"Que nadie postergue la filosofía por ser joven, ni que nadie se canse de filosofar por ser viejo. Pues nadie es demasiado joven ni demasiado viejo para alcanzar la salud del alma".Epicuro, Carta a Meneceo.
composición dé su "Historia" conviene señalar, en lugar destacado, la autobiografía de una monja del convento de Santa Clara de la Victoria, y gracias a la preciosa diligencia del investigador podemos contar ahora con el texto completo, ya que el original se ha extraviado. El mundo de la realidad y el de la fantasía Úrsula Suárez, la escritora en cuestión (nacida en 1668) sintió, desde niña, nacer en su corazón una irresistible vocación religiosa, alimentada por revelaciones, apariciones y voces. No valieron para ella las súplicas familiares para hacerla desistir de su empeño, tomando el hábito de novicia no más tarde de 1678 y profesan en enero de 1683. "Cuando el conocimiento de sus aptitudes y dé la bondad de su carácter se hubo de fundir entre las monjas, quisieron elegirla por su cabeza y confiarle el gobierno de sus destinos, cuyo honor rehusó por mucho tiempo. Aceptólo por fin vencida par las instancias y las súplicas de sus compañeras, las cuales no tuvieron jamás que arrepentirse de haber puesto sus miras en persona tan cumplida. Durante su período abadesal, hizo mejoras de consideración en el convento, secundada en sus esfuerzos por el obispo de aquella época". Sin embargo, el desempeño de estos cargos: previsora, definidora y abadesa, no le hizo perder su riente y quimérico carácter, así como su natural visionario, conjuntamente ¿con su alma de plena concentración reli giosa. Fueron semejantes condiciones de su cambiante personalidad las que movieron a »u confesor a ordenarle poner por escrito su vida. Sor Úrsula eumplió este mandato más que cabal mente, redactando un documento de gran valor no sólo para el conocimiento de su autora, sino para poder adentrarnos, a través de él, en los pormenores de los claustros y si se quiere para saber inéditos detalles de los usos y costumbres de su siglo. La "Relación de las singulares misericordias que ha usado el Señor con una ¡religiosa, indigna esposa suya" — tal es el título del relato de la monja— otorga a sor Úrsula el privilegio de ser la primera escritora chilena, aunque ella, al escribir su autobiografía, no pensó jamás en hacer obra literaria ni mucho menos alcanzar ningún grado de publicidad con su escrito. ¡Y todo esto en pleno siglo XVII, y en la más apartada de las colonias del mundo hispánico! Aún más, el texto de Úrsula Suárez no tiene interés únicamente por ponerla a la cabeza, cronológicamente hablando, de todas las escritoras del país: esta "Relación" luce con singulares y relevantes atractivos, pues nos muestra a la par el mundo de la realidad y el mundo de la fantasía: ambos mundos fusionados con un encantador desenfado, pues tan pronto su autora nos refiere su vida cotidiana, con minuciosos detalles, como nos hace viajar, en pos de ella, a Arabia y China, con la misma mágica desenvoltura, o nos hace contemplar al demonio (ni más ni menos!) que se columpia dentro del espejo de la celda. El manuscrito de sor Úrsula Suárez —afortunadamente salvado del aniquilamiento par los desvelos de Eyzaguirre, quien tuvo la previsión de copiarlo— bien merecería cualquier sacrificio para sacarlo de su forzado encierro y ponerlo en circulación como libro impreso: se agregaría una joya de alto precio a nuestro tesoro. Braulio Arenas
Los chilenos le debemos un homenaje a Úrsula Suárez (1666–1749),
la primera escritora chilena.
Si somos chilenos de bien.
Úrsula Suárez
vivió desde los 12 hasta los 83 años en el convento de monjas Las Clarisas de
la Victoria, en la Plaza de Armas de Santiago esquina de la calle que hoy,
gracias a ellas, se llama Monjitas.
Su confesor
Tomás de Gamboa le ordenó escribir como penitencia. La abasteció de papel y
tinta. Y Úrsula descubrió el dulce placer de escribir su visión del mundo, sus
sensaciones, sus conflictos y temores. Catorce cuadernos, ciento ochenta
páginas titulado inicialmente “Relación de las singulares
misericordias”, un libro extraordinario.
Úrsula escribe porque le ordenan hacerlo. Mas, ella se
apodera de sus anécdotas. Así, la
penitencia engendró una escritora, la primera escritora chilena.
Fue Braulio
Arenas, Premio Nacional de Literatura, quien iluminó al afirmar que
Úrsula Suárez era la primera escritora de Chile en la revista Qué Pasa de julio de 1976.
Pero la obra de Úrsula Suárez fue recién publicada en 1984 por
la Universidad de Concepción, con excelente prólogo de Mario Ferreccio y con
detallado estudio de Armando de Ramón.
Historiar como se conservó el manuscrito de Úrsula a través
de los siglos sería un guion para una película policial como “El Código da
Vinci” o la novela “El Hombre de la rosa” de Umberto Eco.
Úrsula Suárez usó una estética literaria moderna, fresca, fragmentaria. Su seductor estilo
combina autobiografía confesional, oralidad narrativa, picaresca femenina y
realismo sensorial. Barroquismo.
A veces su personaje de niña traviesa se parece a
“Papelucho” de Marcela Paz, que tal vez la picardía chilena se hereda.
Como dijo Gabriela Mistral de Sor Juana Inés de la Cruz: “la
monja pone la espina en el centro de la rosa...”
Tal vez un realismo mágico colonial cercano a Isabel Allende
de “La casa de los espíritus”. Efectivamente, leo a Úrsula Suárez como una de
las primeras grandes narradoras fantásticas de Chile, con una voz que mezcla
autobiografía, imaginación, humor, erotismo, alucinación, sueño, profecía y
vida cotidiana.
La asociación con María Luisa Bombal, la más grande
escritora chilena, me parece incluso más fértil y con mayor potencial crítico. Lo
recuerda María Teresa Cárdenas: Alone escribió sobre La última niebla y La
amortajada que allí está “la vida; pero también está el sueño”.
Es decir, una narrativa imaginada. La literarura no es un espejo
de la realidad. La gran literatura modela la sociedad.
Úrsula sueña, sueña que muere su padre, don Francisco Suárez.
