lunes, septiembre 22, 2008

Los elefantes pierden el miedo. El Evangelio según Teresa Calderón. Un elefante vive en su memoria. Sentido pop, citas, comentarios, notas de prensa, collage y remembranzas.

Teresa Calderón, Foto de José Luis Hernández

Una elefanta -de cuyo nombre Fresia si quiero acordarme, vivió su cautiverio inútil por cuarenta años desde el año 1951, en el zoológico de Santiago en el cerro San Cristóbal. Yo fui uno de esos niños que mi papá llevó a ver a Fresia, uno de los pocos elefantes que he visto en mi ya dilatada vida. Fresia gustaba mucho de los maníes que yo colocaba en los huecos de su trompa. Llegado un momento, ese niño que era yo, consideró que la elefanta en su insistencia se comería todo el paquete. La próxima vez que estiró la trompa, yo le di una cachetada.
¡Plaf!
Fresia se dio media vuelta y alguien, alguien que debió ser mi padre, dijo que la elefanta se había enojado conmigo y me iría a tirar agua con su trompa.
Sigilosamente me retiré a ver los monos.
Comprenderán, nunca olvidé ese tenso momento.

Y la vida fue, fue y volvió muchas veces.

Otro día, yo ya era mayor, volví a ver a la elefanta Fresia, también ya mayor. Lo noté en sus arrugas alrededor de sus ojos. Fresia me miró fijamente a los ojos y creo que también notó mis arrugas. Se detuvo fijamente y luego levantó los ojos.
Me había reconocido. Estaba seguro que me había reconocido.
Entonces ella se giró y me dio la espalda, tal como lo había hecho cuando ella era una joven.

-Me va tirar agua, pensé.

Recuerdo esta historia asombrosa y verdadera leyendo Elefante (RIL editores), el nuevo libro de nuestra escritora nacional, Teresa Calderón.

Los elefantes tienen memoria.

Los elefantes
no olvidan ni perdonan,
comen pasas.
Con ellos ni perdón
Ni olvido.


El libro tiene tres partes cuyos títulos son Elefante, Palabra de Elefante y Hay más.

La primera parte la escritora mueve bien sus técnicas de seducción. Busca, con gracia y nobleza, introducirnos en un tema peliagudo. Y lo logra. Hay algo que definitivamente me atrae de este libro. Es su sentido pop, cultura popular, citas, comentarios abiertos, notas de prensa, collage impresionista y remembranzas. Con esas técnicas nos introduce en una sólo cosa, pero esencial: el valor de la memoria.
Observen este poema:

Qué lejos estoy del suelo
Donde he nacido,
Inmensa nostalgia
Invade mi pensamiento.
Y al verme tan sola y triste
Cual hoja al viento
Quisiera llorar
Quisiera morir
De sentimiento.

Y poco a poco, sin darnos cuenta, nos está diciendo a los escritores y escritoras que nos pongamos de pie, por que algo muy grave está ocurriendo.

Levántense,
Escriban cartas para esas casas sin número
Terminen sus libros,
No los dejen morir de sed en el desierto.

Levántense por la noches
Para asustar a la platea,
Ensayen frente al espejo,
Terminarán creyendo en lo que ven
Y plasmarán su imagen para siempre
En la eternidad,
Allá donde no importa quién es quién
Ni lo que quiere reflejar,
Lo que importa
Es no caer de los falsos columpios
Ni apoyarse en barandas de utilería.

La segunda parte del libro son citas de personajes importantes. Esta, por ejemplo:

“La vida es muy peligrosa,
No por las personas que hacen el mal,
Sino por las que se sientan a ver lo que pasa.”
Albert Einstein


En el tercer capítulo la advertencia queda clara, los elefantes, por que tienen memoria, acumulan stress post traumáticos, que genera violencia irracional.

Cuando un cazador mata a una mamá elefante,
Lo hace sin tener en cuenta
Que está creando mucho dolor al resto de la familia
Y estimula un ciclo de violencia.
Ante la ausencia de elefantes adultos experimentados
Los jóvenes se vuelven agresivos y atacan.

Y, según nos fuimos enterando en el libro, los elefantes han sido expropiados de su hábitat, han sido usados en guerras, y han generado rebeliones importantes.

La vieja creencia de que los elefantes nunca olvidan
Fue respaldada por la ciencia.
Y aunque no lo estuviera, caramba.

Leyendo a Teresa Calderón me cae la teja de algo importante: ella expresa una corriente de crítica radical a la forma en que se están haciendo las cosas, una crítica a la civilización.

En Chile, el actual modelo exportador neoliberal ha significado una rápida y vasta destrucción de la naturaleza. El escandaloso informe del SAG, escondido durante un año por la autoridad, revela que el 60 % de las frutas y verduras están contaminados con plaguicidas de alta peligrosidad y generadores de enfermedades catastróficas. Los coreanos y japoneses han rechazados los cerdos chilenos por estar contaminados con dioxinas y el gobierno chileno informa que hay 14 predios de un total de 52, que están contaminados y en cuarentena. Los informes sobre el uso indiscriminado de antibióticos en la industria del salmón, la inutilización de ríos y lagos con contaminación de percolados de la industria forestal, los proyectos de las mineras que afectan a géisers, glaciares milenarios, y a las aguas de las comunidades, revelan una extensa y profunda crisis.

