sábado, mayo 09, 2009

Republicanos en Chile y en España


Me escribe Luisa Maria Miralles desde Barcelona para contarme que el fin de semana visitó Toulouse, ciudad que fue sede del Gobierno republicano en el exilio y domicilio de la mayor concentración de refugiados españoles tras la Guerra Civil.

Para entender cabalmente eso, debo retrotraerme muchos años atrás.

Luisa y yo éramos dos jovencitos que caminaban por Santiago, desde la escuela de Ciencias Políticas (Cipol) de la Universidad de Chile, en la calle Triana de Providencia, hasta su casa en los alrededores de la Avenida Matta con Vicuña Mackenna. Allí conocí a su madre Quiteria y a su padre Isidro, republicanos españoles.

Allí en esa casa, España era un suspiro. Me da triste emoción acordarme de cómo vivía ese Isidro su exilio.

Isidro fue anarco sindicalista, secretario del departamento de agricultura del Consejo de Aragón y cuando fueron derrotados los republicanos españoles por el fascismo, él se quedó en las guerrillas de Los Pirineos. Al iniciarse la segunda guerra mundial, se sumó a la resistencia francesa. Cayó preso y lo internaron en un campo de concentración alemán. De allí logró escapar. Isidro entró a liberar París, junto a cientos de españoles, antiguos miembros del Ejército Popular Republicano.
Por amor a Quiteria, Isidro llegó a Chile y aquí en el nuevo mundo nació Luisa Maria, mi amiga de juventud.

Un héroe, un hombre valiente en una casa de Santiago. Con el tiempo, uno aprecia más a los corajudos, que no esquivan su destino, cuando los llama.

Era una época dura y negra para nosotros también. Nosotros éramos una hueste de Cipol, resistentes a la dictadura chilena. Imaginativos y audaces, pero desarmados. Entonces empiezan a caer (José Bomcopte, Jaime Caldés: muertos. Luego es Héctor Reyes y otros varios, que pasaron largo tiempo en la cárcel)

Un día de esos muere Franco en noviembre de 1975 y Luisa, un tiempo después, llegada la democracia en España, ella acompaña a sus padres de retorno a Zaragoza.

Años después, un día me tocó a mí. Rodearon mi casa en la madrugada. Yo ya estaba avisado y pasé muchos y tensos meses clandestinos.

Unos años después, a comienzo de los años 80, iniciando mi exilio, llegué a Zaragoza, donde visité a los padres de Luisa.

El viejo combatiente había sufrido un ataque y estaba inválido. No podía hablar. Se emocionó con mi visita y me empezó a mostrar viejas fotos, que guardaba en unas cajas de zapatos, de su época de resistente. Me habló a media lengua de sus camaradas muertos en la batalla, o que nunca volvieron del campo de concentración. Mientras su esposa intenta distraerlo con recuerdos más floreados.

Recuerdo que fue un día muy conmocionado en Zaragoza. Desgarrador, emotivo, lúcido, conmovedor. Me pareció que yo era un estereotipo, adquirí conciencia que yo era una capa más de ese exilio. Contemplo en Isidro, mi futuro. Allí también pensé en Luisa y curiosamente, en mi propia hija, Claudia, que nacería en el exilio y que ahora, (qué singularidad) vive también en España.

Luisa María, espíritu migratorio, jardín errante, ahora me escribe y me cuenta que busca con ansias reconstituir la historia de sus padres. Va a la búsqueda de su propia historia también. Busca la convicción expresiva para hablar también de su Chile, de nuestro Chile, y sé que, versátil y talentosa, está encontrando esa voz.

