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sábado, junio 07, 2025

80 años: Elin Wägner y Gabriela Mistral, un lazo de amistad que trasciende el tiempo. Por Omar Pérez Santiago

 


El eco de un alma en la tierra sueca

Hace años, bajo el cielo gris de Suecia, mis pasos me llevaron al sereno cementerio de Lund. Allí, en la calma que solo la eternidad conoce, busqué la huella de una mujer extraordinaria, Elin Wägner. Su último deseo, un susurro desgarrador que atraviesa el tiempo, fue descansar junto a los restos de su madre, Anna, arrebatada de su lado cuando Elin apenas tenía tres años. Un vacío inmenso, una herida profunda que la acompañaría por siempre.

Elin Wägner (1882 – 1949) no fue solo una escritora; fue un faro, una figura luminosa que iluminó la vida cultural y social de Suecia. Fue una periodista incansable, una feminista de corazón ardiente, una ecologista que veía el futuro con ojos claros y una pacifista inquebrantable. Cada fibra de su ser vibraba con un propósito.

Nacida en la histórica calle Stålbro, en el corazón de la hermosa Lund, la tragedia tejió su sombra sobre su infancia. El llanto la encontró siendo una niña de apenas tres años: su madre, Anna, partió de este mundo debido a la fiebre puerperal, dejando un vacío que Elin sentiría como una zanja profunda en su alma. «Yo experimenté conscientemente esta tragedia», escribió Elin con una lucidez conmovedora. «De un plumazo me transformé de una niña de tres años vivaz, feliz y traviesa, en una pequeña silenciosa, que caminaba sola y miraba al cielo, donde estaba mi madre.» Esta pérdida, este desgarro temprano, se convertiría en el motor de su voz. «Es posible que la muerte de mi madre me hiciera escritora», confesó alguna vez, revelando la cicatriz que forjó su arte.

Afilada pluma

Desde joven, su pluma afilada encontró su camino, resonando a los 21 años en el periódico «Helsingborgs Dagblad». Sus reseñas y artículos ya revelaban una mente brillante, un espíritu que no temía desafiar. En 1907, la vibrante Estocolmo la recibió, donde trabajó en la revista «Idun» y colaboró con el prestigioso «Dagens Nyheter». Pero Elin no solo escribía; ¡vivía cada palabra con fervor! Fue una defensora apasionada de la emancipación femenina, uniendo su voz a las mentes más brillantes de su generación en la «Landsföreningen för kvinnlig rösträtt» (Asociación Nacional para el Sufragio Femenino) en 1908. Su lucha, y la de innumerables mujeres valientes, dio frutos: el parlamento sueco aprobó el derecho al voto en 1919, y en 1921, las mujeres suecas, por fin, votaron por primera vez, con la misma voz que los hombres.

Sus obras, verdaderos espejos de su alma, exploraron con una valentía inigualable el sufragio femenino, el bienestar social y la inminente amenaza de la contaminación ambiental. «Pennskaftet» (Portalápices), publicada en 1910 y llevada al cine, la consagró como una de las feministas pioneras más influyentes de Suecia. Y en 1941, su «Väckarklocka» (Despertador) combinó una crítica social y cultural mordaz con una visión asombrosamente adelantada a su tiempo sobre la conciencia ambiental, un verdadero presagio.

Wägner también alzó su voz en el movimiento pacifista, un canto desgarrador por la paz en un mundo convulso. En 1935, viajó a Ginebra para hablar en la Sociedad de las Naciones, abogando por un «levantamiento sin armas de las mujeres contra la guerra», un acto de fe en la fuerza de la no violencia. Estuvo casada con el crítico literario John Landquist entre 1910 y 1922, una relación que navegó las aguas de su intensa vida.

