JORGE TELLIER escribió en 1967
La primera vez que vi a Teófilo Cid fue en el brumoso fondo
de la sala de redacción de un periódico. Allí él escribía esos artículos que yo
seguía como los episodios de las viejas seriales
Fui a ver a Teofilo Cid para llevarle mi primer libro de
poemas, Para ángeles y gorriones, 1956. Nada más como una tarjeta de
presentación. Me sorprendieron su aspecto indefenso, de niño mirando al vacío,
su compuesta voz, su inesperada afabilidad. A la semana siguiente apareció un artículo
sobre ese libro primerizo, el único articulo (perdonen la vanidad) en donde se
hablaba del trasfondo de lo que yo, el adolescente de ese tiempo, había querido
decir.
TEILLIER, UN POETA DE LA OVACIÓN
(Por Teófilo Cid. Diario La Nación, 7 de abril de 1957).
No acostumbro escribir
acerca de las
frecuentes meditaciones que tengo del problema poético. He juzgado
siempre con recelosa actitud las
abundantes notas críticas
escritas en torno a los
libros de poesía, malamente así llamados en razón de
que han sido redactados en renglones cortos, con grave atropello de las
virtudes principales de la prosa. En estos libros se
refugia, por lo
general, el pensamiento
incapaz de expresarse discursivamente enhebrado, tan
sólo en la urdimbre fantasiosa de lo alógico y lo descomunal. Tanto se revela
esa inferior calidad mental en muchos de nuestros soi-dissant poetas, que tengo
por costumbre higiénica el mirar cada nuevo libro de versos que aparece a la
luz pública con zozobra y sospecha. Mala fortuna para el hombre que debe o se
fabrica el deber de revisarlos y comentarlos. Los libros de versos no se
redactan, se viven desde adentro y se
encarnan, por decirlo
así, en la
vida misma del
hombre que antes de escribirlos se ha condenado a una
especie de ostracismo cívico.
Contemplar la vida no es lo mismo que vivirla, ni tiene
accesión civil de ninguna clase a los compromisos que atan a los que se empeñan
en configurar eso que se llama "hacerse un lugar en la vida". El
hombre que verdaderamente ha sentido el goce -que a veces resulta dolorido de
la poesía llega siempre atrasado a los postres de la existencia. Su forma de
existir interior le impide reconocer las bondades del mundo práctico y
corriente, por más que a veces las cante y celebre.
Confieso que mi filiación en materia de poesía es dolorida y
de carácter algo lágnico. Creo que los cantos más bellos son los desesperados,
coincidente como soy de la herejía baudeleriana y estoy distante de considerar
que las relaciones morales que actualmente rigen a la humanidad sean dignas de
encomio y celebración. Los versos epitalámicos y de bautizo y los cantos a la
clase obrera intentados por más de un bardo de almanaque me parecen todos ellos
una feroz pamplina. Optimismo, tal como lo consideran algunos, en buenas
cuentas, es mal acicate para espolear a Pegaso.
Sin embargo, y bien entendida esta posición, no deja de ser
notoria la existencia de una
poesía que podríamos
llamar de la
ovación. Mi buen amigo
Rosamel del Valle
la habría llamado
de la adoración.
Cuestión de términos, al cabo.
Existen poetas cuyo fin es loar y aderezar la vida, bien que esta los
nazca, como ciertas plantas maravillosas, turbia colaboración de légamo.
Se ha dicho más de una vez que el poeta siente la nostalgia de otra vida
más legítima y
ordenada. Los poetas
de la ovación
tienen la fortuna de sorprender
los verdaderos ritmos, las genuinas armonías, en un mundo que a los demás se
nos ofrece, por desgracia, disoluto y anárquico.
Jorge Teillier pertenece
a esa clase
de dichosos seres
nacidos para destacar, precisar y
delinear con claridad las obscuras percepciones vitales. Los gestos de los
seres —humanos y bestias; los olores y las imágenes del paisaje; los
reductos familiares y
humanizados por el
recuerdo instado y permanente;
y, en fin,
la propia conciencia
de estar vivo—
conciencia adquirida en forma
cultural y no
meramente zoológica, como
le ocurre a muchos,
todo eso es
materia que le
llena de un
melancólico regocijo. Nombrar, se
ha dicho, es
poetizar; Teillier se
goza en una
especie de sustantivación del
mundo que lo ha formado.
¡Y qué mundo!
Es el mío
también. Como en
ningún otro libro
he reconocido «románticamente» el paisaje; en los otros cantores de esta
tierra natal se evadieron los contactos particulares en retóricas abstracciones
que nada dicen al corazón. Mientras leo:
«Y horas que sean
reflejos de sol en el dedal de
la hermana,
crepitar de la leña
que se quema en la chimenea
y claros guijarros
lanzados al río por un ciego».
Es evidente que Teillier no alienta ningún deseo de
deslumbrarnos con la novedad de la imagen. De este respecto estamos ya bastante
amagados por la fulguración imaginativa de otros poetas. El que ahora nos
preocupa no crea la imagen como una realidad separada, en el sentido
creacionista de un Huidobro, por ejemplo, sino que la abre hacia la realidad
descrita, de tal manera que, para
sentirla como bella,
debemos invocar la
belleza de la realidad que la inspiró. Es frecuente en
su libro esta participación vital entre su pensamiento y lo real. He sentido
acaso en forma muy especial dicha relación porque soy hijo del mismo paisaje:
«Era un puerto donde desembocaba el trigo.
Terminaba su viaje en el molino
la espiga, transformada en bella harina».
Poesía de la celebración. El poeta tiene veinte años o algo
más. Está en la edad en que hasta los dolores son bellos, y:
«Qué importa recordar que una
vez cerramos la puerta de nuestro cuarto
para llorar con el rostro oculto entre las manos.
El aire, dice que una vez sonreímos por nada,
y que nos conoce, desde ante que supiésemos quiénes somos…»
Me satisface que haya aparecido por lo menos una voz cruda,
exenta de la fatigosa endemia mental que parece perseguir a tanto poeta como
hay en el país. Perfectos padres de familia, buenos imponentes del seguro, a
quien los fantasmas acosan
desde el malhadado
instante en que
se ponen a escribir. Uno olfatea la mentira detrás de
la vacua retórica.
No son desesperados
los cantos de
Teillier, pero no
por eso menos bellos. Él nos dice su verdad y eso es
lo que maravilla.

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