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sábado, julio 05, 2025

El Pezón de Sei Shônagon, nouvelle de Omar Pérez-Santiago

 


“El Pezón de Sei Shonagon” es una novela que critica la sociedad actual, absorbida por la tecnología y las redes sociales, y explora las consecuencias de esta inmersión en la vida virtual en la psique humana.

“El Pezón de Sei Shonagon” de Omar Pérez Santiago es una novela (no un cuento en el sentido estricto, sino una obra más extensa) que se sitúa en el Japón actual para explorar temas como la obsesión por la fama y la validación en las redes sociales, la deshumanización en el mundo digital y la crisis de identidad en una sociedad hiperconectada.

La trama central gira en torno a la relación entre Matsuo Basho (un joven con problemas de sociabilidad) y Sei Shonagon (una mujer atractiva y deseada). Inspirado en su obsesión por ella, Matsuo crea una obra de arte, una escultura, del pezón de Sei Shonagon. Sin embargo, la fama no recae en la obra de Matsuo, sino en el pezón de Sei Shonagon como musa.

A partir de este punto, la novela muestra cómo Sei Shonagon se va perdiendo en la vorágine de la fama virtual, sucumbiendo a los “likes” y la atención de internet. El autor utiliza referencias a la cultura pop y la tradición japonesa (el nombre Sei Shonagon es un homenaje a una brillante escritora japonesa del siglo X, y Matsuo Basho a un famoso poeta de haikus) para crear una narrativa fragmentada y ciberpunk que reflexiona sobre:

  • La superficialidad de las redes sociales: Cómo la búsqueda de aprobación online puede llevar a la pérdida de la autenticidad y la identidad.
  • La soledad en la era digital: A pesar de estar “conectados”, los personajes experimentan un profundo desarraigo y soledad.
  • La manipulación y el control: Se insinúa la existencia de un “Techno Diávolo”, una especie de mecanismo de control mental a través de la tecnología que manipula los comportamientos de las personas.
  • La confusión entre lo real y lo virtual: La sociedad retratada en la novela vive tan inmersa en la virtualidad que los momentos cotidianos pierden su significado.

jueves, mayo 29, 2025

Cuento: Julia y el huevo de la serpiente. Xilografía de Guillermo Martínez

 

Julia y el huevo de la serpiente

 

Xilografía de Guillermo Martínez

1

La lencería sexy de la joven Julia, rojo italiano de dobles tiras largas, daba más estética y más curvatura a sus nalgas. Ella se sacó de su dedo anular su anillo de piedra preciosa que le había regalado su padre y lo dejó delicadamente en el velador.

El olor sensual de su perfume Coco Chanel, de flor de jazmín y de azahar, hizo temblar a Pedro de éxtasis con un deseo intenso.

—¡Qué bien hueles, Julia!

Julia, con las mejillas encendidas, la cabellera revuelta, apenas alcanzó a sentarse a horcajadas sobre él. 

Pedro eyaculó en sus calzoncillos.

Ella suspiró molesta.

—Shiu…

Julia se bajó de sus piernas.

Bebió un sorbo de cerveza.

Se puso su falda de colores y su blusa de seda abotonada.

—Basta —se dijo a sí misma, aunque el eyaculador precoz alcanzó a oír.

—Perdona...

—Naa, llevamos meses y no funciona. Es irremediable. Tu roca se va a la primera, Pedro —dijo ella con voz ronca pero aterciopelada.

—Pero...

—Basta, no quiero tu bla, bla.

Fue al baño. Se delineó las líneas debajo de sus ojos verdes, mirándose en el espejo.

—Mala suerte la mía. 

La insatisfecha sintió que había entrado en una crisis de estilo y de deseo.

Era el preciso momento de abandonar  a su novio, el eyaculador precoz, un joven estudiante de arte que no conocía el mundo. En lugar de pintar se iba a los bares a hablar sobre unas elusivas teorías sobre un arte metafísico, una forma banal de despilfarro.

Cuando ella volvió del baño su voz de hastío no dudó cuando le dijo:

—Eres bonito pero funcionas a destiempo. Mis expectativas no son tan exigentes. ¡Mira, mira  en lo que me estoy convirtiendo! ¡Mira, mira como mi juventud pasa vacía de emoción!

—Te juro que me esmeraré.

—Eres un diagnosticado eyaculador precoz, además juegas play todo el día, ¿cómo tan enajenado? Eso no es esmerarse.

Se colocó sus zapatos rojos que la hacían verse más alta y más estilizada.

—No me dejes, Julia.

—No soporto tu penuria en la cama. Es malsano.

—Julia, no me dejes.

Pedro estaba como un perro herido, tenía el pecho hundido. Él la amaba como a una bella heroína inalcanzable. Pero sabía que era de locos discutir con Julia. ¿Quién puede discutir con el agua, el viento, o el fuego?

Ella tomó su cámara fotográfica. Pedro estaba en calzoncillos en el centro del desordenado desván, de ropas sucias apiladas. Lo vio bello y frágil. Lo presintió vulnerable y tuvo ganas de preguntarle si estaba perdido o necesitaba algo. Mas no dijo nada.

Ella salió dando un portazo con su caudal de libido insatisfecha. Salir de allí fue como si se bajara de un tren en marcha hacia la muerte.

—Con los hombres hay que saber cuándo partir.

En la calle Julia se dio cuenta que había olvidado en el velador su anillo con la piedra preciosa que le había regalado su padre.

—Nooo.

No quiso devolverse a buscar el anillo y siguió caminando.

—No volveré atrás.

 

2

 

La ciudad nocturna estival estaba movida. Fue el verano más caluroso que se recuerde.

Julia caminó al Stipper´s bar marcando sus tacos y agitando su colorida  falda. 

En sus fines de semana Julia servía tragos en el popular Stipper´s bar de Las Condes del barrio alto de Santiago, donde conocía bien la impostura social de la noche: sin sustancia, sin historia, donde todos sonríen y se preocupan de la imagen. 