Signo o símbolo o aliento que evoca al ausente:
“Miré y vi a mi padre en esta cama, enfermo; tenía vela a
la cabecera y demostraba en la cara estar con mucha ansia, como que de
calentura se quemara:
—Taita, ¿está enfermo?
No lo sabía yo.
—Hija, aquí me
estoy abrasando.
—Pues ¿estando yo viva ha de estar con tanto trabajo?:
aunque quedara destituida y me vendiera por esclava para socorrerlo, no sufre
mi amor eso; ya vuelvo.
—¿Quién sino vos, hija, había de aliviarme?
Qué prosa tan viva. Úrsula, me hace enmudecer.
Ustedes lo saben: en literatura, las formas determinan el
estilo. No las buenas intenciones.
“El arte es aquello que permite a las formas convertirse
en estilo” (Jean-Luc Godard, Historia(s) del cine).
Técnicamente, la prosa de Úrsula parece tan hablada, tan
teatral. Hay diálogos, cambios de voz, locuciones coloquiales, giros populares.
Una encantadora sensación de que Úrsula nos está contando sus anécdotas
asombrosas con una suspirada fuerza y potencia. Es un placer escuchar una
memoria de problemas reales, sus ruidos y disonancias que ella reconcilia en
belleza y verdad.
A veces, como “La vida de Lazarillo de Tormes”, Úrsula usó
la picaresca como estrategia del subordinado. Se esperaba sumisión, mas la
monja Úrsula construye un personaje. Ese personaje es una monja traviesa, astuta,
contradictoria, sensual, ambiciosa, celosa, divertida y a veces descarada, sí, muy
desvergonzada. La narradora revela sus engaños, sus tretas literarias, su
peligroso doble filo, sus zumbidos de ironía. Sor Úrsula travesea con las
expectativas del lector, nos da un dulce cándido mientras conserva el control
del relato.
La protagonista atraviesa el mundo negociando con monjas, hombres, confesores, autoridades, familiares y, oh, con Dios mismo. A Dios también le pide inspiración para escribir. No siempre es fácil escribir. Le pide a Dios que le dé gracia para escribir, aunque sufra o no tenga ganas. "Que no me falte su gracia" Es cierto. A veces, sólo hay una resistencia posible para un escritor: tener gracia. No tomarlo tan en serio.
Y Úrsula posee algo encantador y de luz: sentido escénico, sentido
teatral. Se escucha su voz. Ella habla, alguien
le responde, alguien se enoja, alguien intenta engañarla.
Escenas que parecen pequeñas piezas teatrales. Úrsula
encarna su experiencia. La dramatiza. Y eso le da una potente fuerza narrativa. Uno
de sus hallazgos narrativos fue crear un personaje y una sensible tendencia estética.
Convierte la voz de la monja en narración intensa, sensible y apasionada.
Asertivamente, la ensayista de la Academia Chilena de la
Lengua, Adriana Valdés, dijo que Úrsula Suarez era una escritora nata de
sentidos múltiples de lenguaje familiar y vivido. “El relato es dinámico, con
gran presencia de diálogos, con una fuerte carga corporal y sensorial, con
imágenes impregnadas de emotividad y temperamento.”
Tienes tanta razón, Adriana.
Úrsula Suárez
murió a los 83 años, el 5 de octubre de 1749, en su convento.
Murió una
estrella. Un árbol bien plantado.
Úrsula cumple 360
años y está tan joven.
¿Qué más decir?
Me pregunto, por último ¿Dónde está la tumba de la escritora
Úrsula Suárez?
Tal vez Úrsula, extendida en un cajón, fue sepultada en la fresca y callada cripta de la
iglesia, como era usual. El lugar de comunión de los santos. Pero en
1821, las monjas Clarisas se mudaron de su calle Monjitas. Ese año Bernardo
O´Higgings dictó la ley de Cementerio General; a él quizás fueron los restos de
Úrsula.
No hay una tumba donde dejarle una flor a nuestra colega
Úrsula.
Ni una placa simbólica.
Eso deberíamos enmendar hoy, si somos chilenos de bien.
La colonia: tiempo estancado.
Tiempo fundacional, siglo XIX.
Tiempo de integración, fines del siglo XIX y comienzos del XX.
Tiempo de transformación, 1930-1973.
Tiempo globalizado, 1974...
El profesor Bernardo Subercaseaux no escribe adocenado, ni complaciente con los lugares comunes y las dudosas jerarquías culturales.
ESCENIFICACIÓN DEL TIEMPO HISTÓRICO NACIONAL.
Bernardo Subercaseaux
La ordenación cronológica que hemos realizado de las
lecturas y resignificaciones de La Araucana en Chile, desde fines del siglo
XIII hasta el presente, se inscribe en el marco de las vivencias colectivas del
tiempo histórico nacional, categoría que permite entender los procesos culturales
en relación dinámica con la sociedad, la política y las distintas corrientes de
pensamiento. Vale la pena, entonces, explicar en este anexo, con cierto
detenimiento, lo que entendemos por el concepto de vivencia colectiva o
escenificación del tiempo histórico nacional, como también la periodización a
que este concepto da lugar.
Teniendo en cuenta la experiencia colectiva del tiempo (y en
el marco de una sociología de la temporalidad) pueden distinguirse en Chile y
América Latina, desde la Colonia hasta el presente, distintas escenificaciones
del tiempo histórico nacional. Luego del tiempo colonial -un tiempo estancado-,
un tiempo que remite siempre a algo distinto de sí mismo, un tiempo según la
élite decimonónica enclaustrado, que no cabe considerar como nacional, pueden
señalarse cuatro modalidades de vivencia colectiva del tiempo histórico: el
tiempo fundacional, a comienzos del siglo xıx, en el periodo de la
Independencia y gran parte del siglo XIX; el tiempo de integración, en el
periodo de entre siglos, hacia fines del xıx y comienzos del xx; el tiempo de
transformación, desde la década del treinta hasta la del setenta, y el tiempo
globalizado, en las últimas décadas, a partir de 1974, en Chile.
La Nación (Buenos Aires), el 17 de abril de 1932.
Su epopeya tuvo ese pueblo, una merced con que el conquistador no regaló a los otros, el apelmazado "bouquin" de Alonso de Ercilla, que pesa unos quintales de octavas tan generosas como imposibles de leer en este tiempo.
