Soñé
que, entrando al coro, fui al confesionario y vi dentro una culebra enorme, muy
enroscada.
Quise
matarla, pero no encontré en el coro ni piedra ni palo, de modo que tuve que
valerme de los dientes, porque tenía más fuerza en ellos que en los brazos. La
mordí y sentí sonar sus huesos.
En
ese momento entró una seglar al coro. Yo la reprendí y la eché fuera.
La
culebra se desenroscó.
Yo
dije:
—Éstas
se rasgan por la boca.
La
agarré y la rasgué por la mitad, dividiéndola en dos pedazos. Y, para que nadie
la viera, la metí en una rendija que había entre la pared y la reja.
Sentí
la boca ensangrentada, sin saber si me había lastimado o si era sangre de la
culebra.
Mientras
me limpiaba la sangre, sentí que se abría la puerta de la sacristía.
Miré
y vi entrar a un obispo. Se me figuró el señor Puebla, aunque ya estaba muerto;
esto sucedió en tiempo del obispo Romero. También se parecía a nuestro obispo en
lo blanco del rostro, en su buena apariencia y en la forma de los ojos.
En
fin, fue hasta el confesionario donde yo estaba y, con mucho cariño, me dijo:
—Mató
la culebra, se lastimó la boca y le sale sangre.
Yo,
por no mentir, le dije:
—Sí,
señor.
Y me
tapaba la boca y me escondía detrás del velo del confesionario. Su señoría lo levantaba
por un lado.
Yo
estaba asombrada de cómo había podido saber aquello el obispo, porque yo no se
lo había contado a nadie, ni había salido de allí a decirlo. Y él me refería
todo lo sucedido.
Me
daba vergüenza que supiera aquella porquería de haber mordido la culebra.
Cuando
le conté esto al padre Viñas, me dijo:
—Y
no tiene huesos.
Yo
le dije:
—Si
yo se los oí sonar.
—No
tiene huesos —volvió a replicar el obispo.
Yo
callé y no discutí más.
No
cabe aquí otra cosa.
DE "RELACIÓN DE LAS SINGULARES MISERICORDIA" DE ÚRSULA SUÁREZ
