El personaje sin nombre de la novela Distritos de Frontera, que podría ser el mismo, el australiano Gerald Murnane, es un hombre mayor que decide aislarse.
"Hace dos meses, cuando llegué a este pueblo próximo a la frontera, decidí adoptar una mirada cautelosa, y pronto me di cuenta de que no podía seguir con este texto sin antes explicar cómo había llegado a aquella extraña expresión."
Allí reflexiona sobre recuerdos, imágenes mentales y su vida interior. Comienza con una descripción de su infancia, educado en una orden religiosa. Luego describe las vidrieras de la iglesia.
Es decir, es un viaje al terreno interior, a los paisajes mentales. Introspectiva.
¿Hechos reales?
La gracia de su literatura es que parece que los hechos, las circunstancias lo encuentran a él. Se tropieza con la memoria. Y uno de sus temas preferidos, es, justamente, como funciona la memoria.
Si uno ve un caballo en el campo, uno no piensa en eso. La memoria trae a la mente una vorágine de imágenes vagas, borrosas, y las imágenes asociadas van acompañadas de sentimientos que, a veces, son difíciles de describir.
¿Qué hace especial su literatura?
Su sintaxis deliberada, lenta y exacta. Es una prosa precisa.
No es importante el argumento. Son asociaciones mentales, recuerdos, imágenes y reflexiones.
Su estilo austero, hipnótico y meditativo, entre memoria, imaginación y autobiografía, sin duda que agrada a algunos de los suecos de la Academia que entrega el Nobel.
Eso es seguro.
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