Estas empresas de monocultivo desprecian la memoria de las comunidades indígenas, de pescadores y de campesinos. Violentamente han querido volver invisibles la presencia, la experiencia, la memoria y el conocimiento de las culturas indígenas. Esas culturas son nuestros verdaderos elefantes, y han sufrido largamente acciones punitivas, y las han sufrido en silencio, como se sufre el exilio. Han sido asediados, controlados, reducidos y la pregunta es: ¿Cuál es la huella que han dejado sobre nuestra cultura, sobre nuestra memoria, esa serie interminable de usurpaciones y de estropicio de la biodiversidad cultural?

Hay que escuchar a Teresa Calderón pues está hablando -de modo creativo e ingenioso y con cierto pathos- de la esencia de nuestra relación con la memoria y con la naturaleza. Calderón no separa memoria y naturaleza, un elefante vive en su memoria.

Teresa Calderón se dirige a los escritores, “Levántense”, “Terminen sus libros”, pero también se dirige a la elite. La elite: gente que va invitada al Te Deum de Fiestas Patrias con cara de comulgar. Esa elite ya debería pegarse el alcachofazo.

Calderón revela que es inevitable que los elefantes no comulguen con ruedas de carreta y que su memoria y su naturaleza, llevará, -de modo inevitable, repito, de modo natural- a un momento en que los elefantes recuerdan y pierden el miedo.

Rebelión de elefantes en la India

Los elefantes salvajes
En el estado oriental indio de Chattisgarh:
Salen de la selva para ganarle terreno a la civilización.

La pérdida de espacio en su hábitat natural
ha hecho que los elefantes pierdan el miedo
Y se aventuren a visitar la civilización,
donde destruyen todo lo que se cruza en su camino
.

Un mito urbano de Santiago dice que la Elefanta Fresia un día logró agarrar por el cuello a un individuo que una vez, en lugar de maní, le había dado un clavo. Ahora creo que ese mito es cierto.
De eso habla Teresa Calderón en este libro central. Frente a la humillación no habrá ni olvido ni perdón.

(la foto es de José Luis Hernández)

lunes, septiembre 08, 2008

¡Firme, compañero Presidente! 11 de septiembre de 1973

A LAS 7 DE LA MAÑANA del martes 11 de septiembre de 1973, me despierto por unos ruidos en el patio. Me asomé por la ventana y allí estaba Manuel, el dueño de la pensión, quemando libros. Me levanté, y, al ponerme el pantalón pata elefante, el cierre se rompe y lo sujeto con un alfiler de gancho.

-¿Manuel, qué estás haciendo? ¿Cómo se te ocurre quemar a esta hora esos libros?
-Los militares se están tomando el gobierno, lo acabo de escuchar por la radio- me contesta mirándome con un rostro de miedo – y cuando lleguen aquí no quiero que estén estos libros y afiches.
-Pero, si ustedes han estado siempre en contra del gobierno de Allende, ¿De qué te preocupas? Le dije mientras me tapaba entre los sobacos las manos por el frío.
-Sí, nosotros sí, pero tú no.

ALLÍ ESTABA. El miedo. La primera actitud de miedo que vi como consecuencia del Golpe de Estado. El miedo que pronto sería común. El miedo que se instalaría por años.

SALÍ DE LA PENSIÓN con la extraña convicción de transformarme en un guerrero. Pienso en el coraje. Tengo miedo, es cierto, pero estoy resuelto. (A esto viniste). Ya no pensaba si sería leyenda o no. Era un deber.
Me dirigí a la escuela de Ciencias Políticas. Escuché impávido en la radio de la micro parte del discurso de Allende: “Llamo sobre todo a los trabajadores, que ocupen sus puestos de trabajo”.

EN LA ESCUELA ya había unos treinta o cuarenta resueltos.
En Santiago hay centenares de estudiantes de la Universidad de Chile que se juntan para resistir.
Los estudiantes de Medicina y Bellas Artes se juntaron en el hospital J. J. Aguirre;
Los de ingeniería en la Escuela de Bucheaff;
Pedagogía, Filosofía y Periodismo en el Pedagógico de Macul.
Sé que también están con miedo.
Pero resueltos.
Sé que no es épico.
Sé que no es heroico.
Sé que ya no fuimos leyenda.
Pero es la verdad y debo decirlo:
Un día en la historia de un país llamado Chile, digamos un once de septiembre, fuimos centenares de estudiantes de la Universidad de Chile dispuestos, resueltos a luchar por Allende, el compañero Allende.
Allende habla por última vez por radio Magallanes: “El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse.”

ALGUIEN DIJO que era necesario abandonar la escuela, pues detrás estaba la escuela de Carabineros. Era darle leña a la hoguera. Sería una masacre.
Decidí irme al local de mi partido, la Izquierda Cristiana, en Cienfuegos 15, en el centro de Santiago. La micro no pasó de la calle Miraflores. Ya empezaban a escasear las micros y los medios de transportes. Me fui casi trotando por la calle Moneda. Los tanques y las patrullas de militares se tomaban las calles alrededor de La Moneda, la gente corría de un lugar a otro, más hirvientes que riachuelos impetuosos.

LLEGUÉ A LA PLAZA DE CONSTITUCIÓN. En ese preciso momento, unas tanquetas se retiran de la Plaza y los carabineros dejan la Plaza de la Constitución. La plaza vacía tenía un olor a precipicio, a abismo, a aliento fatal. Un país detenido, y toda la historia de Chile concentrada, por un momento, en una plaza. Se siente que aquí en esta plaza, por un momento, se condensa de pronto el pasado y el porvenir de un pueblo.
¿Qué sucederá?

