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domingo, junio 14, 2026

Ingmar Bergman, Fanny y Alexander, August Strindberg y los pájaros de la Catedral de Uppsala de Jorge Calvo.


Chile posee una antigua y noble estirpe de cuentistas, escritores de relatos cortos que han ido poblando el imaginario chileno con sus fantasmas, sus pérdidas y sus revelaciones. 
Basta pronunciar algunos títulos para que la memoria literaria se ilumine como una constelación: El Chiflón del Diablo de Baldomero Lillo y Juana y la Cibernética de Elena Aldunate. Obras que sobreviven al paso de las generaciones porque contienen algo más duradero que una simple historia: contienen una forma de mirar el mundo.

Entre esos cuentos memorables hay uno que posee una resonancia especial.
Se titula Los Pájaros de la Catedral de Uppsala de mi amigo Jorge Calvo. El cuento se encuentra en su libro Fin de la Inocencia.
Es la historia de un chileno exiliado que vive suspendido entre dos mujeres, dos geografías y dos tiempos. En Santiago permanece Camila, convertida poco a poco en recuerdo y añoranza. En Suecia aparece Birgitta, presencia luminosa del presente. Entre ambas figuras se despliega una meditación sobre la memoria, el amor y el exilio.
Los pájaros sobrevuelan la bella catedral de Uppsala.
Y mientras baten sus alas sobre las agujas góticas, también sobrevuelan la conciencia del protagonista.
Dos mujeres. Dos mundos. Dos patrias sentimentales.
No es difícil de entender.
El pasado y el presente enfrentándose en el interior de un mismo corazón.

Es en el espacio donde se produce la narración, la intuición.  Un espacio liminal que seduce, inquieta y atrae. Despierta recuerdos y emociones profundas, donde vuelven a conducirnos nuestros sueños, un onirismo fiel. Umbrales de percepción.
Quizá, eso pensaron los suecos cuando construyeron la catedral de Uppsala en el siglo XIII.
Era suficiente con una hermosa catedral para sostener su narrativa.
La catedral es el antónimo exacto del "no lugar" (concepto acuñado por Marc Augé para referirse a espacios impersonales, de tránsito o consumo).
La catedral es un lugar antropológico o lugar de identidad. 
La catedral es identificable, histórica y relacional, donde los suecos han creado comunidad y sentido de pertenencia.
Los estados nacionales han perdido peso. 
El estado sueco que yo conocí, se diluye.
Y entonces... 
¿Qué queda?
Queda la catedral.

«Poéticamente habita el hombre sobre esta tierra» según Friedrich Hölderlin. 


Quizás por eso ese relato de Jorge Calvo me conduce inevitablemente a una imagen personal.
Año 1982. Uppsala.
Caminaba distraídamente cerca de la catedral cuando escuché música y observé una multitud que abandonaba el templo.
De pronto una voz cortó el aire.
—¡Corten!
Giré la cabeza.
Y allí estaba.
Alto.
Delgado.
Inconfundible.
Adivinen.
Ingmar Bergman.
El monstruo y gran sacerdote del cine escandinavo.
El hombre que había pasado más de cuarenta años explorando los laberintos de la memoria, la culpa, la infancia y el deseo.
Tenía sesenta y cuatro años.
Estaba filmando la que sería su última película para el cine.
Fanny y Alexander.
Aquel instante quedó grabado en mi memoria.
Todo parecía suspendido entre la realidad y la representación.
Su torres, las campanas.
La luz nórdica. Los pájaros.
Y, en cierto modo, así era.
Porque Fanny y Alexander constituye quizá la más íntima de todas las obras confesionales de Bergman.
Es la historia de dos niños que habitan un universo cálido, exuberante y teatral, protegido por el amor de la familia Ekdahl.
Un mundo de cenas navideñas, risas, imaginación y afecto.
Pero la felicidad es frágil.
Siempre lo ha sido.
Oscar Ekdahl, actor y director del teatro familiar, muere repentinamente mientras representa Hamlet. En el palacio de Kronborg, el fantasma del rey se le aparece al príncipe Hamlet. Le informa que lo mató su tío Claudio. El tío Claudio se casa con su madre. Ser o no ser, es la venganza.
Y con la muerte de Oscar, el padre de Alexander, se rompe el hechizo.
Su madre, la viuda, Emilie, se casa con el obispo Edvard Vergérus.
Entonces comienza el descenso hacia la oscuridad.
La casa luminosa de los Ekdahl es reemplazada por la severidad de la residencia episcopal.
El calor por el frío.
La libertad por la obediencia.
La imaginación por el castigo.
Alexander, rebelde y soñador, se enfrenta al obispo.
Y la infancia se convierte en una prisión.
Pero Bergman no filmó solamente una historia.
Filmó un recuerdo.
Filmó una herida.
Filmó su propia infancia.
Porque detrás de Vergérus se adivina la sombra del padre severo que marcó la niñez del director Bergman.
Y detrás de los Ekdahl aparece el mundo sensual, artístico y vital que Bergman pasó la vida intentando recuperar.