Cualquiera hubiera pensado que un pueblo dicho en poema épico, referido elogiosamente por el enemigo, exaltado hasta la colección de clásicos españoles, sería un pueblo de mejor fortuna en su divulgación, bien querido por las generaciones que venían y asunto de cariño permanente dentro de la lengua. No hay tal; la intención generosa sirvió en su tiempo de reivindicación —si es que de ese sirvió—, pero la obra se murió en cincuenta años de la mala muerte literaria que es la del mortal aburrimiento, la de disgustar por el tono falso, que estos tiempos sinceros no perdonan, y de enfadar por el calco homérico ingenuo de toda ingenuidad.
Lástima grande por el cantor, que fue soldado noble, pieza de carne dentro de la máquina infernal de una conquista, y más lástima aún por la raza que pudo vivir, hasta sin carne alguna, metida en el cuerpo de una buena epopeya, que no le quedaba ancha, sino a su medida.
El bueno de Ercilla trabajó con sudores en esa loa nutrida de trescientas páginas, compuestas en las piedras de talla de las octavas reales. Cumplió con todos los requisitos aprendidos en su colegio para la manipulación de la epopeya; masticó Ilíadas y Odiseas para reforzarse el aliento, e hizo, jadeando, el transporte de la epopeya clásica hasta la Araucanía del grado 40 de latitud sur. Tan fiel quiso ser a sus modelos, según se lo encargaron sus profesores de retórica; tan presente tuvo sus Aquiles y sus Ajax, mientras iba escribiendo; tan convencido estaba, el pobre, de que la regla para el canto es una sola, según la catolicidad literaria, que se puso a cantar y contar lo mismo que Homero cantó a sus aqueos, a los indios salvajes que cayeron en sus manos.
Bastante pena se siente de la nobleza de propósito y de la artesanía desperdiciada. "La Araucana" está muerta y sin señales de resurrección dichosa, aunque me griten: "¡sacrilegio!", los letrados ancianos, y por ancianos inocentones y pacienzudos, que la leen aún y la comentan en Chile —que en España y América a ninguno se le ocurre ya comentarla ni leerla—. Tocada por donde la tañan, no suena a plata cristalina de verdad; responde como esas campanas de palo que hacía cierto burlón. Menos que sonar gayamente, echa la pobre aquellas sangres tibias que manan todavía tantos libros viejos cuando se les punza cariñosamente. Manoseada por el curioso del año treinta y dos, nuestra "Araucana" se nos queda en la mano como un pedazote de pasta de papel pesada y sordísima.
No importa el mal poema: la raza vivió el valor magnífico; la raza hostigó y agotó a los conquistadores; el pequeño grupo salvaje, sin proponérselo, vengó a las indiadas laxas del continente y les dejó, en buenas cuentas, lavada su honra.
Para Tess
En el Estrecho, el agua está agitada, como dicen aquí.
Está bravo, y me alegro de no estar ahí.
Me alegro de haber pescado todo el día en Morse Creek,
lanzando de un lado a otro un señuelo rojo.
No pesqué nada. Ni siquiera una picada.
Pero no importó. Estuvo bien.
Llevaba la navaja de bolsillo de tu padre
y durante un rato me siguió una perra
a la que su dueño llamaba Dixie.
A veces me sentía tan feliz
que tenía que dejar de pescar.
En un momento me tendí en la orilla,
cerré los ojos y escuché el agua
y el viento entre las copas de los árboles.
El mismo viento que sopla en el Estrecho,
pero otro viento también.
Por un rato incluso me permití imaginar
que había muerto.
Y estuvo bien.
Al menos durante un par de minutos.
Hasta que lo comprendí:
Muerto.
Mientras yacía allí, con los ojos cerrados,
justo después de imaginar cómo sería
si de verdad no volviera a levantarme,
pensé en ti.
Entonces abrí los ojos.
Me levanté.
Y volví a ser feliz.
Te estoy agradecido, ¿sabes?
Quería decírtelo.
El poema fue incluido en All of Us: The Collected Poems (1998).
Vozinha, a los cuarenta años, ha llegado a Santiago de Chile.
Hoy es un arquero famoso, que goza de su estrella tardía.
Como fan del fútbol, entiendo su alegría y la de los
hinchas.
Porque el tiempo no borra todo, recuerdo el día domingo 10
de junio de 1962. Arica. Era un día esplendoroso. Rayos de sol iluminan a los
20 mil chilenos en el Estadio Carlos Dittborn de Arica.
Yashin en el arco. Lev Yashin. Un impresionante metro ochenta
y nueve. Vestido de negro, boina de visera corta.
Guantes negros. La famosa araña negra que llega a todos los rincones del arco.
Cuartos de final del campeonato mundial de fútbol.
Minuto 11. Leonel Sánchez lanza un tiro libre. Un zurdazo
imparable. Gol.
La Unión Soviética empata. Luego Eladio Rojas hace el gol de
la victoria. Yashin se estiró y miró cómo la pelota cruzó la línea. 2 a 1.
Desde el fondo de mí, aún rememoro la emoción de un niño inmensamente feliz. Éramos muy felices. Yo tenía 9 años y vi el partido con mis vecinos en el salón parroquial de la iglesia de mi barrio. El párroco buena onda, había comprado un televisor y lo puso en alto del salón. Y ese día, como era domingo, nos surgió el deseo pasional, ese deseo que surge de nuestra naturaleza infantil, un deseo que emanó del gozo y la alegría, de jugar una larga pichanga con mis vecinos.
Caído el arquero Yashin, como una ligera hoja negra, como si un
fuego lo quemara por dentro, Yashin tal vez lloró apoyado en la ventanilla del
avión que lo llevó de vuelta a su Moscú natal.
“Fue triste, doloroso, amargo”, dijo después Yashin.
Allan Starodub de la agencia soviética TASS, uno de los tres periodistas soviéticos en Arica, inventó un incomprensible chivo expiatorio.
Envió hacia Moscú un telegrama ominoso sobre el camarada Lev
Yashin.
El telegrama decía:
"Yashin tiene la culpa de la derrota, por haber
encajado dos goles fáciles y haber condenado así al equipo a la derrota".
Fue un asesinato de imagen o daño a la reputación. Una muestra de cómo el lenguaje conforma una pesada
realidad.
La televisión aún no transmitía a distancias tan largas. Nadie había visto el partido en Moscú. Pero eso no importó, Inmediatamente, el veredicto del periodista parecía indiscutible,
definitivo e irrevocable.