¿QUÉ OCURRIRÁ EN ESTA PLAZA?
Entonces.
Un fotógrafo corre hacia un balcón de la Moneda. Raja el paño del silencio gritando:

“Allende, Allende”.

Corría un camarógrafo gritando:

“Señor Presidente, señor Presidente”.

YO JUSTO IBA CRUZANDO y sucedió lo increíble: El Presidente Allende estaba en un balcón del segundo piso, mirando como se retiran las tanquetas. Corro y ante los gritos de los fotógrafos aparecen otros jóvenes.
Uno de los muchachos le grita:

-Déles duro, compañero Presidente.

Allende levanta la mano izquierda y nos saluda. Lo recuerdo tranquilo, diría sonriente. Yo, en cambio, estoy conmovido, emocionado. Ya les dije que creíamos que vivíamos un momento histórico, único y que no seríamos leyenda. Allí estaba en el balcón de La Moneda, Salvador Allende, el dueño de mis sueños y mis pesadillas, el sol de la revolución que amábamos y que ahora terminaba, dando la bendición de los ancestros que van a morir.
Y allí estoy yo, con mi pelo largo, mis pantalones pata elefante con el cierre malo prendido con un alfiler de gancho, mirando un ícono desde abajo, confundido, sorprendido, insignificante.

LA PLAZA, EXTERIOR, DÍA.
Como un guión de cine para mejor dar la ilusión de eficacia de un relato que está en el subconsciente colectivo.
Plano general de la plaza.
Zoom in.
Allende.
Ya, en ese momento Allende era un ícono. Se presentía ícono, un logo. Desde el fondo de mí, no puedo dejar de gritarle también al ícono, mientras el ícono ya se daba vuelta, para ingresar a La Moneda:

-Firme, compañero Presidente.

LOS FOTÓGRAFOS TOMAN SUS FOTOS. Es la última foto del ícono vivo. Allí estoy yo: ese era yo, jovencito, pelo largo, flaco, pantalón pata elefante con un alfiler de gancho en el marrueco, emocionado, sorprendido, gritando: firme compañero Presidente, firme compañero Presidente.

LLEGUÉ EN UNOS MINUTOS a Cienfuegos 15, vi a algunos de los líderes en Cienfuegos nerviosos darse vueltas por allí. Todo era un tenso desorden. Un grupo de universitarios nos organizamos y nos retiramos a un departamento en la cercanía, Agustinas con Cienfuegos. Esperamos órdenes.

A MEDIODÍA LOS INSURRECTOS lanzan un ataque, resuena la guerra. Aparecen dos Hawker Hunter de la Fuerza Área. Hacen tres pasadas y lanzan 18 proyectiles sobre La Moneda.

¡Boom¡, ¡booom¡, ¡booom¡.

LO INCREÍBLE OCURRIÓ.
Estaba ardiendo La Moneda.
Otro ícono nacía.
Un edificio ardiente. La Moneda será ahora una tumba. Una hora después el Presidente Allende ya está muerto. Ahora surgen pesares, actos de espanto, que dividirán definitivamente a Chile.
El toque de queda ya había sido anunciado para las primeras horas de la tarde.
Entonces nos hablaron nuestros líderes por teléfono.

(NO TODOS LOS RECUERDOS pueden ser agradables. No todas las evocaciones son políticamente correctas. Hacer política en literatura puede ser, además, desconcertante. Pero, bueno, después de más de treinta años que ha ocurrido esto, no estoy desesperado por sorprender).

NUESTROS LÍDERES nos habían asegurados que lucharían hasta el fin, que resistirían hasta el fin. Ahora ordenaban replegarse.
No había nada.
Ni una salida creativa, poética o ingeniosa.
Nada.
Es un recuerdo ingrato y clave, a la vez. Nuestros líderes eran una sombra. Cientos de jóvenes habíamos creído en una sombra. Y acoger imágenes falsas de las cosas, por necedad o incultura, lo convierte a uno, de pronto, en un alienado, o por lo menos, en un ridículo. Estábamos en la edad en que buscábamos conocer el mundo y sus límites, descubrirlo como un modo de entrar al espacio adulto; y su descubrimiento no fue amable. Así terminaban nuestros ritos de pasaje. Nos hicimos viejos un once de septiembre.
Lucha, entonces, no habría, mayormente.

EN EL CENTRO DE SANTIAGO hubo varios que no escucharon la orden.
Cayeron hombres valientes, se desempeñaron dignos en la batalla.

POR LA TARDE, hicimos unos ingenuos panfletos que decían Allende Vive. El país se desangraba en el salvajismo del poderío militar y nosotros hacíamos inocentes volantes que decían Allende Vive. Parece, parece que estábamos desfasados.

LLEGARON LOS MILITARES. Las tropas rodearon el edificio. De pronto subieron a nuestro edificio. Venían por nosotros. Un vecino nos denunció. Rápidamente, tiramos los panfletos por el excusado, lanzamos un juego de cartas sobre la alfombra y colocamos un inocente disco de Palito Ortega.
Los militares no golpearon en la puerta del departamento, prácticamente la echaron a patadas abajo. Yo abrí. No vi a nadie. Solo una voz que gritó:

-¡Todos afuera!