Años después, al leer las memorias del cineasta, Linterna Mágica, comprendí mejor hasta qué punto aquella película estaba hecha de memoria.
Allí Bergman recuerda el día en que su madre lo llamó para decirle que su padre agonizaba en un hospital.
Su respuesta fue brutal.
Confesó que no tenía deseos de verlo.
Que entre ellos ya no quedaban palabras.
Que su presencia sólo serviría para inquietar a un hombre moribundo.
Es una de las confesiones más desgarradoras de toda la literatura autobiográfica del siglo XX.
Porque muestra que incluso los grandes artistas permanecen atrapados en las complejas redes del amor filial.

Quizá por eso Fanny y Alexander resulta tan conmovedora.
Porque no es únicamente una película.
Es un ajuste de cuentas con los fantasmas.
Una tentativa de reconciliación con los muertos.
Una conversación tardía con la infancia.

Y no es casual —nada es casual— que Bergman decidiera concluir la película con palabras de August Strindberg, otro genio y monstruo sueco. Son palabras que funcionan como una poética del arte, de la memoria y también de la existencia.

«Todo puede suceder, todo es posible y probable. No existen el tiempo ni el espacio. Sobre una insignificante base de realidad, la imaginación hila y teje nuevos dibujos: una mezcla de recuerdos, vivencias, puras invenciones, absurdos e improvisaciones.»

Quizá toda gran literatura nazca precisamente de allí.
De esa mezcla misteriosa.
De esa alquimia entre memoria e imaginación.

El espacio es lo más importante de los cuentos. 
De esos pájaros que sobrevuelan la catedral de Uppsala en el cuento de Jorge Calvo, el Santiago perdido de la juventud, las películas de Bergman y los cuentos que seguimos leyendo para comprender quiénes fuimos y quiénes seguimos siendo.

domingo, mayo 17, 2026

El punto de encuentro de los amantes es el delirio de desgarrar y ser desgarrado. El Pezón de Sei Shonagon, nouvelle de Omar Pérez-Santiago. Los Perros Románticos. Reseña de Jorge Calvo.

 


Desgarrar y ser desgarrado. El Pezón de Sei Shonagon, nouvelle de Omar  Pérez-Santiago. Reseña de Jorge Calvo.

Reseña de Jorge Calvo

Esta novela es la más reciente obra de mi amigo el escritor Pérez Santiago quien ya ha publicado una serie de libros, cuentos y novelas y  quien suele abordar este tema, un tanto lúdico, y bastante estimulante. Pero también ligeramente peludo.

Conocí a Pérez Santiago hace ya unos treinta años en una época en que todos éramos escandalosamente jóvenes. Finalizaba el año 1986. Era el último día de noviembre, hacía mucho frío y había nevado de modo que un manto blanco cubría las veredas y el parque del Rey de la ciudad de Malmoe. Nos presentó un amigo común, el escritor sueco Fredrik Ekelund, estábamos en su casa en el barrio antiguo y muy pronto sonó música, se descorcharon algunas botellas y desde la noche, cantando,  aparecieron unas muchachas que volvían de haber visto el musical El Hombre de la Mancha. Pronto aquello cedió lugar a una atmosfera lúdica y erótica. En algún momento, avanzada la noche, salimos al Parque a jugar a la pelota, los suecos corrían descalzos sobre la nieve.

En los días siguientes coincidimos con Pancho en el café Siesta y me mostro algunos de los cuentos que publicaría en las Memorias eróticas de un chileno en Suecia. Dos o tres años más tarde se embarcó en la escritura de un guión y la producción de una película, y hasta actuó en el rol principal interpretando a Borges, la película se titula La Novia de Borges, y fue a filmada en Budapest.

Cuento todo esto para señalar que el tema del erotismo siempre ha estado presente en nuestras literaturas y conversaciones. Sobre la novela breve que me toca en suerte presentar en esta oportunidad puedo decir, citando a George Bataille -considerado el verdadero y legitimo padre del erotismo moderno: y metidos en el área chica de este tema –que mucho consideran escabroso- en la esencia o lo medular Bataille sostiene que “El punto de encuentro de los amantes es el delirio de desgarrar y ser desgarrado.  Ninguna comunicación es más violenta”

La verdad indesmentible es que en nuestro actual modo de vida, el ser humano ha extraviado su dimensión sagrada.