Su verdadero legado fue el de una pensadora adelantada a su tiempo y una activista incansable por la justicia social, los derechos de las mujeres y la protección de nuestro precioso planeta, dejando una huella imborrable en la historia de Suecia y del mundo. Su trayectoria la llevó a la «Samfundet De Nio» (Sociedad de los Nueve) en 1937, una prestigiosa academia literaria, un reconocimiento a su brillantez. El culmen de su reconocimiento llegó en diciembre de 1944, cuando fue elegida miembro de la afamada Academia Sueca, fundada por el rey Gustavo III en 1786, un honor que selló su lugar en la historia.

El milagro de la amistad: Elin Wägner y Gabriela Mistral

Y entonces, en un giro mágico del destino, se produjo un milagro que entrelazaría almas. La presencia de Elin Wägner en la Academia Sueca fue determinante para que el Premio Nobel de Literatura encontrara su camino hacia Gabriela Mistral en 1945. Elin Wägner quedó cautivada, conmovida hasta lo más profundo, por la poesía de Gabriela Mistral. La nominó al premio Nobel, y en sus apuntes de 1945, un esbozo de su juicio literario revela la intensidad de su admiración:

«He tenido la sensación de haber encontrado aquí una enorme intensidad emocional liberada por el golpe del destino, de la misma manera que la energía atómica se libera por un bombardeo que penetra y divide el núcleo. Lo que sucede en esta liberación sigue el arquetipo de una reacción femenina: la pérdida que impulsa el gran canto fúnebre es la muerte de la personalidad, seguida de una nueva resurrección. La personalidad ya no está cerrada ni concentrada, se identifica con el mundo exterior, no solo con el mundo humano, sino con todos los seres vivos.»

Elin Wägner nominó a Gabriela Mistral y luchó con firmeza, con pasión inquebrantable, desde las entrañas de la Academia.

Así, ese año, 1945, Gabriela Mistral emprendió un viaje desde Brasil hasta Suecia para recibir su merecido galardón. Después de la ceremonia, Elin Wägner y Gabriela Mistral, dos almas gemelas unidas por la palabra, viajaron al santuario literario de Selma Lagerlöf en Mårbacka, la casa museo de la venerada escritora. Cenaron, sus risas resonaron en francés, revelando el espléndido sentido del humor que las unía. Pasaron la noche en Mårbacka, y al día siguiente, bajo la luz helada del crudo invierno sueco, envueltas en sus abrigos, salieron. A siete kilómetros de allí, en el apacible y pequeño cementerio de Östra Ämtervik, descansaba Selma Lagerlöf. Allí llegaron, con el corazón encogido, para rendir homenaje a la escritora que tanto veneraban.

Gabriela Mistral y Elin Wägner en la tumba de Selma Lagerlöf

 

Desde entonces, una amistad profunda y duradera se forjó, un lazo que se nutrió con la correspondencia, cada carta un puente entre sus almas. En enero de 1946, cuando un periódico estadounidense osó criticar el premio Nobel de Gabriela Mistral, tildándola de «demasiado inofensiva», Elin Wägner no dudó. Aquellos que la recordaron siempre dijeron que Elin Wägner era una persona radiante, alegre y acogedora, irónica, traviesa y divertidísima, pero también… ¡podía ser brava! Y Elin Wägner, con el corazón en la mano, salió inmediatamente a defender a su amiga. Publicó un artículo en el diario más importante de Estocolmo, Dagens Nyheter, «Större än Prometheus», «Más grande que Prometeo», el 22 de enero de 1946. La bajada de título era un manifiesto de amor y admiración: «La poesía de Gabriela Mistral es superior. Es pacífica e indiscutible. Su poesía es profundamente humana… su estilo y contenido plantean solo un mínimo de preguntas incómodas.»

La puerta oscura de la muerte: El último legado y una despedida conmovedora

«Normalmente no se sabe cuál será el último día o viaje», escribió un día Elin Wägner, una premonición silenciosa. En 1948, el destino marcó su camino: se le descubrió un tumor en el estómago. Fue operada en noviembre de ese año en Estocolmo, pero el cáncer, implacable, ya había alcanzado el bazo.