Entró y caminó hacia la barra. Saludó a su amigo Johan, un barman sueco de madre chilena. Julia y Johan estudiaban juntos fotografía en un instituto. Habían realizado un innovador cortometraje con tres cámaras fijas que funcionaba a 360 grados y que recibió el halago de sus profes.

Se sentó en la barra.

—Hola, Johan.

—¿Qué pasa, Fröken Julia, señorita Julia?

—Estoy estresada.

—¿Es tu novio, verdad? ¿El nevrotiske?

Johan tenía una grata capacidad de adivinar las emociones y el estado de ánimo de Julia que generaba inmediata confianza.

—¿El nevrotiske?

A Julia le dio risa la mezcla de español con una lengua extranjera.

 —Ja ja ja, nevrostiske. Sí. Mi novio difunto frente a una pantalla y sus juegos en red, su vegetar presentista.

 —¿Vegetar presentista?

 —Depresivo. Y es mi vida, también, una vida sin sentido.

Johan le tendió la mano con una gran sonrisa, se acarició su barba rubia de hipster y se arregló su corbata de lazo.

—Dame tu mejor cóctel, Johan. Necesito un poco de éxtasis. 

—¿Doble?

—Dale con todo, Johan. La moderación me hace fatal.

En una coctelera Johan cortó hielo y lo echó en una copa de cristal, mientras se movía como si estuviese bailando detrás de la barra. La chaquetita de Johan era corta y elegante. 

“Es tierno” —pensó Julia.

Él siempre había tenido una agradable actitud compasiva que generaba en ella un cinismo filial.

Julia, sin quererlo, se focalizó por unos momentos en los glúteos de Johan. Julia sospechaba de la ambigüedad sexual de Johan.

—Tiene un toque de choklad —dijo él cuando le pasó el cóctel.

—No quiero ser un tópico, una outsider más, una típica chica de polera negra.

—Pareces una canción feminist.

—Es que tengo un doctorado en  malestar cultural.

—¡Qué cosas se te ocurren, Julia!

—Malestar cultural: vida vacía de sentido. Insulsa. Trivial. Vacío espiritual.

Ella echó un poco a la broma su infelicidad amatoria. Le mareaba hablar sobre su vida privada. Hay cosas sobre las que a Julia no le gustaba hablar. Se tomó un trago.

—¿En qué andas, fröken Julia?

—Quiero hacer un cortometraje sobre el infierno. Ver el mal.  

—Mira.

Johan le mostró la revista gratuita La Panera, que se regalaba en los pubs.

—Wim Wenders publicó un book llamado Los Píxels de Cézanne.

Julia tomó la edición mensual de la revista La Panera y la hojeó. 

Era un artículo de Wim Wenders sobre los cineastas Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni, que murieron el mismo día, el 30 de julio de 2007.

—Bergman fue autor de El Huevo de la Serpiente.

—Sí. La película la vimos en el instituto.

Julia revisó el artículo. Saboreó su cóctel y con su lengua persiguió un trocito de hielo. 

—Hum. Win Wenders tiene una forma fílmica de escribir, como si fuese un guión de cine. 

Wim Wenders escribía en bloques visuales. En algunos operaba en versos, como si construyera un poema, transformando las frases en imágenes visuales.

—Uno de los amigos de Ingmar Bergman se llamaba Virgot Sjöman y también escribía sus storys en bloques visuales y poétiker. Tenía una teoría de escribir guiones, el Sjöman Style.

—¿Y cómo es el estilo Sjöman?

—Con tres esencias. Primero, skriver en bloques visuales con oraciones cortas: Sustantivo y predicado. Punto aparte. El punto aparte lo hace más fácil de leer. Segundo, prosa leve, direkt y clara. Tercero, la propulsión reside en el estilo, no en la trama.

—Qué lindo. Me gusta. Es lo que yo haré, un guión Sjöman Style sobre un film en camino. Un Road Movie.

—Hágalo, fröken Julia. Usted tiene talent.

—Eres tierno, Johan.

“Estás rico” —pensó Julia.

Tomó su cámara fotográfica e hizo una foto de Johan, a contraluz del neón del bar.

 

3

 

Julia pertenecía a una de las familias más antiguas de Las Condes.

Amó a su padre, un hombre bueno y cariñoso. Cuando ella cumplió 13 años él le regaló una anillo con una piedra preciosa.

En la base sicológica de su empoderamiento femenino estaba vivo el conflicto familiar incestuoso, unos traumáticos trapos sucios.

Su querido padre tenía un hermano llamado Claudio, que desde pequeño envidiaba su suerte.

Un día el padre de Julia apareció trágicamente muerto.

Durante una noche de jolgorio, su padre habría caído desde el décimo piso del departamento.

La versión del tío Claudio fue que habían estado bebiendo y que su padre borracho trató de sentarse en el balcón mientras fumaba un cigarrillo, pero perdió el equilibrio y cayó.

Diez pisos más abajo, se reventó.

A los tres meses su hermosa madre se casó con su tío Claudio.

Julia fingió no entender nada del pronto matrimonio de su madre con su tío, al que percibía como un halcón con garras letales.

Pero la conmovía un cimentado trauma emocional y de encarcelamiento.

Despreciaba a su madre por haberse casado con su tío. Y soñó a veces con decapitar a su tío, el usurpador.

¿Por qué su madre quería casarse con su tío?

¿Por qué?

Así fue.

Un día viernes su tío-padrastro llegó bebido a casa. Se sirvió otro whisky y así empezaría el averno.

Miedo y pánico. Su tío-padrastro se transformó. Ella era pequeña, 13 años y sintió impotencia.  

Ella, a su corta edad, ya sabía que nadie es intachable.

Su padrastro no era bueno y era tétrico.

Julia tenía una ojeriza vigorosa. No confiaba en él, ni menos en la dulzura de la bondad de su madre.