SALIMOS CON LOS BRAZOS en altos, nos pusieron contra la muralla y nos registraron. Estaban entrando a explorar el departamento cuando desde el edificio del enfrente un francotirador comenzó a dispararles. El oficial, nervioso, ordenó responder.

-¡Y ustedes, todos adentro y cuidado con lo que hacen!

Entramos gateando, tirados en el suelo. Mientras la balacera continuó un largo rato.

ESA NOCHE, estuvimos desplomados en el piso, sin dormir, simbólicamente muertos, mientras el fuego se escuchaba en todo el centro. En medio de la noche de pronto de un viejo edificio de enfrente los militares sacaron a patadas a una pareja de brasileños. Sus gritos quebraron la noche.
A la mañana siguiente, en cuanto se levantó el toque de queda, a las 11 de la mañana, salimos despavoridos, cada uno en dirección distinta.

ESA NOCHE, me quedé escondido en una casa de una pareja mayor, en Ñuñoa. Estaba allí también un viejo dirigente socialista y amigo de Allende de toda la vida, don Raúl Ampuero.
Recuerdo, como si fuera hoy, sus palabras esa noche durante la cena, una sopa con pan tostado:

-Salvador me dijo el otro día que de La Moneda sólo lo sacarían con las pies para delante. Yo no le creí. Salvador amaba la vida, la buena mesa, los trajes, las mujeres. No le creí. Pero, hoy..., hoy Salvador está entre los grandes: digamos O´Higgins..., digamos San Martín..., Bolívar..., el Ché Guevara. Salvador Allende entró a ese panteón.

EL VETERANO SOCIALISTA creía, hasta entonces, que Salvador Allende era un frívolo. Mas, Salvador Allende había demostrado, en un solo día, en un solo chispazo, que era el menos baladí de todos.
Por Gabriel Caldés y Omar Pérez,
Capítulo de la novela, Trompas de Falopio, Foro Nórdico, 2002.
Segunda edición: Editorial Universidad Bolivariana, 2007.

sábado, agosto 23, 2008

Los ángeles de ayer partimos camino al olvido. Homenaje a Carlos Geywitz

Poetas: Sergio Infante, Adrian Santini, Sergio Badilla y Carlos Geywitz

“Con nuestra púrpura fragancia
Los ángeles de ayer partimos camino al olvido.
Los días aquellos que oscurecieron los sueños
Reducidos a un susurro.
Muerte…"

Carlos Geywitz


Carlos tenía 29 años cuando llegó a Estocolmo. Joven revolucionario de Concepción, estudió sociología, fue detenido por los militares y luego se exilió en Estocolmo huyendo de la dictadura chilena, junto a otros cientos de chilenos y argentinos perseguidos.

En la hermosa Estocolmo aprendió todo lo que tenía que aprender. Aprendió a tomar café, a tomar mucho café, como lo hacen la mayoría de los suecos. Nunca más “nescafé”. Aprendió a sacarse los zapatos al ingresar a cualquier casa. Aprendió a decir su nombre al contestar el teléfono: “Geywitz”. Aprendió a llegar a la hora.

Pero sobre todo, abrazó a la poesía y nunca más la abandonó. Con sus amigos, Sergio Infante, Adrián Santini, Sergio Badilla y Edgardo Mardones, (que ahora están desolados), fundaron el grupo Taller, uno de los grupos poéticos valiosos de la historia moderna de la poesía chilena, aunque aún no se encuentre una antología del grupo. Esos eran chicos muy creídos y muy serios en la poesía. No era fácil polemizar con ellos, ni entre ellos. Se la tomaban muy en serio. Tan comprometidos que Sergio Infante y Adrián Santini se hicieron doctores en literatura en la universidad de Estocolmo. La disputa de un solo verso en un solo poema podía significar que no se hablaran en semanas.

Y yo creo que soñaban conquistar el mundo cuando en 1981 viajaban en tren desde Estocolmo, pasando por Malmö y cruzando Dinamarca hasta llegar a Rótterdam, para participar a ese gran encuentro, el encuentro en Rótterdam, del Instituto para un Nuevo Chile.

Fue en el departamento de Sun Axelsson. Fue en la casa de la escritora sueca que supe que Carlos era el chico regalón de la dueña de casa. Lo mimaba. Y Carlos tradujo dos libros de la Sun al castellano.

En 1989 se organizó un encuentro mundialmente famoso en Estocolmo. El evento "La Reconstrucción del Tiempo" -un mito en los círculos de poetas chilenos-, se inició con una recepción en el departamento de Sergio Infante y Aurora Azócar. Recuerdo que estaban allí poetas que venían de Chile como Teresa Calderón, Diego Maqueira, Carmen Berenguer, Andrés Morales, Elicura Chihuailaf, y otros venidos de otros países como Gonzalo Millán, Tito Valenzuela, Juan Cameron y Walter Hoefler. Estuvieron también allí los argentinos Mario Romero y Cristian Kupchick y los uruguayos Roberto Mascaró, Sergio Altesor, Juan Carlos Piñeyro. Y se hicieron charlas en la universidad de Estocolmo, cuando aún Sergio Canut de Bonn estaba vivo. Sé que Canut de Bon estaba vivo, por que lo vi entrar a la sala apoyado en un bastón. Apoyado en un bastón pero vivo (Canut de Bon al Nóbel). Recuerdo muy bien el día del encuentro en el monumental auditorium del Moderna Museet de la calle Skeppsholmen de Estocolmo. Digo que lo recuerdo bien, pues Carlos leyó su entonces ya emblemático poema sobre el cerdito, Amacnédota, que producía una risa contagiosa en el público, aunque el poema era triste y desolado y crítico de la civilización. Carlos tenía un estilo rockero, algo duro, irónico e incrédulo:

DESDE SIEMPRE INCREDULO
Una luz se me resbala por la infancia:
estoy yo, niño, sentado
sobre mis abismosdías, nombrando,
hacia las doce de la noche
a un Santa Claus
que lucha por librarse
de su paracaídas.

