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sábado, noviembre 08, 2025

La bibliotecaria de Ginebra en el funeral de Borges, una historia de Omar Pérez-Santiago.


 Ilustración: Xilografía de Guillermo Martínez





Era una tarde de frío invierno del año 2007. Salí del Hotel Cornavin de Ginebra por la puerta de la esquina. La nieve le otorgaba una azulina claridad a la ciudad.

Mis botas negras crepitaron en la nieve.

Hombres y mujeres caminaban abrigados por la nevada costanera del lago Lemán.

Crucé el río Ródano por el Pont Mont-Blanc y llegué a la Grand Rue, la empedrada peatonal de la Vieille Ville.

Entré a la cafetería Boreal Coffee Shop, bajé la escalera de mármol de quince peldaños, me saqué mis guantes y mi gabán de cuero y mi pañuelo del cuello de color caqui .

Pedí un café chocolate blanco, la nouvelle vogue du café, la especialidad de la casa.

Bebí un sorbo.

De pronto, arriba, al final de la escalera de mármol apareció una mujer y joven, algo menuda — quizá de 20 años— con un corto vestido estampado de Suno fashion, con medias delgadas negras y dos franjas de color intenso. Frente al fondo oscuro de la entrada, su figura se presentó con la ligereza de una flor. Poseía una grata gravidez. Su pie derecho se apoyó en el último escalón, el izquierdo se dispuso a dar el siguiente paso y se bamboleó graciosamente hacia mí y me preguntó:

—¿Eres el pintor argentino, Miguel Caride?

Yo era un pintor conocido y, aunque no vivía en Ginebra, era inevitable que me reconocieran en algunos lugares, pensé.

—Sí.

—Me llamo Alfonsina Báthory.

Ella bajó los ojos verdes y mostró un maquillaje oscuro. Se sacó su abrigo de lino azul. Agitó levemente su mano que tenía un tatuaje de un pequeño dragón y me saludó.  Saludó también a todos los que estaban en la cafetería: al mozo, al señor de la caja, saludó a los de la mesa de adelante y de atrás. Es una auténtica ginebrina, pensé.

—¿Alfonsina?

—Sí. Soy hija de Anna Báthory y tú eres mi padre.

—¿Eh?

—Sí. Nací el año 1987.

Ella sacó su iPhone y con su delgado dedo índice con una uña pintada de negro, me apuntó una foto.

—Ahí estás tú y al lado está mi madre, Anna Báthory.

—Uf, suspiré. Estoy muy joven allí.

—Veinte años menos.

Habían pasado veinte años y yo me había olvidado de tantas cosas.

Alfonsina dejó ver que tenía otro tatuaje con mi  apellido en el brazo izquierdo: “Caride”. Y en el otro brazo decía: “Argentina”.

—¿Me entiendes, Miguel?

Yo no sabía que decir.

—He tenido sueños, donde apareces tú. Miguel.

Pensé que la joven Alfonsina era irónica, lo que no es raro en Ginebra.

Alfonsina le hizo un gesto al mozo y le bromeó por su nuevo corte de pelo. Alfonsina era entretenida, imaginativa y ágil.

—Dame un chocolate blanco, por favor.

Se volvió hacia mí con la misma gracia:

—Hace unos días consulté al I Ching. Intuí que me encontraría contigo.

—¿Crees en las coincidencias y el azar?

—Los acontecimientos están entrelazados.

Dudé, pues soy un argentino de mente analítica y mi edad me arrastra a ser escéptico.

“Estoy en un programa de cámara indiscreta”, pensé.

—No, no estás en una cámara indiscreta —dijo Alfonsina.

“¿Cómo es posible que Alfonsina haya sabido que yo estaba cavilando en eso?”

—Me sale espontáneamente —dijo Alfonsina.

Me echo atrás.

“Me lee la mente”.

Alfonsina me mostró unos dibujos en su iPhone.

Quedé atónito.

Alfonsina había dibujado mi núcleo familiar.

—Ahí están, tus dos hermanas, tus dos sobrinos, tu madre y tu padre.

—Mi padre era vendedor de frascos de perfumes.

