Burzaco, a los pocos días.

No les anuncié la visita; el estratega que hay en mí optó por esgrimir el arma de la sorpresa, en interés profesional. Esta vez no me permití devaneos emocionales.

Eloísa podía seguir tan linda como antes, pero yo concretaba la atención en un paredón con almenas que diera toda la vuelta a la propiedad y que, si mi psiquismo no me engañaba, acertaría con el gusto de don Antonio.
Eloísa abrió la puerta, me hizo pasar a la salita y exclamando con voz atiplada - "me pescaste sin pintura - huyó patio adentro.

La esperé de perfil, una pierna cruzada con negligencia, la mirada varonil abstraída en los faunos del grupo mitológico.
Antes de que entrara percibí el extracto de cyclamen.
La sentí allí cerca y dije como si pensara en voz alta, sin despegar los ojos del mármol:
- ¡Hermosa obra de arte!

Por la risita de Eloísa, comprendí que mi observación de esteta había sido tomada como una galantería.
La verdad es que el homenaje era justo; cutis relativamente fresco, bien llevados los tres o cuatro kilitos más, blusa transparente sobre los hombros, la sonrisa insinuante y los ojos tristes.

Se sentó junto a mí, en el sofá, casi rozándome con el vuelo de la pollera.
Empezó reprochándome que yo frecuentara a las Hurtado, que se habían mudado a la Capital (chicas que no le deben nada a la hermosura; no te lucirás mucho, que digamos, exhibiéndolas en los restaurantes) y remedó el revolear de ojos de la mayor, con bastante gracia.

Ponderé sus dotes de actriz; me dijo que Torre Nilson le había ofrecido un papel en una película. Esta eventualidad, lo confieso, no dejó de alarmarme; los años de la ausencia se habían borrado y yo sólo sabía que estaba con Eloísa, otra vez, en el sofá de siempre, y que mi desventura o mi ventura dependían de sus palabras.

Mirándome en los ojos, me dijo:
-Ahora contame de vos; ya sabés que siempre me enloqueció todo lo que sea arquitectura y decoración de interiores.

Nunca lo había sabido, pero le perfilé a grandes rasgos la odisea del joven soñador que llega desde el fondo de la provincia, sin otras armas que la ciencia y el arte, y que se afana, bucea, brega y se impone.

Sonó en eso el teléfono.
Durante unos segundos, la posibilidad de que la llamara el director de cine me atormentó. Primero dijo: - Ah, venís a cenar.
Después: -Te preparo unos tallarines al pesto?
Y, finalmente, con una voz que temblaba un poco: - Está bien. Vos mandás.

Volvió a mi lado, pero la sentí lejana.
Cuando quise retomar el hilo y contarle la anécdota corrosiva de lo que yo por poco le dije a la mesa examinadora, Eloísa apoyó la cabeza en mi hombro v se echó a llorar.

Mi experiencia en el renglón mujeres me aconsejó estrecharla entre mis brazos v arrebatarla en alas de la pasión.
Varias fórmulas se me venían a la mente:
- Eloísa yo seré el arquitecto de su destino. Eloísa, yo le ofrezco un hombre y un nombre, pero apenas acerté con una palmadita en las espaldas.

Eloísa me miró con rabia.
-¿Qué es lo que tìene ella de mejor que yo? -dijo, apartándose de mí.

Se trataba, asombrosamente, de Irma.
La que telefoneó era ella y había prohibido categóricamente que invitaran a Clemen.
-Me ha dicho que si no le obedezco, que me atenga a las consecuencias -agregó Eloísa, estrujándose las manos...
-¿Consecuencias? -repetí sin entender.

Entonces, Eloísa me contó todo.

La historia había empezado a raíz de uno de tantos intrincados negocios de don Antonio.
Este había llegado a deber una modesta suma -cien o ciento cuarenta pesos- a la firma Klaingutti. El día del vencímiento, logró (mediante otra deuda) el importe, y encargó a Eloísa que fuera personalmente a pagar.
El doble efecto que produciría un pago puntual hecho por una muchacha bonita le parecía de inestimable valor para otro nebuloso negocio que versaría sobre chapas acanaladas y pointillé. Pero la avenida El Cano queda muy lejos y Eloísa la mandó a Irma.
Era (Eloísa lo recordaba muy bien) un jueves de diciembre.
A las siete, Irma volvió con el recibo firmado por el propio señor Klaingutti, y preparó, como era costumbre, la cena.
Nada singular ocurrió hasta el jueves siguiente.
Ese día, Irma tomó el tren de las quince y treinta y no regresó hasta entrada la noche.
El padre, que a pesar de sus fantasías, era muy estricto con las chicas, empezó a amonestarla. Ella, sin hablar, abrió la cartera, y dejó sobre la mesa un papel de quinientos pesos.
En la billetera había otro igual.
Fue, desde entonces, Eloísa la que preparó las comidas.

Así fueron pasando los años.

En esa disciplina precisa no hubo otra interrupción que la motivada, en 1944, por un disgusto. Nunca pudo saber Eloísa las razones de esa desavenencia que duró más de un mes, durante el cual el señor Klaingutti no dejó pasar un solo día sin telefonear o mandar flores, dulces o delikatessen, que las hermanas y el padre tenían orden de devolver.
Tampoco pudo averiguar Eloísa los detalles de la reconciliación: una tarde, el chauffeur del señor Klaingutti llegó en el coche gris.
Irma le mandó decir que se fuera...
Al día siguiente, el señor Klaingutti se apersonó con aspecto lastimoso y muchas reverencias. Irma lo hizo esperar una hora y se fue con él; desde entonces las cuotas semanales fueron triplicadas.
Irma, eso sí, no se rebajó nunca a aceptar el menor obsequia, ni siquiera los días de su cumpleaños.
El señor Klaingutti, una vez, le ofreció un tapado de nutria.
Ella se limitó a recibir el importe, que invirtió luego, para no consentirlo, en uno de astrakán.

A fines de 1949, Gladys cayó enferma.
Durante tres semanas, Irma no se movió de su cabecera y no dejó que entraran en el cuarto ni Eloísa ni el padre.
Pasó malas noches cuidándola, con una especie de ternura feroz...
Durante ese tiempo, el señor Klaingutti tuvo la delicadeza de mandar cada jueves, a su cajero, con la cuota habitual.
-Irma tiene locura con la mocosa -añadió Eloísa-.
Le arregló el casamiento con Chiclana y ahora, encima, le hace construir el chalet.
Nada de lo que había dicho Eloísa me impresionó como estas palabras.

Apenas atiné a balbucear:
-Entonces, ¿no es don Antonio el que paga?
-¡Qué va a pagar! -fue la desconcertante respuesta-. Papá no tiene más que la mensualidad que le pasa Irma, y se la suspende si lo pesca debiendo un solo centavo. ¡Pobre de él si se mete en negocios!

Irma es una roca. Había resentimiento en su voz.
Francamente, no me gustó que hablara así de una mujer a todas luces excepcional, que contaba con el pleno apoyo del señor Klaingutti y de quien dependía, en última instancia, la edificación del chalet.

Eloísa prosiguió con malevolencia:
-El señor Klaingutti quiere casarse con ella, pero Irma siempre le dice que no. Así lo tiene más dominado. Es de rara...
No concluyó la frase.

Un automóvil se había detenido en la puerta y segundos después, entró Irma.
Me puse apresuradamente de pie y ensayé un saludo.
Antes de contestarlo, la dama se volvió hacia Eloísa:
-Ponete un chal. Ha refrescado.
Comprendí que la blusa de Eloísa era demasiado transparente.
-Vengo rendida -exclamó Irma, ocupando el sofá-. Había que poner un poco de orden en la filial Berazategui.

Al cabo de un silencio, en el que respeté sus pensamientos, quise llevar la conversación al tema del chalet.
Se mostró reticente; dijo que la nueva pareja viviría un tiempo en Los Alamos.
Cuando se quitó el sombrero, que era de color verde oscuro, como los zapatos y el traje, me fue dado valorar su severa belleza, quizá menos notable por la gracia que por la autoridad.

Siempre velando por la corrección de su hogar, me sugirió que no tenía por qué costearme a Burzaco y me dictó un número de teléfono que correspondía a una de las líneas internas de la red Klaingutti.

- A principios de la semana que viene, puede molestarse en llamar. Para entonces, la secretaria tendrá órdenes precisas.

Me tendió la mano.
Al querer despedirme de Eloísa, noté que ya no estaba en la sala.
El martes, a más tardar, hablaré con la secretaria...

Acaso con Irma.

Ángel volador

. martes, octubre 20, 2009


Ángel volador

“Hace mucho tiempo
que yo vivo preguntándome
¿para qué la tierra es tan grande
y una sola no más,
si vivimos separados?”