Esa noche hubo gritos y golpes de mesa. 

Igual ella intentó defenderse. 

Decía su verdad cruda, sin modales. Julia era una niña terrible, en el sentido más literario posible: una enfant terrible.

Tal como su tío fue brutal y directo, Julia  era feroz y  directa.

Julia era rencorosa, sí. E indócil.

Julia era valiente. Hay quienes eran violados o destripados y ahí quedaban. Había jóvenes que se quedaban rumiando en la pieza materna hasta viejos, y preferían ver las cosas inclinados en su iPhone.

Julia no.

—Plaff.

La bofetada de su funesto tío-padrastro la lanzó lejos.

Su madre gritó y se abalanzó sobre él.

Saltaron las pinturas de las paredes y temblaron los cristales de las ventanas.

Se separaron.

La relación con su madre, que nunca había sido buena, mejoró.

Por las circunstancias de haber vivido en un infierno. Y por carácter, el material de la que estaba hecha, Julia era una muchacha irónica y taciturna, una lluvia torrencial de pasiones, una femme metal sardónica.

A veces, ella no sabía qué hacer con sus malos recuerdos.

 

4

 

Julia despertó con el absoluto deseo de echarse a andar, el viaje le mostraría su destino.

“No voy a ser cineasta por aburrimiento”.

Mientras la mayoría de sus amigos sobreprotegidos llevaban una vida sedentaria, su interior le decía:

¡Sal! ¡Al camino! ¡Haz tu voluntad!

Esas vacaciones decidió formar parte de los linajes errantes de las autopistas al viejo estilo, en un nuevo arquetipo femenino.

Estaba agobiada por las presiones de su vida, así como por sueños incumplidos.

Mochila y cámara fotográfica.

En su oreja sonaba la banda francesa de metal Eths con la vocalista Candice Clot,  gutural y áspera en las partes duras.

Maman mon cœur voudrait cette nuit s'arrêter.”

Mamá, mi corazón quisiera que esta noche se detuviera

Las letras estaban inspiradas en la dolorosa niñez de la cantante Candice.

“Estilo Virgot Sjöman” —pensó Julia.

Bus en Santiago. Cruzar la cordillera de Los Andes. Mendoza. Subir fotos a Facebook. Al otro día tomó el bus a Córdoba. De Córdoba a Santa Fe. Después de unos días había llegado al lago Yparacaí de Paraguay, un lugar desconocido para ella, salvo una vieja canción llamada, “Recuerdo de Yparacaí”.  

Tomó una barcaza y desembarcó  al otro lado de la costa, en San Bernardino. 

Lo primero que la alertó fue la siniestra voz del botero mulato: 

—En el lago hay un monstruo verde. El lago Ypacaraí, antes de aguas azules, ahora está infectado. No hay futuro. Todas las tierras se convertirán en páramo.

La contaminación había transformado el lago en un mierdal.

Caminó alrededor del lago donde había  ranchos, pubs, discotecas, restaurantes, pizzerías, lomiterías, heladerías, bollerías. 

En el camino se encontró con varias iguanas muertas. No pudo evitar mirarlas con inquietud. Las grabó con su cámara.

“Una premonición” —pensó. 

 

5

 

Miró hacia un montículo. Hotel del Lago, 1888, decía el letrero de la entrada. Un palacete de dos pisos, copia de las casas de la Costa azul francesa.

Entró al hall y fue a la recepción donde tocó un pequeño timbre.

A los segundos, arribó desde una escalera de estilo bastardo de Belle Époque, una joven mujer morena,  vestida con una minifalda blanca y una blusa colorida. Bajó finamente los quince escalones,  que alargaban los muslos de sus piernas.

—Hola, me llamo Adonaí.

—¿Adonaí?

—Sí.

—Divino.

Era una hermosa joven morena guaraní de piel plateada y delicada al caminar. Simpatizaron de inmediato y, a pesar que recién se conocieron, sintieron que eran del mismo linaje de mujeres.

Le entregó la llave de la pieza 19.

 

6

 

Adonaí era también cocinera y esa noche la invitó a la mesa en su cocina. La cocinilla tenía un ventanal al lago y un amable olor de las hierbas, los condimentos y las sales. Aliñó una salsa con ajonjí, hierbabuena y eneldo y se la puso al Chuipa Guasú, un pastel en base de elote y carne de pollo picada con cebollines y azafrán.

El incremento de sus percepciones sensoriales, especialmente el sentido del olfato,  le abrió el apetito.

—Rico.

El ambiente tenía un perfumado calor mientras le charló sobre comidas típicas, sus fusiones y herboristerías de la cultura popular. Sentadas en actitud contemplativa, escuchaban música bajo el crepúsculo rosa.

Adonaí sacó unas copas de cristal. Sirvió un bajativo, un exquisito y alucinógeno licor dulce de hongos traídos de su huerta y preparado por ella, en su botica de hechicera.

—¡Qué fragante!

La guaraní tenía un cálido mundo propio, lento como vegetal, un valle llano y florido que protegía a los perdidos.

Julia abrió su corazón a la espiritualidad. Y sintió sus pies tan leves que parece que la hicieron caminar por las alturas.

Dos mujeres en comunión reconocieron que una mujer no es una cosa entre las cosas.

Se parecían, como si ella fuese su doble andante. Todos tenían un doble, un opuesto y complementario que camina al lado. De algún modo, Julia sintió que Adonaí era ella. O bien, se había encontrado a sí misma. O bien, eran dos gemelas separadas al nacer y que no se habían conocido hasta entonces.

Terciopelado el aire de la noche, como si la brisa contuviera lo divino, se rieron primero con un breve chillido, luego con un breve trueno. La candorosa guaraní de piel como almendra, de pechos gruesos y olor de manzanilla, la magnetizó con la leyenda de Ypacaraí, el lago que se había formado allí después de un diluvio. ¿Y cómo habían nacido los tomates, los repollos acresponados? ¿Y las dulces sayas negras o rojas como el fuego?