—Por eso hueles bien. Mira, aquí está mi abuelo, el mercader con sus frasquitos de fragancias vegetales.

Todo era cierto.

—Qué sorprendente.

Eran mapas audiovisuales de mis laberintos familiares. Fotografías alteradas, animadas con música electrónica; hologramas, una especie de árbol genealógico activado y en movimiento. Alfonsina tomó esas fotos de mis contactos de las redes sociales. Reconstruyó a mi familia Caride en Buenos Aires.

—¡Cuántas historias de mi familia, Alfonsina!

Alfonsina construyó un universo con las apariencias de mi familia argentina, aunque Alfonsina no había estado nunca en mi país, Argentina.

Retrocedí un poco.

—Mamma mía, exclamé.

Sentí pena. Me bajó una rara sensación de querer llorar.

—Estudio audiovisual en la Haute école d’art et de design de Ginebra —dijo ella.

—¿Qué es de Anna, Alfonsina? —dije.

—Mi mamá te amó. Cada cosa tuya permaneció en los recuerdos de mi madre.

—Fue una relación muy breve, Alfonsina.

Yo me puse irremediablemente triste.

—Mi mamá siempre creyó que tú la vendrías a buscar para ir a Argentina. Tú se lo dijiste.

—Sí, lo dije, pero como cordialidad.

—En el amor no existe la cordialidad.

“Una hija me enseña la diferencia entre amor y cordialidad”, pensé.

—Entonces, de verdad, ¿soy tu padre?

—Sí, lo eres. Mira.

Me mostró un anillo que tenía en un alargado dedo de uña negra de la mano derecha.

—Es el anillo que le regalaste a mi madre. ¿No?

—Uh.

—Es cierto, ¿no?

—Sí.

Quedé un momento en silencio. Dudé.

—¿Te debo algo, Alfonsina?

—Sí, me debes.

—¿Qué te debo, Alfonsina?

—El deber paternal.

Alfonsina con graciosa vanagloria se puso a mi lado y tomó una foto con su iPhone.

—Ahora estamos en el ciberespacio. Ya le mandé la foto a mi mamá.

Estoy en un territorio emocional bárbaro.

Voy al baño. Pensé que había visto un fantasma.

Aunque tan corpóreo.

Me miro en el espejo y vuelvo a preguntarme:

¿Tan sensible?

Cuando vuelvo ella me dice:

—Siempre imaginé que eras un hombre de dos caras: uno duro y uno dulce.

—¿Dos caras?

—Sí. Ahora dejaste tu cara dura en el baño.

Me quedo en silencio.

—Me hiciste falta cuando me gradué —dijo ella.

Me fragmenté. Algo me laceró como un relámpago

—Contáme, entonces como fue, papá.

Por primera vez me llama papá.

—Fuimos muy felices con tu madre, Alfonsina.

—A ver, contáme.

—Hace veinte años, un día de junio de 1986, yo estaba en la galería UnDeuxTrois de Ginebra montando mis pinturas para una exposición cuando entró a la galería mi amigo, el pintor uruguayo Liard, con una chaqueta y un sombrero de cuero negro de estilo neoyorquino y dijó:

—¡Murió Jorge Luis Borges, ché! La noticia ya da vuelta el mundo.

—Ché, qué triste.

—A unos pasos de aquí, Ché.

Fuimos a la catedral de Saint Pierre. En  el ataúd de madera caoba  dejamos flores blancas. Se oficiaron los ritos funerarios. Salimos a la plazoleta de adoquines de la catedral. Y allí estaba tu mamá, Anna Báthory. Vestía una faldilla estampada de flores, como las actrices de cine italiano de la década del 50. Fuimos a beber un Martini. En el bar brindamos por Borges. Hablé de todo con tu mamá, de Buenos Aires y del Río de La Plata, de la tolerancia de Ginebra, de la finalidad del arte ambiguo de los años 80, de mis volubles discursos del exilio y el arte. Hablamos de ciertos asuntillos que entonces estaban de moda y hoy obsoletos: Blue Velvet de David Lynch y Matador de Pedro Almodóvar. Tu mamá mencionó a Anaïs Nin, a Virginia Woolf. También mencionó a Alfonsina Storni.