Los Jaivas


El día 22 de diciembre de 1972 supe que tenía que dejar la escuela. Mis días de estudiante habían terminado. Había reprobado el curso de Estadística II, dos veces. Chao, chao bambino.
Estaba esperando en la sala de clases. Necesitaba tener clara la nota de Estadística II.
Leía en el diario El Clarín la noticia sobre los 16 uruguayos que habían sido rescatados de la cordillera de Los Andes. El avión de la Fuerza Aérea uruguaya se había extraviado con 45 integrantes del equipo de rugby Old Christian. Estuvieron meses en la nieve y tuvieron que comerse los cadáveres de sus compañeros para no morir ellos también.
-Ya llegó el profesillo- nos adelantó Renatillo.
Renato, el líder hippie y poeta, tenía el pelo largo y morral indio con la mejor marihuana de Los Andes. Llevaba el mismo tipo de polera que Joe Cocker usó en Woodstock cuando cantó “Whit a little help from my friends”. Se llamaba Renato, pero le decíamos Renatillo, pues siempre le incorporaba el “illo”, a las palabras, “profesillo”, “compadrillo”. Renatillo recitaba a Neruda a su manera: “Amo el amor de los marihuaneros, que vuelan y se van”. Creativo poeta del movimiento de liberación interior, el Silo: “Papi, no me gusta tu mundo”. Un pacífico palabrero, amigo de Los Jaivas y Los Blops. Era un gentil sendero. La poesía era su instrumento. Era ingrávido. Vivía en el mundo de los acontecimientos incorpóreos. Era el modelo de muchacho que las chicas encontraban amoroso.
“Es tan amoroso”.
Todos nos incorporamos a la sala y en un silencio perverso el profe empezó a dar las notas. Era el temible ramo de Estadística II, el cementerio de la carrera, una explanada cubierta de cruces y lápidas, el curso donde rodaban más cabezas.
Era segunda vez que hacía el ramo. Si salía mal, chao, debía despedirme de la universidad. Estaba en juego mi futuro, o lo que yo en ese momento creía que era mi futuro. Pensé en el pulento, para que me diera un ayudita y cambiara mi destino. Pensé en el pulento, en ese dios que sé que no existe, y, sin embargo, creo.
Nombre del profe: Horacio Dottone, alías Robespierre, el dueño de la guillotina. Seudónimo: Donato Toreccio, el personaje que realizaba el puzzle de la Revista del Domingo del diario El Mercurio. Sacar su puzzle el domingo era un rito nacional. Esto lo hacía muchas veces odiado como amado, tanto por sus lectores como por sus alumnos de estadística.
Robespierre había ya entregado la mitad de las pruebas. Aún no aparecía mi nombre. Iban cayendo una a una las caras largas. Estaba aterrado.
-Condeminas- escuché. Rápidamente caminé donde él y estiré la mano. Él sin mirarme estira su brazo y me pasa la prueba.
Me senté y sólo en ese momento la abrí lentamente.
Necesitaba un 3,7 para aprobar el ramo. Al abrirla veo un 3,4 de color rojo intenso. Chuata. 3,4.
Reviso el puntaje, sumo.
No da.
Vuelvo a sumar.
Tampoco da.
Leo las respuestas, controlo, comparo, reviso cada anotación.
Nada.
Nada para contraatacar e iniciar una campaña que me llevara a torcerle la mano a mi destino.
Nada.
Cayó la guillotina. Vi rodar mi cabeza.
Estaba fuera de la universidad. Era un perdido. Un derrotado.
Mi cabeza degollada estaba en un canasto inmundo, ¿qué hago, qué voy hacer?
Mis planes originales eran recibir la nota y prepararme para viajar en donde me esperaban mis amigos para pasar las fiestas de fin de año y el verano. Ahora todo estaba nublado. Todo se veía negro.
-Profe ¿hará una prueba para poder recuperarnos?
La pregunta salió de un compañero desubicado y torpe, cuyo nombre recordar no quiero, que se expuso a la mirada de desagrado y sarcasmo de Robespierre. Era un primerizo en repetir el ramo. Todos los demás sabíamos la respuesta, incluso la forma en que Robespierre respondería...
- ¡NO!
Al salir de la sala de clases observé atentamente que el hippie Renatillo conversaba con el profe y éste lo escuchaba con dedicada atención.
Entré al casino con la vista nublada. Había tres lotes políticos. Primero los demócratas cristianos: Jorge Pizarro, rugbista corpulento y grandulón y Gustavo Rayo que hablaban con las Tres Marías, tres chicas muy bellas y simpáticas que se llamaban María. En otra mesa, el lote comunacho con Lautaro Carmona y Jesús Goya. Más allá estaba la desordenada trupp socialista: el sociable Raúl chico Díaz, Marcelo Schilling, la Cheché y la enigmática chica Nilz, totalmente vestida de negro. Me senté con ellos, pero decidí no contar los desgraciados acontecimientos que enlutaban mi mente. No quería que supieran aún de mi fracaso y mi partida de la escuela. Sufriría solo, como un perrito, un quiltro abandonado. Momentos después se incorpora Renatillo. Le pregunté con dolido resentimiento:
-¿Cómo te fue con el viejo?
Como si no le afectara la situación, el Hippie me dijo:
– Compadrillo, “caminante no hay camino, se hace camino al andar”, creo que le encontré un patillo al viejillo en la corrección de un ejercicio. Si logro que me la revise de nuevo, alcanzo el 3,1 que necesito. Me dijo que fuera mañana a las 10 de la mañana a su oficina en la calle Ejército y que conversáramos: me corregirá la pruebilla de nuevo. “Se hace camino al andar”, compadrillo.
Ni siquiera me despedí del poeta hippie, ni de mis amigos socialistas. Sentí que ya no había nada que hacer. Yo ya no era de allí. ¿Cómo enfrentaría mi vida de allí en adelante?
No le conté a nadie aún, ni a Vicente, ni a Hilda, ni Jordi.
Orgulloso, me gustaba sufrir solo, los evité todo el día.
Esa noche no pude conciliar el sueño. En esas horas de desconcierto y vigilia, de pronto, el ángel optimista que yo llevo dentro me decía:
-Acércate al profe para conversar con él. ¡Si sólo pudieras explicarle, él podrá entender!
Entonces aparecía mi ángel pesimista:
-Pero ¿entender qué? No hay nada que entender, estas son las reglas del juego, Julián. Hay cientos de ex estudiantes que pasan por esto y han sabido enfrentar la situación. Sé hombrecito, Julián.
Y mi ángel optimista contraatacaba:
-Pero, si le revisa la prueba a Renatillo ¿por qué no a ti, Julián?
Esa idea de mi ángel optimista golpeó fuerte en mi cabeza. ¿Por qué no a mí? ¿Se hace camino al andar?

******

A LAS 10 DE LA MAÑANA estaba en la calle Ejército. Renatillo aún no aparecía. Me puse a leer el diario Tribuna que estaba en una silla. “Canibalismo en Los Andes”. El tema de los uruguayos que habían caído en Los Andes, había encendido el debate sobre el canibalismo. ¿Se puede comer carne humana para salvar la vida?
–Hola, compadrillo ¿qué estás haciendo aquí?- me preguntó Renatillo un tanto extrañado, pero sin rollo.
-Lo mismo que tú.
Le conté mi estrategia.
-Buena onda, compadrillo, “hoy es el primer día del resto de tu vida”, compadrillo, ojalá se lo engrupa, compadrillo.
Salió el profe de su oficina y lo llamó
-Renato, pasa.
Me quedé tratando de leer el artículo de los uruguayos y el canibalismo. Pero no me podía concentrar. Leí varias veces la bajada de título de diario. Estaba nervioso.
Después de aproximadamente una hora sale Renato, cierra la puerta y me dice:
-Compadrillo, estoy al otro lado, ya no soy de aquí sino que soy de allá. El viejillo se había equivocado y reconoció su error. Tengo un cuatrillo.
Se movía, como bailando y en un tonito de canción de Los Jaivas. Me dio ánimo y algunas explicaciones. Me dio su “bendición”. “Se hace camino al andar,” compradillo.
– Se lo dejo en sus manos, compadrillo. Ahora voy a ir tranquilo al recital de Los Blops y Los Jaivas en el estadio municipal de La Reina, compadrillo. Y no se olvide, compadrillo, “hoy es el primer día del resto de tu vida”.
Se abre la puerta y el profe me pregunta
-¿Condeminas, usted quiere hablar conmigo?- se sentía apurado como si no tuviera deseos de hablar con nadie, me hizo la pregunta por cortesía.
-Sí, profesor.
-Adelante.
-Lo que sucede, profe, es que quiero que me revise la prueba y bla, bla, bla, bla...
Miré su cara de palo. Estaba condenado. Sabía que estaba condenado. Parecía que se había agotado con Renato. No estaría dispuesto a reconocer más de un error ese día. Aún cuando fuera cierto, no daría su brazo a torcer. Estaba frito.
Tomó la prueba. No la leyó. Sólo la miró, la recorrió en silencio. Se tomó su tiempo. No decía nada.
Al final, me enterró el cuchillazo:
– Julián, lo siento. Incluso creo que en algunos casos te di puntos de más. Te recomiendo que no te arriesgues a que la revisemos. Dejemos esto como está y enfrentemos en lo que estamos.
-Pero, profesor, si usted me reprueba ahora, no podré seguir estudiando, en el resto de los ramos tengo buenas notas- le dije como encarándolo, como si él fuera culpable.
La verdad es que se notaba que yo estaba aguantando las lágrimas.
- Lo siento, no tengo nada que hacer.

******

ESTUVE EL RESTO del día en la escuela dando vueltas con la cabeza gacha, como el peor y el más miserable perro vago de Santiago. De nuevo me sentía un quiltro abandonado. Me quedé a almorzar. No tenía ganas de dejar la escuela, los últimos tiempos de mi vida se habían desarrollado en ese edificio, en esos jardines. Este era mi mundo. Por la tarde, el centro de alumnos había organizado una muestra de la obra Educación Seximental del grupo de mimos de Enrique Noisvander, en el hall de la escuela. Los compañeros se destornillaban de la risa. Ja, ja, ja. La obra de nuestro compañero Luis Alberto Cornejo eran situaciones muy cómicas, sobre incomprensiones de parejas. Pero, yo apenas podía concentrarme. Nada me hacía gracia. Nada me hacia reír. Mis amigotes se fueron luego a beber cerveza con los actores.
Yo me fui a mi pensión.
Al otro día volví. Estaba sentado en el pasto del pequeño parque de la escuela. En eso pasó Hilda, tomada de la mano con Vicente.
-Te buscan en la secretaría.
Estaba tan rendido que subí las escalas mirando mis zapatos. No me di cuenta que venía mi ex profe, Donato Toreccio, Robespierre, el dueño de la guillotina. Él me saludó y me dijo de inmediato:
– Julián, después que te fuiste, volví a revisar la prueba de Renato. Me di cuenta que no me había equivocado. Pero no creí adecuado volver a decirle a Renato que nuevamente estaba reprobado. Lo he aprobando sabiendo que su prueba no le dio para el puntaje.
Yo lo escuchaba atentamente, y continuó
-Pero, si me equivoqué con Renato..., también es justo que me equivoque contigo. Acabo de dejar las notas finales de ustedes dos. Ambos están aprobados con un cuatro. Hasta luego.
Me dieron ganas de abrazarlo, de besarlo, de levantarlo en andas. De gritar tres irrás por Horacio Dottone. Pero, no esperó una respuesta mía, sólo dijo un frío hasta luego.
-Hasta luego.
¿Estaba molesto, el profe?
¿Estaba satisfecho, el profe?
Nunca pude saberlo. Quizás, era un justo.
Me quedé parado en la escala, como iluminado por haz de luz. No sabía que pensar. No es posible. Tal vez era de origen divino. Alguien me oía allá arriba. Efectivamente, me pareció que la vida era un acto de fe. A lo mejor el bueno de Renatillo, el poeta hippie que no le hacía daño a nadie, era mi ángel de la guarda...
¡Gracias, Renato: Se hace camino al andar!
Ahora podía irme de vacaciones tranquilo, ir a los trabajos voluntarios de la FECH, para volver en marzo.
Acto seguido salí a la calle y me puse en una cola que tenía media cuadra de largo para comprar cigarrillos. Necesitaba fumarme un Hilton, un exquisito Hiltonillo.

