Javier del Cerro ha creado una fluida narración visionaria que deleita.
Con gestos mínimos ―la sombra de una hoja, el sonido del
viento y el paso del tiempo sobre un muro ― respira una ciudad.
Javier del Cerro mezcló el universo kafkiano con una
imaginación cercana al surrealismo, al bestiario medieval, la fantasía
apocalíptica y la prosa poética contemporánea.
El inicio es un relato del Génesis invertido, una cosmogonía
de la metamorfosis.
“Sentí mi cuerpo dejar su corteza.
Los peces salían de las aguas.
La lluvia daba vueltas por las casas y de la tierra
raíces y criaturas fantásticas.
El mar se convirtió en una espesa niebla y un manto gris
cubrió la ciudad.”
Aquí no existe una explicación racional. La lógica es
onírica, alucinada.
Cada oración altera un orden natural: el cuerpo abandona su
corteza, los peces salen del agua, la lluvia deja de caer verticalmente, el mar
desaparece, aparece la niebla.
Recuerda más a una visión profética (como ciertos pasajes
bíblicos o de William Blake) que a Kafka.
El ritmo y la musicalidad son muy buenas. Las frases tienen al
tanteo el mismo peso sintáctico.
La historia pronto se revela con un hallazgo:
En Kafka, Gregor Samsa despierta convertido en insecto.
“Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregor Samsa se
despertó convertido en un monstruoso insecto.”
Javier del Cerro aquí:
“Mi forma la de un lobo,
mi territorio la ciudad.”
El lobo cambia completamente el significado.
El insecto de Kafka es la culpa, la insignificancia, la
repulsión, la impotencia.
El lobo de Javier del Cerro, en cambio, es el instinto, la
fuerza, el territorio, la supervivencia.
Es decir, el personaje no degenera. Se animaliza para
sobrevivir.
Eso modifica el eje metafísico.
Uno de los mejores momentos es la irrupción del humor
absurdo:
“Mis patas son torpes con el teclado.
Debo comunicar mi transformación.”
Es extraordinariamente kafkiano.
El sujeto acepta lo imposible de ser lobo.
Ese desplazamiento produce humor absurdo.
Sucede lo mismo con:
“No hay
cámaras que muestren a un lobo
llamado
Gregori, solo hay escarabajos.”
En la novela de Javier del Cerro, Gregori es un lobo.
Es un gesto metanarrativo inteligente: vivir dentro de su
propia ficción.
Eso recuerda a los mejores: Jorge Luis Borges, Paul Auster,
Italo Calvino.
Hay una mezcla interesante en el tono ligero entre relato
infantil, poema, novela fantástica y
crónica del desastre.
Nunca se instala completamente en ninguno y esa vaguedad es
una marca de estilo de Javier del Cerro.
La novela de Javier del Cerro funciona mediante listas,
proceder a enumerar, un recurso antiguo.
Ejemplo: dragones, pájaros, perros, animales, mutantes,
máquinas...
Es un recurso antiguo, sí, y crea expansión.
Funcionan como estribillos. Dan musicalidad.
Javier del Cerro crea un universo coherente en su propia
lógica.
Tiene reglas claras. Todos mutan.
Los dragones existen. Las máquinas siguen funcionando.
Eso es importante. No estamos frente a un sueño.
Estamos frente a una fugaz realidad alternativa.
El relato termina gira alrededor de entregar paquetes,
encomiendas.
Eso es magnífico pues transforma la burocracia kafkiana en
una misión épica.
Aquí, el trabajo sostiene el mundo. Gregori alimenta a su
familia.
Hay algo profundamente contemporáneo ahí.
Las frases breves, las oraciones simples.
Las frases se apoyan unas sobre otras sin demasiadas
subordinadas.
Eso da velocidad. Produce sensación de avance continuo.
Los sustantivos hacen casi todo el trabajo. Eso evita un
lirismo excesivo.