Luisa me habla de unos textos de la Gabriela Mistral sobre la guerra civil española recién publicados, "Almácigo". En su blog, Luisa ha publicado este poema de Gabriela Mistral a Guernica, que ahora yo, por mi parte, reproduzco aquí:
Árbol de Guernica
Volverá a ser verde y ancho
el roble, el roble nuestro.
Mordido de la metralla,
no del rayo de los cielos,
volverá a brotar contadas
una hoja por cada Euskaro
y será a la semejanza
nuestra y tierno.
Mientras, andamos errantes
sin criar roble en otros suelos,
con un gajo sollamado
que se aprieta contra el pecho.
Volverá a ser en Euskadia
el abra, el árbol y el ruedo
del corro de manos dadas,
y el himno al Dios verdadero,
confesado y silencioso
como la encina sin viento.
Los heridos y aventados
y los que a mitad de ruta
dizque se quedaron muertos,
todos volveremos, todos,
el árbol, al ruedo.
Mientras tanto parecemos
casa en noche de saqueo.
Y desvariados que dicen
en refrán “Guernica” y “fuego”.
Sigue entero y da, mascado
en un brote verde
un sabor de salmuera que resbala
si lo muerden niño o viejo.
Y con él, caído el sol,
comulgan y esperan ellos.
Mientras tanto caminamos
tocando a puertas de acero
de los que han la libertad
y siguen sordos y ciegos.
Crece con nuestras fés
y voluntades y tuétanos.
Crece al día y a la noche
aunque le den pez y fuego
y aunque zumben su despojo
alguaciles y patán ebrio.
Mientras tanto le rezamos
sobre el jergón a dos leños:
el de Cristo y el de Ignacio
entrecruzados y ardiendo.
Por islas, por archipiélagos,
al asar pez y catar
vino bárbaro tenemos
sobre nosotros la sombra
del buen roble que da silbo y oreo.
Cortados como la sarta
y la madeja,
escupidos en la noche tártara
partida del bombardeo,
cada uno caminó
cargando flor y madero
cortado de él y llevándolo.
Mientras que cortamos el aire,
en la lengua sin orígenes
decimos el Padrenuestro
y el roble allá lo corea,
fiel, hirviendo y recto.

Gabriela Mistral

Gabriela piensa en la madre ausente

Madre: En el fondo de tu vientre se hicieron en silencio mis ojos, mi boca, mis manos. Con tu sangre más rica me regabas como el agua a las papillas del jacinto, escondidas bajo tierra. Mis sentidos son tuyos, y con este como préstamo de tu carne ando por el mundo. Alabada seas por todo el esplendor de la tierra que entra en mí y se enreda a mi corazón.

Madre: Yo he crecido, como un fruto en la rama espesa, sobre tus rodillas. Ellas llevan todavía la forma de mi cuerpo; otro hijo no te las ha borrado. Tanto te habituaste a mecerme, que cuando yo corría por los caminos quedabas allí en el corredor de la casa, como triste de no sentir mi peso.

No hay ritmo más suave, entre los cien ritmos derramados por el primer músico, que ese de tu mecedura, madre, y las cosas plácidas que hay en mi alma se cuajaron con ese vaivén de tus brazos y tus rodillas.

Y a la par que mecías me ibas cantando, y los versos no eran sino palabras juguetonas, pretextos para tus mimos.

En esas canciones, tú me nombrabas las cosas de la tierra: los cerros, los frutos, los pueblos, las bestiecitas del campo, como para domiciliar a tu hija en el mundo, como para enumerarle los seres de la familia, ¡tan extraña!, en la que la habían puesto a existir.

Y así, yo iba conociendo tu duro y suave universo: no hay palabrita nombradora de las criaturas que yo no aprendiera de ti. Las maestras sólo usaron después de los nombres hermosos que tú ya habías entregado.

Tú ibas acercándome, madre, las cosas inocentes que podía coger sin herirme; una hierbabuena del huerto, una piedrecita de color, y yo palpaba en ellas la amistad de las criaturas. Tú, a veces, me comprabas, y otras me hacías los juguetes: una muñeca de ojos muy grandes como los míos, la casita que se desbarataba a poca costa ... Pero los juguetes muertos yo no los amaba, tú te acuerdas: el más lindo para mí era tu propio cuerpo.

Yo jugaba con tus cabellos como con hilillos de agua escurridizos, con tu barbilla redonda, con tus dedos, que trenzaba y destrenzaba. Tu rostro inclinado era para tu hija todo el espectáculo del mundo. Con curiosidad miraba tu parpadear rápido y el juego de la luz que se hacía dentro de tus ojos verdes; ¡y aquello tan extraño que solía pasar sobre tu cara cuando eras desgraciada, madre!
Sí, todito mi mundo era tu semblante; tus mejillas, como la loma color de miel, y los surcos que la pena cavaba hacia los extremos de la boca, dos pequeños vallecitos tiernos. Aprendí las formas mirando tu cabeza: el temblor de las hierbecitas en tus pestañas y el tallo de las plantas en tu cuello, que, al doblarse hacia mí, hacia un pliegue lleno de intimidad.

Y cuando ya supe caminar de la mano tuya, apegadita cual un pliego vivo de tu falda, salí a conocer nuestro valle.