TROMPAS DE FALOPIO
Capítulo de la Novela de Omar Pérez y Gabriel Caldés
sobre los estudiantes de Ciencias Políticas de la Universidad de Chile

Amor Nórdico

. domingo, octubre 18, 2009



Ella nació el 12 de junio de 1962. Es una tigresa, según el horóscopo chino. No me sorprendió. Un mago reveló hace muchos años que un día me enamoraría de una tigresa. De algún modo lo esperaba secretamente. Ya sabía entonces que yo perdería la serenidad y sufriría furiosamente. Yo soy serpiente. Nací el 6 de mayo de 1953. Ella, tigresa. Es coqueta, exhibicionista y está habituada a ser cortejada. Enamorada del bienestar y la elegancia, lleva la mejor de las virtudes, el esplendoroso diamante del encanto.

Nos temimos siempre.

Ella, con estrechos pantalones de algodón y un pañuelo de seda en la cabeza como se llevaba a comienzos de siglo, me presentaba en fraternas veladas literarias, leía mis malas versiones suecas de unos cuentos. Mis cuentos pueriles sonaban sutiles en su voz ornamental y su dialecto sueco de la Skane. Tiene la savia de la Skane.

Hubo momentos en que nos quedamos solos, bebimos cerveza bajo las llamas de un candil, nos contamos dilatadas historias, siempre en indiferente tono, nunca trataban de nosotros, sino de alguien etéreo. Deseábamos adivinar signos de acercamiento, y mientras más intentábamos enunciar intimidades, más huíamos de nosotros, como novicios. Yo puedo parecer traidor y de hierro, pero ahora sufría la última inocencia y la última timidez.

Sí, nos temíamos.

Así se quemaba el tiempo, una vigilia inútil, agotadora y adolescente. Ella se iba sola, yo me iba solo, envueltos en una noche de cenizas. La llamaba al llegar al departamento. A veces, ella me llamaba. Hablábamos, hacíamos planes, publicar una revista de copuchas, un largo viaje a China, escribir un libro conjunto. Varias horas, ella tirada sobre la cama, yo tirado sobre la cama, jugábamos con el vértigo de ser frívolos.

En camas diferentes.

Creo que ya dije que nos temíamos.

Un buen día nos tomaríamos fotos para la portada de un libro sobre mis cuentos eróticos. Se desnudó con el culto de una modelo de un antiguo pintor, imagen sofisticada de la hembra, nos acercamos, nos tocamos. Hicimos fotos discretamente voluptuosas, ella en mi regazo, yo le acariciaba el muslo, ella me sonreía, o me besaba. Narcisa y voyeur sobre el espejo. Yo soy el espejo.

El horóscopo chino dice que la relación entre una serpiente y una tigresa puede ser, eventualmente, placentera. Esa noche fue placentera. Ella era una hechicera eminentemente carnal, no deseaba amor, deseaba sexo, deseaba cuerpo, deseaba sudor. No buscaba compasión ni la pedantería que a veces nacen en la lujuria. Mi instinto de dominación se despertó con el olor de su follaje y me sentí hombre malvado, no comprendo las leyes, y quise someterla. Ella se sometió e hizo la experiencia. Se lanzó al vacío. Yo era el asesino y ella la lujosa ramera. En el erotismo hay una dimensión metafísica: alguien ha dicho que el sexo da el placer y el dolor que debe dar la muerte, la muerte de los fieles y los amantes. En el patíbulo ella no pidió perdón, ella cantó en el suplicio. Yo he dudado de muchas cosas, pero no esta noche.

Qué hermoso crimen: la sangre, la leche, las flores, el fuego, las joyas.

Confieso que durante el acto me enamoré varias veces.

Pensé hasta que la amaba.

Mas, después de esta precipitación placentera y salvaje sobre el lecho, volvemos al lado de la sombra, volvemos a ser lo que éramos, yo serpiente, ella tigresa.

Apostaría que ahora nos temíamos aun más que antes.

Ella volvería a ser coqueta.

El mago ya había predicho que la relación sería un drama, una pasión complicada. Tiene ventajas también: no nos aburrimos con la monotonía de ciertos menesteres. La celo en silencio, elaboro secretas redes de control. Nunca funcionan.
A veces me afecto como un niño, me revuelco en las heridas, no doy más y lloro este amor, me da la angustia que me da un puente lluvioso y vacío. Se derrumban mis dioses y no sé buscarme dioses nuevos. Me vuelvo frágil, ruedo penosamente y no sé decir ya más.

Escribo esta historia verdadera porque ella quiere que yo la escriba.

--Pancho --me dijo--, escribe un cuento sobre mí.

Este cuento está dedicado a ella, la coqueta, la sensible exhibicionista que me ha vuelto loco varias veces.

Para ti, sólo para ti.

No te quieres domesticar.

Este cuento es tuyo, todo esto tú lo sabes, igual que yo. Porque la relación está cubierta de la mayor inteligencia, tu inteligencia nórdica que es terrible para nosotros las serpientes nacidas en el año 53, en un pobre país de pimienta y destemplanza llamado Chile, donde un mago predijo hace años que tú y yo sufriríamos mucho.

Praga, enero 1992.

Cuento Del libro Memorias eróticas de un chileno en suecia, de Omar Pérez Santiago, Aura latina, 1992

Amor Nórdico, cuento en árabe de Omar Pérez Santiago en suplemento literario "Al Arab" حب شمالي

. miércoles, octubre 14, 2009


Con la traducción del escritor Walid Soliman ha sido publicado hoy el cuento Amor Nórdico en el suplemento literario Al Arab.

Lee Amor Nórdico en español
La Noche del Viernes en Malmö, cuento de Omar Pérez Santiago

Vad varje svenk tjej bör veta om sydlänningen. Eller "Hur älskar en sydamerikan"

. lunes, octubre 12, 2009



Nöjesguiden


La Noche del Viernes en Malmö, cuento de Omar Pérez Santiago

Borges: El Sur

. sábado, octubre 10, 2009

El Sur, cuento de Borges, dibujo de Bernardo Víctor Carande

La Noche del Viernes en Malmö, cuento de Omar Pérez Santiago

. viernes, octubre 09, 2009

La Noche del Viernes en Malmö, cuento de Omar Pérez Santiago

Mercedes Sosa: “Che, ¡aquí voy con Patricio Manns! ¡el gran chileno Pato Manns!”

. lunes, octubre 05, 2009

Sería hace un año atrás, exactamente, en el departamento de Patricio Manns y Alejandra Lastra, quizás mientras oíamos el océano Pacífico de fondo-, junto al poeta Sergio Badilla.

Hablamos esa tarde encantadora de Violeta Parra, de Víctor Jara y, de modo inevitable, de Mercedes Sosa.

Pato Manns recuerda entonces aquella vez en que él iba con Alejandra y la Negra Mercedes en un auto por las calles de Buenos Aires.

Los porteños, cuando reconocían a Mercedes Sosa, desde sus autos tocaban las bocinas o le gritaban:

¡Maestra! ¡Grande, Negra!

Mercedes Sosa lo tomaba con alegría, saludaba de vuelta y sacando la cabeza por la ventanilla gritaba:

"-Che, ¡aquí voy con Patricio Manns! ¡el gran chileno Pato Manns! ¡Aquí va conmigo!

La voz de Mercedes Sosa rebotaba en las calles de Buenos Aires.

Y como nos reímos esa tarde los cuatro- Alejandra Lastra, Patricio Manns, Sergio Badilla y yo- por el carácter tan expresivo, tan alegre y tan entusiasta de Mercedes Sosa.

Además de rica en talento, Mercedes Sosa era rica en amor y era rica en amigos.

Comic erótico

.

Sexties.

El Palais des Beaux-Arts de Bruselas muestra historietas para adultos en los años 60, con cuatro maestros del género:

Guido Crepax, 1933-2003 (Emmanuelle, Justine, Historia de O),

Paul Cuvelier, 1923-1978 (Époxy),

Jean-Claude Forest, 1930-1998 (Barbarella) y

Guy Peellaert, 1934-2008, (Les aventures de Jodell, Pravda)


(Apropó:

La Noche del Viernes en Malmö)

Explícame qué es el amor, Georgie

. viernes, octubre 02, 2009



BORGES: Es extraño, Estela, me parece haberla conocido hace mucho tiempo. Quizás la historia es un círculo y que nada es ya que no haya sido y que no será.
ESTELA CANTO: Georgie, no me dirás que tú también perteneces a la secta de los monótonos. La explicación es más simple: Yo te conocí de niña. Tenía diez años. Tú pasabas frente a mi casa cada día. Yo te observaba desde la puerta de mi casa.
BORGES: El tiempo es un arduo y tembloroso problema.
ESTELA: Sí, pero tú eres el mismo.
BORGES: ¿Usted cree?
ESTELA: La misma silueta. Concentrado, i rri tan te, casi ridículo. A mí, en cambio, me gustan los hombres que me necesiten. Un hombre que me recuerde que soy una hembra, un animal. Ahora soy adulta
BORGES: Joseph Conrad, ¿lo has leído?
ESTELA: Un poco largo. Una historia de amor debe ser imprevista, como una flor, un olor. Lo único que uno puede hacer es sonreír débilmente u exclamar: aaah!
BORGES: El amor, una flor un poco peligrosa
ESTELA: ¿Qué es el amor? Explícame que es el amor, Georgie.
BORGES: Bueno, si yo logro entender
ESTELA: ¿Entender? El amor no se necesita entender, uno debe perder la conciencia. Pasión, desesperación. Uno debe morir en los brazos del amante ¿No lo has sentido así, Georgie?
BORGES: No, Estela, en verdad, no.

Fragmento de La Novia de Borges, versión de una pieza de Omar Pérez Santiago. 1990. Con Christer Törnqvist, Kristina Sääf och Gloria Leyland. Producida por Ricardo Arroyo. National Academy of Theater and Film Art Sofia, Folkuniversitet i Malmö, Filmförening Sur.