Antes de partir, en un último aliento creativo, Elin recopiló cuentos que se convirtieron en una colección con un tema femenino: «La Hilandera», publicado en 1948.

Recuerdo haber leído ese libro de desbordante intensidad emocional, que comienza con un cuento de humor delirante llamado “La primera mujer”, una crítica mordaz y a la vez divertida sobre la primera parlamentaria que ingresa a un Congreso dominado por varones, un centro de poder masculino.

El viernes 7 de enero de 1949, a los 67 años, la vida de Elin Wägner se apagó, pero su espíritu brillaría eternamente.

El cortejo, lento y solemne, recorrió medio kilómetro hasta la iglesia de Berg, situada en una colina, una tradición sueca. Atravesó silencioso las granjas con banderas a media asta, por un camino bordeado de abetos, mientras los vecinos desfilaban mudos en una larga y triste fila, entre ramos, coronas y flores en homenaje a la mujer que expresó la tenaz esperanza de una generación de mujeres. El poeta y secretario de la Academia Sueca, Anders Östling, depositó una gran corona de flores, pronunciando el primer discurso de una larga fila de despedidas, un adiós a una gigante.

Todo vuelve a tierra.

El deseo de Elin Wägner, aquel que había marcado su infancia con una herida tan profunda, se cumplió. El ataúd fue llevado a Lund, donde fue enterrada en el cementerio de Norra, junto a su madre Anna, cerrando un círculo de vida y un legado que perdura en cada palabra, en cada lucha, en cada rincón de justicia que ella ayudó a forjar.

 Alguna vez, como dije al comienzo, cuando yo estudiaba en la Universidad de Lund, estuve allí, frente a su tumba. La lápida de Elin es discreta. La de su madre Anna apenas lleva estampada una simple paloma. A estos muertos, que vivieron con tal intensidad, la ostentación les ofende.

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Omar Pérez-Santiago 1953.

Ha publicado la traducciones:

El Carretero de la Muerte de Selma Lagerlöf, premio Nobel, 1909.

Poemas Completos de Karin Boye

No muerto de Clemens Altgård

Poemas de Tomás Tranströmer, premio Nobel, 2011.

Caricias de Michael Strunge

La pandilla de Malmö poesía joven de Suecia

 

miércoles, octubre 23, 2024

Mi pequeña antología de influencias: La Escuela de la Pervivencia. Selma Lagerlöf, María Luisa Bombal, Johann Peter Hebel, Santiago Dabove.

 

 La Escuela de la Perviviencia.

Nombraría cuatro obras.


1. El cochero de la muerte de Selma Lagerlöf.


El carretero de la muerte es un cuento de Selma Lagerlöf que narra la historia de un joven moribundo en la Víspera de Noche de Año Nuevo. La leyenda indica que el último hombre en morir en el año, es quién debe ser el encargado de conducir la carreta de la muerte, que recoge a los muertos y muertas durante todo el año. David Holm, un hombre parrandero, muere a las doce del año nuevo. 
Entonces aparece el cochero de la muerte y lo recoge. 

1.La Amortajada, de María Luisa Bombal.


Ana María, la muerta, habla desde el ataúd, con sensación de eternidad. Una manera de encontrarte a ti mismo. Y su hábil técnica literaria, su fluir de la conciencia.

2. El encuentro inesperado, de Johann Peter Hebel.


Una pareja joven se va a casar. Pero el joven novio muere en el derrumbe de la mina donde trabajaba. Han pasado 50 años de la desaparición del novio en la mina. Y entonces alguien descubre su cadáver en el fondo de la mina. La novia, que ya tiene 70 años, va a verlo y nota que su novio está igual al día en que se casaron. La mina lo ha conservado. Pide que lo lleven a su casa, donde lo vela sola.

