viernes, octubre 02, 2026

Úrsula Suárez, María Luisa Bombal, Isabel Allende. Literatura Fantástica y Realismo Mágico. Revista Off The Record, octubre 2026

 


El leve sol entra por las ventanas de la sala Ricardo Donoso del Archivo Nacional. El amable archivero Pedro González me entrega el archivo de Sor Úrsula Suárez, "Relación de las singulares misericordias".  Al abrirlo siento que un viento de historia me despeina.

La trascendente novelista María Luisa Bombal publicó “La Última Niebla” en 1934 y “La Amortajada” en 1938, donde desde el ataúd, la muerta Ana María despliega memoria, deseo, erotismo, vida y muerte.

Juan Rulfo y García Márquez reconocieron inspiración en María Luisa Bombal.

El imaginario cultural subterráneo de Úrsula Suárez nos acerca a María Luisa Bombal, La amortajada.

Úrsula Suárez tiene una conexión con la Bombal, el silencio del pasado. La chilena Úrsula Suárez —desde 1700—narra en su obra “Relación de las singulares misericordias” lo sobrenatural, lo onírico y lo cotidiano entre realidad y fantasía. La religiosa construye un personaje ambiguo, en una frontera borrosa entre realidad e irrealidad. Un mundo femenino de sueños, erotismo y deseo. Sí, el deseo resbaladizo y osado de experiencias místicas. Los hombres que la visitan en el convento creen que están seduciendo a una linda monja. Eso creen. Hay algo fascinante: el erotismo de Úrsula no está separado de lo fantástico y de presencias sobrenaturales. Para decirlo con claridad: Sor Úrsula es una de las grandes narradoras de la tradición fantástica chilena y latinoamericana.

¿No son acaso la Bombal y Úrsula Suárez parte de una genealogía femenina distintiva de la literatura fantástica latinoamericana?

Dolosamente, los chilenos hemos visto la historia colonial como si estuviese al otro lado, en una vertiente ajena. Quizá por eso, Chile olvidó su Cadena de Valor Literario, olvidó su obra primaria, un embrión que tuvo lento conocimiento y distribución.

¿Cómo llegó el archivo aquí al Archivo Nacional?

Lo conservaron las monjas del convento, las Clarisas de la Victoria de la Plaza de Armas de Santiago. El sacerdote Juan Ignacio Eyzaguirre lo copió en 1850. Al morir, su familia dejó una copia en el Archivo Nacional. Años más tarde, el investigador Pedro Pablo Figueroa consignó en su Diccionario biográfico de 1901 que Úrsula Suárez era la “primera escritora chilena”.

Así empezó una lenta operación de canonización retrospectiva.

En 1974 el escritor Braulio Arenas escribió su artículo “Úrsula Suarez, la primera escritora chilena”. Al fin, la Universidad de Concepción publicó el manuscrito en 1984. Entonces se sucedieron excelentes estudios académicos, como por ejemplo de Adriana Valdés o Rodrigo Cánovas.

La obra de Úrsula me seduce porque son extraordinarias especulaciones y aventuras literarias, no por ser un documento de un archivo.  Úrsula Suárez modifica, al menos en una parte, la genealogía o los eslabones de la narrativa fantástica y del realismo mágico latinoamericano. Es mi hipótesis.

Ese valor simbólico se demoró en convertirse en capital cultural. Hacía falta una Cadena de Valor Literaria o economía simbólica  de mediadores que lo hicieran visible.

Los argentinos Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo construyeron en 1940, mediante la Antología de la literatura fantástica, una operación de canonización y genealogía de lo fantástico hispanoamericano. Así inventaron una Cadena de Valor Literario y la proyectaron al mundo. 

Lo hicieron después de que María Luisa Bombal hubiera publicado La última niebla (1934) y La amortajada (1938), y muchísimo después de Úrsula Suárez y de sus relatos de sueños, visiones sobrenaturales. Pero eso no importó.

Así se construye también la dialéctica de las menciones y los silencios.

Un eventual ajuste de paradigma no reemplaza a Borges, Rulfo o García Márquez por Úrsula Suárez y María Luisa Bombal. Consiste en dejar constancia que la historia del fantástico latinoamericano no tiene una única genealogía.

Aunque también hay que afilar una hachita en Chile. A ver si nos atrevemos a decirlo todo. El crítico de El Mercurio, Ignacio Valente, dijo hace casi 40 años, que el problema de la novela “La Casa de los Espíritus” de Isabel Allende era “su dependencia con respecto de Gabriel García Márquez”. Y Gonzalo Contreras —cacique de la banda de la Nueva Narrativa— repitió que Isabel Allende era una resonancia del gran colombiano.

Tal vez se trató del viejo chilenismo: “Quítate tú, para ponerme yo”.

Ahora sabemos que los ruidos subterráneos de “La Casa de los Espíritus” de Isabel Allende,  —la escritora chilena más famosa en el mundo—, están en una obra sobre un convento lleno de espíritus que hablan, creado por otra chilena, Sor Úrsula Suárez, donde hay claros signos de realismo mágico.

El gran Octavio Paz tuvo la delicadeza de publicar “Sor Juan Inés de la Cruz o Las trampas de la fe” en 1982. Setecientas páginas para defender la “Cadena de Valor Literario” de México y reconfigurar el lugar de la monja mexicana. Convirtió a Sor Juana, —contemporánea de Sor Úrsula —, en un asunto de escala mundial. Una interpretación global de la sociedad novohispana, la religión, el poder, el conocimiento, la condición femenina, la poesía y la modernidad. El efecto internacional fue enorme. Paz fue un gran “curador de imaginarios” de México.

Mientras tanto, nosotros, los chilenos, atrofiados en el invunchismo, encerrados en un nacionalismo literario mezquino, hecho de envidia, silencios y pequeñas querellas, nos fuimos quedando al margen. Autodestructivos como esos tarados que les hacen tajos a los asientos del transporte público, terminamos haciéndonos los reverendos huevones.

Cierro el archivo de Úrsula Suárez y salgo del Archivo Nacional  al sol tibio de la calle Miraflores. Pienso que el silencio también puede interpretarse. Tal vez, Sor Úrsula es un vestigio persistente de aquello que se negó al silencio.

 

Úrsula Suárez, María Luisa Bombal, Isabel Allende. Literatura Fantástica y Realismo Mágico. Revista Off The Record, octubre 2026

  El leve sol entra por las ventanas de la sala Ricardo Donoso del Archivo Nacional. El amable archivero Pedro González me entrega el archiv...