«Yashin es el culpable de la derrota de la selección.»
Yashin llegó al aeropuerto Sheremetyevo de Moscú envuelto en las llamas, en el humo de las chispas de su fanaticada.
En Moscú, la hinchada trató a Yashin como un traidor.
¡Qué inmenso dolor!
En Moscú, el portero Leiv Yashin fue funado: en las gradas
del Dínamo de Moscú, fanáticos que no habían visto el partido, lo recibían con abucheaos,
silbidos, insultos y exigencias de que Yashin se retirara; aparecieron grafitis
ofensivos en su edificio y en su coche; y una vez le arrojaron una piedra a
través de la ventana.
Miserables, desagradecidos.
Yashin nunca se rindió. Fue estoico, aguantó el dolor, sin
perder la calma.
Un día, recibió dos
buenas noticias, que confirmaron el dicho: “nadie es profeta en su tierra.”
Los editores del famoso semanario francés France Football le entregó a Yashin el Balón de Oro, el mejor
arquero del mundo.
En 1963 fue
invitado a jugar en el "Partido del Siglo", dedicado al centenario
del fútbol inglés, un encuentro entre la selección nacional de Inglaterra y el
"Equipo Mundial", un equipo compuesto por los mejores jugadores del
mundo.
Lo invitó un
hombre digno, un hombre correcto, el chileno Fernando Riera, quien había sido
nombrado entrenador del equipo del mundo.
Fernando Riera fue
el entrenador de nuestra selección chilena en el Mundial de 1962. Riera fue el espectador más atento de aquel partido que tanto sufrimiento
le causó a Yashin. Y fue la actuación en Arica contra nuestro equipo, los gloriosos chilenos
del 62, lo que convenció a Fernando Riera de elegir a Lev Yashin al equipo
mundial.
Fernando Riera dijo de aquel partido en Arica:
«Yashin jugó
impecablemente, y ningún otro portero podría haber parado los dos goles.»
Así, Lev Yashin deslumbró en el estadio de Wembley durante
el histórico partido entre Inglaterra y la Selección del Resto del Mundo.
El gran Lev Yashin volvió lleno de gloria a Moscú.
Entonces, la hinchada de Moscú, esos miserables desagradecidos,
se subieron al carro de la victoria.
En el aeropuerto Sheremetyevo de Moscú lo recibieron con flores
y pancartas.
Porque es una cosa leve, alada y sagrada el poeta, y no está en condiciones de poetizar antes de que esté endiosado, demente, y no habite jamás en él la inteligencia. Mientras posea este don, le es imposible al hombre poetizar y profetizar.
Platón , Ión o de la poesía
La presencia de Ernest
Hemingway en La Habana, Cuba, es irrefutable para un vagamundos. En "La
Bodeguita del Medio" bebo con Roxana Vittier el mojito (ron con menta y
azúcar) que Hemingway bebía. Roxana me dice, con esa sonrisa irónica que me
desconcierta siempre: Bébete un Hemingway especial. (una medida amplia de ron,
un dedo de jugo de toronja, medio limón verde exprimido, batido y servido bien
frío). Mientras bebo el especial observo en las paredes las fotos del Macho-man
con los actores Errol Flynn y Spencer Tracy.
Todos los lugares donde
Hemingway zarandeó son hoy una estación turística. Por ejemplo, Hemingway ocupó
de 1932 a 1939 la habitación 511 en La Habana Vieja, en el hotel Ambos Mundos.
Adivine: esa habitación es un museo.
Por la tarde comenzaron
unos truenos luminosos. Íbamos al museo de Hemingway, en la Finca Vigía, a 15
kilómetros de La Habana, en el barrio de San Francisco de Paula. Alcanzamos a
ingresar al museo antes de un chubasco tropical. Hemingway compró la finca en
1940 y la compartió con su cuarta mujer, Mary Welsh, sus 4 perros y sus 57
gatos. El Museo Hemingway está igual que cuando él la dejó en 1960. Incluye
-además de los descendientes de sus gatos- 9.000 libros, 500 discos de vinilo,
objetos personales, trofeos de caza y su famoso yate El Pilar.
En 1932 un huracán dejó
aislado el barco de Ernesto Hemingway. Gregorio Fuentes, un pescador nacido en
las islas Canarias, lo rescató. En el año 1936 le pidió que se hiciera cargo de
su yate y fuera su guía de pesca.
Durante la II Guerra
Mundial por las cayerías de Cuba, submarinos alemanes torpedeaban los mercantes
norteamericanos que transportaban materias primas para fabricar armamento en
Estados Unidos. Hemingway y Gregorio Fuentes pintaron de negro El Pilar, lo
armaron con una ametralladora y se fueron a cazar submarinos. En el barco
viajaba, entre otros, un radiotelegrafista de la embajada norteamericana. Desde
El Pilar, por radio, avisaban a la aviación americana cuando veían un
submarino.
Al otro día emprendemos
en un taxi un corto viaje a Cojimar, villa marinera, a unos 15 kilómetros de La
Habana, el puerto de amarre de El Pilar. Aquí el escritor conoció a los
pescadores que en botes de remos, con botellas de agua, azúcar y galletas,
salían al mar para pescar con sedal, peces que en ocasiones excedían en tamaño
a sus embarcaciones. Gregorio Fuentes y Ernest Hemingway se sentaban en el bar
La Terraza a mirar el mar y a beber mojito.
"Si usted tiene
suerte puede encontrar a Gregorio Fuentes sentado en el bar fumando un
habano", me dijo un taxista muy chismoso. "Gregorio tiene 104 años y
es parte de nuestro patrimonio nacional, como los Cadillacs de los 50 o El
Malecón de La Habana donde los queridos se besan". Roxana de nuevo sacó su
sonrisa acre.
Llegamos a la Calle Real
y en una esquina está La Terraza de color amarillento.
Entramos, nos sentamos,
miramos el mar. La brisa era fresca, húmeda, evanescente. Le pedimos mojitos a
un garzón mulato.
Aquí estábamos: mirando
el mar y tomando mojito. Se está bien aquí, pensé. Se está bien aquí con Roxana
y su sonrisa mordaz que me descoloca.
Yo estaba seguro de que
aparecería Gregorio Fuentes.
