El leve sol entra por las ventanas de la sala Ricardo Donoso
del Archivo Nacional. El amable archivero Pedro González me entrega el archivo
de Sor Úrsula Suárez, "Relación de las singulares misericordias". Al abrirlo siento que un viento de historia me despeina.
La trascendente novelista María Luisa Bombal publicó “La Última
Niebla” en 1934 y “La Amortajada” en 1938, donde desde el ataúd, la muerta Ana
María despliega memoria, deseo, erotismo, vida y muerte.
Juan Rulfo y García Márquez reconocieron inspiración en
María Luisa Bombal.
El imaginario cultural subterráneo de Úrsula Suárez nos
acerca a María Luisa Bombal, La amortajada.
Úrsula Suárez tiene una conexión con la Bombal, el silencio
del pasado. La chilena Úrsula Suárez —desde 1700—narra en su obra “Relación de
las singulares misericordias” lo sobrenatural, lo onírico y lo cotidiano entre
realidad y fantasía. La religiosa construye un personaje ambiguo, en una
frontera borrosa entre realidad e irrealidad. Un mundo femenino de sueños,
erotismo y deseo. Sí, el deseo resbaladizo y osado de experiencias místicas. Los
hombres que la visitan en el convento creen que están seduciendo a una linda
monja. Eso creen. Hay algo fascinante: el erotismo de Úrsula no está separado
de lo fantástico y de presencias sobrenaturales. Para decirlo con claridad: Sor
Úrsula es una de las grandes narradoras de la tradición fantástica chilena y
latinoamericana.
¿No son acaso la Bombal y Úrsula Suárez parte de una
genealogía femenina distintiva de la literatura fantástica latinoamericana?
Dolosamente, los chilenos hemos visto la historia colonial
como si estuviese al otro lado, en una vertiente ajena. Quizá por eso, Chile
olvidó su Cadena de Valor Literario, olvidó su obra primaria, un embrión que
tuvo lento conocimiento y distribución.
¿Cómo llegó el archivo aquí al Archivo Nacional?
Lo conservaron las monjas del convento, las Clarisas de la Victoria
de la Plaza de Armas de Santiago. El sacerdote Juan Ignacio Eyzaguirre lo copió
en 1850. Al morir, su familia dejó una copia en el Archivo Nacional. Años más
tarde, el investigador Pedro Pablo Figueroa consignó en su Diccionario
biográfico de 1901 que Úrsula Suárez era la “primera escritora chilena”.
Así empezó una lenta operación de canonización retrospectiva.
En 1974 el escritor Braulio Arenas escribió su artículo “Úrsula
Suarez, la primera escritora chilena”. Al fin, la Universidad de Concepción
publicó el manuscrito en 1984. Entonces se sucedieron excelentes estudios
académicos, como por ejemplo de Adriana Valdés o Rodrigo Cánovas.
La obra de Úrsula me seduce porque son extraordinarias especulaciones
y aventuras literarias, no por ser un documento de un archivo. Úrsula Suárez modifica, al menos en una parte,
la genealogía o los eslabones de la narrativa fantástica y del realismo mágico
latinoamericano. Es mi hipótesis.
Ese valor simbólico se demoró en convertirse en capital
cultural. Hacía falta una Cadena de Valor Literaria o economía simbólica de mediadores que lo hicieran visible.
Los argentinos Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo
construyeron en 1940, mediante la Antología de la literatura fantástica,
una operación de canonización y genealogía de lo fantástico hispanoamericano. Así
inventaron una Cadena de Valor Literario y la proyectaron al mundo.
Lo hicieron después de que María Luisa Bombal hubiera
publicado La última niebla (1934) y La amortajada (1938), y
muchísimo después de Úrsula Suárez y de sus relatos de sueños, visiones
sobrenaturales. Pero eso no importó.
Así se construye también la dialéctica de las menciones y
los silencios.
Un eventual ajuste de paradigma no reemplaza a Borges, Rulfo
o García Márquez por Úrsula Suárez y María Luisa Bombal. Consiste en dejar constancia
que la historia del fantástico latinoamericano no tiene una única genealogía.
Aunque también hay que afilar una hachita en Chile. A ver si
nos atrevemos a decirlo todo. El crítico de El Mercurio, Ignacio Valente, dijo hace
casi 40 años, que el problema de la novela “La Casa de los Espíritus” de Isabel
Allende era “su dependencia con respecto de Gabriel García Márquez”. Y Gonzalo
Contreras —cacique de la banda de la Nueva Narrativa— repitió que Isabel
Allende era una resonancia del gran colombiano.
Tal vez se trató del viejo chilenismo: “Quítate tú, para
ponerme yo”.
Ahora sabemos que los ruidos subterráneos de “La Casa de los
Espíritus” de Isabel Allende, —la
escritora chilena más famosa en el mundo—, están en una obra sobre un convento lleno
de espíritus que hablan, creado por otra chilena, Sor Úrsula Suárez, donde hay
claros signos de realismo mágico.
El gran Octavio Paz tuvo la delicadeza de publicar “Sor Juan
Inés de la Cruz o Las trampas de la fe” en 1982. Setecientas páginas para defender
la “Cadena de Valor Literario” de México y reconfigurar el lugar de la monja
mexicana. Convirtió a Sor Juana, —contemporánea de Sor Úrsula —, en un asunto
de escala mundial. Una interpretación global de la sociedad novohispana, la
religión, el poder, el conocimiento, la condición femenina, la poesía y la
modernidad. El efecto internacional fue enorme. Paz fue un gran “curador de
imaginarios” de México.
Mientras tanto, nosotros, los chilenos, atrofiados en el
invunchismo, encerrados en un nacionalismo literario mezquino, hecho de
envidia, silencios y pequeñas querellas, nos fuimos quedando al margen.
Autodestructivos como esos tarados que les hacen tajos a los asientos del
transporte público, terminamos haciéndonos los reverendos huevones.
Cierro el archivo de Úrsula Suárez y salgo del Archivo
Nacional al sol tibio de la calle
Miraflores. Pienso que el silencio también puede interpretarse. Tal vez, Sor Úrsula
es un vestigio persistente de aquello que se negó al silencio.