Desde esa noche paseamos abrazados en Ginebra.

Alfonsina Báthory pensó preguntarme por qué yo no me quedé en Ginebra con su mamá.

Ahora fui yo quien adivinó la pregunta y le dije:

—Fuimos muy felices, Alfonsina. Yo era libre.

—¿Qué es ser libre?

—Ser libre es saber que no tenemos un futuro espléndido en otra parte.

Ella sonrió dulcemente.

Pensé ahora preguntarle dónde estaba Anna.

—Es jefa de la biblioteca.

Había una rara conexión telepática. Nos adivinábamos las mentes.

—Vamos, dijo Alfonsina.

—¿Dónde vamos?

—¡De fiesta!

Nos pusimos los abrigos, subimos la escalera de quince peldaños y salimos al frío de Ginebra.

—Llévame —dijo Alfonsina y me pasó su bicicleta.

—¿Segura?

Alfonsina era menuda y ágil y se sentó de un salto al manubrio.

Traté de equilibrarme, me faltaba experiencia.

Ella me condujo verbalmente por una bicisenda.

—Vamos, papá, vamos... A la izquierda..., ahora toma la derecha.

Adquirimos vuelo y estabilidad y comenzamos a rodar y pronto coordiné el pedaleo con la respiración.

El pelo de Alfonsina caía sobre mi rostro.

Con el pedaleo me sentí juvenil.

Alfonsina logró transmitirme su entusiasmo y su alegría.

Doblamos y la calle empezó a ir en bajada.

—¡Cuidado, papaaaaa, cuidado!

Me entró uno de sus pelos en un ojo.

—Frena, freeeeena.

Una ciclista se cruza en la esquina.

Frené. Alcancé a evitar al ciclista que se cruzaba en la bicisenda.

Entramos a una amplia galería de arte donde había una fiesta.

Tocaba una banda rock y unos magos que jugaban con fuego:

Bebimos unos drinks y de pronto alguien dijo:

—La seguimos en el Rhino.

Nos subimos a las bicicletas en columna bulliciosa, mientras cantaban:

Olé, Olé, Olé.

El eco rebotaba en las paredes de los edificios. Estacionamos las bicicletas y entramos a un viejo caserón. Era la casa okupa Rhino (acrónimo de Retour des Habitants dans les Immeubles Non Occupés). Subimos por las escaleras angostas hasta la azotea. Era una fiesta de una colmena vintage de intelectuales jóvenes, una comunidad de diseñadores y artistas experimentales.

Una banda de música balcánica derivó en banda tropical y reggae.

Bailamos alegres toda la noche.

Seguimos hablando en su pequeño estudio.  Mi hija me prestó su pequeña pieza. Allí me acosté. Ella se quedó en el sillón de la sala. 

Así, al otro día desperté y pensé que había soñado. ¿Dónde estoy? Me costó entender que estaba solo en una pequeña cama en el pequeño estudio de Alfonsina.

En la muralla de la pieza había una pequeña bandera argentina, unos mates y unas estatuillas de greda de Borges y Maradona abrazados como compadritos. Souvenirs de Buenos Aires. Estampitas del obelisco, un folclore argentino. En un anaquel habían frasquitos de perfumes como los que vendía mi padre en Buenos Aires.

Me levanté y corrí la cortina de una pequeña ventana circular. Estaba en un altillo de Ginebra.

Durante la fiesta juvenil me sentí joven, alegre, más liviano.

Alfonsina golpeó la puerta.

—¿Sí?

—¿Papá?

Entró Alfonsina. 

—¿Desayuno?

Tomé el primer sorbo de café. Entró un grato calor del sol por la ventanilla.

—He vivido una cosa muy alegre, hija.

Tomé un sorbo de café. Me topé con un misterioso gesto.

Referir lo que le ocurrió no me es fácil.

Tardé un rato en comprender la importancia en el gesto de Alfonsina. Cuando lo asimilo, me pareció insólito que no hubiera reparado antes.

Alfonsina era una extraterrestre.

Por un gesto inusual, estuve seguro que Alfonsina era una replicante alienígena.