La leyenda dice que
Fuentes es el alter ego del Viejo Santiago, de la novela El Viejo y el Mar. El
mismo ha entregado versiones-mitos: una vez navegaban por Pinar del Río y
vieron a un bote con un viejo y un niño. El longevo luchaba con pez espada
enorme, más grande que su bote. Lo fueron a auxiliar. Cuando se acercaron el
viejo empezó a gritar: "Americano, hijo de puta, váyanse de aquí".
Hemingway le dijo: "No le hagas caso". Cuando se alejaron dijo:
"Voy a escribir un libro sobre esta historia".
De todo se puede dudar.
De lo que no dudo es que el viejo Gregorio conoció a Hemingway mejor que sus 4
esposas.
Años cincuenta. Hemingway
era un superstar. Pero sus obras sufrían el ácido de la crítica. Su editor le
devolvió algún manuscrito impublicable. Mas le gustó la historia de un viejo
cubano y su dramática historia, los 84 días en alta mar obsesionado con atrapar
un pez espada.
En 1952 se publicó en
Life El Viejo y el Mar. Fue un
éxitazo. Los críticos hablaron ahora de un clásico. El Viejo y el Mar ganó el Premio Pulitzer. En 1954, Hemingway
conquistó el premio Nóbel. Esa distinción se la dedicó a los pescadores y la
medalla del premio la depositó ante la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona
católica de Cuba.
La última vez que
Gregorio vio Hemingway en 1960 le habría dicho: "Cuide de mi Pilar".
Entonces, volvió a su
patria y se suicidó al año siguiente.
De este suicidio, por
respeto a los muertos, no podemos ya dudar.
Tampoco vacilo en creer
que el escritor, en el testamento, le dejó a Gregorio el yate El Pilar. Creo
que fue un acto de hermandad.
Pero Gregorio no podía
garantizar la seguridad del barco. Dice que habló con Fidel Castro cuando fue a
conocerlo. Lo que es cierto es que al poco tiempo el comandante mandó una grúa
y un camión y se lo llevaron. El barco en el que pescó agujas y "cazó"
submarinos alemanes con Gregorio Fuentes se sienta ahora en la Finca Vigía, en
su patio, entre helechos, árboles de mango y los hijos de sus gatos. Esa es la
verdad.
Nos habíamos bebido
varios mojitos y miramos muchas veces el mar.
Ya estábamos un tanto
cufifos.
Pero Gregorio, mi súper
héroe, aún no aparecía por La Terraza.
El moreno garzón del bar
me sacó abruptamente de mi ingenuidad.
"Gregorio es un
viejo que no sale nunca", me dijo crudamente el moreno, cuando le pregunté
si Gregorio había ya bajado a tomar mojitos y a mirar el mar.
Lo que más me desconcertó
fue la sonrisa de Roxana, tan cubana.
Volvemos a La Habana y en
"El Floridita" libamos, casi por obligación, el Daiquiri. Otra bebida
del gusto de Papa Hemingway.
Crítico y Profesor universitario de Perú.
Omar Pérez Santiago (Santiago de Chile, 1953) acaba de
publicar Nefilim en Alhué y otros relatos sobre la muerte, un libro brutal y
contundente de cuentos sobre la presencia de la muerte. Se trata del horror
metafísico a la muerte, de la muerte real, la muerte simbólica, pero también de
las muertes provocadas por sistemas políticos autoritarios
. Este último elemento resulta poderoso sobre todo en el cuento que da título
al libro ya que se narra bajo formas fantásticas. En todos los relatos el eros
está presente, es decir, amor y muerte están unidos. Muchos de los personajes
pertenecen a la tribu gótica o metal, es por ello que las atmósferas son
también oscuras, pero también sirve para graficar a una generación de ruptura
con los valores positivos de la sociedad conservadora y autoritaria: en una
sociedad en donde imperó la muerte, ésta termina por contaminar y convertirse
en “parte de”: el horror está de moda (como en un film de Kurosawa) porque la
sociedad, las autoridades políticas terminan por actualizarla.
En el prólogo se dice que “A veces la muerte es ausencia de justicia. Un país
cualquiera sin justicia, es un país dominado por la muerte…” (7). Esta idea es
clave ya que el libro está envuelto por lo negro, oscuro y funesto (si cabe el
término). De otro lado, queda en claro la línea política que sigue el libro.
De los nueve relatos que integran el libro, tres se adentran en lo fantástico y
los seis restantes, bajo códigos realistas. En “Los interfectos del Valle de
Elqui”, se narra la ausencia de la mujer amada que provoca un vacío en el
narrador: el recuerdo es más terrible, más aún cuando él la ve en escenas
eróticas por medio del mundo virtual, como un acto de venganza. “Animita de
facebook”, una muerte accidental provoca reacciones disímiles en el grupo de
amigos de la víctima. En el velorio uno de los amigos señala: “Tu muerte no
quedará impune […] Yo personalmente no descansaré hasta saber la verdad. Así
como luchamos para que no quedaran impunes los crímenes de la dictadura” (29).
“Muñeca rota” vuelve con el tema de los desaparecidos en fosas comunes. Años
después una hija recupera los restos óseos de su padre (o lo que queda de él)
en una bandeja de metal. La ausencia del padre genera no solo un vacío afectivo
sino también un trauma en la protagonista pues no puede rehacer su vida
amorosa. En “Ya no abusarás de mí” un parricidio se convierte en objeto de
reflexión sobre la condición humana. “Old Singer” expresa cómo el individuo
termina claudicando en sus ideas, valores, “Vanguardia Veteranos del 70” narra
los viejos sueños de viejos poetas en el fracaso absoluto. Llegamos así a los
tres textos fantásticos.
“Anette Jensen” narra la conversión de una joven intelectual en una diosa de
las misas negras, por la cual, Anette se cobra venganza, sobre todo, de la
traición amorosa, además del desplazamiento simbólico como intelectual frente a
su antiguo novio Stefan. Si bien hay otros elementos que enriquecen el cuento
(el ambiente “estructuralista” del mundo universitario, el poder de los medios
de comunicación), la mujer es representada como ser maldito, vengativo,
integrada al tópico de la mujer monstruo. “Ten más modestia, muerte”, sigue la
línea anterior: nuevamente se narra un rito que busca victimar al antiguo
amante, como forma de cobrarse venganza. Todo indica –al igual que el texto
anterior– que hay una secuencia lógica de causalidad (no comprobada), pero a
diferencia del texto anterior, acá llega la muerte, pero termina llevándose a
otra persona.