La imaginación produce ideas con enorme rapidez, sin pausa.
Lobo. Dragones. Mutantes. Escarabajos. Máquinas. Praga. Guerra.
Bestiario. Revolución.
Javier del Cerro dialoga con Kafka desde una imaginación
propia. La decisión de convertir a Gregori en lobo y a Kafka en escarabajo
desplaza el eje de la culpa hacia la supervivencia y el cuidado. Dota al relato
de un centro simbólico inesperado: incluso en un mundo devastado por mutaciones
y dragones, alguien debe seguir llevando los paquetes, las encomiendas, sosteniendo
el vínculo entre las personas.
Javier del Cerro posee una valiosa fertilidad imaginativa.
Su prosa deslumbra por acopio.
Es una prosa visionaria que se convierte, poco a poco, en
una fábula alegórica sobre nuestro presente.
Es excelente porque el conflicto original de la identidad no
es un debate filosófico explícito.
Tiene además un humor que Kafka probablemente habría
disfrutado.
Importa vivir como lobo. En otras palabras, la
transformación deja de ser física para convertirse en social.
Eso me parece una evolución natural del texto.
Al principio era un personaje casi mítico. Ahora se vuelve
un fundador.
Es precioso este pasaje:
“Su
mujer llega a un acuerdo con la familia de Kafka y se hace cargo del negocio de
envíos.”
Es decir, estamos leyendo la historia de una empresa
familiar fundada por Kafka.
Es un humor completamente borgiano.
No desentona.
La virtud crece cuando aparece la ternura, el amor.
Por ejemplo:
“Gregori llega a su casa, su mujer lo acaricia
y su hija lo besa.”
o
“Te quiero con pelos y esos ojos de luna.”
Son momentos muy buenos que equilibran el desastre del
comienzo.
Comprendo por qué Gregori quiere seguir siendo lobo.
No es una ocurrencia fantástica. Es una forma de felicidad.
Además, hay un fenómeno muy interesante: coexisten la novela
fantástica y la ensayística.
La fantástica dice: los lobos reparten encomiendas. Kafka
administra. Los escarabajos viven cuarenta años. La hija vuelve influencers a
los lobos en las redes sociales.
“La
mujer de Gregori es una emprendedora y su hija ha convertido a los lobos en
influencers en las redes sociales.”
Todo eso funciona muy bien.
Y aparece otra voz que comenta continuamente el presente:
los celulares, las redes, la soledad, los aparatos, el consumo. Esa voz casi
parece un ensayo.
Las imágenes siguen siendo excelentes, memorables.
Por ejemplo:
“La ciudad es una escarcha.”
Excelente.
O:
“Gregori juega en la playa...
persiguen dragones que son pelícanos.”
Tiene resonancias de la mejor ciencia ficción poética.
La novela es una reescritura de La transformación, y se convierte
en un mito sobre la domesticación de la modernidad. Gregori descubre que ser
lobo es una forma más humana de vivir. Los seres humanos, rodeados de
tecnología y consumo, aparecen como los verdaderos animales desorientados. Esa
inversión sostiene la unidad simbólica de la novela.
El final ―uno de los momentos más logrados de la novela― no tiene
una resolución argumental. Transforma el clima poético. Abandona la lógica
narrativa y entra en la lógica del mito y de la música. Esa decisión
estilística tiene virtudes notables,
El paso de la novela a una prosa poética donde resuena el
mundo como una experiencia sensorial, imaginativa y profundamente emocional.
La intervención sonora reemplaza el conflicto. La
musicalidad en la novela se convierte en una memoria. Es la huella acústica de
una existencia. Una cartografía emocional. Cada ser vivo deja un registro
sonoro antes que una historia. Los árboles escriben con hojas, los ríos con
corrientes, los pájaros con trinos, las ciudades con ecos y los seres humanos
con sus respiraciones.
En términos musicales, la novela termina como una coda
sinfónica.