El año 1990 nos encontramos en Santiago de Chile, en el Encuentro Hispanoamericano de Poesía, de la Universidad de Santiago. Es difícil olvidar ya esas sobremesas en un restaurante cerca de las Estación Central, con Jesús Ortega, Sergio Badilla, Jaime Siles, Teresa Calderón, Antonio Cisneros y otros poetas más.

La última vez que vino a Chile fue en el ChilePoesía, que dirige José María Memet, con otros tantos poetas que viven fuera de Chile (Waldo Rojas, Jorge Etcheverry, Hernán Lavín Cerda, Sergio Infante, Ludwig Zeller, Sergio Macías, Raquel Jodorowsky, Carlos Trujillo, Ronald Kay, Hernán Castellano-Girón y Óscar Hahn). Era el año 2005 y yo estaba allí sentado en unas sillas de plástico que habían puesto en la plaza de la Constitución cuando Carlos Geywitz leyó su poema emblemático con La Moneda a sus espaldas. Estaba contento.

Y la noticia ahora dice que Tito Estrella lo encontró en su departamento.
Tito Estrella, emblema de los años de exilio de Estocolmo, lo encontró ya muerto en su departamento.
Todo ha terminado.
Y me han dado ganas de poner una música dura.

Cierro con un poema sobre la muerte seductora de Sergio Infante, que lo imagino lloroso, hoy en Estocolmo de agosto.

EMBLEMATICA
¡Mira!
La muerte se desnuda
en tu ventana,
Y eso
de la osamenta y la guadaña
apenas era un chiste,
un chisme del más acá,
el último susurro
de un mal fabulador.

viernes, agosto 15, 2008

Grito en la Noche. Visita a Sofía IV

Publicado en Diario Arbetet, junio 20, año 1991.

Es tarde por la noche en la capital de Bulgaria, Sofía. Acabamos de cenar en un restauran muy central y vamos hacia las faldas de la magnifica cordillera Vitosha, de vuelta al pequeño hotel, cuyo dueño es el primer empresario hotelero de la Bulgaria post comunista. Mi empatía con la ciudad crece y yo siento que, en realidad, todas las ciudades son mi ciudad. El que una vez ha emigrado recibe un virus: el virus de la aclimatación, es más fácil acostumbrarse. Mis ojos tienden a cerrarse dentro del taxi y huelo, por un momento, la esencia de la ciudad.
Estoy en camino de dormirme cuando un frenazo me saca del sueño.
¡Dios mío!
Un hombre está allí, frente al auto, al otro lado del parachoques. El hombre se cruzó y el chofer, a último segundo, logró frenar.
El hombre en la avenida grita confundido, como un pequeño niño que se ha perdido:
-¿Dónde está mi mujer? ¿Dónde está mi mujer?
El grito llena la noche con un desesperanzado y angustioso patetismo.
-¿Qué sé yo? le contesta el chofer.
El hombre mira dentro del auto mientras grita:
-¡Devuélvanme mi mujer!
Ahora él está lloroso, triste.
Mi amigo Ricardo Arroyo está sentado a mi lado en el taxi, sale y le pregunta en un nítido idioma búlgaro qué es lo que le pasa.
-Mi mujer me ha abandonado esta noche y debo encontrarla.
-Pero, hombre, tú entiendes bien que tu mujer no está con nosotros, ¿no?
-Sí, lo sé, dice el pobre hombre y llora. Y llorando agrega: pero de todos modos tengo que buscarla. Péguenme si quieren, yo soy tan tonto.

Nosotros no le pegamos, obviamente. Somos ajenos a ese tipo de masoquismo.
El y su mujer habían estado comiendo en el mismo restaurante que estuvimos nosotros. Había creído el hombre que su mujer se había ido con nosotros

En nuestro pequeño hotel post comunista me lavo los dientes, me desnudo y me acuesto. Apago la lámpara. Entonces me vuelve el grito, como un golpe dentro de mí:
¿Dónde está mi mujer? ¿Dónde está mi mujer?

Ese grito es la metáfora de la actual Bulgaria, pienso.
Pero es un pensamiento inconcluso: me quedo dormido.