3.  Ser Polvo  del argentino Santiago Dabove.


A un hombre le da un ataque y cae del caballo. Queda incapaz de moverse, tendido en un campo aislado e indefenso. Y el hombre siente, ahí tendido sobre la tierra mojada, cómo poco a poco se va convirtiendo en un vegetal, en parte del paisaje.

sábado, septiembre 12, 2020

En El Mercurio, Ignacio Valente sindicó a Isabel Allende como un epígono de García Márquez, por su novela La Casa de los espíritus. Por Pérez Santiago

 



(Publicado en utopista pragmático Nº73, 16 de junio 2002)
En El Mercurio, Ignacio Valente, el cura Valente, sindicó a Isabel Allende como un epígono de García Márquez. Los hechos ocurrieron hace veinte años, por su novela La Casa de los espíritus. Durante años, escritores de esta provincia llamada Chile, en una desmañada operación de asesinato de imagen, tomaron esa afirmación del cura Valente y, para apocarla, (difícil tarea con una empecinada Isabel Allende) iteran que ella copia el realismo mágico de García Márquez. Nada más artero y conspirador en la literatura que desacreditar de un plumazo.Había en esa manipulación un estrecho, estrechísimo cerco mental y mala leche, una falta de distanciamiento y una perspectiva anclada aún en la estética de la región.

Efectivamente, el realismo mágico no es exclusividad latinoamericana: ya estaba, de algún modo, en las sagas nórdicas de la Edad Media, algunas recopiladas en Codees Regius, un manuscrito del 1200, guardado en Copenhague. Los fundadores de Islandia -tierra del hielo- fueron jefes feudales noruegos exiliados durante el siglo IX. Allí los pueblos exiliados construyeron aventuras extravagantes de héreos mítico-reales sobre sus antepasados. Estas sagas enumeran hechos fantásticos y surreales. Durante los siglos X y XI llegaron a ser alrededor de treinta y cinco mil habitantes islandeses y en esa época construyeron las sagas propiamente islandesas que comenzaron a ser transcritos sobre piel de ternera. Los largos y oscuros inviernos, despertaban la imaginación de los islandeses. Aún hoy los islandeses son uno de los países con mayor índice de lectura en el mundo. Paralelamente a las sagas de seres reales, surgen sagas noveladas en las que se hace borroso el deslinde entre historia y cuento. Venganzas sangrientas y disputas familiares son los motivos más comunes. Un pequeño descuido, el más leve agravio podía desencadenar actos de venganza. La venganza era una obligación para hombres y mujeres. Las mujeres eran iguales, y sin llantos ni suspiros, van también tras el desagravio. La leyenda Gesta Danorum de Saxo Grammaticus del siglo XI relata sobre como el príncipe Amleth prepara la refinada venganza de su padre. Si usted reconoce la anécdota es que recuerda el Hamlet de Shakespeare, una obra que tiene raíces islandesas. Durante el siglo XII las guerras civiles acabaron con su república y la independencia de Islandia. Lo único que sobreviviría era su literatura.

La sueca Selma Lagerlöf (1958-1940) (Premio Nóbel en 1909), escuchaba de niña las sagas de Islandia en Värmland, su terruño cubierto de lagos y bosques, propicio para la mística de las leyendas. Su técnica narrativa -en La Saga de Gösta Berling y Las Monedas de Don Arne, por ejemplo- es deudora de las sagas islandesas. Y Selma Lagerlöf, a su vez, ejerció influencia sobre la literatura latinoamericana. El mexicano Juan Rulfo reconoció: "los escritores nórdicos fueron en realidad la influencia que he tenido más cerca. Yo empecé a leer a los nórdicos, a Knut Hamsun, a Björnsson, a Selma Lagerlöf, en fin...a mí siempre me ha gustado la literatura nórdica porque da la impresión de un ambiente brumoso, neblinoso, ¿no?."

