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jueves, abril 02, 2026

Por qué se dice que la Batalla de Maipú no ocurrió en Maipú ¿Dónde se libró realmente?

 


Ilustración de Luis Martínez



La Batalla de Maipú (o Maipo) se libró el 5 de abril de 1818 y fue decisiva para sellar la independencia de Chile, pero efectivamente no ocurrió dentro de lo que hoy conocemos como la comuna de Maipú (al suroeste de Santiago). Por eso surge esa frase o anécdota común en Chile: “la Batalla de Maipú no ocurrió en Maipú”.

¿Dónde se libró realmente?El combate tuvo lugar en el sector conocido como Cerrillos del Maipo (o simplemente Cerrillos), al poniente/suroeste de Santiago, aproximadamente a 10 km del centro de la ciudad. Las fuerzas patriotas (al mando de José de San Martín) se posicionaron en una elevación llamada Loma Blanca o en los cerrillos, mientras que los realistas (al mando de Mariano Osorio) acamparon cerca de la Hacienda Lo Espejo. El enfrentamiento principal se desarrolló en las hondonadas y llanos cercanos, en una zona que hoy está cruzada por la Avenida Américo Vespucio y rodeada de barrios como Cerrillos, parte de Lo Espejo y sectores limítrofes.En esa época, toda esa área formaba parte de los llanos del río Maipo (o Maipú), un amplio territorio rural al sur de Santiago influido por el río del mismo nombre. Por eso se la llamó Batalla de Maipú: porque ocurrió en los campos o “en los llanos de Maipo”, no porque fuera en el poblado o comuna actual que lleva ese nombre.¿Por qué se asocia con Maipú?
  • El nombre proviene de la cercanía al río Maipo (escrito originalmente sin acento o como Maipú en algunos partes).
  • Tras la victoria, el parte oficial enviado por San Martín (o su oficial) popularizó el nombre “Maipú”, que se quedó como denominación histórica.
  • Con el tiempo, se fundó y creció la comuna de Maipú en un sector cercano pero no exactamente el mismo donde ocurrió el combate. La batalla se dio más hacia el oriente/norte del río, en lo que hoy es zona de Cerrillos y alrededores, mientras que el núcleo de la comuna de Maipú se desarrolló más al suroeste.
En resumen: la batalla se llama de Maipú porque se libró en los campos del Maipo (zona geográfica), pero el sitio preciso del choque principal (Cerrillos) no coincide con el territorio actual de la comuna de Maipú. Hoy hay monumentos y conmemoraciones tanto en Cerrillos como en Maipú, y se habla de la “Ruta del Abrazo” (el famoso encuentro entre San Martín y O’Higgins después de la batalla).Es una de esas curiosidades históricas chilenas: el nombre quedó asociado a un lugar que, con el crecimiento urbano de Santiago, ya no representa exactamente el campo de batalla original.

martes, marzo 31, 2026

La Batalla no fue en Maipú. 5 de abril. Revista Off The Record, abril 2026.

 


En mi familia pervive una tradición carmelita que no es una simple costumbre: es herencia espiritual. Mi madre era Fresia del Carmen y mi hermana mayor es Patricia del Carmen. De mi abuela materna heredé, además, una Virgen milagrosa que alienta y acompaña. Esto también es chilenidad. Una chilenidad honda, a veces incomprendida. Hay quienes creen —yerran— que todos sentimos igual. No es así.
La tradición carmelita es popular y está arraigada en el corazón de muchos chilenos. Es un ardor religioso que aumenta cuando el pueblo le pide a la Virgen que nos socorra en las penurias. Porque somos humanos: la amamos con mayor intensidad en el dolor.
Así fue tras el desastre de Cancha Rayada, el 19 de marzo de 1818. El golpe resultó devastador. La derrota dejó cuerpos, sangre y almas quebradas. José de San Martín y Bernardo O'Higgins vieron a sus hombres caer o dispersarse, muertos o heridos. O’Higgins mismo escapó con el brazo ensangrentado. Todo parecía anunciar el derrumbe de un sueño.
En Santiago hay miedo. Un temor intenso se adueñó de las calles: un miedo espeso, visible, que se respiraba. Son los peores días, tú ves, los más amargos. También hubo algunos tan agobiados por una intensa crisis espiritual —o por locura moral— que desertaron de la causa y huyeron a la Argentina.
Entonces, tú ves, el pueblo, que no quiso vivir enjaulado como un jilguero, escuchó el tañido de las campanas de la catedral: sonidos graves, profundos, un llamado al alma de un pueblo amortajado en su dolor. En respuesta a esos miedos, para contener la histeria y el desbande, se juntaron en la catedral. Allí, secadas las lágrimas, juntos le rogaron a la Virgen. E hicieron un juramento: levantarían un templo en el mismo lugar donde se lograra la victoria definitiva.
“Vencer o morir, madre”.
La victoria fue el domingo 5 de abril de 1818. A mediodía estalló el primer cañonazo, ese estruendo que aturde. La batalla se libró en las haciendas de El Bajo y Lo Espejo, y en los llanos de Lepe —los llanos del Maipo.
Casi dos mil hombres murieron. Sus cuerpos fueron arrojados a una fosa común, en un lugar que hoy se ha vuelto incierto. Tal vez allí se alza el Cementerio Metropolitano; tal vez, ya no lo sabremos nunca. Entre ramas y llamas, patriotas y realistas ardieron juntos, indistinguibles en la muerte: mil realistas, ochocientos patriotas.
Entonces, la promesa exigía cumplimiento. El 7 de mayo de 1818, fiel a su palabra, O'Higgins decretó la construcción de la Capilla de la Victoria.
Pronto, fieles de corazón peregrinaron en caballos y carretas hasta el lugar para poner la primera piedra de la Capilla de la Victoria.
Mas hay un mal en los políticos chilenos, que surge de la maleza de la pereza: les gusta plantar primeras piedras y dejar luego que el tiempo pase.
Bernardo O'Higgins abdicó el 28 de enero de 1823. Partió al destierro, a Lima. Con él se desvaneció también el impulso de aquella promesa. ¿Cuánto tiempo pasó? Demasiado. Sesenta y siete años. Ya tú ves.
Solo en 1885, durante la presidencia de Domingo Santa María, se destinaron finalmente los fondos para la construcción.
Diez años más tarde, en 1895, el presidente Jorge Montt inauguró el primer templo dedicado a la Virgen.
Y sólo entonces se creó la comuna de Maipú.
Ya tú ves.


Sor Úrsula Suárez mata una culebra con la boca

Soñé que, entrando al coro, fui al confesionario y vi dentro una culebra enorme, muy enroscada. Quise matarla, pero no encontré en el coro n...