Clase Huevona

. viernes, septiembre 25, 2009




Una nueva clase media y clase media baja surgió en los años ochentas. Venía saliendo de un hoyo, de un socavón de pobreza y dificultades, entre otras, la re concha represión social y política de la dictadura de Pinochet. Esas masas de clase media y baja, era la clase que ahora los cursis publicistas llaman “emergentes” y los analistas políticos llaman, "aspiracionales". En realidad, eran la amplia base del pueblo, un chileno standard que quería progresar.

Ellos y ellas serían quizás los primeros en sus familias en entrar a estudiar en institutos y universidades. Les gustaban Sol y Lluvia, los pajeos intelectuales en las peñas, y eran consumidores voraces de las extravagancias, el camp y el neopop gráfico del Trauko. Era una clase numerosa y curiosa, votaron por el NO y aceptaron la Concertación.

Esa clase media tirada a pobre, también era acomodaticia y pragmática. Muchos de ellos se adaptaron y fueron el sostén o la plantilla de la democracia a medias que instauró la Concertación. Fueron felices al comienzo.

Nunca se dieron cuenta como aceptaron la No ruptura.

Luego, una linda araña les metió un dulce veneno en su interior que lentamente fue realizando una metamorfosis. Lenta y dulce, pero cruel metempsicosis: fueron funcionarios del Estado, de la Concertación o trabajaron en cualquier lesera.
Ahora ya entrando a viejos, allí se diluyen. O se incorporan al movimiento del ponciopilatismo, “yo me lavo las manos”. (El grupo más maricón de todos).

Esa masa estaba contentilla con ser profesionales de medio pelo, y se licuó en su autocomplacencia de su vida standard. De apocalípticos a integrados y su incapacidad de darse cuenta.

Pero, la mayoría de ellos, a pesar del veneno que les metió la araña de la adaptación, (de tanto comerse esos diagnósticos supuestamente tan modernos y en el fondo tan entreguistas, de Tironi, de Halpern, de Correa, de Brunner) tienen en su disco duro las imágenes con las que se dejaron sorprender y seducir cuando eran jóvenes.

Esa masa no sabía bien lo que quería. Eso no es raro. En muy pocos casos sabe la masa lo que quiere. Pero, sin duda que disfrutó con la pastilla de droga aspiracional y adormecedora que les dieron los Tironi-Halpern-Correa-Brunner. Todos querían ser clase media aspiracional.

Esa masa –algo modernilla, algo liberal y acomodaticia-, mutó en, llamémoslo ahora: progresismo aburrido, progresismo jodido, progresismo grave, sin proyecto más que votar (bis) por el católico de Frei.
Pero, ahora han empezado a constatar algo :
La pasta no se distribuye en Chile. Por más que se esfuerzan, no les toca a todos por igual. No hay una movilidad social ascendente. No hay inclusión real. La educación superior no ha servido de mucho. Los huevones con apellido, con contactos, o con pasta, siguen saltándose la cola por delante, en todos los ámbitos de la vida.

La Calaña Conchetumadre, la Corporatocracia nacional, insensible, odiosa, que concentra casi todo el poder, hace lo que les da la gana.

El ascenso social es una paja fulera en Chile. Una paja interruptus. La masa aspiracional tiene pega. Sí, pero una pega rasca, que apenas alcanza para llegar a fin de mes y con derechos laborales apañados.

Primero, se desconciertan, luego les empieza a dar vergüenza y luego rabia.
Son la mayoría de los chilenos, siempre inseguros de que el sistema, (el banco, el patrón), les juegue una mala pasada.
Ese es el sustento material del deterioro de la mentalidad acomodaticia de la política controlada desde arriba.
Es esta masa que hoy se disputan los candidatos.
Allí, acaso por tendencia natural, esas masas desconcertadas ven con desconfianza a Piñera.
Para ellos, Piñera es lo peor del sistema, el culíao.
Por eso, por condiciones materiales, (materialismo histórico, digamos), Piñera, está en grave peligro electoral.
Esa masa acomodaticia está apestada.
Aunque su discurso es liberal de baratija, Marco Enríquez-Omimani-Gumucio-Rivas, con su actitud, también ayuda a despertar a la masa aspiracional de su ilusión huevona.
“Yo educo a mis hijas en los mejores colegios, ustedes no,” les dijo MEO en el debate, mirando a la cámara.
Claro, él y su señora ganan millones.
Esa puta verdad, genera resentimiento social en la masa aspiracional estancada. Eso despierta al weón en su casa:
“-A chucha -piensa el aspiracional deteriorado-, tiene razón el MEO”. “No me puedo morir hueviando en el mall todos los sábados.”
Por eso mismo, Jorge Arrate, en algunos minutos sorprendió, brilló. De pronto, esos jóvenes envejecidos que estaban casi durmiéndose en sus camas, escucharon que les decían: huevones, déjense de mariconadas, hay tareas tan inconclusas de democratización del poder social, político y económico.
Es ese malestar subterráneo, el malestar que no aparece en las encuestas.
Arrate, nuestro querido y viejo socialista, -sin recursos materiales, sin financiamiento, sin partido (o un partido de prestado, una cáscara)-, produjo un leve movimiento en las camas de los descontentos y atribulados.
Descontentos y atribulados por nuestro Chile tan fome, tan re puta fome y tan re concha desigual.


El dibujo

¿Autocracia o República Digital?

. miércoles, septiembre 16, 2009

Anlisis de Galletas

Un estudio en proceso sobre la publicidad de alimentos en la televisión abierta, está demostrando la sospechosa tesis de que la mayoría de esa publicidad es financiada por cuatro o cinco multinacionales de alimentos, llámese Nestlé, Fonterra, Watt´s o Unilever. Es decir, se está aclarando que la televisión chilena, a pesar de su verborrea patriótica, es tributaria de intereses multinacionales.

Esa televisión en Chile -con la televisión digital- podrá desde ahora diversificar sus negocios en un escenario comercial y segmentado. La televisión digitalizada permitirá que la misma información pueda ser transmitida utilizando un ancho de banda menor. Por lo tanto el mercado dispondrá de muchas más señales de las actualmente existentes.

En este muy tentador negocio para las actuales compañías que dominan el sector, ni la voz ciudadana, ni nuevos actores tienen cabida.

Para ellos los ciudadanos constituyen sólo audiencia, “chilenitos” a quienes seducir con una parrilla de programas segmentados en diversos nichos. Sólo se trata de negocios para comerciantes ávidos de utilidades y como tales no les interesa la libertad de información.

El Ministro de Transporte y Comunicaciones, René Cortazar ofreció a ese empresariado, como nuevo “Zar digital del Bicentenario”, un negocio redondo: la casi totalidad del espectro televisivo, lo que les permitirá crear simultáneamente diversas señales, y así multiplicar su inventario, ampliar los negocios de internet, telefonía, canales de compra, bases de datos, licencias, merchandising, eventos, conferencias, revistas, dvd, etc, etc, etc. Allí propagarán las empresas multinacionales sus intereses, que no son los intereses nacionales.

Por lo tanto, los canales se convertirán en fábricas de contenido. Sí, pero de contenido comercial. Ello expresará el triunfo absoluto de la actual tiranía del dinero sobre nuestros derechos republicanos. Por ello, nuestro autócrata digital René I, hace caso omiso a que los espacios televisivos y las señales en disputas son bienes públicos, de uso de todos los chilenos, tal como es aire. Nuestro ministro, mientras el Transantiago bajo su responsabilidad, sigue importunando diariamente a los ciudadanos de a pie, se dedicó con ahínco a solucionarle los problemas a las grandes empresas de medios y transnacionales y a multiplicar los intereses del status quo mapochino .

Al momento que se ha iniciado la cínica celebración del Bicentenario de nuestra supuesta independencia, es clave que exista un amplio debate público. Informado y participativo que de cuenta sobre que tipo de televisión necesitamos los ciudadanos chilenos. Esta es una creciente demanda de una ciudadanía que emerge. Chile necesita canales con sintonía en los asuntos ciudadanos. Canales de ciudadanos libres e informados. La sociedad chilena de cara al siglo 21 no necesita más canales de supuesta audiencias de “mayorías estándares” que idiotizan para controlar. El país necesita una televisión que de cuenta y cabida a los ciudadanos reales, con sus visiones, aspiraciones y propuestas.

Las nuevas tecnologías -más baratas y accesibles- presionan para que los ciudadanos y comunidades se transformen en actores con identidad propia, activos e interconectados. Nuevos canales, con menús propios de programación y amplitud democrática. Ese es el proyecto republicano que se une a emergentes demandas, tales como la necesidad de una asamblea constituyente para nueva constitución.

El autócrata Zar René I le ofrece graciosamente al infelizaje nacional,- obviamente después que la tortilla se reparta-, concursos para que los ciudadanos, transformados en paisaje en movimiento, participen. ¡Gracias ministro! Sabemos en qué consistirán dichos concursos: en la extensión de la mano negra de la casta política mapochina.

El tema de acceso a la televisión y sus contenidos son un asunto central de un sistema democrático moderno donde los ciudadanos organizados, sindicatos, comunidades locales, estudiantiles, asociaciones de consumidores, de vecinos, ecológicas, patrimoniales, culturales y deportivas, deberán presionar para la creación de un sistema de comunicaciones republicano, fuera del control autocrático digital.



La Noche del Viernes en Malmö

. lunes, septiembre 07, 2009


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La Videocracia de Berslusconi ¿o el país de Piñera?

. viernes, agosto 28, 2009



Videocracy es un documental de Erik Gandinis que se estrena en septiembre.
Es el mundo de la televisión en la Italia de Primer Ministro Silvio Berlusconi, que controla los canales comerciales y la televisión estatal. Una televisión, como la nuestra, que se rinde a la fama, a la más baja imagen de la mujer, pin up que nunca dicen nada pero que bailan sexy.
Una “industria” –como le gusta decir a los presuntuosos- gobernada por agentes de televisión que admiran a Mussolini, y que selecciona a las chicas que sueñan con encontrarse con el futbolista millonario.
La noticia es que la televisión pública italiana RAI ha prohibido la emisión del tráiler del documental.

Los hechos ocurren en Italia, pero bien podría ser Chile.
Cambie Berlusconi por Piñera, y Mussolini por Pinochet.