Obviamente, no podía ser de otro modo, las sagas han influenciado siempre a la nueva literatura islandesa en su folclorismo y color local. Halldor Laxness (1902- 1983) (Premio Nóbel en 1955) introdujo una renovación de la literatura islandesa. Pero es Gudbergur Bergsson (1932) -con su novela Tomas Jonson, Best seller (1966)- el que amplió la matriz literaria de Islandia. Hizo una revolución. Una novela larga, de estructura compleja y tono experimental, que modernizaba la narrativa tradicional, mezcla de realismo y surrealismo con tonos humorísticos y bizarros, propios de la tradición islandesa. Los jóvenes lo convirtieron en un libro de culto. Nuestra literatura le debe mucho a este islandés.

Escuchemos.
Bergsson ha traducido a El Quijote, a García Márquez, a Borges, a García Lorca, entre otros, al islandés. Bergsson ha introducido la literatura española y latinoamericana en Islandia. Nació en 1932 en Grindavik, un pueblo cerca de Reykiavik. Es autor de más de veinte novelas y colecciones de cuentos y ha recibido dos veces el prestigioso Premio de las Letras Islandesas. Bergsson, muy popular en su país, ha alcanzado en los últimos años verdadero reconocimiento en el mundo literario europeo. Kundera, por ejemplo, considera a Gudbergur Bergsson un autor continental. Bergsson escribe artículos para diarios y radios de Islandia desde donde mantiene su lucha contra la estupidez, la corrupción y la estagnación.

Así es, Islandia tiene una gran tradición de "realismo mágico". No es casualidad que Isabel Allende tenga un público masivo en los países nórdicos. 

viernes, febrero 01, 2008

El realismo ártico del noruego Kjartan Fløgstad

Tove Alsterdal, Kjartan Fløgstad, Pérez-Santiago y Sergio Badilla.

El realismo mágico ya no es exclusividad latinoamericana. El destacado narrador, poeta, traductor, ensayista noruego, Kjartan Fløgstad nacido en 1944, es considerado en Noruega como un muy digno representante del realismo mágico. O realismo ártico, como él mismo lo llama.

Como parte del intento de promover la literatura nórdica, el Consejo Nórdico de Ministros -un organismo que reúne a Islandia, Finlandia, Suecia, Dinamarca y Noruega- concede un premio anual de literatura a un autor de uno de estos cinco países. Desde que se introdujo este galardón en 1962, han sido ocho célebres autores noruegos quienes lo han recibido. Entre los ganadores del premio se encuentra Kjartan Fløgstad.
Noruega tiene sólo cuatro millones y medio de habitantes, y uno de los más altos índices de lectura del mundo (un promedio de 47 libros por año). Los noruegos consumen mucha televisión, cine e internet, pero los libros siguen en el centro de la sociedad.
Fløgstad ha traducido a Pablo Neruda, entre otros autores, al noruego y ha introducido la literatura latinoamericana en Noruega.

El realismo mágico ya estaba, de algún modo, en las sagas nórdicas de la Edad Media, algunas recopiladas en Codees Regius, un manuscrito del 1200. Los fundadores de Islandia fueron jefes feudales noruegos exiliados durante el siglo IX. Allí los pueblos exiliados construyeron aventuras extravagantes de héroes mítico-reales sobre sus antepasados. Estas sagas enumeran hechos fantásticos y surreales que comenzaron a ser transcritos sobre piel de ternera. Los largos y oscuros inviernos, despertaban la imaginación de los islandeses. Paralelamente a las sagas de seres reales, surgen sagas noveladas en las que se hace borroso el deslinde entre historia y cuento.

Los países nórdicos tuvieron una nueva edad oro de la literatura a comienzo del siglo veinte: Los noruegos Björnson (Premio Nóbel, 1903), Ibsen, Hamsun (Premio Nóbel, 1920) y Undset (Premio Nóbel, 1928), los suecos August Strinberg, Selma Lagerlöf (Premio Nóbel, 1907), Per Legerkvist (Premio Nóbel, 1951) los daneses Blixen, el islandés Laxness (Premio Nobel, 1955).