Finalmente, “Nefilim en Alhué”, es una pequeña obra maestra. Bajo formas
fantásticas, el autor se vale para narrar una alegoría de los sistemas
dictatoriales autoritarios en Chile [y Latinoamérica]. No se trata solo de una
historia de zombies, aquelarres, rituales satánicos, torturas, crímenes y
violencia [como un film de serie B], sino sobre todo de la ambición del poder
humano que termina por transgredir los valores sociales, morales, de la
sociedad. El nivel alegórico es más que impresionante. No os cuento la línea
argumental, pero si señalo mi fervor incondicional por un tipo de literatura
fantástica que no solo entretenga [lo cual es más que una virtud] sino, además,
sirva para reflexionar sobre nuestra realidad [sospecho que un texto como éste
está fuertemente anclado más acá que allá].
La muerte –como en el prólogo– no es solo ausencia de justicia, sino también
ausencia de memoria (social, histórica). Libros como Nefilim en Alhué y otros
relatos sobre la muerte, inducen al lector, no al olvido, a la mera “evasión”,
sino a la memoria. He ahí su principal virtud.
* * *
Elton Honores: Investigador, crítico literario y
profesor universitario. Egresado de la Maestría en Literatura por la
Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Su principal campo de investigación
es la literatura fantástica. Publica y participa como ponente en diversos
medios y eventos académicos nacionales e internacionales. Ha publicado: Mundos
imposibles. Lo fantástico en la narrativa peruana (Lima: Cuerpo de la Metáfora
Editores, 2010. 255 pp.). Es coantologador de Los que moran en las sombras.
Asedios al vampiro en la narrativa peruana (Lima: El lamparero alucinado, 2010.
276 pp.) y Coordinador de Lo fantástico en Hispanoamérica (Lima: Cuerpo de la
Metáfora, 2011. 291 pp.).
"No
conoceré el miedo. El miedo mata la mente. El miedo es el pequeño mal que
conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí
y a través de mí. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su
camino. Allí por donde mi miedo haya pasado ya no quedará nada, sólo estaré
yo." –
"Letanía
Bene Gesserit contra el Miedo"
Dune 1965 Frank Herbert
La escritura, generalmente retratada como esencia vital, como esencia fundamental de la cultura, pero también como enfermedad y, finalmente de la enfermedad a la muerte, tal como lo afirma Bolaño en enfermedad + literatura = enfermedad. Sin ir más lejos recuerdo que caí al psicólogo por haber escrito un diario de vida, en realidad, por la lectura de mi madre hacia singulares pero cotidianas experiencias, mis miedos (mis escritos) se transformaron repentinamente en enfermedad, lo que en un principio fue un bloqueo, una tranca frente al papel, pero que, favorablemente, en un futuro se tradujo en poesía, el terror hoy está en todos lados, gracias al uso del internet, lo encontramos en notas de Facebook o entradas de blog, como un grito de ayuda al ciberespacio y sus lectores incógnitos. Hoy en día las amenazas de muerte son grabadas en celular, el miedo se presenta, por ejemplo, bajo una mesa en un jardín de párvulos de Tijuana o en La Legua, mientras la profesora canta una canción del dinosaurio rosado Barney y las balas de narcos y policías silban por las ventanas. El miedo es descrito rápidamente como estado de ánimo, transformados en twitteos, Incluso el más antiguo, el miedo a tener los dientes tan amarillos como la misma muerte, o sea, a envejecer y en resumen morir, proceso detenido en una foto de unos 20 años atrás -siempre jóvenes en un mundo virtual-.
El terror,
la primera palabra que leemos en el título del libro es la esencia suprema del
miedo, el terror a un monstruo innombrable, como salido de un cuento del
escritor norteamericano Lovecraft, que, sorpresivamente, en un giro, es la
propia raza humana o el futuro decadente de ésta. Miedos terrenales y miedo a
lo desconocido, de ambos podemos leer en el libro de Omar Pérez Santiago, miedo a
la naturaleza, el miedo a los seres extraterrestres, pero también a terrestres
que habitan nuestros pueblos (todos miedos a lo desconocido, al menos yo no sé
cómo piensa un director de Monsanto o cuando vendrá el próximo terremoto),
monstruos cercanos que envenenan nuestras periferias, colocan barreras y
apresan el cuerpo en cárceles, la mente en escuelas y universidades, tal como
en la novela “Ayer” de Juan Emar, el miedo conservador a lo nuevo, a lo
diferente, el miedo que nos acecha desde el poder cruzando la Alameda y
acercándose a la Moneda , el miedo al cuco, al hombre de arena, al viejo del
saco -que son siempre el mismo-.
En un
cuento del siglo XIX ; “El Hombre de Arena” de Hoffmann; su novia
“Clara” representa la racionalidad, trata de quitarle peso a los miedos
del joven protagonista, es tu imaginación -le dice-, son
tus traumas de niñez, pero qué sucede cuando esos miedos se acercan desde
la propia historia descarnada, desde las calles, desde la familia, esos miedos,
así como en la Alemania del siglo XIX, así como en el pasado y presente
de este país legado de Pinochet, en el cual el autor se presenta como testigo,
finalmente desde los vicios de la propia sociedad, como Aleister el
nigromante, el enemigo “familiar” del cuento que le da nombre al libro y
que presentamos el día de hoy Nefilim en Alhué y
otros relatos sobre la muerte, personaje macabro que actúa -
impunemente - con sus zombis extraterrestres, que, paralelamente, fuera del
libro intentan el día de hoy colocar una cárcel, en el pueblito, destruyendo la
vida (al menos como sus habitantes la conciben) de manera impune, de forma
secreta, ofuscada, pero, tristemente, evidente .