De todos modos, la película no pasará inadvertida en Chile, en plena campaña electoral.

Sobre lo irreversible de la historia, poema de Sergio Infante

. domingo, agosto 23, 2009

Sobre lo irreversible de la historia

Poema de Sergio Infante

Ligaduras sin fin, espirales vencidas,

azogue medieval prolongando el estigma de las sogas;

días de ayer: las torceduras de los tientos

sobre este tronco mío que ya entiende

que hay un timón que gira

en sentido contrario al de sus vértebras.

Amarrado al potro del tormento, floto

y la resaca del silencio me lleva hacia alta muerte

y a cada quejido que sueltan las cuadernas

responde el graznar de las aves siderales

que picotean el gran cuero de la noche...



Amarrado al potro del tormento

observo el cosmos

y me abundo de los astros como un último recurso.

¡Es mi tiempo!, confieso al Santo Oficio.

¡Es mi tiempo!, le grito a quien me inquiere.

¡Mirad los senderos en el cielo, allí van los astronautas!



De Retrato de época, Nordan, Estocolmo, 1982, página 26

Sergio Infante Reñasco (Santiago de Chile 1 de mayo 1947) es un poeta, ensayista, profesor universitario y narrador chileno, residente en Suecia.

Obra

Poesía

  • Abismos grises (1967),
  • Exilios/ Om Exilen (1979),
  • Retrato de Época (1982)
  • El amor de los parias (1990).
  • La del Alba Sería, Ediciones RIL Santiago de Chile, (2002)

Novela

  • Los rebaños del cíclope, Catalonia, Santiago de Chile (2008)

El Chiflón Literario de Santiago, Revista Marusia, 1990

. jueves, agosto 20, 2009

El debate sobre la narrativa latinoamericana

. domingo, agosto 09, 2009

Inverosímil.

Estamos en el año 2009.

Y sin embargo, el escritor venezolano Gustavo Guerrero, consejero de Gallimard, aún discute en un empalagoso artículo titulado Critica del panorama en Letras Libres, el exotismo del realismo mágico o el izquierdismo de la revolución cubana, como fenómenos literarios que habrían sido, según él, paradigmáticos y predominantes (metarrelatos o “panoramas” los llama él).

A consecuencia de eso, sostiene Guerrero, la literatura latinoamericana no existe más y, también sostiene Guerrero, la flacuchenta tesina de que ahora la literatura latinoamericana es un producto disímil, difícil de enmarcar en una estética particular, y que se encuentra más bien en la línea de la posmodernidad.

Sorprende lo antigualla.

Añejo, pues eso ya lo representó inicialmente desde la Zona de Contacto de El Mercurio el chileno Alberto Fuguet y su segundo abordo, Sergio Gómez, en los primeros años 90. Esas movidas publicitarias colocaron, finalmente, un solo tema en debate. El asunto del posicionamiento del escritor en el mercado, la desesperación del reconocimiento, las ganas de convertirse en un negocio, el deseo de respetabilidad literaria. Es decir, el tedio y la complacencia en el hoyo, en el culo del mundo. En realidad ningún tema literario.

Y, vaya cómo ha pasado el tiempo desde entonces.

Mas, parece que, a pesar de la tinta que corrió debajo de los puentes, ese facilismo alucina aún a Guerrero. Gustavo Guerrero revive el asunto del Mcondo y su réplica mexicana del Crack para argumentar que la actual narrativa latinoamericana es un híbrido.

Pero a Gustavo Guerrero lo atajó bien y fácil otro Gustavo, el peruano Gustavo Faverón Patriu, en un artículo llamado justamente Sobre un artículo de Gustavo Guerrero.

Sostiene Faverón, con razón, que han habido líneas estéticas muy diversas y poderosas en América, y no sólo el realismo mágico. Argumento cierto y fácil, muy fácil de probar.

Además, sostiene Faverón, que la corriente del realismo mágico, no es sólo latinoamericana. Está en la obra de Rushdie o Morrison o Mahfuz o el último Mulisch. Yo podría agregar que ya estaba presente en varios otros buenos y ya antiguos escritores escandinavos como los premios nóbeles, Laxness y Lagerlöf. Asimismo, eso se reproduce en los nuevos escritores como el islandés Gudbergur Bergsson, el danés Peter Høeg o el noruego Kjartan Flögstad, y su realismo ártico.

Guerrero afirma que el desconocimiento y la geografía provocan la balcanización de las letras latinoamericanas y una dificultad para conocer lo que ocurre en nuestros países. Y así afirma: “siempre se consigue más información sobre América Latina en Europa o en Estados Unidos que en la propia América Latina.”

El neófito no se entera como van las literaturas nacionales. Mas, es difícil de creer que le ocurra a un escritor activo. Peor aún, es difícil de aceptar que para enterarse de literaturas latinoamericanas, uno debería viajar a Europa. (Al parecer, un editor en Europa, que camina de su departamento a su trabajo, necesita simplificaciones)

Voy a poner el ejemplo chileno, país que más conozco, porque viajo por nuestras ciudades y por que me relaciono con escritores y hablo con ellos. Y no sólo hablo, también a veces, ceno y bebo con ellos. Y, para hacerla corta, mi conclusión es que una de las corrientes más fuertes es el nuevo realismo.

Lo ha dicho también en un excelente artículo el escritor chileno Iván Quezada, a raíz de la lectura de las novelas Fumador y otros Relatos, de Marcelo Lillo; Las Manos al Fuego, de José Gai; y Los que sobran, de Mario Silva: “Además, creo yo, surge de una necesidad colectiva por volver a compartir valores como la historia, la intuición, la conciencia omnisciente del escritor y el arte con sentido.”

Es la misma línea está el escritor mapuche Javier Milanca y su realismo chungo o Jorge Marchant Lazcano. Y una de las figuras indiscutibles de la nueva literatura latinoamericana es el chileno Roberto Bolaño, cuyo “panorama” es un ambicioso realismo cult-pop.

Esa nueva narrativa realista responde a la gramática de la post globalización.

Retoma realidades latinoamericanas fuertes, en ambientes de desecho, en esos suburbios de las ciudades, en la frontera de lo legal, lo duro y lo bizarro. Se admite aquí que vivimos entre la fragilidad y la violencia, en un presente desolador: catastrófico en términos de equidad y justicia social, siniestra en materia de respeto a los derechos humanos y apocalípticos para la salud ecológica del planeta. Es una literatura que fortalece un nuevo círculo para presentar una realidad muy chunga, de mala calidad, difícil y peliaguda que dejó el paso de la globalización en América Latina.

La Serena cambia

. viernes, agosto 07, 2009

Artículo publicado en el diario La Epoca, 3 de marzo de 1993.

¿Habrá llegado a tiempo la ley indígena?

. viernes, julio 31, 2009


Artículo de Omar Pérez Santiago publicado en el desaparecido diario La Epoca, el 19 de octubre de 1993. (click para agrandar)

Y en eso llama el Presidente Allende…

. jueves, julio 30, 2009

En junio de 1972 quedó vacante el puesto de Ministro de Economía.


Jorge Arrate -31 años, Vicepresidente Ejecutivo de la Corporación del Cobre- venía de su almuerzo y antes de entrar a su oficina vio en un kiosco la portada del diario de la tarde, de corte socialista, La Ultima Hora.

El titular lo halagó.

Decía a grandes titulares.

MAÑANA A LAS 11 JURA EL GABINETE. Y arriba: MATUS O ARRATE A ECONOMÍA.

Lo conmovió.

Entró a su oficina.

De pronto, sonó el teléfono rojo directo desde La Moneda.


Jorge Arrate respiró profundamente.

-¿Arrate?

-Sí, Presidente…, palpitó Arrate.

-…No tan rápido… Arrate… no tan rápido.

-Pero, presi…yo no…

-…No tan rápido, Arrate…

-Pero… presidente, no creará usted que yo tengo tanta influencia en ese diario para…

-No tan rápido, Arrate…, repitió Salvador Allende y cortó.

Luego en una reunión de ministros en la Moneda, al terminar, Allende le dice:

-Jorge Arrate…

-¿Sí, compañero Presidente?

-¿Usted cambió su número de teléfono, compañero…?

-No, compañero, sigo manteniendo el mismo…

-Ah, es que yo lo he llamado y no contesta.

-Raro, Presidente, tengo el mismo número…

- Ah, es que yo lo he estado llamado… para nombrarlo ministro…

La broma socarrona y la risotada de los demás ministros humillaron a Arrate que salió dando un portazo…

Una hora después en su despacho, Jorge Arrate escucha en el fono rojo la voz, esta vez algo melosa, de Salvador Allende:

-…Arrate…

-Sí, Presidente…

-No te enojes, Arrate…

-No, Presidente, no se preocupe…

-No te enojes, Arrate, si es una broma no más…

-No se preocupe, señor Presidente, dijo Arrate lacónico.

-Le pedí a mi secretaria que le enviara una tarjeta de disculpa…

-No, Presidente, no me ha llegado nada…, pero no se preocupe, no es necesario

-Bah, qué raro, en cuanto llegué a la oficina ordené que le enviaran un tarjeta de disculpas.

-Gracias, Presidente.

Otro día suena el fono rojo de La Moneda.

-Aló…

-¿Don Jorge?

Era la secretaria de Allende.

-Sí, diga…

-El compañero Allende lo espera mañana temprano en su domicilio a las 8 de la mañana.

-Ahí estaré.

Jorge Arrate llegó temprano al otro día a Tomás Moro. Iba sin corbata, con una chaqueta vieja, una chaqueta que Arrate usaba a veces para estar cómodo en casa un fin de semana.

Entró al despacho del Presidente.

Allende estaba allí, parado, revisando papeles, en bata de levantarse.

Arrate se quedó esperando.

De pronto el Presidente Allende levanta la vista y ve a Arrate en esa facha casera y grita:

-¡Noo …, pos huevón! ¡Noo, si te voy a nombrar Ministro ahora mismo!, anda a cambiarte ropa, ya…

Jorge Arrate salió corriendo a su casa.

Esa mañana, Arrate fue nombrado por Allende, Ministro de Minería.



Trauko, el mito revisitado

. miércoles, julio 29, 2009






Rodrigo Araya y Antonio Arroyo

La revista "Trauko", que apareció en los quioscos de los años 80, con "cómics para adultos" y editó 36 números, recibió, en el colmado Centro Cultural de España, un merecido tributo en un álbum editado por Ocho Libros Editores, compilado por el cineasta y guionista Rodrigo Araya Tacussis.