La sintaxis misma contribuye a ello. Predominan las frases
breves, la acumulación de imágenes:
"Trinos, cantos, chillidos de miles de
pájaros..."
No hay explicación. Hay expansión.
La narración se vuelve respiración.
Todo el final va hacia una composición musical.
El texto mismo está escrito como un crescendo.
El lenguaje ya no es descriptivo. Es performativo.
El texto intenta producir en el lector una sensación
semejante al concierto.
Pájaros, trinos, violín, bosque, viento, ciudad funcionan
como una moción musical.
Se parece más a una partitura que a una narración.
En La metamorfosis, Gregor Samsa se convierte en insecto
para mostrar la deshumanización. Aquí veo una operación literaria muy
inteligente.
Javier del Cerro en su novela hace exactamente lo contrario.
El animal se expande, deja de representar lo monstruoso y
pasa a representar una forma superior de libertad, una respuesta esperanzada.
El sueño reemplaza la historia.
Hay algo muy borgiano y muy latinoamericano.
Kafka conversa con Felisberto Hernández.
“Milena toca y Kafka sueña y está en un café con
Filisberto Hernández y hablan de singularidad, de ficción, recuerdos,
imaginación, de libros sin tapas, de humor, extravagancia.”
Los muertos hablan. Los tiempos desaparecen.
Los personajes sueñan a otros personajes.
La novela entra en un territorio sin cronologías.
Eso la acerca al realismo maravilloso más que al realismo
mágico.
El sonido reemplaza la palabra de modo extraordinariamente
original.
El lenguaje parece querer desaparecer.
El ideal último es una comunicación no verbal.
Una música anterior a la literatura.
Eso es muy poco frecuente.
El final posee una dimensión utópica.
No es una utopía política.
Es una utopía acústica.
La ciudad no cambia mediante una revolución.
Cambia porque aprende a escuchar.
Eso me recuerda una idea de John Cage: movimientos que se
interpretan sin tocar una sola nota.
También a Octavio Paz:
“La música disuelve el espacio en el tiempo.”
Es decir, sonidos caminando sobre el silencio.
Escuchar el mundo como si ya fuera música.
Durante buena parte de la novela domina una sensación de
extinción.
Pero el final introduce nacimientos; niños; juegos; plazas;
animales.
Es decir, el futuro. Sin necesidad de decir "final
feliz".
Lo hace mediante imágenes de fuerza literaria.
El narrador se disuelve.
La frase:
“Soy un lobo, un personaje sin autor que duerme y sueña
en el cementerio judío de Praga”
es magnífica.
Ya no sabemos quién sueña: como en Jorge Luis Borges, como
en Italo Calvino.
Lo que más me sorprende es la sustitución del Apocalipsis
del que hoy habla todo el mundo.
¿Reconstruir la civilización después de la hecatombe
inminente?
No.
Javier del Cerro propone otra cosa.
¿Qué propone Javier del Cerro? ¿Qué nos quedara después de
la decadencia actual?
Nos quedará algo poético: reaprender a escuchar.
No es la victoria de la tecnología, de la IA, de la política,
o de la ciencia.
Vence la sensibilidad.
La novela evoluciona desde una imaginación de filiación
kafkiana y centroeuropea a una voz más propia, donde confluyen Kafka, Filisberto
Hernández, Calvino, la música contemporánea, la ecología y una utopía de la
escucha.
Ya no es una novela sobre una metamorfosis individual, es
sobre la metamorfosis de la percepción, de la clarividencia de saber escuchar.
Original. Ese cambio es el rasgo más sugerente de la gran
novela de Javier del Cerro: propone una
nueva manera de habitar el mundo. Cambiar la forma en que la ciudad escucha. Una
idea literaria poderosa, infrecuente y muy coherente.
Javier del Cerro ha creado una narrativa propia. Una voz
única con una narrativa de la escucha.
Enhorabuena.

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