Fue tal la armonía y bienestar —se sintieron livianas e ingrávidas— que no se dieron cuenta que estaban tomadas de la mano.

 

7

 

Esa noche Julia no supo qué hora era cuando se tendió endulzada en la cama de la pieza 19.

El sueño se apoderó de sus sentidos y le ofreció ensoñaciones  agradables. Soñó con una pradera verde con lirios y algondoneros.

En algún momento del suave sueño sintió que la rondaba un rumor o creyó escuchar voces en su pieza, no estaba segura. Alguien la buscaba y la asediaba. Sintió que levantaron su camisa de dormir. Algo le trabajaba el sexo, como si fuese un colibrí.

—Oh.

Ella vibró y sollozó.

Sus sensaciones  perversas, confusas y altamente insanas no se detienen sobre su enagua. Los vuelos de la enagua hacían un bisbiseo, un susurro.

Escuchó un gruñido.

Entonces, como si se hubiese hundido en una cruel dimensión desconocida, ella lo vio.

Era un monstruo surgido de la pared. Su figura le pareció incluso sugestiva, con una barba muy cerrada y unos grandes bigotes negros. Se mantuvo  en cuclillas, pero en una posición torcida. Hay además alguna cosa negruzca que se enrosca a su alrededor, como una víbora.

Julia le preguntó:

—¿Quién eres?

Curiosamente, él le respondió:

—Soy un apéndice monstruoso que me sale de la cabeza.

El monstruo parecía que tenía ganas de contar sus desvelos y sus penas.

—Desde hace muchos años que permanezco en esta habitación.

Ese era su principal desazón. Por lo demás, explicaba sin amargura.

Julia tenía miedo, pero se interesó en él.

Era un hombre sangrante y que ahora se sentó en una silla de la pieza, se agarró su gran bigotón como manubrio de bicicleta, dudó, vaciló, dio gritos de dolor y de ira y pronunció palabras raras de un idioma que parecía alemán. Luego tuvo momentos de compasión y vacilación.  Va y viene. Bebió un alcohol desde una botella de Jägermeister. Gritó algo. De pronto, el demoniaco volvió sobre ella con maléficas intenciones. 

¡Razas inferiores!

Eso creyó ella escuchar.

El demonio la intentó manosear.

Manifestó su deseo incontrolable de violar.

Llevaba un tatuaje en un brazo.

A ella le comenzó a doler el bajo vientre, como si tuviera un pequeño bichillo alienígena penetrando su interior. 

Era un dolor reconocible, como si sufriera de un desprendimiento violento del endometrio. Ella vio saltar sangre, una sangre rojiza oscura, una sangre gruesa y marrón negruzca igual al color de la sangre de su menstruación. Un sacrificio de sangre espesa como de moras.

—¡No! ¡No!

Julia saltó de la cama, prendió la lámpara del velador.

El hombre o la bestia se diluyó en luz. No había nadie. No había sangre.

Julia tomó una cobija, se abrigó y fue a abrir la puerta.

Se trabó. No abrió.

Gritó.

¡Adonai!

Julia rompió una ventana.

Salió por el pasillo, un espejo del fondo la confundió y tropezó. A tumbos fue en busca de Adonaí.

 

8

 

En la cocina, Adonaí le preparó un té de pensamientos.

—Beba y cálmese.

—Era un hombre, un hombre de bigote… —balbució Julia mientras sopló la taza hirviendo para evitar quemarse la lengua.

—Oh, dicen que allí en esa pieza se suicidó Bernhard Förster —dijo Adonai.

—¿Quién?

— El racista alemán.

—¿Alemán?

—¿Usted no sabe nada?

—¿Qué?

—Allí se mató Bernhard Förster en 1889 con estricnina.

—¿Quién es Bernhard Förster? 

—Una SF. La Sombra Fraude, un líder mesiánico alemán que fundó aquí la colonia germana en 1886, la Neu Germania, un  loco sueño racista. Creía que eran una raza humana superior. Era una verdadera bestia a la hora de tratar a los guaraníes.

—¡Oh! ¡Me ha cogido un demonio!

—Encaprichado con poseer tu alma.

—¿Por qué a mí?

—Eran rapaces.

—Uh, lo mismo hicieron después los alemanes en La Colonia Dignidad, en el sur de Chile.

—¿Sí?

—La falacia nazi fue un averno llamado Dignidad, un enclave racista liderado por el pedófilo y nazi Paul Schäfer en el sur de Chile.

 De madrugada mientras Adonaí preparaba el desayuno con tortilla, mandioca frita y revuelta con huevos y café, le contó la historia de su pueblo, una breve antropología social. 

—Los sociópatas se creían superiores, pero la selva espesa, las lluvias abundantes, el suelo arcilloso y seco, las picaduras de los mosquitos y los animales salvajes, los derrotó. Lo que iría a ser la tierra prometida aria, fue su infierno. No resistieron y Förster se refugió en la pieza 19 del Hotel. Tomó morfina y estricnina, y murió el 3 de junio de 1889. Su mujer, Elisabeth Nietzsche, lo enterró en el cementerio alemán. 

—¡Oh!

—Llegan muchas cartas para el 3 de Junio, el día de su muerte.

—¿Dónde está el cementerio?

—En el alto. Se puede ir caminando.

Julia terminó de beber su té y salió con su cámara.

Sintió su juvenil pulsión de ir al cementerio. Sentía que algo le estaba diciendo su destino y la llenaba de sentido.

Tenía miedo, sí. Pero quería ir.

“Lo que no me mata, me hace más fuerte”

“Sjöman Style”, pensó Julia.

—Cuídese, Julia. Es el inframundo.

—El miedo no ganará.

 

10

 

Al subir vio una ladera y no le extrañó que la alta zona sombría estuviese rodeada de una leyenda de oscuro misterio que infunde terror. Los arboles crecían muy juntos y sus troncos eran anchos.