El miedo es
un sentimiento primario, le permite al soldado actuar con rapidez, el miedo se
convierte en un factor eficaz para la supervivencia, nos mantiene alertas, sin
embargo, lo importante es no quedar paralizados en el terror, lo importante es romper
nuestros temores, salir a la calle, hacer dedo en la avenida de la muerte –en
la que un personaje del libro termina- . Omar Pérez nos presenta un catálogo de
cucos, un catálogo de sospechas, que, aunque lleno de invocaciones mitológicas
y evocaciones folclóricas de la cultura popular Latinoamericana, se encuentran
a la vuelta de la esquina, acechándonos, unos cuentos que están llenos de
sangre, drogas, sexo y rock and roll, un libro con banda sonora donde la sangre
salta al ritmo del Agro Metal de Korn, donde una misa negra se lleva a cabo con
un fondo Death Metal, donde pasamos las penas con Only You de los Platters o
donde los poetas fracasados de los ‘70 ceban vino al ritmo de Janis Joplin.
Lo
importante como buenos lectores o detectives -que puede ser lo mismo- y a lo
que se nos invita, aparte del placer de la lectura, es a identificar al
asesino, a la ausencia de justicia como dice el prólogo, a que los
cadáveres no queden apilados en las calles como árboles de Navidad. La
invitación -como dije- puede ser divertirse, pero también estar alertas. La
invitación de leer Nefilim en Alhué es la de ir a la esquina
y descubrir al asesino.
He tenido la suerte de leer casi todo lo que ha
escrito y hace unos pocos años -en el marco de una Feria del Libro de Santiago-
participe en la presentación de su ensayo Escritores de la
Guerra. De modo que ahora, en esta última semana, mientras leía el
volumen de cuentos que bautizamos esta noche he podido cavilar sobre un hecho
esencial: los temas sobre los cuales hemos conversado con Pancho a lo largo de
estas tres décadas, están aquí, las obsesiones, los fantasmas, los demonios que
asedian a un escritor regresan inevitablemente a visitarlo. Es el eterno
retorno a imágenes y situaciones que vivimos pero que ahora, en el lenguaje,
emergen rodeadas de un aura especial, irradiando colores y facetas desconocidas.
Reaparecen con mayor fuerza, con toda su pasión a decir: No quieran ignorarnos,
porque todo ésta vivo.
El volumen de cuentos, que aparece bajo el
sello de Mago editores, lleva por título Nefilim en Alhué, y ya desde la
primera página Omar Pérez Santiago deja constancia de la intensidad y la
eficacia de su prosa. En un lenguaje vital, conciso y directo, con frases
cortas a lo Hemingway y sin quitarle el poto a la jeringa porque el tema así lo
requiere nos ofrece un relato que pinta de modo implacable las condiciones de
vida de seres que quizá puedan parecernos difíciles de identificar, con algo
de aliens, pero que sin embargo reflejan en sus motivaciones, su
lenguaje y sus búsquedas a la mayoría de la gente de este pueblo. Perfectamente
podrían ser nuestros vecinos, amigos o parientes. La angustia existencial, el
descarnado erotismo y la falta de horizonte son una característica de todos
aquellos que no son y nunca serán, winners en el país de hoy.
Si estos cuentos aparecieran bajo la firma de Charles
Bukowski seguramente a nadie llamaría la atención: sería normal. Sin ir tan
lejos pienso en otro escritor chileno -Armando Méndez Carrasco que en su novela
Chicago Chico despliega personajes y situaciones en una ciudad casi
esperpéntica, vidas asediadas y limítrofes. Una novela conocida solo por
“entendidos” que paso casi desapercibida pero sin embargo hoy se re-edita y se
descubre como un verdadero valor de las letras nacionales, porque la remilgada
crítica de la época prefería destacar a un José Donoso o un Jorge Edwards.
Como decía los tiempos han cambiado y hoy nos
encontramos a mitad de camino rumbo a territorios desconocidos y palabras como
neoliberal, globalización, cibernética, chateo, facebook, twittear y realidad
virtual se han vuelto inevitables para mencionar nuestras actividades
cotidianas. El país también ha cambiado y a raíz del Boom económico mucho se
miran al espejo y casi no se reconocen en esta nueva imagen de jaguares
latinoamericanos. Sin embargo allí afuera, en las calles campea la delincuencia,
el abuso, un odio latente que se expresa en las aulas estudiantiles, si hasta
conducir un vehículo resulta mucho más peligroso, el lenguaje citadino también
se ha subvertido, surgen nuevos vocablos, antes se decía gañan, roto, hoy es el
chanta, el flaite. Y Santiago ha perdido ese aire pechoño y provinciano que
tenía y se ha vuelto una urbe cosmopolita, basta con asomarse cualquier día a
la Plaza de Armas para encontrarse con toda laya de extranjeros. Y esto
significa que lo periférico, lo aledaño ha devenido el centro y por ende no nos
debe extrañar que surjan nuevos personajes y se mencionen lugares
inverosímiles, que un estudiante mapuche conozca por el chat a una chica
aymará y muy luego tiren bajo las estrellas en un lugar tan ajeno a la
literatura como Combarbala.
Y para recordarnos como es nuestro pueblo y las cosas
que aquí han sucedido antes de convertirnos en este paraíso plástico viajando
exitosamente rumbo al futuro ahí nos entrega el último relato, el que da título
al libro: Nefilim en Alhue
Y Alhué es un pueblo de demonios, de fantasmas,
de seres que no trepidan en causar daño. En Alhué eso es normal, y por tanto un
tío cualquiera puede deshacerse de su familia, torturar a la sobrina, dejar
cadáveres tirados en las calles, o retirar cadáveres del cementerio. Tiene un
poder inaudito y lo utiliza para dejar claro a los semejantes que en Alhué no
existe otra justicia que aquella que detentan quienes siempre han tenido un
buen pasar. Sería una injusticia hacerle justicia a los que siempre la pasan
mal.
Otra característica de los tiempos que vivimos
es que ha desaparecido el concepto de prójimo. Hoy gana el winner, el más
fuerte, aquel que ésta dispuesto a pasar por encima del débil. Hoy día estamos
dejando ser humanos pa5ra convertirnos en seres de éxito en un Alhué que
dirigido por los nefilim se ha internado en los pantanos de la ignominia.
De todo esto da cuenta el excelente volumen de
cuentos de Omar Pérez Santiago.
La Chascona, Santiago. Chile
Junio 2011
La segunda sorpresa fue la lectura del libro mismo. Y cuando
ustedes hagan la suya, no tengo dudas que también serán sorprendidos como lo
fui yo. En estos relatos, Pérez Santiago se enfrenta sin ningún empacho, desde
el mero comienzo, de la manera más frontal posible, con el quizás más prístino
e incansablemente recidivo sujet de todas las literaturas
habidas y por haber. Me refiero a Thánatos –en este caso más exactamente a su
brazo femenino, a Ker, la vieja señora amante de los finales sangrientos- y por
ende, me estoy refiriendo también a Eros, su alter ego, tan viejo y
tan activo como ella. En la lectura de este libro volvemos a ser testigos del
convulso pas de deux con que ellos nos fascinan y aterran
desde mucho antes que el mundo se nos revelara como redondo.
