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miércoles, julio 29, 2026

Michael Strunge: Leyenda punk danesa. Fabián Bustos, Oscar Saavedra, Emersson Pérez, Romi Sandoval, Anita Montrosis, Pablo Lacroix





Fabián Burgos

Michael Strunge te pienso, te pienso desde “Caricias”, te pienso, te pienso y te pregunto poeta azul, cómo descongelar este país frío. Sé que medirás el cosmos más allá de este recorte feroz que nos plantó el lenguaje. Michael Strunge, caíste de eco sobre Chile (de un frío distinto al tuyo) 28 años después del salto, y es que siempre guardaste en el corazón la certeza de que el poeta no puede volar, siempre supiste queno son las alas, sino que el golpe desafiante de los cráneos contra el concreto, esa chispa, ese estruendo que habita en un segundo lo que puede atravesar las épocas, haciendo eclosionar las pupilas de la galaxia y de una lágrima fecundar las periferias, el poema. Desde el amor Strunge, desde el amor que dice poco de lo que eres, te leo, pero más que el amor me atravesó tu gesto. El salto Strunge, porque me hiciste sentir concreto que no pudo evitar que salieras disparado por su espalda, esquirlando este continente entero, revelando las viejas imágenes, las antiguas visiones, las clarividencias, noticias de las voces. Michael Strunge, tu nombre en la pared entiendo como despojo para rebautizarte en la caída, tu salto como despojo entiendo para rebautizarte en los cantos que quemarán este país de frío. Y desde esta palabra molotov contengo tus alas — porque tú estás en mí y yo estoy en ti- dicta la plegaria que desde ayer profeso por las noches, la plegaria que de un desgarro me tajearé en las venas. Imagino Strunge tu cuerpo reventado contra el concreto, tendido en llamas, barricada entre la poesía y el mundo, pues la palabra es la piedra y desde siempre lo supiste. Tal cual caíste en este Chile frío, de barricada y piedra, cuerpo y palabra, tras 28 años atravesando desnudo el universo.

*


Emersson Pérez

Conocí a Strunge en Agosto de 1990, en una antología llamada “La pandilla de Malmo-Joven poesía de Suecia”- y fue una revelación, supe de inmediato que la poesía formaría parte fundamental de mi vida, después de leer esos poemas urbanos y nostálgicos del danés comencé mi propio camino, me atrajo su vida romántica y fugaz, aunque ambientados en un país nórdico, que quizás nunca conoceré al menos físicamente, pero mucho de un pueblo se traslada con sus aedos. El Strunge que ambientaba sus poemas en Dinamarca era sinuosamente familiar al Santiago de los 90, inclusive como ocurre con los países

latinoamericanos en que las tendencias llegan con retraso, había muchos adeptos a la música post punk, como Siouxsie&theBanshees, Joy división o el mismo David Bowie, pululando por discotecas de ambientes lúgubres, armados con trajes negros y melancólicos, jóvenes en que la revolución pasaba por el despertar sexual y se daba desde los sentimientos y no desde un campo de batalla, jóvenes escudados en nihilismo, también teníamos escenas nocturnas y tren subterráneo, un ambiente post punk por excelencia. Guardando las similitudes me parece ver a Strunge en los poetas jóvenes chilenos de aquellos años como; Gladys González en su “Gran Avenida”, Oscar Saavedra en su “Tecnopacha” o Diego Ramírez con “El baile de los niños”, no es tan difícil imaginarnos a Strunge en el metro de Santiago o declamando sus poemas en un bar con mala iluminación, atemporalmente conversando con nuestro “joven” y también suicida Rodrigo Lira. El poeta se eternizó, la fugacidad de la vida. Por otro lado aún es posible escuchar como bate sus alas y creo que aún podemos descifrar sus visiones poéticas en nuestro pequeño otoño.

*


 

Oscar Saavedra

 

El alternativo Strunge Vía un poema -libro- que se tiró por una ventana; a punta de head banger y love, desde Dinamarca, como si trajera pequeños trozos de vidrio a la luz de las nubes, todavía caminando por el aire, todavía pájaro o prosa del viento, me llegó la palabra Strunge, luego Michael, a través de Omar Pérez Santiago, quien a su vez se dio el tiempo de traducir una lengua hermana, lejos de esta lengua padrastra -más cercano al habla-, a

punta de conocimiento y experiencia. Me llamó la atención -de una- la tragedia de este poeta-pasión-locura-divino-tesoro (vida y poema: ídem): un mito, una leyenda; un punketa que se atrevió a escribir, describir un tiempo, su tiempo y vivirlo a concho hasta el tánatos: por algo caminó por el viento, por algo su poesía voló hacia nos-otros, por algo hoy celebro su chilenizada y aquella tarde en que nos sentimos músicos (ese miércoles de lengua-bailable y rebelde), cuando nos mandamos su slam junto a Michael Strunge -en su honor-: y nos llegó un puñete directo a nuestra sensibilidad como lectores: quedamos con los ojos manchados de palabras.