Deutscher Friedhofd, decía en el portal del cementerio. 

Julia caminó por la lúgubre y estrecha vía central, la calle del Ataúd, donde había demasiado silencio.

Un gato negro se cruzó intempestivamente y le produjo alucinación y espanto.  

El suelo estaba blando y húmedo y copado de musgo.

Allí encontró la tumba,  una piedra con un epitafio en alemán:

"Die Liebe Höret nimmer auf". 

El Amor nunca falla, (Corintios, 13). 

Prendió su cámara y empezó a grabar.

 

11

 

En 1933, Adolf Hitler visitó a Elisabeth Nietzsche, la hermana de Fredrick Nietzche. La señora era tan diabólica y manipuladora como longeva. Con 85 años ella organizó una interesada ceremonia en homenaje a su hermano.

Usando a su hermano como blasón, ella caminó hacia el Führer y le entregó el bastón de Nietzche. 

—Gracias, Adolf Hitler. Y no olvide a mi Bernard que murió en Paraguay —le siseó como serpiente, la pérfida viuda Elisabeth Nietzsche.

—No lo olvido. Bernhard Förster fue un profeta ario que llegó antes de tiempo —dijo Hitler.

Hitler salió de allí con el bastón en la mano. El lugar estaba lleno de  adeptos fanáticos, que con voz firme y clara y con el brazo derecho extendido y con la palma hacia abajo, vociferaron:

—Heil Hitler, Heil Hitler, Heil Hitler.

Unos días después se realizó otro vulgar esotérico rito funerario nazi con banderas y teas encendidas. En un altar pusieron tierra germana que se bendijo. Esa tierra consagrada de violencia nazi viajó en barco hasta San Bernardino. 

Cuando el barco llegó a Paraguay se organizó otro litúrgico. Nuevamente hay banderas y teas encendidas de odio. 

Efebos alemanes nazis vaciaron los paquetes con tierra alemana sobre la tumba de Bernhard Förster, un antisemita y nazi avant-la-lettre, plagiario, utó­pico, falsificador.

La tierra pura germana para  un cadáver puro ario.

Tumba envenenada de odio racial.

 

12

 

Julia grabó la lúgubre tumba de Bernard Förster.

—Aquí estás, demonio..., rodeado de tu tierra contaminada, violento nazi, él mismo que anoche me asaltó en mi pieza, y me provocó dolores y sangre de menstruación. 

Ahora Julia no estaba soñando. El ambiente era post apocalíptico. Julia sintió miedo. No podía dejar de sentir un temblor, como si la tierra blanda aria se moviera debajo de sus pies.

—¿Está temblando?

La tierra de la tumba se sacudió y vio salir un gusano, y unos necróforos sobre masa putrefacta, quizá el nacimiento sangriento de una criatura demonológica con ojos iluminados.

Dio un grito y saltó hacia atrás.

—Atrás infeliz —gritó Julia.

De su cámara salió un rayo protector, un flash, una magia del caos, una energía mística que incendió la tumba.

Bajó rápidamente hasta el hotel.

Hay cosas que se revelan en el camino, pensó Julia.

La verdad solo se encuentra caminando.

—No son banales, son el mal.

 

13

 

Julia estaba vulnerable.

Ingmar Bergman produjo la película El Huevo de la Serpiente en 1977. Una sociedad apática engendró un huevo de serpiente, un monstruo nazi. Una pesadilla de la que cuesta despertar.

—Un huevo que ahora está creciendo en América Latina —pensó.

Esa noche Julia no quiso dormir en su cama de la pieza 19.

—Ya no me atrevo.

—Quédate en mi pieza.

En la pieza Adonaí hablaron de sus miedos y las pócimas y otros sortilegios para enfrentarlos. 

Adonaí con delicadeza, como si temiera equivocarse, le tomó la mano derecha y le puso un anillo guaraní con esmeralda de tono verde intenso. Pareció que brilló en su dedo.

—Es una argolla mágica que abonará tu espíritu, tu creatividad.

Gracias, Adonaí.

—¿Has oído sobre la Cámara de Lejía?

—El oficio de las brujas y los círculos mágicos.

Ellas hablaron en voz baja sobre conjuros donde las mujeres sanan a las mujeres. El misterio es sanador.

—Odia al mestizo…

—¿Cómo?

—Ven, acompáñame.

Julia y Adonaí fueron hasta la pieza 19. 

Se prepararon para el ritual de antiguos saberes femeninos.

—Arrodíllese.

Adonaí cantó una letanía en guaraní.

—¡Haz callar al enemigo y al vengativo! Haz que muera en el caparazón.

La clave del ritual está en la palabra secreta y profunda de su lengua.

¡Ha ore pe'a opa mba'e vaígui!

Roció el lugar con un veneno en base a manzana podrida y agua de lluvia. En el rincón donde había aparecido el alemán, ambas se bajaron los calzones.

Orinaron, un viejo y clandestino ritual mágico de indias para contener espectros. 

—Bebe un rico vino, maricón.

Ese era el secreto. La mejor sangre ritual era de la luna, mensual, a su propio riesgo y peligro.

Ellas confrontaron el esoterismo nazi con la magia y hechicería femenina latinoamericana.

De pronto, pareció que la muralla se hubiese llenado de hongos.

—Je, je, je, ahora seremos súper heroínas —sonrió.

—Juntas somos dinamita.

—Juntas lo hicimos, juntas nos sintieron.

 

14

 

Pasaron juntas esa ventura solidaria y misteriosa, las dos bellas comadres, entre la  hermosura y el miedo, pero, a la vez, con decisión femenina. Esa noche la morena mientras le acariciaba la suave mejilla a Julia,  le contó en su oído, abriendo sus ojos negros, muy hermosos ojos negros, cosas que quizá ni habían sucedido, ni ocurrirían en lo sucesivo.  

