Los titulares de los diarios del kiosko dicen que el cohete con el satélite chileno falló. Se frustró el despegue.
El estallido del cañón
del cerro Santa Lucía me sustrajo de la lectura. Son las doce.
Subí las escalinatas de la Biblioteca Nacional por la
entrada de Moneda, en la galería azul me crucé con la apresurada directora de
la biblioteca, Marta Cruz Coke. Subí al segundo piso y en las afueras del salón
Ercilla estaba reunido un grupo de literatos alrededor de Jorge Teillier, como
si fueran viejos compañeros de curso, niños de escuela.
Entramos y en un mesón de mantel rojo que cruza la sala se sientan Jaime Valdivieso, Jorge Teillier y Jaime Quezada. Al frente de ellos nos sentamos 28 personas, como si fuéramos alumnos. El joven editor nos dice:
—Ahora se va presentar el libro "Jorge Teillier, el poeta de este
mundo" de Jaime Quezada
Enrique Lafourcade se sienta, abre un cuadernito y anota
sin saludar a nadie, como si estuviera enojado. Es un niño difícil. El niño
inquieto de Enrique Volpe, en cambio, mueve la cabeza afirmativamente cuando
algo le parece bien, o comenta en voz alta la elocuencia o el silencio de un
poema, con su vecino de banco, Oreste Plath.
Valdivieso dice que los poemas de Teillier iluminan u
organizan su visión del mundo, y afirma que es bueno que, en este mundo en que
nadie lee, se hagan pequeños libros de bolsillo que explican la esencia de los
escritores.
Teillier tiene su mano izquierda sobre la carpeta roja
posada en el mesón y la mano derecha descansa en el interior de su chaqueta,
detenida como si fuera a sacar la lapicera o una pistola. De repente nos mira
seriamente a los ojos, como hurgueteándonos
Jaime Quezada va a decir ahora que su librito es un homenaje
a Teillier por sus 60 años, y un agradecimiento por que Teillier le publicó su
primer poemario en los años 60.
—Mi libro es un homenaje a Teiller y un agradecimiento.
Quezada está leyendo parte de las 18 páginas de la
introducción a los poemas, cuando entra Poli Delano a la sala con el pelo
mojado peinado como si estuviera saliendo de la ducha. Llegó tarde a la clase.
En eso, dice Teillier:
—Tengo que hablar y no me gusta. Además, Lafourcade dice que
yo hablo con garros.
Me doy vuelta y Lafourcade ya se había ido
—Me obligaron a levantarme a las 6 de la mañana, continúa
Teillier. Estoy viviendo en el campo. Leeré un poema:
Saca su mano de la carpeta roja, la abre, saca unos papeles
rayados y lee:
"...el país está lleno de traidores que buscan un
líder..."
¿Cómo tanto?
“El día del fin del mundo
será limpio y ordenado
como el cuaderno del mejor alumno"
Aplausos, fotos, firmas de autógrafos y recreo-cóctel. Se
forman grupos y conversamos. Me tomé dos jugos de naranjas, salí, bajé las
escaleras.
La Alameda.
Eran las 13, 15 y los titulares de los diarios hablan
todavía del cohete con un satélite chileno que falló.

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