Romi Sandoval

Hace un tiempo atrás conocí a Michael Strunge a través de una reseña de internet, el “poeta alado de Copenhague” me fascinó desde el comienzo con su poesía urbana. Esto fue una revelación desde un país tan lejano, y desde una cultura que casi desconozco. Pocas traducciones encontré de su obra al español, lo cual siempre me significó un misterio. Me sentí identificada, no sólo por la edad en la cual gestó su poesía, sino también por los círculos punk y góticos en los que desarrolló su vida. Conozco esos escenarios en Chile y materializarlos en poemas, es una explosión de adrenalina.


Anita Montrosis

Cuando Omar Pérez Santiago, me pidió leer junto a otros poetas jóvenes chilenos, un poemas de amor del poeta Danés Michael Strunge, no dudé en participar. No siempre se tiene la oportunidad de estudiar la palabra, más cuando esa voz es extranjera. Chile es un país de poetas, y la poesía, es una larga faja de tierra, pero no angosta, entonces la lírica de Strunge es un homenaje a los sentidos. La escritura alucinada de Strunge, es musical. Nos transporta. Aborda el amor al límite, es bellamente lúgubre y la ubica en una época que no es temporal, entonces requiere ser enseñada.

*


Pablo Lacroix

Pensar en Michael Strunge es pensar en una revolución, en una rebelión del idioma, que colinda entre los planos del amor, lo fúnebre y el aliento desgarrado de la estética punk. Leer a Strunge es leer un corazón ardiente, hiperbólico y legendario. Es encender la mirada con cada verso y dejarse agotar en la memoria del poema. Es caer en la seducción irrefrenable del ritmo, la imagen y esa musicalidad terrible y hermosa. Es sentir su muerte como el ominoso segundo en que cerramos nuestros ojos y preguntamos, tal como Strunge; “dónde terminará esta noche / en qué costa bajaré a tierra / abrazándome


 

miércoles, mayo 08, 2013

El hastío bajo las faldas. Poemas de Aída Esther Mora






Lo he escuchado por ahí en diferentes lugares del país, y en encuentros de peñas de escritores se repite que la mejor poesía la están escribiendo las mujeres. La idea se refrenda de lugar en lugar. El que yo itere ahora, como si fuese un lugar común, que las damas están haciendo la mejor poesía chilena, quizás resulte algo inconveniente e irrite a algunos de mis amigos poetas. 
Por eso lo diré bajito.
Nadie discute que hay aquí buenas poetas, muy conscientes de su rol de contracara a la poesía masculina: Soledad Fariña, Cecilia Palma, Teresa Calderón, Anita Montrosis, Alejandra Basualto. En Antofagasta está Marietta Morales, buena poeta, (aunque algo huraña, como su padre, el llamado Tipógrafo huraño). O la voz de Viviana Benz radicada en La Serena. Tienen antecedentes en la tradición condensada y liberadora de Gabriela Mistral de Desolación, o de Delia Domínguez y su búsqueda de una belleza interior de las “cosas de mujeres”.
En la Universidad de Concepción conocí a Aida Esther Mora y me traje su “Poemas en el Café”, editados el 2010. Lo leí y me sorprendí con su poesía fragmentada sobre desiertos y olvidos y su actitud de maja o de geisha con el amante, de acato verbal en la tradición de Sor Juana Inés de la Cruz de escribir desde la oposición: “Debes gozarte y estar orgulloso, porque este poder  absoluto que ejerces en mi voluntad debe envanecerte.”
El sillón mullido
Te envolverá tibiamente,
Como mujer perfumada y felina,
Te invitará a recordar un momento
          Sensual,
Te invitará a leer.
Allí está
 Aida Esther Mora, escritora de Talcahuano aunque nacida en Santiago, es  directora de la revista de arte y literatura Artemisa y escribe a fragmentos, a veces sin títulos, en un solo, largo y pausado poema, sin inocencia, habría que precisar, sin candidez habría que alertar:
El río baja
Hacia la oscuridad de la noche,
Así como mi sangre
Hacia tu molécula más íntima,
Que te mueve hacia mí,
Como planta sedienta
O estos versos de contrasello escritos en su cuarto propio con rigor, estos versos carnales,  móviles, corporales y elásticos, y vitalistas y amenazantes como son las cosas de mujeres:
El hastío suele introducirse por mis
     Faldas,
Se cuela como silencioso y transparente
   Virus.
Nada es inocente. Aida Esther Mora vuela o huye por la levedad de una poesía del aire, besos de aire, vuelos, vientos, mariposas, alas, pájaros, canto de pájaro. No nos engañemos. Todo este movimiento es una inteligente perfidia retórica con un sentido oculto. Es, en realidad -en una versión muy libre de la autora- las alas de pronto extendidas de una águila hambrienta, una acosadora que domestica y que obliga a Adonis a procrear "para que el tiempo viva cuando tú mismo estés muerto" (Shakespeare). Las lamentaciones por Adonis, el amante reacio, y el adiós de  Venus, la mal pensante,  el adiós del dulce abrazo, más que un caricia, que contiene ya dos corazones. Y Venus sonríe.  ¿De qué sonríe Venus?
El golpe de la sangre.
El latido acelerado.
Muchas gaviotas han emprendido
el vuelo.
El cielo se despeja de nubes.
Las ropas caen.
El amor contenido
Será abrazo intenso
Se enfría el viento.
Siguen cayendo las hojas.
Venus se arranca
De uno de los dos corazones
Uno de ellos palidece
Y esto era.
No, esto no era.
Esto es lo que queda.
El sentimiento va y viene
Mientras Venus sonríe desde lejos.
 