Julia descubrió que el secreto metafísico para encontrarse a sí misma empezaba al terminar la adolescencia.

“Estabas aquí antes que yo”

 "La vida es un soplo excepcional"

Por la madruga, Adonaí la despertó:

—Despierta, mi Julia, despierta, afuera está todo convulso. 

—¿Qué sucede?

—Han prohibido acercarse al lago. Se puso verde y fétido.  Muchas toxinas. Se dice que engendros verdes han empezado a surgir del lago.

Julia recogió su mochila.

Ya era suficiente.

Era el momento del viaje de regreso. 

—Vente conmigo, Adonaí.

—Yo soy de aquí, Julia. Debo luchar por lo mío.

Se abrazaron.

Se revelaron unas lágrimas sinceras, pruebas de sufrimiento emocional.

Había llovido torrencialmente. El cielo estaba sombrío, silbaba lúgubre el viento. Entre una densa neblina vagaban y aullaban los perros amedrentados. La campana de alguna arruinada iglesia daba misteriosos sonidos de maldición y anatema. En el suelo Julia vio mosquitos y caimanes muertos.

Turistas intimidados subían al bote y se marchaban. 

Desde lejos, a medida que se alejaba en el bote, Julia vio la contaminación del lago y la aterradora crisis ambiental.

—El lago se llenó de inmundicia —dice el temeroso botero. Algo empuja desde abajo y los muertos del cementerio aparecen en al agua. Los muertos la tumba dejan.

“Es como si los huevos de la serpiente se hubiesen quebrado”  —pensó ella.

Era hora de volver a casa.

 

15

 

¡Ping!

Ella miró su whatsapp.

Pedro, su ex novio, el eyaculador precoz, se había suicidado.

Bajo la lengua del cadáver encontraron el anillo con la pequeña piedra brillante que le había regalado su padre y que ella había olvidado en el desván de Pedro.

Se miró su nuevo anillo guaraní en su mano derecha.

“La realidad es espeluznante. Cada vida genera un anillo”.

Julia recordó a Pedro, solo, en medio de su desván desordenado, y recordó sus ganas de abrazarlo o de salir corriendo.

De abrazarlo, por su belleza y por su fragilidad: porque lo presintió vulnerable.

Y las ganas de preguntarle si estaba perdido o necesitaba algo.

Un joven en su desván, solitario, noble pero monótono, sin sentido, y  el presagio del horror que vendría y que ella configuró con espeluznante nitidez.

 

 


jueves, mayo 23, 2024

Y ella dice: Es lo más hermoso que nunca nadie me había dicho. Cuento de Pérez-Santiago

 


Y entonces apareció el Lasse y buscamos un local que nos acomodara, algún viejo boliche de trabajadores y bohemios, de vino y cazuela.
Pasamos frente al Lincoln, un territorio que odiábamos, allí estaba la gente que aborrecíamos, allí estaba la gente que bebía cerveza en forma desenfrenada, ávidos de no alcanzarse a sí mismo, y ya estaban borrachos, peleándose entre ellos, o tirados a la calle por los matones de la seguridad.
Terminamos los tres en un motel muy barato durmiendo en camas separadas y despertando todos juntos.
Cuando ella, ella algo dice, ella algo dice que duele el alma, que revela su tristeza, su profundo dolor existencial, y me duele y me conduelo.
Sé que se irá.
Sé que desaparecerá.
Y temo y la abrazo y le digo que se cuide, que no se arriesgue, que por favor no sufra, y ella me abraza y llora, y yo le digo, por favor, cuídate. Eres libre y nada te detiene, pero vivir arriba de la cornisa es siempre peligroso. Y llora.
Y ella dice: Es lo más hermoso que nunca nadie me había dicho.

Imagen; 'Underground' de Kusturica 


sábado, enero 04, 2020

Dos cuentos de Ari Behn Traducción del noruego de Omar Pérez Santiago


El escritor Ari Behn se suicidó en la Navidad del 2019. Había nacido en 1972 en Aarhus, Dinamarca. Estaba catalogado como el hombre mejor vestido, fiestero y bohemio, comentador de tragos en la tele, con una relación no aclarada con las drogas y el terror de los porteros de las discotecas. Behn tenía la rutina inconfundible del escritor joven y hambriento de éxito. A los 26 años publicó un libro de cuentos llamado Trist som faen (Qué triste). Llegó a vender 80 mil. Ari Behn se convirtió en un escritor pop y top y su estilo fue asociado al realismo sucio de Raymond Carver. Luego publicó la novela Bakgard.
En el 2002 se casó con la princesa Marta Luisa, la primera hija del rey Harald V y Sonia de Noruega. Tuvieron tres hijas. Se separaron en 2017.
Lee dos cuentos del libro de cuentos de Trist som faen, Kolon editorial, Oslo 1999. Traducción del noruego de Omar Pérez Santiago.
* * *

Qué triste
—Me encontré con ella a mediodía, entre el fandango de la gente del centro comercial. Ella era rubia y alta y muy diferente de mí –un gitano de bigote negro y de mirada caliente y diabólica. Cambiamos miradas cuando ella se cruzó. Pero fue todo. Todo hasta que la seguí al subterráneo, más allá de los cabinas telefónicas y directo a los baños. Yo, que siempre ataco a la yugular, le grité:
—Ey, has olvidado algo. Y ella respondió:
—¿Qué?
Y yo le dije que se había olvidado de mí.
—¿Te he olvidado? —respondió ella.
— Sí —dije yo y ella sonrió y me jaló dentro de uno de los baños.
— Cerró la puerta y me besó sin más trámite. Ella era tan noruega y deliciosa. No hubo error, pues bajo toda esa frialdad estaba llena de sangre hirviendo. Le rompí los jeans y la tomé con su chaqueta de tweed puesta. Ella se corrió conjuntamente conmigo y continuamos un poco más. Pero luego nos abrochamos y salimos del centro comercial. Ningún nombre. Ninguna palabra más. Nada. Solo un pequeño palmoteo y una sonrisa y ella había desaparecido.
— Por la cresta, Kare, muy banal —dijo Richard Hageberg.
Él era director de cine y estábamos sentados hablando sobre buenas historias que podían ser películas.
— Banal, huevón, pero una historia completamente cierta.
— Pero… pero tú estarás de acuerdo que esas historias sólo se oyen como tontas fantasías de adolescentes. El sueño de una dama deliciosa, dama desconocida que se deja tomar sin compromiso, unos minutos después de haberla visto por primera vez. Bastante tonto, ¿o no?
— ¿Tú no crees que es verdad?
—¿Verdad? Sí, no dudo que tú tiras 15 veces al día. Pero no se hace una buena película con eso.
—¿No son esas cosas las que exactamente ocurren en las películas? — dije yo.
— Sí, cierto. Sólo clichés por todas partes.
— Es terrible.
—Qué triste — dijo Richard.
— Más triste que la cresta — dije yo.