Pero a diferencia del trato casi siempre estetizante con que
a lo largo de los siglos, innúmeros otros autores se han ocupado de este
incansable par de veteranos, Omar Pérez Santiago, al echar mano de los
servicios poéticos del par, renuncia aquí a cualquier compromiso elíptico en su
mención o en su utilización. La línea narrativa que cruza los diez cuentos de
su libro está trazada con sangre pura, sin aditamentos saborizantes ni
aromatizantes. El autor nos muestra la perenne laboriosidad de las Keres en vivo
y en directo, sin los filtros de algún piadoso y pudoroso tropo literario, sin
luces indirectas ni bronces con sordina. Nada de eso. Lo que nos hace ver
no son las imágenes diferidas de escenas y escenografías de las teatralidades
de una Catrala folklórica, lejana y en tercera persona, sino las de la vieja y
siempre joven dueña de la guadaña violenta, en cuerpo desnudo y presente, al
alcance de nuestra mano y nosotros de la suya.
|
Junto a
ella, decíamos, también Eros cumple con lo que le es menester, pero en las
páginas de Pérez Santiago en ningún momento, ni por asomo, él se nos aparece
en sus rubicundas formas infantiles de querubín arquero renacentista
flechando a una Psique etérea y enamorada con saetas enmieladas, sino en la
imagen directa de una bragueta abierta, con todas sus frustraciones a la
vista, en bruta cacería mayor, en búsqueda de un improbable desahogo a través
de la libación de flores angustiadas que, en todos los casos, resultarán ser
venenosas y carnívoras. |
Omar Pérez Santiago en sus relatos obliga a la muerte y al
sexo a ofrecernos una danza macabra, sin ningún propósito evangelizador de
belleza, ni mucho menos con la intención de provocar agrado. Es un baile en el
centro del séptimo círculo, bajo haces de luz negra. Es la banda sonora de una
película porno. Es la estridencia sorda de ventosidades ginecológicas con
chorreos proctológicos que explotan en primer plano. Es el frenesí orgásmico de
eyaculaciones de esperma, sangre, moco y baba que apuntan a nuestro rostro.
Pérez Santiago ha hilvanado estos relatos con la plena potestad y toda la
sórdida relojería de un hechor minucioso. Sus cuentos ocurren al interior de un
lenguaje no pocas veces de dura y difícil digestión. Ello están estructurados
como escenas de un treatment cinematográfico, y así también es
como se leen: como un preguión de George Romero o John Carpenter, con generosos
aportes lúbricos de Marco Ferreri.
Los nefilim de Omar Pérez Santiago no son
maléficos gigantes celestiales, sino los reflejos de nosotros mismos mirándonos
desde los espejos deformantes de esta feria de compra y venta de almas y
vanidades en que ha devenido esta modernidad nuestra. Pérez Santiago cumple con
estos designios suyos de llamado de atención sobre la parte oscurita de este
muy burgués orden de cosas, sin dar pausas de aliento al lector. Desde “Los
interfectos del Valle del Elqui”, el primer cuento de esta selección, hasta
“Nefilim en Alhué”, el último, el tempo de lectura es un crescendo
molto que culmina literalmente con un terremoto grado 8,9 en la escala
Richter. Después, el silencio espectral que sucede a los aquelarres.
Esta, su voluntad de obligarnos a mirarnos en nuestras
insanas oquedades de zombis con RUT, tarjeta Bip y derecho a voto, queda
manifiesta desde los mismos epígrafes que Pérez Santiago ha seleccionado y
montado con singular acierto al comienzo de cada narración, como anzuelos de un
espinel que captura nuestro interés y no lo suelta desde el inicio hasta el
final. Igualmente no puede dejar de mencionarse, como un especial valor
agregado al libro que hoy presentamos, el título que Omar Pérez Santiago escogió
para él. Porque “Alhué” no es solamente la arena de Walpurgis donde, bajo la
dirección de Osiris Bascuñán, tiene lugar la gran parada final de los muertos
que marchan por docenas en sus páginas. Es además una más que justa reverencia
al “Alhué” primigenio del maestro González Vera y una sugerente invitación a
releerlo.
Creo que la mejor presentación de un libro es la que realiza
él mismo ante su lector, sin la torpeza interpretativa de intermediarios que,
como el que habla, con seguridad sólo ha logrado percibir una pequeña parte de
lo que él ofrece. Y en este caso de los nefilim de Omar Pérez
Santiago, me atrevo a asegurar, que tal oferta no es menor.
La Chascona, Santiago, 8 junio del 2011
Por Alejandro Lavquén
Nefilim en Alhué (MAGO Editores). De Omar Pérez Santiago. Se trata de un conjunto de cuentos de buena factura e imaginación, cuya temática –la muerte- es tratada con sentimientos que van desde el dolor hasta la grosería, pasando por el miedo y el desprecio, según fuese la circunstancia. Entre tanto desgarro, Pérez Santiago incluso se da tiempo para filosofar sobre la literatura y la vida, como ocurre en el cuento Anette Jensen. El autor nos pone ante sucesos muy contemporáneos dentro del modo de vida de sus personajes. Las historias nos hablan de la sociedad actual y sus trastornos, donde los protagonistas, a pesar de la oscuridad de algunos de ellos, son reconocibles en nuestra cotidianidad, reconocibles en nuestro vecindario, en los anhelos, logros y frustraciones de muchos. En los relatos también está presente el humor, incluso en momentos trágicos, o cuando el autor se burla de sus pares. El cuento que da el título al libro es un relato de terror, de zombis, de asesinos, donde el fantasma de la dictadura, en su dimensión más macabra, personificada en la tortura, se hace presente.
| Pablo Lacroix, performance |
| Cortometraje de terror. de Miriam Jaque. El Diablo en Alhué |
"Que nadie postergue la filosofía por ser joven, ni que nadie se canse de filosofar por ser viejo. Pues nadie es demasiado joven ni ...