La sueca Selma Lagerlöf (1958-1940) escuchaba de niña las sagas de Islandia en Värmland, su terruño cubierto de lagos y bosques, propicio para la mística de las leyendas. Su técnica narrativa -en La Saga de Gösta Berling y Las Monedas de Don Arne, por ejemplo- es deudora de las sagas islandesas.
Varios de estos escritores nórdicos, con serios vestigios en las sagas nórdicas, fueron leídos e inyectaron un gen fantástico en los escritores latinoamericanos como Juan Rulfo, María Luisa Bombal, Jorge Teiller, Manuel Rojas y Francisco Coloane y ayudó a asentar el posterior realismo mágico latinoamericano.
El mexicano Juan Rulfo reconoció: "los escritores nórdicos fueron en realidad la influencia que he tenido más cerca. Yo empecé a leer a los nórdicos, a Knut Hamsun, a Björnsson, a Selma Lagerlöf, en fin...a mí siempre me ha gustado la literatura nórdica porque da la impresión de un ambiente brumoso, neblinoso, ¿no?."

Y María Luisa Bombal: “Un libro que me impresionó mucho, yo creo que es el único que me ha inspirado profundamente, lo habré leído a los catorce años porque me lo dio mi primo Antonio Bombal que era muy poeta, muy escritor, pero nunca publicó nada, es Victoria, del noruego Knut Hamsun. Eso sí que me ha inspirado toda la vida, creo que fue la base. Si yo tengo alguna influencia fue eso, claro que después lo he releído y lo encuentro mucho más materialista que yo...”
Francisco Coloane introduce a veces en sus relatos elementos fantásticos, mitológicos y se acerca en esas páginas a la atmósfera de escritores del norte de Europa como Knut Hamsun o Selma Lagerlöff, autores que Coloane leyó con frecuencia. Jorge Teilier participa de cierto clima espiritual y afectivo nórdico de los aires supernaturales y las presencias telúricas de Hamsun y Selma Lagerlof, a quienes Teillier recordaba con frecuencia o citaba en alguno de sus poemas.
Con ese sustento, tuvimos una esplendorosa época de realismo mágico o fantástico en América latina, corriente que luego influiría a todo el mundo.
Mientras en Europa se hablaba de la muerte del género novela, un joven noruego llamado Kjartan Fløgstad viaja a América Latina, visita a Chile en 1971, y descubre la novela en los escritores latinoamericanos del boom.
Curioso como funciona el mundo. Rulfo, Bombal, Coloane, Borges, Teillier se dejaron influenciar por los escritores nórdicos. Kjartan Fløgstad se alimentó, a la vez, de la literatura latinoamericana que provocó el boom. Aprendió de ellos, la necesidad del humor, de la ambición de mirar la realidad más allá de la nariz, para construir ficción.
Paraíso en la tierra, el segundo libro Kjartan Fløgstad traducido al español por Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo, trata sobre un chileno de Antofagasta, José Andersen, que sale a buscar a su padre noruego. Es un libro con un tono algo burlesco, cuyo aspecto clave es la marginalidad y el exilio, una condición de la modernidad. José Andersen es hijo de un noruego que alguna vez estuvo viviendo en Calama y de la relación con una joven muchacha llamada Natividad Galindo, nace José Andersen Galindo.
Nosotros ya sabemos que cuando uno sufre una gran crisis, entonces uno descubre que lo que tiene que hacer es encontrarse a sí mismo. Y para encontrar una identidad, muchas veces, debemos hacer un viaje al pasado o a nuestros antecedentes de ADN. Eso es lo que hace José Andersen quien, luego de vivir un complejo proceso de crisis, (muerte de su madre y de su amigo, el golpe militar de Pinochet) decide viajar a Noruega, el “paraíso en la tierra”, para buscar a su padre, a quien, por lo demás, nunca conoció. De su padre Arthur Andersen, lo único que heredó fue una biblioteca con libros de literatura nórdica donde aprende a leer y a conocer la literatura nórdica.
Así aterriza en Noruega y tiene el primer contacto con la Noruega realmente existente:
“En el extranjero puede resultar difícil distinguir a carteros de generales de aviación, y a contraalmirantes de porteros. No puedo, por tanto afirmar, si fue la policía o los aduaneros los que me examinaron tan a fondo. Pero los uniformados examinaron en primer lugar mi equipaje con rayos X y luego la mayor parte de orificios y cavidades de mi cuerpo. Al final escrutaron mi corazón y mis riñones con preguntas indiscretas. En lugar de infundir confianza, parecía que mi inocente apellido les provocaba sospechas aún mayores. ¿José Andersen Galindo? José Andersen Galindo, repetía el portero, contralmirante, cartero o policía fronterizo una y otra vez como una prueba fonética de que había algo que no encajaba. Yo, por mi parte, me limitaba a asentir con la cabeza y a esbozar una forzada sonrisa cada vez que tenía que repetir que sí, que ese era mi nombre, que yo era José Andersen Galindo y que había aterrizado allí con el deseo de cruzar la frontera con el pasado en busca de información sobre mi verdadero padre. Con el fin de demostrar que no estaba hablando por hablar saqué el original de mi certificado de nacimiento y lo desdoblé con mucho cuidado ante los vigilantes de la puerta de perlas de ese paraíso terrenal.”