jueves, agosto 14, 2008

Poeta de pocas palabras. Visita a Sofía III


Publicado en diario Arbetet, 8 junio 1991

Sofía es confusa, pero también muy amable. Es fácil tomar contacto con la gente. El Café Praha está lleno de humo de cigarro y de gente muy vivaz. Bebemos café con coñac. Le pregunto por la literatura búlgara a una amiga búlgara, una espigada bailarina que nos acompaña y que viste un llamativo jersey lila. Hizo unos llamados por teléfono y no nos demoramos mucho en estar en la casa de Deian Ene, un premiado joven escritor, en las faldas del monte Vitosha, donde vive con su mujer y sus dos hijos. El nos invita con un aperitivo de raika, un aguardiente búlgaro.
Deian es un treintañero profesor de inglés, y ha publicado el libro de cuentos “Lecturas para un tren nocturno”. Su segundo libro espera, pues el editor debe encontrar papel, un bien escaso en la Sofía actual. El escribe usualmente en diarios y revistas. Pero vive con una sensación de asilamiento, una claustrofobia que duele.
Miedo
Deian ha pasado toda su vida en Sofía. Sus contactos con el extranjero son pocos, aunque Bulgaria es un país Europeo muy central. Deian –igual que muchos otros jóvenes escritores europeos- es escéptico de la política. “La literatura es una manera de volar”, dice. “Escribir es un modo de buscar armonía entre el mundo interno y externo. Es como el amor: uno no sabe bien como comienza, pero luego uno no desea terminar. Pero cuando uno escribe sobre la gente, siempre está allí el entorno.”
El gran tema en la literatura búlgara es el miedo. Y vendrá a marcar la literatura en el futuro, quizás de modo más abierto ahora. En Bulgaria han empezado, paralelamente con la salida de diarios y revistas, a fundar editoriales independientes. “Hay tres grupos: el primero son los ex jefes, que aún publican mierda. El segundo grupo son editoriales que sólo quieren ganar dinero y publicar pornografía. El tercer grupo es el que está realmente interesado en la literatura, pero que hasta ahora ha tenido dificultades para establecerse en el casi inexistente mercado.
El tiempo pasó rápido y ya era muy de noche cuando terminamos la velada.

Minimalista

Al otro día mi amiga del jersey me presenta a otro escritor: Ivan Radief tiene 33 años y es un minimalista, cuidadoso con el idioma, con la palabra, con miedo a la retórica. Me cuenta que ha escrito una pieza de radio de 15 minutos, con una sola réplica.
-El único problema es que ellos pagan según el largo de la obra, dice y sonríe. El es un escritor que sonríe a menudo.

Raíces

Seis poemarios ha publicado y es redactor de Annales, la gran revista cultural de Sofía. El publica su propia revista, Naba. Mucha poesía minimalista hay allí. Por ejemplo, su poema Familia, tiene tres palabras: “Y era amor”.
-Mientras menos palabras, el poema es más libre. Debemos ir a las raíces, dice. Y las raíces están en un camino donde muchas otras raíces se cruzan. Bulgaria es una cultura mezclada. No son catedrales, son árboles lo que necesitamos, allí están nuestras tradiciones.

martes, agosto 12, 2008

Las campanas de la iglesia doblan de nuevo. Visita a Sofia (I)



Publicado en el diario Arbetet de Suecia, domingo 10 junio 1991

La ciudad de Sofía –una de las ciudades Europeas más verdes- se silencia y en sus numerosos parques la gente por cortos segundos se queda pensativa cuando doblan las campanas de la iglesia rusa . Varias décadas en silencio se reúnen en este momento, todos esos años que las campanas no pudieron doblar en Sofía.


Damos vuelta la cabeza hacia el horizonte de la avenida y allá está el centro moderno de Sofía y su funcional arquitectura comunista.


El lado sur de la plaza 9 de septiembre limita con el ostentoso mausoleo de Dimitrov. Allí marchó la gente el año pasado y los más exaltados querían prenderle fuego al mausoleo donde Georgi Dimitrov (1882-1949), el padre del estado comunista, estaba embalsamado. Un sacerdote habló con energía a las masas, como un gallo de pelea elevado en el mausoleo de piedra iluminado por los focos del monumento. El convenció a las masas de no destruir el mausoleo. Al día siguiente llegó un helicóptero militar y levantó la estrella roja . El cuerpo embalsado de Dimitrov se sacó a escondida por la noche y se enterró en un lugar secreto.



Aún no se sabe quien le prendió fuego al edificio del partido, hacia el otro lado de la avenida. La oposición habla de provocadores y al actual jefe de partido, Dimitri Lilof se le llama “von” Lilof. La explicación está en un pedazo de historia europea: George Dimitrov fue acusado por los nazis de haber quemado el Reichstag en 1933. George Dimitrov es ahora un cuerpo desaparecido y el edificio quemado del partido comunista una marca del presente.




En este preciso momento, las campanas de la iglesia rusa han dejado de sonar.

domingo, agosto 03, 2008

Poeta callejero, mujeriego, bebedor y algo cafiche

La Casa de Dostoievsky. Ultima novela de Jorge Edwards

Todo empezó cuando me enteré que había un nuevo libro de Jorge Edwards, La Casa de Dostoievsky. Conseguirme el libro fue fácil. Buscar un momento para leerlo, eso fue lo difícil. El sábado opté por algo simple y barato: no levantarme de la cama. Llevé el té del desayuno, mi pan con palta y el libro al velador y así transcurrió la mañana y transcurrió la mañana y transcurrió la mañana y ya había leído el primer capítulo de la novela.

Pues, deben saber que la novela tiene tres capítulos.