Me reclino entelerido.

—¿Qué pasa, papá?

Ella podía leer mi mente.

Me acerqué a la ventana y vi la ciudad inundada de luz azulina.

Me di cuenta que cuando me muevo, ella tiene más dificultades de leer mi mente. Hay interferencias.

“Debo moverme o no pensar”

—Alfonsina, acompáñame al Cimetière des Rois, le dije.

Bajamos caminado por la rue de la Synagogue. Parece  que ella me guiara, como si yo estuviera en una oscuridad.

Cae nieve sobre Ginebra.

El Cimetière des Rois en su sencillez y decoro protestante estaba nevado y solitario.

El cementerio es austero.

Caminamos a la zona D y a la tumba 735.

La piedra recubierta de hielo dice: Jorge Luis Borges. Debajo de un relieve de unos guerreros vikingos la frase “...and ne forhtedon nà” —”...no tener miedo”.

Damos una vuelta alrededor de la piedra. 

Di un suspiro triste. No tener miedo.

Mi hija Alfonsina está en silencio con las manos atrás, bella y erguida como un orgullo.

—Sé que aborreces los rituales —dijo Alfonsina.

Ella lee mi mente, aunque de modo levemente erróneo.

Sentí que Alfonsina pensó: “me gustaría que me abrazara.”

Entonces, por primera vez, la abracé. 

Ella lloró.

“Mi hija es un alíen”, pensé. 

También es una amapola, un lirio, una violeta, una selva, una ola.

Eso pensé.

¿Esto es ser padre? 

Sentí que en mi alma se abría una grieta, como un viento bravo que vaga dentro de mí.

Eso sentí con su cálido abrazo, al sentir su mano y sus dedos largos con uñas pintadas de negro que me acarician el rostro, mientras ella llora.

Entonces, yo también lloro.


2022. Cuento publicado en el libro Asesinato en Copenhague y otros cuentos, Mago Editores.



domingo, abril 16, 2006

El evangelio según San Borges

Conferencia del escritor chileno Omar Pérez Santiago en la Biblioteca Nacional de Chile, junio 2006. Es autor de los libros La Novia de Borges, Allende, el retorno y Nefilim en Alhué, entre otros.



El Evangelio según San Borges

Omar Pérez Santiago, junio de 2006.

Me levanto muy temprano y voy al encuentro con Jorge Luis Borges.
Enero del 2005.
Participo de una reunión de trabajo de la OMS en Ginebra. Pero esta mañana salgo del Hotel Cornavin decidido a encontrarme con Jorge Luis Borges, el maestro.
La nieve le otorga una azulina claridad a esta ciudad, a esta hermosa ciudad.
Cruzo el canal y me introduzco en la ciudad vieja por Rue de la Sinagoga.
Ingreso al Cimetière des Rois, el panteón de Ginebra. El cementerio es austero, a estos muertos les ofende el lujo y la apariencia. En la entrada hay una capilla y en la muralla, un mapa. Camino a la zona D y llego a la tumba 735. La piedra recubierta de hielo dice: Jorge Luis Borges debajo de un relieve de unos guerreros vikingos la frase
«...and ne forhtedon nà» : «...no tener miedo»,
y, mas abajo: (1899-1986).
No sé que hacer.
Doy una vuelta alrededor de la piedra. Allí se lee la frase de la Völsunga Saga
«Hann tekur sverðið Gram og leggur í meðal þeirra bert» : (“El tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos").
Hay un grabado de una nave vikinga, y bajo ésta una tercera inscripción: "De Ulrica a Javier Otálora".
De pronto, siento un aliento.
En este mismo cementerio, unos pasos más allá, están los restos de Juan Calvino. Me surge una intuición. Borges fue un calvinista. Su estética es calvinista.
¿Y su fe, cuál era la fe de Borges?
Borges llegó por primera vez a Ginebra el 24 de abril 1914 y la ciudad tenía 130 mil habitantes. Hasta el 6 de junio de 1918 vivió aquí con sus padres, su hermana y su abuela materna- en la Vieille cité, en la actual Ferdinand Doler número 9, cerca de la iglesia ortodoxa rusa.
Entonces Borges tenía 15 años, la edad única de formación intelectual y de una fe. Borges no era feliz. “Yo era entonces un joven desdichado”.
Su padre lo envió a ver una puta en la calle Dufour. No pudo realizar el acto. Era joven y no era feliz. Su hermana Norah ha recordado que Borges estaba muy triste y volvía por las noches llorando a casa.