Después de la fiesta
La cafetería Bjorg está en el tercer piso del centro comercial y las escaleras son mi forma de ejercicio diario. Pero el último tiempo he tenido problemas para caminar. Vacilo un buen rato hasta que aprieto el botón del ascensor. Temo que la gente que me conoce vea que estoy en camino a estar enfermo.
Todo está como siempre en la cafetería, huele a comida barata y no hay tampoco nadie que hable en voz alta en las mesas. Así ha sido siempre. Voy a la barra y me sirvo un sorbo de café amargo. Apoyo la taza en la bandeja y me muevo hacia la caja. En la portada de un diario hay una foto del esquiador que ganó el círculo de campeones. Me agacho un poco y le echo una mirada.
—Debes pagar por el diario, sabes — dice la cajera—. O lo devuelves o pagas. No puedo hacer caridad con todos.
¿Qué se cree? Quería ver lo que se escribió sobre el esquiador en el diario. ¿Cree que yo me he convertido en un ladrón de un escuálido diario? Jaja. Quizás ella no me reconoce. Su parroquiano de cada día. Pero uno no puede esperar otra cosa. Somos muchos los viejos en el centro comercial esta mañana. Y yo no me veo especial. Aparte del mar. Que nunca toca techo. Por dentro.
— Sí, sí. Obviamente que pagaré —respondo y le doy el dinero. Ella lo toma sin agradecer.
¿Es el mar una madre o un amante? pienso y me voy a sentar en la mesa en la esquina. Una muchacha está sentada en la mesa de la muralla. Ella me mira. ¿Pasa algo?
Las olas. Sí, los rompeolas. Rosita Carmen García, se llamaba. Esa vez que llegamos al Callao en el Perú. Ella era la hija del inspector del puerto y su padre intentó todo para que no subiera. Pero, naturalmente, ella logró colarse y subirse al barco. Yo obtuve la primera vuelta y debí siempre pestañear cuatro o cinco veces al mirar a Rosita que era tan fina y buena y tenía ojos tan grandes y tan negros.

¿Son realmente las olas del Océano Pacífico? Las escucho cada noche, pero nunca estoy seguro. El ritmo. ¿No vuelve? Los muchachos me saludan cuando yo me siento. Son los mismos de ayer. Sigurd Skavasen y Gunnar Johansen, ambos obreros jubilados. Edin Holthe es también del grupo, un palo seco que no hace nada más que quejarse de dolores de espalda y del corazón.

Clara Piedad de Panamá era la más ávida de todas. Ella abordó el barco casi junto con el atraque al puerto y no se fue hasta que todos se hubieron vaciado. Exclamó y gritó y nosotros la amábamos por sus rudas bromas y su largo pelo negro. Para no hablar de Linda Hamilton de Brisbane. Eran mujeres que conocían su profesión. El mismo capitán hablaba de ella durante largo rato cuando nos acercábamos a Australia, y era una ley no escrita que él tomaría el primer lugar. Linda era aventurera igual que la Marilyn Monroe y, naturalmente, costaba más que las otras.

Sonrío. Los muchachos siguen mi mirada y se giran. Hay algo que han aprendido. Tratan de seguir lo que yo he comenzado. Ella no tiene más veinte años y sonríe de vuelta. Levanto la mano para saludarla. Gunnar y Sigurd hacen lo mismo. Pero ella no aprecia el gesto. Ella se inclina y comienza a hojear un diario.

Isadora Campos y Calletto de Valparaíso, Chile. Estuve con ella varias veces. Ella no era como el resto de la camada. Era alegre y seria, a la vez. Igual que el mar. Una corona de rosas de cuarenta brazas de profundidad. Oh, querida Isadora. A ti te amé como a nadie. Pero tú nunca querías casarte. Murió sola hace dos años atrás. Recibí tu carta de vuelta con un cordial mensaje de tu hermana.

—Antes la habría conquistado como nada —le dije a Gunnnar—. Entonces era marino y trovador. Ninguna mujer lograba rezar dos veces.

Pero esto no es todo. Alguna vez emergen ellas. Todos los infinitos y extraños ojos del Océano Pacifico. Fiji Samoa. Cook Islands. Pitcairn. Mar verde, corales y arenas naranjas. Por todas partes había whisky y buenas peleas en los bares. En dos ocasiones fui testigo de la muerte de hombres, en peleas por faldas y coronas de flores. Ellas sabían todo sobre el arte de poner a los marinos unos contra otros, y sonreían cuando los muchachos se golpeaban. Yo mismo he golpeado a muchos hombres en el mundo por una mujer. Pero nadie salió herido. Yo los golpeé hasta aturdirlos y eso era todo.

—¿Por qué no te moriste en el mar? —preguntó Sigurd.
Está serio y no bromea. El muy bien podría haber escupido a todos los otros viejos. A todos nosotros que estamos sentados frente al aparato de la televisión por las tardes y que venimos enjutos al centro comercial en cuanto abren por la mañana. Nosotros que estamos de más. El feudo de los náufragos. Nuestra esquina, marineros.
—Sí —respondo—. Sí. ¿Por qué no lo hice?