Los padres están demasiado llenos de afanes para que puedan llevarnos de la mano por un camino o subirnos las cuestas.

Somos más hijos tuyos; seguimos ceñidos contigo, como la almendra está ceñida en su vainita cerrada. Y el cielo más amado por nosotros no es aquel de las estrellas límpidas y frías, sino el otro de los ojos vuestros, tan próximo, que se puede besar sobre su llanto.

El padre anda en la locura heroica de la vida y no sabemos lo que es su día. Sólo vemos que por las tardes vuelve y suele dejar en la mesa una parvita de frutos, y vemos que os entrega a vosotras para el ropero familiar los lienzos y las franelas con que nos vestís. Pero la que monda los frutos para la boca del niño y los exprime en la siesta calurosa eres tú, rnadre. Y la que corta la franela y el lienzo en piececitas y las vuelve un traje amoroso que se apega bien a los costados friolentos del niño, eres tú, madre pobre, ¡la ternísima!

Ya el niño sabe andar, y también junta palabritas como vidrios de colores. Entonces tú le pones una oración leve en medio de la lengua, y allí se nos queda hasta el último día. Esta oración es tan sencilla como la espadaña del lirio. Con ella, ¡tan breve!, pedimos cuanto se necesita para vivir con suavidad y transparencia sobre el mundo: se pide el pan cotidiano, se dice que los hombres son hermanos nuestros y se alaba la voluntad vigorosa del Señor.

Y de este modo, la que nos mostró la tierra como un lienzo extendido, lleno de formas y colores, nos hace conocer también al Dios escondido.

Yo era una niña triste, madre, una niña huraña como son los grillos oscuros en el día, como es el lagarto verde, bebedor del sol. Y tú sufrías de que tu niña no jugara como las otras, y solías decir que tenía fiebre cuando en la vacía de la casa la encontrabas conversando con las cepas retorcidas y con un almendro esbelto y fino que parecía un niño embelesado.

Ahora está hablando así también contigo, que no le contestas, y si tú la vieses le pondrías la mano en la frente, diciendo como entonces: "-Hija, tú tienes fiebre".

Todos los que vienen después de ti, madre, enseñan sobre lo que tú enseñaste y dicen con muchas palabras cosas que tú decías con poquitas; cansan nuestros oídos y nos empañan el gozo de oír contar. Se aprendían las cosas con más levedad estando tu niñita bien acomodada sobre tu pecho. Tú ponías la enseñanza sobre esa como cara dorada del cariño; no hablabas por obligación, y así no te apresurabas, sino por necesidad de derramarte hacia tu hijita. Y nunca le pediste que estuviese quieta y tiesa en una banca dura, escuchándote. Mientras te oía, jugaba con la vuelta de tu blusa o con el botón de concha de perla de tu manga. Y éste es el único aprender deleitoso que he conocido, madre.

Después, yo he sido una joven, y después una mujer. He caminado sola, sin el arrimo de tu cuerpo, y sé que eso que llaman la libertad es una cosa sin belleza. He visto mi sombra caer, fea y triste, sobre los campos sin la tuya, chiquitita. al lado. He hablado también sin necesidad de tu ayuda. Y yo hubiera querido que, como antes, en cada frase mía estuvieran tus palabras ayudadoras para que lo que iba diciendo fuese como una guirnalda de las dos.

Ahora yo te hablo con los ojos cerrados, olvidándome de dónde estoy, para no saber que estoy tan lejos; con los ojos apretados, para no mirar que hay un mar tan ancho entre tu pecho y mi semblante. Te converso cual si estuviera tocando tus vestidos; tengo las manos un poco entreabiertas y creo que la tuya está cogida.

Ya te lo dije: llevo el préstamo de tu carne, hablo con los labios que me hiciste y miro con tus ojos las tierras extrañas. Tú ves por ellos también las frutas del trópico -la piña grávida y exhalante y la naranja de luz-. Tú gozas con mis pupilas el contorno de estas otras montañas, ¡tan distintas de la montaña desollada bajo la cual tú me criaste! Tú escuchas por mis oídos el habla de estas gentes, que tienen el acento más dulce que el nuestro, y las comprendes y las amas, y también te laceras en mí cuando la nostalgia en algún momento es como una quemadura y se me quedan los ojos abiertos y sin ver sobre el paisaje mexicano.

Gracias en este día y en todos los días por la capacidad que me diste de recoger la belleza de la tierra, como un agua que se recoge con los labios, y también por la riqueza de dolor que puedo llevar en la hondura de mi corazón sin morir.