El joven desdichado hace el bachillerato en el College Calvin, un liceo inaugurado en 1559 por Juan Calvino. Borges entra a la clase del profesor H. de Ziegler, el segundo año los hace con de Patois y el tercer año con Juvet. Son cuarenta alumnos, más de la mitad eran extranjeros. Varios de su compañeros y amigos eran judios.
¿Que se podría haber estudiado allí en el College Calvin?
Conjeturo: una fe.
Borges el bilingüe, se hace multilingüe. Lee allí lo que muchos jóvenes aún hoy leen como primeras lecturas: los simbolistas franceses (Verlaine, Rimbau, Mallarme), la poesía de Walt Whitman (en una traducción alemana en un anuario expresionista) y la filosofía de Schopenhauer. Borges no puede sustraerse a la influencia de la revolución rusa del 17 y escribe sus poemas Los Salmos Rojos (La trinchera que avanza / es en la estepa / un barco al abordaje / con gallardetes de hurras)
Borges leyó la Biblia en la traducción de Lutero, que “contribuye a la belleza” y aprendió de Calvino su gusto por la sencillez.
Obviamente, qué duda cabe, Borges aprendió en el liceo a parafrasear como su actual vecino, Calvino: corto, irónico, cortés, elusivo. El decoro de los calvinistas. Puntillistas. Calvino se dirigía a la gente culta. Su estilo de escritura es clásico. Razona sobre los sistemas, utiliza la lógica. Calvino amaba el retraimiento. Era breve.
Qué duda cabe, ¿verdad? Borges se educa en el recato de los calvinistas. Austeros. Les ofende el lujo y la apariencia. Calvino había roto con los santos, las devociones y las supersticiones. Calzaba bien con Borges, con su pudor, su sentido del ridículo y una dignidad.
Juan Calvino buscó encontrarse a sí mismo: “Casi toda la suma de nuestra sabiduría, que de veras se debe tener por verdadera y sólida sabiduría, consiste en dos puntos: a saber, en el conocimiento que el hombre debe tener de Dios, y en el conocimiento que debe tener de sí mismo”. (Religión Cristiana. Libro Primero.)
Borges creyó lo mismo: “Le doy vueltas a una idea: la idea de que, a pesar de que la vida de un hombre se componga de miles y miles de momentos y días, esos muchos instantes y esos muchos días pueden ser reducidos a uno: el momento en que un hombre averigua quién es, cuando se ve cara a cara consigo mismo” (Credo de Poeta. Arte Poética)

Extraer de sí mismo a sí mismo. Un nacimiento interior. Una proyección de Dios. O del Espíritu. O del destino (que tal vez es lo mismo, diría él mismo Borges). La palabra –ha dicho el poeta- viene dada. Uno descubre su voz natural, su ritmo. Uno, finalmente, transmite un sueño. Sus historias deberían ser leídas como se leen las historias bíblicas, “como las fábulas de Teseo o Ahuasero”, al fin, como un evangelio no canónico.

Esta es la conclusión, que recibo esta mañana fría frente a su tumba: Borges era gnóstico, creía en el proceso intuitivo de conocerse a sí mismo. Los gnósticos -se había olvidado esto- son cristianos eruditos y carismáticos. En la época paleocristiano -entre los siglos I al IV- había tres corrientes del cristianismo, la cetrino-paulina, la judeocristiana y la gnóstica.
Los «evangelios gnósticos» -el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe, el Apocrifón de Juan, el Evangelio de la Verdad, el Evangelio de los Egipcios, el Evangelio de Judas, el libro secreto de Jaime, el Apocalipsis de Pablo, la Carta de Pedro a Felipe y el Apocalipsis de Pedro- han permanecido ignorados.