Ayer, después de diecisiete años, volvió a Chile Antonio Arroyo y se juntó alegremente con la plana mayor de los dibujantes que constituyeron la mejor y la más interesante época del comic para adultos en Chile: Felva, Vicho, Karto, Héctor Leal, Lautaro Parra, Mario Rojas, Marcela Trujillo, Juan Vázquez, Huevo Díaz, Yo-yo. También se encontraba Emilio Ruz, representante legal de Trauko y Omara, Nelson Correa, que actuó de editor y escritor.

Trauko: el tótem de los desavenidos, 1988

(De mi “Breve historia del comic en Chile”, editorial Universidad Bolivariana, 2007)

Los directores de la revista Trauko, Pedro Bueno y Antonio Arroyo, eran dos españoles que intentaron romper con el prejuicio de identificar los cómics con sólo de aventuras o la producción infantil. La marginalidad impuesta le dio un tono latente de protesta y disconformidad. La sensibilidad de los pimpollos era bastante ahogada. Deseaban desatarse.

Una trupp de “comiqueros malditos”, con la influencia de la “movida española”, traen a Chile todo el desenfado y lo contestatario que soporta el papel. Sus directores eran dos españoles Pedro Bueno y Antonio Arroyo que, influenciados por autores mayoritariamente europeos, se instalan en el paisaje artístico chileno. Durante los primeros números piratean material extranjero para luego incorporar a artistas nacionales. Por su permanencia en el mercado -publicaron 36 números- cimientan el camino, y logran un punto de encuentro y de referencia de la tendencia under que sentía su desapruebo con el Chile que veían y lo que la dictadura representaba. Recordemos a autores como Martín Ramírez y su “Checho López”, Lautaro Parra con “Blondie”, Karto y su “Kiki Bananas”, Ricardo Fuentealba y su “Conde de Matucana”

Clamton

Uno de sus colaboradores fue Clamton (Claudio Galleguillos) un dibujante original, surrealista, con páginas llenas de paisajes del subconsciente, mundo poblados de esporas, flores espinudas y amapolas y un peculiar estilo de intuir la muerte. Clamton fue una de las figuras más talentosas del cómic chileno que floreció durante los años 80 en Chile. Publicó sus particulares historietas en las revistas de cómics Matucana y Trauko. La editorial Trauko fantasía publicó, en el año 1990, su álbum Clamton, Planetas, cerebros & Atomos. Clamton desapareció tempranamente el año 1994.


Fotos: Omar Pérez Santiago

Bergman

. viernes, julio 17, 2009


El vuelo desde Estocolmo al archipiélago de Gotland en el Báltico toma una hora. De allí se llega a Fårösund y un pequeño ferry cruza en 7 minutos hasta la isla de Fårö. La isla tiene 608 habitantes incluyendo al genio Ingmar Bergman, el legendario director sueco de 86 años. La isla Fårö de 102 km2 es el feudo de Bergman.

Ingmar Bergman descubrió Fårö en 1960 cuando buscaba locación para el film Como en un espejo (Såsom i en spegel). Volvió en 1965 para filmar Persona y entonces decidió quedarse a vivir allí y se construyó una casa de 156 metros de largo en la costa. Desde su ventana ve lluvias otoñales, pájaros, cisnes, puerco espines, conejos y las típicas rocas o barreras coralinas caprichosamente moldeadas por el viento.

Bergman cada día va en su jeep a su cine con quince butacas, que también funciona como su lugar de trabajo. Fårö se transformó en la Cinecittá de Bergman. Ingmar Bergman ve un film cada día, a menudo viejos film mudos de su voluminosa cinemateca. Día nacional de Fårö, el 4 de julio, donde normalmente llegan sus 8 hijos, sus nietos y sus ex mujeres a tomarse una foto con el monarca, que se coloca una coqueta corona de flores. La isla es un mito también político. Allí pasaba sus vacaciones desde los años 50, Olof Palme, el primer ministro asesinado en una calle de Estocolmo. Se habló así del exclusivo Fåröklubben. El núcleo del club era Olof Palme, Ingmar Bergman, Harry Schein (jefe del Svenk FilmInstitutet) y Erland Josephson (actor, escritor, jefe del Dramaten).

En 1973 Bergman grabó en Fårö Escenas de la vida conyugal (Scener ur ett äktenskap), una representación de la corrupción matrimonial. Marianne (Liv Ullman) soporta el adulterio de su marido Johan (Erland Josephson) que le traiciona con una damisela.

Treinta años más tarde. 2003. En la isla de Fårö Bergman continúa su saga familiar. Esta saga no está sólo en sus numerosos films, sino también en sus novelas: Las mejores intenciones, Niños del domingo y Conversaciones íntimas. Bergman filma ahora Saraband en la que retorna a Johan y Marianne, de Escenas de un matrimonio, se separaba. Los actores son los mismos: Erland Josephson y Liv Ullmann.
Realizada en video, Bergman no quiso que se traspasara a 35 mm, pues debía demostrar, sobre todo a los cineastas jóvenes, que el video es una posibilidad real a la gran empresa. Bergman manifestó en su autobiografía Linterna Mágica que el cine pertenece al ámbito "de la prostitución y la carnicería" y manifestó su alegría por las posibilidades de democratizar el cine a través del video. Esta es su tesis política: es posible hacer cine sin mucho dinero, y sin dejarse seducir por el comercio. Es su legado. Pocos personajes, pocas locaciones, diálogos y conflictos concentrados y, además, como ha dicho Woody Allen, con un brillante sentido del espectáculo.

En diciembre de 2003 se dio Saraband por la televisión sueca y un millón de televidentes la vio. Ahora el film se extiende hacia los cines y se estrenó en Santiago, auspiciada por la embajada de Suecia en Chile y el diario El Mercurio. La traducción es algo deficiente.

Zarabande era un baile de mujeres con castañuelas, salvaje y sexual. Se dice que Cervantes habría denunciado sus movimientos indecentes y que el rey Felipe II la habría prohibido. El título se relaciona también con la suite número cinco para violonchelo de Johann Sebastián Bach.

Cuatro personajes en una casa en un bosque solitario en una isla. Diez escenas, diez duelos densos y oscuros, básicos y hondos.

Una obra literaria, en diez capítulos con prologo y epílogo, relatada por una mujer, un estudio magistralmente teatral en sus usos de los primeros planos.

Marianne sentada con fotografías sobre la mesa, nos cuenta al público de modo teatral, que ha decidido visitar a Johan, su ex marido, un malas pulgas de 86 años.

¿Quién querría sufrir del tiempo el implacable azote?

El malas pulgas de Johan está dormitando a la orilla de un lago cuando Marianne lo despierta. Así se atiza un drama familiar, atormentado y feroz. Es el universo de Bergman, seres acomodados, hostiles, neuróticos y marcados por un protestantismo puritano de raíces místicas y, sospecho, de orígenes salvajes y demoníacos. Los personajes se agreden, se acusan y exudan un odio angustioso, un elixir malsano que mana de los filosos juegos verbales.

Otros dos personajes: Henrik (Börje Ahlstedt), hijo de Johan, de 61 años de edad y su hija Kajsa (Julia Dufvenius) viven en los alrededores de un modo incestuoso.

El quinto personaje es Anna, la mujer de Henrik y madre de Kajsa. Aunque Anna está muerta desde hace dos años su presencia es continua a través de un retrato fotográfico en blanco y negro.

El pecado, el castigo, la confesión pública, el perdón y la gracia, es decir, esa mochila con piedras que carga un protestante puritano de raíces vikingas, buscan descargarse en el éxtasis y congraciarse en el "medlidande", el consuelo, (o mejor dicho en el conduelo).

Todo está concentrado en Saraband, un pequeño frasco de ponzoña exquisita, que no podemos, ay de nosotros, dejar de beber.

Año 2005


Ingmar Bergman

Sven Nykvist: Brillante fotógrafo sueco

Dole Food Company Inc. demanda a cineasta Fredrik Gertten

. domingo, julio 12, 2009


Trabajadores bananeros acusaron a la transnacional Dole Food Company Inc. por el uso del pesticida Nemagón en Nicaragua, afirmando que eran estériles a consecuencia de la exposición al pesticida en haciendas bananeras contratadas por Dole en los años 60 y 70.
Pero, en Estados Unidos una juez reafirmó recientemente la sentencia que deja fuera la posibilidad de compensación a miles que peleaban contra la empresa. Los abogados de Dole convencieron a la juez de la Corte Superior de Los Ángeles, Victoria G. Chaney, de que los demandantes, y algunos de sus abogados, fabricaron pruebas en sus demandas para cometer fraude en la Corte estadounidense.

El cineasta sueco Fredrik Gertten realizó el film Bananas, sobre este asunto y la presentó en Festival de Cine de Los Angeles en Estados Unidos. Ahora la empresa multinacional Dole lo ha demandado. Según Dole, el film ensucia la imagen de la empresa.
El abogado de Fredrik Gertten, Richard Lee afirmó a la prensa que él y su cliente encontraban la demanda "carente de méritos". "Dole está intentando evitar que se escuche una parte del largo historial de mal uso de pesticidas por parte de corporaciones multinacionales", explicó Lee.

Lacrymosa, Cuento de Omar Pérez Santiago (1992)

. viernes, julio 10, 2009


Lacrymosa
Cuento de Omar Pérez Santiago

Las cosas fueron desgraciadamente así.

Durante largo tiempo de exilio en Malmö no viajé a Copenhague. La lancha cruzaba el estrecho de Sund en cuarenta y cinco minutos y entonces el pasaje de ida y vuelta Malmö-Copenhague sólo costaba 65,30 coronas suecas. Nada me soliviantaba contra la bella Copenhague, puerto, melancolía, tango. Disfruto en las ciudades como animal citadino: voy de un café al cine, y del cine al bar y del bar a otro bar. Las razones de mi negativa a flanear en Copenhague fue un fracaso, un violento fracaso amoroso. Fue a mitad de los años ochenta.

Di algo, Pancho

Gudrun –ojos grandes y melena como la madrastra de Blanca nieves- callejeaba con la cofradía de los punks y post punks de Copenhague, vestía de negro su alto cuerpo y colgaba de su oreja una aguja de gancho Alice Cooper.