El primer capítulo, La espalda de Teresita, son los inicios de un joven poeta, llamado simplemente El Poeta, un vate callejero, que con sus amigos, el Chico Adriazola y Eduardito Villaseca, aplanan esas cuadras del centro de Santiago, entre el Mapocho, el parque Forestal, y el cerro Santa Lucía, a fines de los años 40 y años 50, una época en que Santiago era aún un lugar para vagabundear. Una época en que el Poeta vivía en una covacha, una pieza que da título irónico a la novela, la casa de Dostoiesvky. Se iban, a veces, a tomarle el whisky al papá de Eduardito y luego hablar de poesías, de poetas y por su puesto de mujeres. El Poeta se tira a la hermana del chico Adriazola, aborto de por medio, y luego se enamora de Teresa Echazarreta Guzmán o Vidal (no está claro), una chica bien, que descoloca al Poeta y cuya locura lo hace pasar un fin de semana en un calabozo de la Primera Comisaría de Santiago, que estaba ubicada (y aún lo está) en McIver con Santo Domingo.

En el segundo capítulo, De Tránsito, el Poeta abandona su cuchitril Dostoiesvky, sale por la ventana, tira la llave y se va caminando hacia la cordillera hasta llegar a la casa del Antipoeta en los faldeos de La Reina. Después se va a Isla Negra, y en las cercanías arrienda una pieza con piso de tierra. Un día el Poeta se embarca en el aeropuerto hacia Francia. Allí se encontró de nuevo con Teresa Echazarreta, que estaba casada con un palogrueso (como se decía entonces). Un día el marido llegó a su estudio en el séptimo piso con una pistola. Le apuntó a la cabeza y disparó. El sonido fue aterrador, pero la bala era de fogueo. Y, por ese hábito social de que conocidos presentan a conocidos, el Poeta se encontró con un cubano, y colaboró en la revista cubana Casa de las Américas. Y así, o de un modo que se cuenta mejor en el libro, llegó a Cuba, donde ganó el premio Casa de las Américas y, por razones que cuesta saber, se quedó viviendo unos años en La Habana, donde se casó con María Dolores y vivió con ella hasta que María Dolores, cansada de las trasnochadas de su marido, quedó embarazada de un amigo del Poeta. Y María Dolores se lo contó un día directamente:

“-Que estoy embarazada-dijo ella.

-¿De quién?

-De Alejandro –respondió ella- de Tomás Alejandro Tritón.”

Y luego él:

“-¡Imbécil!, dijo, agarrándose los pelos-. He sido un perfecto imbécil.

-Yo no sé –respondió ella, lloriqueando-. Yo creo que me porté mal, pero ya la cosa no tiene remedio.”

Efectivamente, sin remedio, el Poeta se quedó solo. Y siguió conviviendo con esa pandilla, ya algo infectada, de poetas que estaban bajo la mirada sospechosa de los llamados organismo de seguridad del estado. Y ustedes saben bien lo que les pasó a esos poetas en Cuba. Y ustedes saben bien que al final Heberto Padilla se auto inculpó. La mundialmente famosa Autocrítica. El Poeta estaba allí en la sala de Unión de escritores con la cabeza entre las manos cuando Heberto Padilla comenzó su lamentable caída:

“Ya sabemos lo que dijo Heberto Padilla en aquella sesión vertiginosa, sorprendente en más de algún sentido, abismal, y de alguna manera clásica, acorde con la mejores tradiciones del socialismo real, y digna, por lo tanto, de ser registrada.”

El Poeta de la novela La casa de Dostoviesvky, siente también que la mano que aprieta de la seguridad cubana, lo tiene rodeado, le escuchan sus conversaciones y le pinchan los teléfonos.

Y rápidamente, el desencantado poeta estaba volando a Santiago de Chile. En el aeropuerto Cerrillos (que ya no existe y que pronto será habitado por casitas y poblaciones) lo esperaban Adriazola, Eduardito y Teresa Echazarreta. Y ya estamos en el Chile de Allende y su cierre en la dictadura militar, en el capítulo 3 y final, La Ciudad del Pingüino.

El Poeta es, sin duda, un decepcionado de la revolución cubana, tal como lo fue el autor del libro, Jorge Edwards (O Eguar, como le decían los cubanos). Hacia el final, el Poeta, enfermo de cáncer, le pide a Teresa, para sorpresa de todos, que lo velen en una casa del Partido Socialista, sin curas y sin rosarios y esas cosas católicas.

“-Mis restos deberían salir de una casa del Partido Socialista que hay allá por la calle Dieciocho, sin pasar por ninguna iglesia.”

Eso dice el Poeta, al final del libro.

Y muere.

Y cuando muere, el lector, -o sea yo-, yo tirado sobre mi cama de este sábado lluvioso y frío, me da un poco de pena el desánimo interior de El Poeta.

Y eso que yo no soy muy propenso a ponerme triste.

¡Lo qué son las cosas con las novelas!

Luego, en camino al cementerio “el Antipoeta dijo que los funerales sin curas, sin cánticos religiosos, sin responsos de preferencia en latín, acompañados de las correspondientes aspersiones del ataúd con agua bendita, eran demasiado tristes, fomes”

Después que me dio un poco de pena, me dio algo de risa el comentario del Antipoeta.

No sé por qué, pero a mí me dan risa los chistes en los funerales.

Y allí llegué a la página 329 y final.

El día sábado se había puesto oscuro. Me preparo para cenar con amigos, unos de los cuales ya ha leído la novela. Y fue en la sobremesa, ya estábamos en los bajativos, cuando me explico algunas influencias de la novela.

El libro tiene algo de la buena novela de Marcelo Mellado, Informe Tapia y sus poetas estructuralistas (estructuralistas de nivel chileno) de las cuencas de los ríos, (y Edwards toma, por lo demás, esa técnica, de usar diversos apellidos para los personajes, que le otorgan el estilo etéreo y de memoria frágil al relato).