Esta conclusión me obliga -nos obliga- a releer a Borges.

Por otro lado y del mismo modo a Borges le preocupa la belleza. Calvino admiraba a los celtas por razones políticas religiosas y estéticas. Borges aprendió de Calvino que las traducciones literales tenían exotismo, y por eso, belleza. Borges afirma que las bellas traducciones literales surgen con las traducciones de la Biblia. Principalmente, cita Borges a la Biblia inglesa, la Biblia de su abuela protestante, donde él aprendió a leer.
Calvino admiraba a la literatura gaélica por la calidad estética de la traducción de la Biblia.
La literatura gaélica era un orden de los celtas. Viene del alfabeto ogham y tiene base rúnica.
La literatura gaélica está asociada a la religión culta y a la lectura de la Biblia.

Así Borges llegó a la idea germana: unos hombres sometidos a la lealtad, al valor y a una varonil sumisión al destino. Por esa vía, Borges se topó con la literatura escandinava, la runas y las sagas islandesas. Una runa era una manifestación divina. 46 años después Borges junto a la bella María Esther Vázquez completaría su viaje cuando publica Literaturas germánicas medievales y escribiría su popular sentencia: “De las literaturas germánicas medievales la más compleja y rica es incomparablemente la escandinava”.

Cuando su mujer, María Kodama, en sus últimos días aquí en Ginebra, le preguntó si le llamaba a un sacerdote, Borges contestó que le trajera dos: un católico y un protestante.

Antes de morir el poeta rezó el Padre Nuestro.
En Ginebra, el día 14 de junio de 1986, oficiaron los ritos funerarios de un gnóstico, un sacerdote católico, Pierre Jacquet y un pastor protestante, Edouard de Montmollin, que aclaró la importancia de la fe metodista de la abuela de Borges. El pastor leyó el primer capítulo del evangelio según San Juan. Leyó la parábola El Palacio y el poema Los Conjurados.
María Kodama vestida de blanco, y las rosas, también blancas, sobre el féretro. Ese día de junio, en la Catedral de Saint Pierre, una iglesia gótica donde Calvino proclamó su fe cismática, fue velado el poeta. Desde la catedral por una sola callejuela en bajada se llega, por la rue de la Sinagoga, al Cimetière des Rois.

Este es el Panteón de Ginebra.
Aquí está Calvino.
Aquí está Borges.
Y aquí estoy yo, humildemente, en esta ciudad fría, fría y bella y de luz azulina, para rendir respeto al maestro.

martes, enero 17, 2006

Veinticinco de Agosto, 2039

El pequeño y digno Cimetière des Rois de Ginebra está nevado.
No hay nadie esta mañana fría.
Una sencillez y decoro protestante, un minimalismo estético.
Entra un escritor, ya viejo, ya fracasado. Ya malogrado de modo definitivo. 86 años.
A los 86 años conoce, o cree conocer (que es lo mismo), su destino.
Sabe a que vino a la tierra.
Sabe que ya no le queda nada.
Este hombre que entra al Cimetière des Rois de Ginebra sabe que su obra no lo trascenderá.

Ni un párrafo, ni una línea lo salvará.
Se planta frente a la tumba D-735 del Panteón.
La piedra tiene un dictado: Jorge Luis Borges (1899-1986). "Y jamás temieron".


El escritor fracasado ha decidido también morir en Ginebra, como su maestro.
El brandy y el frío lo ponen nostálgico.
Piensa en abrazar la piedra.
Se contiene.
No debo ser patético, dice.
El escritor cree que su destino era el fracaso y desea ser leal al destino.

Coloca la mano sobre la piedra.
Se ilumina desde dentro.

El escritor sabe ahora, en un segundo, que su destino era la lucidez.
La clara humildad de un escritor que acepta su fracaso.


Ginebra, febrero 2005
Ver más sobre Borges:

Evangelio según San Borges

El fin

Me parece que la pobre ciudad ha estado atribulada demasiado tiempo. Anne Carson.

Me parece que la pobre ciudad ha estado atribulada demasiado tiempo. Luz sobre muros de ladrillo y un viento del norte azotando las ramas...