Fui a escuchar una charla del escritor Paul Borum a Copenhague, pasé a comprar libros y entré luego en el café Sorte Kat sin saber que era el centro de poetas jóvenes dinamarqueses que, animosos y hambrientos, se ufanaban de malditos en la literatura escandinava.

El danés es un pueblo sociable, no fue difícil entablar conversación.
-¿Quién eres tú? preguntó ella en danés que apenas descifré, aunque el idioma danés es hermano del sueco. Era una mujer bien oliente y bien armada.

-Pancho-, dije, acomplejado de no ser nada más que Pancho, dos sonidos sonoros, pero extraños.
-Ah, Pancho-, y se abrieron sus ojitos debajo de la chasquilla de la de la melena-, ¿Malmö?

-Sí-, contesté-, yo soy de Malmö. Jag är fran Malmö.

-Tú eres amigo de Hakan Sandell, ¿verdad?

Hakan Sandell, punk y poeta maldito de Malmö. Traduje al castellano su poema sugestivo Den lilla jeansjacka y lo entrevisté para el diario Arbetet. Declaró, no era esta la primera vez, con bravatas verbales. En la calle, gente que se cree normal, me increpaba a mí por sus declaraciones extremistas. Los punk de Malmö, en cambio, solidarios y gregarios, me miraban con cómplice simpatía. Habían tejido una cofradía internacional de punks. Se conocía entre ellos.
-Bueno…, dije tímidamente, lo conozco…
Sonrió. Nunca antes ojeé una dama punk, mas no podría explicar como terminé, curioso y aventurero, en su hospitalario cuartucho en el centro de Copenhague, allí, a la vuelta del Ny Havn. Era una sola pieza. Ella había construido un segundo piso, que era una cama a la que había que izarse pisando una silla. Había empapelado una muralla con un gran retrato de Michael Strunge, el joven poeta danés que se había recientemente suicidado. “Dystest i mig ligger dödens siste vand” (“En el fondo de mí yace el agua negra de la muerte”) había copiado a mano en otro papel pegado a la muralla. Era un grafismo expresionista del tipo de Jean-Michel Basquiat.
Tirados sobre su elevada cama me clavó, flirteando, la aguja-aro Alice Cooper. Cuando entendí su faquirismo, la clavé también. Gudrun era melómana. Puso el disco I wanna be sedated de Los Ramones a volumen punk. Yo gritaba para hablar.
Ella leyó un bello poema, grito rock que versa sobre la fragilidad de la vida:

…Lavan lluvias eléctricas amarillas,
Llamado maldito puerto neón,
Mis jugos y mis llantos sexuales…
Colmillo devora lengua
Amor mío fecunda la boca,
Amor, amor, muere conmigo,
Di algo, amor, habla,
Introduce y muere.

Observen el poemilla: aunque aficionada, destruía la literatura, deconstruyendo, fragmentarizando. No dejaba casi nada, ni un rastro de coherencia o unidad, sólo un momento de aprecio y deleite. Era la tesitura de Copenhague.

Luminosidad

Viajé a Copenhague repetidas veces a encaramarme a su cama, segundo piso, a enrollarme en su cuerpo flaco y largo y acariciarle su pequeño vientre caliente. En el festival de rock de Roskilde amamos durantes dos días en una carpa pequeña, alimentándonos de la música de U2 y de cerveza danesa Carlbergs.

La noche del equinoccio, el día del amor escandinavo, celebramos el middsommarafton en el campo, bebimos aguardiente con cerveza y comimos arenque. Probamos frutillas, simbología de esta fiesta (esa fruta amor significa), solos en el lugar del rito de las danzas, tirados sobre la hierba. Como en los cuentos, flotaba luz naranja nocturna. Gudrun se levantó y danzó fértilmente alrededor del obelisco de flores, envuelta en el fuego transparente de su vestido blanco. La blancura de sus vellos y la maldadosa inocencia de de su cadencia me cegó la memoria. Sus pezones levantaban la liviana tela larga. La luminosidad de su cuerpo le hacía verse robusta, mujer escandinava de los cuadros de Anders Zorn.

Era el día del amor, el único paraíso perdido. Gudrun, diosa de la fertilidad nórdica, prometía con su danza y sus cantos sensuales que seríamos ricos mañana. Poco a poco, me subordiné a su danza extraña, me desboqué en su rito viejo, en las garras de sus gatos. El día del amor, el comienzo de la muerte. Se oscureció sólo una hora y los grillos, mosquitos y hormigas, con los ojos del murmullo abierto, observaron sensiblemente rojos entre la sangre erecta de la hierba. Le tendí a su boca una frutilla madura que destrozó con sus dientes fuertes y sanos, un hilillo rojo corrió desde sus bulbosos labios, por la mejilla y el cuello hasta la hierba. Otra frutilla acarició su cuello con carne roja y jugosa. Encremaría su blanco cuerpo con frutillas reventadas. Especial dedicación tuve con sus senos, con los puntos de sus pezones y la frondosa concha de la pelvis. Comería y bebería de sus senos, de su barriga y de su sexo cubierto de frutilla. La trepé y al cabalgar en ella constaté, con sorpresa y gozo, que su vulva había quedado helada con la fresa.

-Di algo, amor, habla, introduce y muere, susurró.
-Yo soy de los que no hablan en la cama.
La noche del equinoccio, el día del amor escandinavo, el comienzo de la muerte, éramos felices, muy felices. ¡Oh, qué felices éramos!

Ese bamboleo de Annie

Dinamarca olió mal, muy mal cuando apareció Annie, otra punk, joven y fuerte, con el pelo negro cortado como hombre y con una mantilla oscura de encaje en la cabeza. Una vieja amiga de Gudrun que había vivido La Movida anarquista madrileña en España. Su mirada descubierta me llevó a considerarla brava y enigmática.

Sospechas nublaron mi inteligencia: la vi acercarse, bamboleándose, a Gudrun. Ese bamboleo y el encaje de su solera insinuaban sus grandes senos, cubiertos con una gasa transparente. En el seno izquierdo se había tatuado una pequeña calavera. Al acercarse a Grudun la besó en ese punto sensible del rostro, entre el labio y al mejilla. “Algo pasa aquí”, pensé

Efectivamente, la mujer punk empezó a aparecerse por el cuartucho de Gudrun y por el Café Den Sorte Kat.

Un día llegué al departamento. Entonces me conmoví. Se oía Lacrimosa del Réquiem de Mozart y había sólo velas encendidas. Parecía una capilla gótica. Estaban las dos tendidas sobre la cama, medias desnudas, bebían vodka con bebida, fumaban marihuana y leían El Víbora, la revista española de comic para adultos. Turbadora diversión, juegos entre bordados doseles y colcha fragante. No dije nada, más presentí la felicidad de Gudrun, había florecido, sus ojos brillaban. Un olor sexual latigó mi olfato.
¡Oh, santa desgracia, santa desgracia!
La malvada era un punk simpática, seductora, culta e inteligente.

Desde entonces, yo no me atrevía a abandonar Copenhague por temor a que ella apareciera y tomar a mi lugar. Empecé a odiarla, a encadenarme a los filos de los celos, a perder altura, libertad, horizonte, campo, alas. Odié España y su Movida madrileña.

Me quedaba más de la cuenta en el nido de Gudrun, o contraemboscada para descubrir la deslealtad. Gudrun se molestó con mis escenas y fue entonces, recién entonces, que descubrí su verdadera alma de mujer: Gudrun era una llorona, una mujer-niña-muñeca débil, que para defenderse de mis acusaciones de infidelidad recurría a sus desarrolladas glándulas lacrimales. Yo podría haber llenado botellas de lágrimas cuando ella se hacía pasar por infeliz o desgraciada. ¡Qué vulgar y odioso melodrama!

Me tomó tiempo darme cuenta que Gudrun actuaba de víctima y quería crearme sentimientos de culpa, hacerme sentir como torturador de una pobre niña indefensa e inocente. Era masoquista, sufridora profesional. No descubrí hasta más tarde que sus largas jornadas de llanto eran parte de una bien elaborada estrategia de dolor.

Otelo

Enrollado en la espiral de los celos y los llantos me arrastré como Orfeo al infierno, al hoyo de la ingratitud, a rescatar a mi Eurídice-punk del submundo del pecado. Ninguna prueba tenía que el triángulo era, en realidad, un triángulo, esa geometría metafísica, la santísima trinidad, ese misterioso juego peligroso, tres personas en una y una sola no más. No sabía con certeza si ella nos amaba a los dos, porque hasta ahora el triángulo lo inventé yo. Pero Gudrun se transformó irremediablemente en una vampiresa llorona que me conducía al fracaso, una Desdémona que me convirtió en un miserable Otelo.

Perro triste

Me expulsaron del trabajo en el periódico en Malmö por haber descuidado mis labores de periodista. Entré abatido y desolado al departamento de Gudrun envuelto en una torturante humedad helada. Un viento y una lluvia siniestra castigaban diabólicamente Copenhague.
Ella no estaba en el cuartucho.
Tragué saliva para aliviar la espina afilada que me perforaba la garganta. Erizado, envenenado, veía por la ventana la ciudad vacía y vana. Desesperé lúgubremente y creo que, perro triste, amarilla cara de esqueleto, envejecí varios años fumando cigarrillos Blend Ultra. La espera era la antesala del infierno. Vi la muerte odiosa con una sonrisa cruel y negra vibrar en el vidrio neurótico de la ventana. Ella finalmente ingresó a la pieza. Se sacó su impermeable y sus botas, los cabellos duchados en la lluvia, tendidos sobre el rostro. Le lancé la peor mirada ahorcante. Asustada y rendida se tendió sobre un sillón, sus mejillas rojas y el corazón galopante…
Había estado hasta esa hora con su amiguita…
Observé en detalle sus gestos…
Su rostro rojo…
Su palpitar rápido: tic-tic-tic.
Señales horripilantes que aumentaron mis tormentos y confirmaron mi abominable sospecha: no podía equivocarme, ella me era infiel.
La conclusión me encabritó súbitamente.
Comencé a gritarle que era falsa, animal, salvaje, bruta, incivilizada.

Cualquiera se habría dado cuenta que yo estaba descontrolado.

-No eres mujer, eres sólo un animal salvaje, cuerpo prendido, hija de puta, hija de puta.
Confieso que ese último “hija de puta” lo exageré gritando “hija de la GRAN puta”.
Lloró desconsoladamente y yo más les gritaba:
-¡Puta, puta, danesa puta!