Paraíso en la tierra es un libro entonces sobre exilios y soledad y naturalmente, José Andersen habitará y compartirá el espacio de los numerosos desterrados latinoamericanos que llegaron a los países nórdicos.
Si bien la novela mira con gran ironía a Noruega, ese “paraíso terrenal”, uno de los países más ricos del mundo, también hace un retrato algo paródico de nosotros los chilenos, de nuestro aires de ingenuidad, de ese humor infantil que tenemos los chilenos y de lo miserables que somos, a veces, los chilenos.
José Andersen se encuentra con otra chilena, Ester, que hacía aseo en el Centro de estudios sobre Ibsen. José cree que en esos archivos puede encontrar antecedentes de su padre y pasa días en el Centro. Y cuando el director del instituto, un señor de apellido Niedermann, lo encuentra en sus territorios, Ester no encuentra otra salida que adulterar ingenuamente la presencia de José en el Centro:
“La mentira puede ser a la vez pasiva y activa, y la gente universitaria es a menudo muy confiada, por no decir, ingenua, de un modo que la convierte en víctima fácil de la ironía de otros, eufemismo, falsedades y puras mentiras. Piensan que toda afirmación es un intento más o menos conseguido de sacar adelante su tesis doctoral. No es así, al menos no en mi caso. Aparentemente tampoco en el caso de Esther. Y no obstante, el profesor Niedermann escuchaba atentamente mientras me miraba de reojo. Yo estaba religiosamente callado mientras Esther explicaba que yo había dirigido los estudios sobre Ibsen en el Instituto de estudios Nórdicos de la Universidad de Calama hasta el 11 de septiembre de 1973, cuando el golpe militar y la persecución política me enviaron al exilio en la pequeña ciudad universitaria barroca Ouro Preto, de Brasil, en las entrañas de Minas Gerais. Yo permanecía, como ya he dicho en silencio, limitándome a mover los pies, y carraspeé y contesté “los dramas contemporáneo” cuando Niedermann, sonriente, quiso saber cuál era la parte que más me interesaba de la obra ibseniana.”



La novela Paraíso en la tierra ya generó una cierta incomodidad en Noruega. Es probable que esta novela provoque también en Chile una cierta carga. La mirada del otro no siempre corresponde a la mirada que tenemos de nosotros mismos. Los chilenos estamos muy auto centrados y auto complacientes. La visión de los chilenos que entrega el libro Paraíso en la tierra, vendrá a corregir, seguramente, algo de nuestra identidad, o la percepción que tenemos de nosotros, (que es quizás lo mismo).


Valparaíso, 30 de enero 2008. Casa del Pescador.

EL COSMOPOLITA DE LOS FIORDOS

Saludo de Patricio Manns