El hastío bajo las faldas. Poemas de Aída Esther Mora




Lo he escuchado por ahí en diferentes lugares del país, y en encuentros de peñas de escritores se repite que la mejor poesía la están escribiendo las mujeres. La idea se refrenda de lugar en lugar. El que yo itere ahora, como si fuese un lugar común, que las damas están haciendo la mejor poesía chilena, quizás resulte algo inconveniente e irrite a algunos de mis amigos poetas. 
Por eso lo diré bajito.
Nadie discute que hay aquí buenas poetas, muy conscientes de su rol de contracara a la poesía masculina: Soledad Fariña, Cecilia Palma, Teresa Calderón, Anita Montrosis, Alejandra Basualto. En Antofagasta está Marietta Morales, buena poeta, (aunque algo huraña, como su padre, el llamado Tipógrafo huraño). O la voz de Viviana Benz radicada en La Serena. Tienen antecedentes en la tradición condensada y liberadora de Gabriela Mistral de Desolación, o de Delia Domínguez y su búsqueda de una belleza interior de las “cosas de mujeres”.
En la Universidad de Concepción conocí a Aída Esther Mora y me traje su “Poemas en el Café”, editados el 2010. Lo leí y me sorprendí con su poesía fragmentada sobre desiertos y olvidos y su actitud de maja o de geisha con el amante, de acato verbal en la tradición de Sor Juana Inés de la Cruz de escribir desde la oposición: “Debes gozarte y estar orgulloso, porque este poder  absoluto que ejerces en mi voluntad debe envanecerte.”
El sillón mullido
Te envolverá tibiamente,
Como mujer perfumada y felina,
Te invitará a recordar un momento
          Sensual,
Te invitará a leer.
Allí está
 Aída Esther Mora, escritora de Talcahuano aunque nacida en Santiago, es  directora de la revista de arte y literatura Artemisa y escribe a fragmentos, a veces sin títulos, en un solo, largo y pausado poema, sin inocencia, habría que precisar, sin candidez habría que alertar:
El río baja
Hacia la oscuridad de la noche,
Así como mi sangre
Hacia tu molécula más íntima,
Que te mueve hacia mí,
Como planta sedienta
O estos versos de contrasello escritos en su cuarto propio con rigor, estos versos carnales,  móviles, corporales y elásticos, y vitalistas y amenazantes como son las cosas de mujeres:
El hastío suele introducirse por mis
     Faldas,
Se cuela como silencioso y transparente
   Virus.
Nada es inocente. Aída Esther Mora vuela o huye por la levedad de una poesía del aire, besos de aire, vuelos, vientos, mariposas, alas, pájaros, canto de pájaro. No nos engañemos. Todo este movimiento es una inteligente perfidia retórica con un sentido oculto. Es, en realidad -en una versión muy libre de la autora- las alas de pronto extendidas de una águila hambrienta, una acosadora que domestica y que obliga a Adonis a procrear “para que el tiempo viva cuando tú mismo estés muerto” (Shakespeare). Las lamentaciones por Adonis, el amante reacio, y el adiós de  Venus, la mal pensante,  el adiós del dulce abrazo, más que un caricia, que contiene ya dos corazones. Y Venus sonríe.  ¿De qué sonríe Venus?
El golpe de la sangre.
El latido acelerado.
Muchas gaviotas han emprendido
el vuelo.
El cielo se despeja de nubes.
Las ropas caen.
El amor contenido
Será abrazo intenso
Se enfría el viento.
Siguen cayendo las hojas.
Venus se arranca
De uno de los dos corazones
Uno de ellos palidece
Y esto era.
No, esto no era.
Esto es lo que queda.
El sentimiento va y viene
Mientras Venus sonríe desde lejos.