El ciudadano moderno, entregado por entero a una infinidad de actividades rutinarias –esquemas, desplazamientos, metas–, sumado a la cantidad de horas desperdiciadas en los tacos, finalmente ha acabado lejos de la intimidad que lo define como ser humano. Extraviado en el sistema de los compromisos, dinero plástico, mall y consumo se debate día a día en un mundo sin vida que, no obstante, se le presenta como la sempiterna Shangri-La, el paraíso prometido- un sistema perfecto con la tarjeta de crédito como síntesis de todos los sueños. Definitivamente estancado en esa perpetua correa sin fin, el ser humano (hombres/mujeres) se encuentra a una distancia sideral de la fiesta, del carnaval en medio de los espesos bosques y del libre ejercicio del deseo. El sistema ofrece sustitutos: droga sintética y de la otra, vaginas plásticas, soma y consoladores automáticos. Pornografías diversas: veinte, mil, millones o si se quiere cincuenta  sombras que distan años luz del erotismo.

Otro escritor, el poeta y ensayista mexicano Octavio Paz, al analizar y escribir sobre el tema dice que “...para Bataille el erotismo, la muerte y el pecado son conceptos equivalentes o  signos intercambiables que repiten el mismo significado: apuntan a la absoluta y despiadada nada en que habita el hombre y  su irremediable abyección”

En la novela de Pérez Santiago–astutamente ambientada en una capital del mundo posmoderno como lo es Tokio- aparecen estos personajes que además deambulan o existen en el terreno del arte, ambos son estudiantes y por ende son compañeros en una hiper moderna escuela de arte, la Tokio Geidai. De un lado aparece el protagonista Matsuo Bashō que nos narra desde su perspectiva su encuentro, los roces y las citas cargados de erotismo y la poderosa succión a la que se ve sometido por los siempre activos encantos de ella, Sei Shōnagon la protagonista y eje central de la historia.

No solamente se sabe bella y atractiva además posa, modela, incita, provoca a generado un mito en la escuela y especialmente entre los alumnos varones sobre las delicadas y sensibles zonas erógenas de su cuerpo, elevando uno de sus pezones, que tiene sabor a canela, a la categoría de deidad. Imágenes del pezón circulan en diversas imágenes, dibujado, pintado, fotografiado, sometido a métodos de transparencia, viralizado recorre las redes, lo watsappean, lo envían como mensaje. Ella gradualmente, y en función del pezón, va adquiriendo notoriedad, se vuelve famosilla, ingresa a dimensiones mitológicas, la buscan, para fotografiarla, filmarla y hacer películas con ella.

Es la imagen en la retina de todos, la adoran, la aman, se masturban con ella. Sei Shōnagon deviene orgasmo electrónico, un manjar de impulsos eléctricos:  icono virtual.

Hasta que ciertas bandas, hackers, mafiosos virtuales, depravados de toda laya, traficantes de niñas y señoritas se fijan en ella. En cambio el narrador solo la ha visto a veces. Pero la sigue y la vigila. Entre tanto de vez en vez aparecen por aquí y por allá cadáveres de chicas que han sido abusadas asi como uno se imagina que gustaría abusar de Sei Shōnagon, han sido violentadas, descuartizadas en el sumun del acto…

Es un mundo donde la tecnología es altamente avanzada y sofisticada y no existe nada que no se pueda conseguir, todo es alcanzable sin moverse del sillón, eternamente sentado frente a la pantalla se tiene al alcance de la mano un mundo virtual, acaso depravado, Pero es la realidad en que vivimos.

Esta suerte de reality show que Pérez Santiago nos ofrece en El Pezón de Sei Shōnagon, no es irreal ni algo inalcanzable, ya está aquí, se encuentra entre nosotros y llego para quedarse. Lo vemos a diario, Lo que hace la novela de Pérez Santiago es simplemente dejar constancia que a diario vivimos y existimos en esta inquietante realidad.

Vozinha y Lev Yashin, la Araña Negra, el mejor arquero del mundo funado por la miserable hinchada de Moscú. Asesinato de imagen. Una muestra de cómo el lenguaje crea una pesada realidad.

  Vozinha, a los cuarenta años, ha llegado a Santiago de Chile. Hoy es un arquero famoso, que goza de su estrella tardía. Como fanático de...