Agregaba ahora su nacionalidad “danesa”, incorporando así al insulto todos los prejuicios que existen sobre las escandinavas. Yo, maldiciente, no creí en la honestidad de sus lágrimas, aunque caían como cataratas al suelo.

La tensión húmeda se transformó en una novela agria y ácida. Sus llantos me embrutecieron y le lancé un duro cachetazo.
-Cállate.
Cayó sobre el sillón gimiendo inmóvil, tartajeando. Gudrun, seca de tanto llorar, aunque yo, desesperado, le continué torturando síquicamente. Buscaba una confesión decisiva. Estrujé sus glándulas lagrimales. Ya no caía gota. Gudrun quedó tirada en el suelo con espasmos continuados, estupor catatónico, palpitaciones, constipación y náuseas como si estuviera esperando la muerte. Se dejaba ver un dolor sincero.
Asustado de mi locura, dirigí mi furia y agresividad contra la amiga punk, de cuyo nombre acordarme ahora no quiero, condenándola y odiándola por mala, negativa y destructiva. ¡Mujer imbécil, corruptora de menores! Ella, sólo ella, inflamó el infierno infausto de la incertidumbre.

Den Sorte Kat
Gudrun recuperó un poco el aliento y decidimos bajar al café Den Sorte Kat para calmarnos y reconciliarnos con un café.

¡Qué infelicidad!
Allí estaba ella, la maldita punk, de la mantilla de encaje, sentada con sus piernas arriba de una silla, dejaba ver sus negros calzones y fumaba un cigarro negro de olor insoportable.
Apenas saboreé el café. Me abofeteaban sus ademanes indolentes y sus miradas oblicuas. Me garrocheaban las sonrisas sarcásticas en la boca burlona de la tarada punk. Los celos, a veces llegan a un punto límite, la agresión reprimida estalla incontrolablemente como un volcán. Yo era ese volcán. Encrespado, pobre y maldito, me vestí de Caín y casi me acriminé. Acaricié el cuchillo que me tentaba desde la mesas –ahora hierro del verdugo- y pensé en clavárselo en la espalda a la punk desgraciada. El eco de la sangre rebotaba en las paredes del Den Sorte Kat. Me abalancé sobre ella como leopardo hambriento y mientras Gudrun gritaba lloraba-lloraba-lloraba y las tazas de café volaban por el local, la golpeé hasta que no se pudo mover en la puerta del Den Sorte Kat.
Huí perseguido por una nube negra de punks vengativos.
Derrotado.

Por eso, por eso no podía viajar a Copenhague. Los punks organizadamente esperaban “al chileno de Malmö”. Los punks eran iguales de vengativos que todos los seres humanos con el agravante de que eran jóvenes y sabían menos de la vida. Además la venganza es un tema reiterativo en las leyendas germanas. Por ejemplo, la leyenda danesa Gesta Danorum escrita en el siglo once por el danés Saxo Grammaticus. El príncipe Amleth planifica la refinada venganza de su padre. Si el tema les parece conocido, es que han leído el Hamlet de Shakespeare, una versión de la leyenda danesa.

No viajaba a Copenhague. Era una lástima. Copenhague es una ciudad que me gusta mucho.

Piedad

Fui un villano anémico, desolado, por un largo tiempo. Yo era una apología del fracaso. Una estúpida y violenta aventura de solitario. Eso gritaba yo en mi soledad y en mi delirio: “Imbécil, imbécil”
Las cosas fueron desgraciadamente así.
A mi me habría gustado un final feliz.
Ah, ¡cómo añoro los finales felices con las mujeres!
Ah, ¡cómo me habría gustado haber amado a Gudrun para siempre!



De “Memorias eróticas de un chileno en Suecia”, 1992

Amor a las sueca, (Las últimas noticias, 1992)

. martes, julio 07, 2009

YO NO SOY POLICIA, SOY NOVELISTA Omar Pérez, autor de la novela-cómic "Negrito no me hagas mal".

. lunes, julio 06, 2009

YO NO SOY POLICIA, SOY NOVELISTA
Omar Pérez, autor de la novela-cómic "Negrito no me hagas mal".

Por José Miguel de Pujadas, Revista Universitaria, mayo 2000

La reciente aparición de "Negrito, no me hagas mal", la segunda novela de Omar Pérez (47) presenta la novedad de ser quizás la primera novela-cómic escrita en Chile aunque posiblemente, el interés por leerla no radique precisamente en esa característica, sino en lo que en ella se cuenta, entre metáforas y juegos de palabras, respecto de algunas figuras del desaparecido canal 2. Su autor señala que, de todas formas, "cualquier parecido con la realidad es sólo coincidencia."

¿Cuál era tu pretensión al incorporar la semiótica del cómic en tu novela?

Lo que quiero es acercarme al público. Creo que la gente joven -que son los grandes lectores de literatura- son también grandes lectores de cómic y de obras visuales, ellos son capaces de entender perfectamente una novela cubierta de onomatopeyas y globitos, es un código bastante elemental. Lo que yo quiero es acercar al público, hacerlo entender que la literatura es un artificio, que tiene aspectos lúdicos, que no es una tontera espesa sino un juego, una propuesta que cualquiera se puede hacer. Creo que esta es la primera novela-cómic que se ha hecho, por lo menos en Chile. Enrique Lihn hizo algunos ejercicios. Nicanor Parra de pronto dibuja corazones con globitos que hablan y eso se asemeja un poco al lenguaje visual. Uno de niño aprende a leer con cómics. Yo por lo menos aprendí con Condorito y Mampato.

Entremos en terreno, directamente, ¿Qué tan ficticia es tu novela?

Bueno, como toda novela incorpora elementos de la realidad y arma personajes con distintos rasgos de personas diferentes. Evidentemente tiene un cierto paralelo con la sociedad chilena de los ´90 y con un cierto tipo de juventud.

¿Fuiste testigo presencial de algunos de los hechos que narras, te los contaron, los confirmaste o más que nada éstos tienen que ver con tus fantasías y deseos?

Algunas historias creo haberlas vivido personalmente. Otras son de cosas que he escuchado y otras las he inventado inspirándome en el cine y la literatura. Entiendo tu pregunta en el sentido de que lo que hay -y lo voy a decir directamente- es un homenaje a una generación de jóvenes que en los ´90 se dispusieron a crear un proyecto de comunicación audiovisual muy interesante en el país y que finalmente fueron derrotados. Yo quisiera que en términos del contenido mi novela se entendiera como un homenaje a esa gran generación de hombres y mujeres muy valientes de este país que no quisieron jugar con las reglas típicas de la TV chilena y que hicieron grandes aportes en ese sentido.

El recurso del ocultamiento parcial de nombres de personas y lugares bajo otros de todas formas reconocibles, ¿es una manera de decir cosas sin hacerse responsable directo?

No. Los personajes siempre deben tener un grado de ambigüedad con la realidad. La novela es la construcción de un mundo propio que se va a leer en muchas partes sin saber quienes son los supuestos personajes reales. Cuando una novela tiene ambiciones de ser tal esas cosas no deben tener mucha importancia, ni en el tiempo ni en el espacio. Por lo demás, no deseo tener conflictos con nadie desde el punto de vista práctico real.

Colocándote en un escenario extremista, ¿no tienes cierto temor a que alguna de las personas aludidas pueda sentirse ofendida por las situaciones en las que tú las colocas, sobre todo cuando el límite entre la ficción y la realidad puede parecer demasiado difuso? Te lo pregunto espefícamente por la relación seudo-lésbica en la que sitúas a Consuelo Saavedra con su vecina.

La gente de esa generación fue super irreverente y sentaron en el columpio a medio país. Y creo que tienen el humor suficiente como para aceptar que de repente alguien sea irreverente con ellos. Además, su privacidad ya es pública. El recurso de asemejar ciertos personajes con personas reales es el riesgo que corre cualquier figura pública, lo que pasa es que en este país ese recurso no se usa mucho, por ejemplo, Borges,y en el mundo se han construido novelas con Presidentes de la República o dictadores o películas en donde incluso los ridiculizan y nadie podría decir que se van a ofender por eso.

Pero el hecho de que alguien sea figura pública, ¿justifica hacer pública su intimidad o sembrar dudas al respecto de ella, por mucho que digas que se trata de un recurso novelesco y por lo tanto ficticio?

A ver...primero que nada, cuando tú dices que el personaje principal se asemeja a la Consuelo Saavedra es una suposición tuya...

Perdón, pero a partir de tu descripción está claro que es ella: una periodista joven, talentosa, conductora del programa noticioso "El Latido" del canal Sound&Pop"...

Sí, pero hubo varias otras...bueno, yo sé que esto puede causar un poquito de estupor respecto de este tipo de cosas. Hay gente que lee novelas buscando asociaciones directas. Me han dicho que en "El Mercurio", en donde es editor Felipe Bianchi, esposo de Consuelo Saavedra, ha habido mucha reticencia para hablar de este tema públicamente. De hecho yo he sido entrevistado por un periodista de "El Mercurio" y este tema no ha sido tocado.

¿Hiciste algún trabajo de investigación para escribir esta novela?

La escribí durante muchos años, pero no te podría confirmar si la Consuelo Saavedra tuvo o no un affaire con su vecina, no me consta. Alguien tendría que averiguarlo, si es que tiene alguna importancia, y preguntarle directamente a ella. Porque yo no soy policía, soy novelista. No estoy aquí para denunciar a nadie respecto de sus hábitos. Yo construyo personajes, no es mi interés andar denunciando infidelidades de personas reales. Creo que para eso están las revistas del corazón y una sub-literatura que se dedica a esto.

¿Y no piensas que tu trabajo puede dar para una serie de comentarios y chismes propios de ese tipo de revistillas? A lo mejor caíste en lo mismo o, al menos, te acercarte a eso peligrosamente.

Insisto. Las novelas siempre son cahuines privados de los personajes. La novela no es sociología, habla de gente que bebe, que folla, que es desleal. Los personajes de alguna manera tienen que ser pecadores, o si no la novela sería un tratado de vida ejemplar.

¿Podría catalogarse tu obrar como la historia jamás contada del canal 2?

Es la historia de un canal de TV de los ´90 que intentó hacer otro tipo de TV, nada más.