Para creer que me oyes he bajado los párpados y arrojo de mí la mañana, pensando que a esta hora tú tienes la tarde sobre ti. Y para decirte lo demás, que se quiebra en las palabras, voy quedándome en silencio...

1923


En: Gabriela piensa en... Roque Esteban Scarpa (comp.), Santiago de Chile, Ed. Andrés Bello, 1978.

jueves, mayo 07, 2009

Persecución académica de farmacéuticos

Eduardo Marcelo Cocca, profesor de la Universidad Kennedy de Argentina, dictaba cinco asignaturas, entre ellas, Ejercicio y Administración Farmacéutica y Legislación Farmacéutica.

El profesor averiguó con sus alumnos el costo de un descongestivo nasal en gotas, droga base nafazolina. El resultado dio el costo por frasco, 0,03 centavo, precio de venta 11,25 pesos. Una ganancia por unidad de 37.500 %.

El 5 de junio de 2007 es invitado a la Cámara de Diputados, en una jornada sobre “Ética y medicamentos“ y frente a legisladores, funcionarios gremialistas y farmacéuticos, planteó el caso del descongestivo nasal con el que ganan el 37.500 %.

Inmediatamente lo sacaron de la cátedra de Farmacia.

Pero ahora un tribunal laboral condenó a la Universidad.

viernes, mayo 01, 2009

Gunnar, Gunnay o Gennar en Vittemöllegatan. Relato de Omar Pérez-Santiago.





Nunca supe si mi vecino se llamaba Gunnar o Gunnay, pero algunos aseguran que se llamaba Gennar.

Era verano y yo subía la escalera con Luisa, una sueca-española que, al subir, mecía una minifalda amarilla ajustada con un cinturón de metal.

Mi vecino Gunnar, (Gunnay o Gennar) abrió la puerta de su departamento. Tiene 80 años y arrastra los pies. Es algo sordo y vive solo. Todos los días alguien del seguro social le trae una colación que se la deja en la puerta. Mi vecino se gasta su pensión en copete, una vez al mes, pues no le alcanza para más. Ese día se bebe el vodka (aqua vita) y luego discute en voz alta con los animadores de la televisión. No entiendo bien lo que dice, por que el viejo tiene un dialecto sueco cerrado y curado, pero se escuchan sus gritos a través de la muralla. 
La primera vez que Luisa escuchó los gritos del viejo estaba semi desnuda en un sillón, mientras yo le besaba un pezón. 
Como noté que se desconcentró le dije:
—No te preocupes, es Gunnar (o Gunnay, o Gennar)

En la puerta mi vecino se me acerca y por su actitud sumisa sé que va pedirme algo. Me pide, con su jerga endemoniada, que le haga el favor de ir a comprarle una stekkorv, un salchichón, que nosotros llamamos gordas. Una salchicha rica en colesterol, grasienta y de mal olor, pero barata.

Luisa entró a mi departamento y yo bajé al supermercado. No me molesta ir a comprarle. Yo nunca fui boys scout. Pero de chico, mi madre me enseñó a ayudar a desvalidos.

El viejo me estaba esperando y su puerta estaba entreabierta. Instintivamente entré a su departamento. Decir departamento es una convención que aquí debería ser puesto en cuestión. Les explico. Era un pasillo donde a un lado había una cocinillla y al otro lado un pequeño baño, y de inmediato la única pieza, una sala fétida con una cama, una mesita sobre la que había un televisor portátil, en blanco y negro, y una silla. Pobreza sórdida, seca, visceral.

Miro hacia al otro lado y allí me encuentro con un altar.
¡La puta que lo parió!
El veterano conchesumadre tenía colgado un retrato de Adolfo Hitler, rodeado de flores de plástico y velas encendidas.
El viejo culíao…
—¿Qué es esto? grité.
—No, me dijo, titubeando en su dialecto sueco de lumpen, es es es es basura, que tengo que botar.

—Sí, le dije, y me lo va a botar ahora mismo.

—Sí, sí, dijo el viejo Gunnar, (o Gunnay, o Gunnas) arrastrando las patas.

Pensé que se iba a poner a lloriquear. Ver gimotear a un viejo tonto es lo último que podría aguantar hoy día. Mejor me di media vuelta y me fui.

Hay gente sola que se inventa un amante.
Este vecino se inventó un dios huevón.
Así son las putas cosas de la vida.