Ari Behn, Trist som faen, Kolon forlag Oslo 1999.

jueves, noviembre 23, 2006

La Intrusa de Borges

De la época de Ramses V, guardado en el British Museum de Londres y escrito por el escriba Ennana es El cuento de los dos hermanos.
Hay cientos de versiones de este cuento, el más viejo de los cuentos escritos conservados.
Hans Christer Andersen
tiene su versión.
Y los hermanos Grimm,
tienen el suyo.

Y Jorge Luis Borges, el cuento La Intrusa:


La Intrusa
Jorge Luis Borges

Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor.
En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hojas corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe y ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes.
Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.
Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara, para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.
Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos.
Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo:
-Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala.
El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.
Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.
Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián.
La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto.
Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las once de la noche cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro.
En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la mañana (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo:
-De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano.
Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos.
Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande -¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido!- y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que habían traído la discordia.
El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo:
-Vení, tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué; aprovechemos la fresca.
El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche.
Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:
-A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con su pilchas, ya no hará más perjuicios.
Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.
FIN


Imagen: La Intrusa de Etienne Gontard

domingo, julio 02, 2006

El penal más largo del mundo

Argentina fue eliminada del mundial por penales. El arquero alemán Jens Lehamnn se tiró al lado correcto en los cinco tiros. El guardameta tenía un papelito que resumía un estudio sobre las costumbres de los jugadores albicelestes a la hora de patear penales durante los últimos tres años. No dejaron nada librado al azar. La estadística en el fútbol funcionó.
Uno de los mejores cuentos sobre penales es, sin duda, el cuento del argentino Osvaldo Soriano que publicó en us libro Rebeldes, soñadores y fugitivos. Hay que puro leerlo.
"El Penal más largo del mundo".
Osvaldo Soriano
El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar perdido del valle de Río Negro, en Argentina, un domingo por la tarde en un estadio vacío. Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras.
Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo.
El blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole a Escudo Chileno, otro club de miseria.
A nadie le llamo la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce pueblos del valle empezó a hablarse de ellos.
Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo Belgrano, el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.
Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos como ganaban si eran tan malos.
Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra
húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella guardaban en la heladera. Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos les recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los hijos y en el cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a 1.
En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con apenas un punto menos que el campeón.
El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los arboles. Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos.
El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal porque no había infracción.
Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padín entró en el área y ni bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.
Según el tribunal de al Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal y ese match aparte entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas. De manera que el penal duro una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al pueblo vecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían reunido do en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar trataba de explicarles que esa era la mejor manera de probar al arquero.
Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le pateaban con alpargatas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borseguí militar y casi arranca la red. Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un escarbadientes en la boca y dijo:
-Constante los tira a la derecha.
-Siempre -dijo el presidente del club.
-Pero él sabe que yo sé.
-Entonces estamos jodidos.
-Sí, pero yo sé que él sabe -dijo el Gato.
-Entonces tírate a la izquierda y listo -dijo uno de los que estaban en la mesa.
-No. El sabe que yo sé que él sabe -dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a dormir.
-El Gato esta cada vez más raro -dijo el presidente el club cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio.
El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando loencontraron caminando por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.
-¿Lo vas a atajar?- le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.
-No sé. ¿Qué me cambia eso?- preguntó.
-Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.
-Yo me voy consagrar cuando la rubia de Ferreyra me quiera querer -dijo y silbó al perro para volver a su casa.
El viernes, la rubia de Ferreyra esta atendiendo la mercería cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como una sandía abierta. Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.
-Pobre tipo -dijo ella con una mueca y ni miro las flores que habían llegado de Neuquén por el ómnibus de las diez y media.
A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a fumar y la rubia de los Ferreyra se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la vista.
El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear a las orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal vez, después que atajara el penal, en el baile.
-¿Y yo cómo sé? -dijo él.
-¿Cómo sabés qué?
-Si me tengo que tirar para ese lado.
La rubia Ferreyra lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas.
-En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién -dijo ella.
¿Y si no lo atajo? -preguntó él.
Entonces quiere decir que no me querés -respondió la rubia, y volvieron al pueblo.
El domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente, pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel lugar no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que ocurría en una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el estadio y la ruta.
El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegaba a donde esperaban los hinchas de Estrella Polar.
A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el centro de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero que le había dado el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se había inventado la tarjeta roja, y Herminio señala la entrada del túnel con una mano temblorosa de la que colgaba el silbato.
Al fin, la policía sacó a empujones al Colo que quería quedarse a ver el penal. Entonces el arbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio.
Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas, empezamos a apostar hacía dónde tiraría Constante Gauna.
En la ruta habían cortado el tránsito y todo el Valle estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiración.
Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces -contó después- que volvería a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.
A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la nuca, que cuando la pelota salió hacía el arco, el referí sintió que los ojos se reviraban y cayó de espalda echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacía el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El gato pensó en el baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque había quedado picando en el área.
El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el alambrado, pero el árbitro Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se tiró sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba: “¡no vale, no vale!”.
La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron las botellas de vino y empezaron a festejar, aunque el “no vale” llegara balbuceado por los mensajeros como una mueca atónita.
Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue “qué pasó” y cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue otra vezbajo el arco.
Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a Padini y recién después fue hacía la pelota mientras el juez de línea ayudaba a Herminio Silva a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de festejo y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la policía.
El pelotazo salió hacía la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener. Costante Gauna miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita.
Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en punta de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreyra sino de la hermana del Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un perro apaleado.
-Bien, pibe -me dijo-. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mí.

Theodore Sturgeon, Más que humano

—Piénsalo. Puedes hacer prácticamente cualquier cosa. Puedes tener prácticamente todo. Y nada de eso evitará que estés solo. —Cállate, cálla...