| Héctor Gallardo Mackenzie |
La primera vez que visité las ruinas de Pompeya fue a mitad de los años 80. Lo hice con el que fue mi suegro, Héctor Gallardo Mackenzie, un gran hombre, muy alegre y fanático de la historia.
Un plato exquisito.
Alguien tocaba en el piano la música de la popular canción napolitana: Oh Sole Mío.
Qué cosa bonita. Qué grato ambiente. Qué día de emociones.
De pronto, una delgada y joven japonesa que estaba comiendo al fondo del restaurant, se levantó y empezó a cantar Oh Sole Mio,
Che bella cosa, na jurnata'e'sole
N'aria serena doppo na tempesta
Oh. Su voz espléndida llenó la trattoria de auténtica nostalgia napolitana.
Noto que mi suegro se emociona mucho.
Y de pronto ella la japonesa llega al estribillo:
Ma n'atu sole cchiu' bello, oi ne''O sole mio sta nfronte a te'O sole o sole mio
A Héctor se le caen unas lágrimas de emoción al plato de pasta.
También me emocioné yo.
También lloro.
Esa mezcla de intensa melancolía y alegría.
Qué inolvidable día de emociones...
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