En mi departamento Luisa había preparado un aperitivo.
Su minifalda amarilla me distrajo.
Ya para mí otra cosa no importa.


De Memorias eróticas de un chileno en Suecia, 1992

jueves, abril 23, 2009

Melómanos pierden batalla en Europa

El parlamento de la Unión Europea aprobó hoy la extensión de los derechos de autor en la música de 50 a 70 años con 377 votos a favor y 178 en contra.

Inicialmente la propuesta deseaba subir a 95 años el derecho de autor.

Ahora la propuesta debe aprobarse por el Consejo de Ministros.

Este es un gran negocio para las grandes compañías de discos, que de este modo se aseguran que puedan seguir lucrando con Elvis Presley y toda la música de los 50 y 60. Cínicamente argumentan que defienden a los músicos.

Para los fanáticos de la música, las más pequeñas compañías de discos, las radios y los usuarios de Internet este es un golpe en la cabeza. El patrimonio cultural se hará cada vez más imposible para el pueblo.

Chile es pionero. En esto de legislar para las grandes compañías.

Quitar a los pobres para dar a los ricos.

El cambio ya había sido realizado en Chile y está estipulado en el artículo 10 de la ley del derecho de autor. Esta fecha se modificó en 2003, de 50 hasta 70 años

domingo, abril 19, 2009

Los inútiles, las farmacias y las lavanderías


Se puede acusar de muchas cosas a la empresa Fasa, pero no se le puede acusar de vagos.

La empresa Fasa reconoció su culpa ante el tribunal de Libre Competencia, y prometió pagar una multa pequeña. De modo unilateral, establecieron formas irrisorias e ineficaces de compensación, sin formas de fiscalización.

Sus medidas nunca fueron avaladas, en ninguna instancia, con los afectados, los consumidores.

¿Y para qué?
La empresa ya había diseccionado el estado del arte de los consumidores. Y habían detectado que la joven institucionalidad de defensa de los consumidores -más allá de los deseos y las declaraciones- es frágil y débil. Internamente los consideran unos inútiles, unos perdedores. Esos inútiles pueden alegar en la calle, tirar tomates, pueden escribir en Internet, en Facebook y en blogs, y crear una sensación térmica de disgusto general con las farmacias. Pero, no sean bromistas, esto que sería el horror para una empresa, no lo es en Chile.

Las empresas harán al final lo que quieren. ¿Por qué deberían preocuparse?

¿Preocuparse por la mala imagen de la empresa?

Ja, ja, ja. No me hagan reir que me meo.
Si para eso hay lavanderías. Lobbystas-lava-imagen que mezclan la política con los negocios y que –ni brillantes ni originales- son expertos en tergiversar la realidad.

Así los gerentes se pasean por los medios de comunicación, muy sonrientes, familiares y declarativos, aparentemente rectos. Ellos interpretan la historia sin contrapeso.

Infringen la ley, proponen las multas que les conviene a ellos, establecen de modo unilateral formas ridículas de compensar y aparecen limpios y familiares. ¿Qué tal, tío?

¿Qué los consumidores están decepcionados? Sí, muy decepcionados.
Problema de ellos.
Qué demanden si quieren, los inútiles.
No llegarán a ninguna parte, los eternos perdedores.

jueves, abril 16, 2009

Qumz, Clamton: extraordinario video de Héctor Leal.


Los hechos ocurrieron en el Barrio Bellavista. En el Libro Café Mediterráneo. Hace muchos años atrás realizamos un Tributo a Clamton, alias de Claudio Galleguillos,
una de las figuras más talentosas del cómic chileno que floreció durante los años 80 en Chile. Presentamos, con la familia de Claudio allí presente, su libro Planetas, Cerebros & Atomos , el afamado ejemplar que publicó la editorial Trauko Fantasía, en el año 1990, y cuyas últimas ediciones fueron liberadas 12 años después. Héctor Leal, el artista que había sido colaborador y portadista de Trauko, había realizado un trabajo colorido sobre una de las obras de Clamton. Ahora Héctor Leal entrega un valioso video sobre Qumz, una de las obras de Clamton, con la colaboración de Marcelo Vargas, Luis Jiménez y Víctor Muñoz.

Veánlo. Les aseguro que esto no va a quedar aquí.

Sor Úrsula Suárez mata una culebra con la boca

Soñé que, entrando al coro, fui al confesionario y vi dentro una culebra enorme, muy enroscada. Quise matarla, pero no encontré en el coro n...