( Y ahora mismo me acuerdo que Informe Tapia la presté y nunca la devuelven los huevones).

Y la novela se parece en algo a Detectives Salvajes de Roberto Bolaño (aunque con menos fondo). Algo tiene de Memorias de un tolstoyano de otro Premio Nacional, Fernando Santiván, sobre una colonia Tolstoyana, una breve experiencia artístico-comunitaria de los años 1904 y 1905, de los jóvenes escritores Augusto D’Halmar, Fernando Santiván y Julio Ortiz de Zárate. Y si vamos a seguir con las referencias habría que citar en Chile, el cuento de Enrique Lafourcade, que se llama Muerte del Poeta, de unos jóvenes poetas que llegan a hueviar al funeral de Vicente Huidobro en Cartagena. Y, ¿por qué no?, lean también El Poeta Chileno, que publiqué inicialmente en sueco, hace casi veinte años.

De la novela se pueden deducir algunas cosas básicas. Por ejemplo, se podría colegir que los poetas chilenos son, por condición, por estructura adenítica, callejeros, mujeriegos, bebedores y algo cafiches, y que acostumbran a tener un lado B, oscuro y retorcido, algo odioso.

¿Conocen ustedes algún poeta chileno?

Si ustedes conocen alguno, como yo, sabrán reconocer que El Poeta de la novela se acerca algo, se parece por lo menos, (sin que nadie se ofenda), a la descripción de un poeta chileno standard. Un tópico.

Quiero decir, por lo tanto, que reconozco aquí en esta novela algo de ficción interpretativa sobre los brillos y las derrotas de la poesía chilena.

Quizás, suena presumido decir “brillos y derrotas de la poesía chilena”.

Ya. Lo reconozco.

Se los presento de otra forma:

La novela recuerda que los poetas chilenos tuvieron relaciones, -a veces utilitaria, a veces fiel y la mayoría de las veces de costado-, con la política y con la izquierda. Y como tales, grandes escritores chilenos sufrieron grandes líos con los cubanos castristas en su época de gloria y dominio cultural. Así ocurrió con Pablo Neruda (la felona carta de los escritores cubanos a Neruda que lo acusaban de dejarse comprar por los imperialistas). Así ocurrió con Nicanor Parra (después de su té con Pat Nixon, una carta visada por el cubano Roberto Fernández Retamar que decía “Como revolucionarios condenamos su confianza en el imperialismo”,) y así ocurrió con Jorge Edwards (encargado de negocios de Allende que fue declarado por Fidel Castro como Persona Non Grata en la isla). Además, esas malas relaciones con los cubanos, llevaban siempre un antipático eco local de escritores chilenos.

¿Me explico?

Esta novela de Edwards no es, naturalmente, una novela de vanguardia, ni de un desesperado e insensato escritor de novelas con barranco. No. Y hay algo de déjà vu en las historias, la sensación de haberlas escuchado antes. Pero es una novela que a mí me entretuvo y me gustó leerla, justamente, -miren qué paradójico-, por lo mismo que algunos critican duramente a Edwards, es decir: su frivolidad, su divertimento, sus alusiones humorísticas, el despliegue de cultura y buen humor para construir, con intrigas bien contadas, una vida.

De cualquier modo, es una novela mucho más útil que la anterior novela de Edwards, El Inútil de la Familia.

Hay varias formas de leer novelas. (Y que cada quien lea como quiera, por lo demás). Yo la he leído este sábado de invierno de lluvia inclemente, como ficción (mentirosa ficción, ambigua construcción sobre una realidad). Una imagen, pero no falsa (¿Borges?).

Aunque en la novela hay hechos muy pegados a cierta realidad, por ejemplo la anécdota de cuando el Poeta conoce a su mujer cubana María Dolores, está ya contada en el libro Persona Non Grata, y allí Edwards nombró directamente a Enrique Lihn y su mujer. Pero a mi me importa un pepinillo de que carne está hecho El Poeta de Edwards.
Yo he leído la novela como si fuera, precisamente, una novela. Pero hay otros, otros por ahí, que ahora la leen como infidencias, como un Roman à clef (novela en clave). Para ellos los personajes son trasuntos (transposición, representación) reconocibles (o semi) de seres reales. Esta novela sería, según se sugiere, la biografía no autorizada de, digámoslo, Enrique Lihn. El “avatar”, así se llama ahora al yo virtual, sería el retrato (arbitrario y cobarde) de una de las figuras más influyentes de la poesía chilena. Es una forma de leer con criterio de farándula.

Puede ser, quizás, que ese mismo licor agrio y descreído que fluye en la sangre densa del Poeta de la novela de Edwards, sea el mismo licor, quizás, que fluya hoy por las venas de esos críticos de Edwards. Quizás, sin que se den cuenta, actúan igual que El Poeta de la novela, en su lado más turbio, en su lado más oscuro de la luna: de modo acre. En el fondo, quizás, le rinden homenaje al lado pesado de El Poeta. Qué sé yo.

En cambio, creo que los lectores masivos leerán la novela, tal como la he leído yo, este sábado frío: como una grata novela, como una buena novela.

Me parece que la pobre ciudad ha estado atribulada demasiado tiempo. Anne Carson.

Me parece que la pobre ciudad ha estado atribulada demasiado tiempo. Luz sobre muros de ladrillo y un viento del norte azotando las ramas...