Mostrando las entradas con la etiqueta Vicente Huidobro. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Vicente Huidobro. Mostrar todas las entradas

domingo, abril 07, 2024

En el fondo de su tumba está el mar. Por Omar Pérez Santiago. El Heraldo abril 2004

 



En la costanera de Cartagena de Chile, entre la playa Chica y la playa Grande, estoy con Elly Orellana, mi hermana Silvia y Jorge Araya sentados en una Fuente de Soda. Desde los ventanales vemos a una pareja de jóvenes sentados en la baranda. Detrás de ellos está el mar, el sol recorta sus figuras. El le habla seriamente, gesticulando con sus manos. Ella se ríe y baja sus negras pestañas, indefensa como una flor. A veces, ella esconde coquetamente con sus manos la sonrisa de su armonioso rostro. El la seduce, suponemos, contándole delgadas y amorosas humoradas. Ella gira su cabeza, se entrega divertida. En el intertanto de ese amorío juvenil le preguntamos a la garzona dónde está la tumba de Vicente Huidobro, que vino a morir en el año 1948 aquí en Cartagena. “En el cerro”, nos responde la muchacha.

 En 1618 el capitán español Juan de Cartagena fundó el pueblo en esta playa que le pareció fastuosa. A comienzos del siglo XX ricachones de Santiago transformaron Cartagena en un selecto balneario. Levantaron casas que imitaban los acantilados franceses y las divinas playas de Italia.

Aunque aún siguen en pie elegantes obras. Cartagena ya no alberga a los ricos. Tiene una población de 15 mil habitantes, y es visitada por unas 450 mil personas al año, y sigue recibiendo la visita de artistas y poetas que la han denominado pomposamente como Capital Cultural.

Un vecino de Cartagena y una carabinero –subiendo ya el cerro en el auto de Jorge- nos orienta con gentileza sobre cómo llegar a la tumba del poeta Huidobro. Estamos a los pies del cerro. El camino de tierra está en mal estado y tenemos que hacer los últimos trechos a pie, sin la certeza de andar por el buen camino.

Los biógrafos dicen que esta fue la última caminata de Huidobro, un martes 16 de diciembre de 1948.

Cruzamos junto a la casa de veraneo del poeta, una vivienda de un piso y techo de tejas, de aspecto vulgar y distribución defectuosa, cuyos planos había confeccionado Huidobro. Sé que en los dormitorios y en el living comedor con chimenea escaseaban los adornos y cuadros, porque Vicente Huidobro carecía del sentido de la decoración. Desde aquí veía el inmenso panorama oceánico, puntillas, ensenadas, dunas y pinares.

 Aquí vivió momentos memorables con su segunda mujer, Ximena. La historia es un guión de cine. El tenía 33 años, casado 14 años con Manuela Portales, cuatro hijos. Entonces se enamoró de una apetecible muñeca de 14, Ximena Amunátegui, heredera de una conocida familia de Santiago. El escándalo fue patagüino. Los hermanos de Ximena los buscaron para matarlo. “Lo vamos a matar”, dijeron. Ximena fue enclaustrada en un convento. Huidobro huye a New York. Su padre no volvió a hablarle.

La cuestión no quedó allí: regresó clandestinamente con un desorbitado plan: rapto de menores. Ximena pidió permiso a las monjas para ir al dentista. En una esquina de Santiago, en un automóvil la esperaba Vicente. Cruzaron la cordillera de Los Andes y llegaron a Mendoza, Argentina. Luego se fueron a taquillar a París.

Sabemos que fueron felices en Europa.Volvieron a Chile algunos años después. En Santiago tuvieron un hijo, Vladimir.

 La pareja pasó en Cartagena lapsos inolvidables. Huidobro trajo semillas y forestó el lugar. Aquí llegaban los leales de la trupp Huidobriana: los poetas Eduardo Anguita y Braulio Arenas. Se alojaban en un cuarto sobre el que tenían un derecho adquirido. A veces, se entretenían con eternas partidas de cartas. El juego terminaba en pelotera. Vicente trampeaba. Braulio se enfurecía, se despedía y tomaba la maleta Huidobro salía tras él, le cogía del brazo pidiéndole perdón. Una vez se trenzó con Ximena. Ella le dijo: “tramposo”; él contestó: “los tramposos son los Amunátegui y el señor Domingo Amunátegui es un señor prehistórico”. Peleas infantiles que se tomaban en serio.

Un día ocurrió lo inconcebible que lo paralizó como una estatua. Son esas cosas sensibles, duras y tristes, que por pudor, uno quisiera no oír. Apareció un joven poeta argentino, simpático y canchero: Godofredo Iommi. También se empezó a quedar en Cartagena. Todos sabemos lo que ocurrió. No digamos más. El triángulo se prolongó por varios meses. Huidobro no quiso aceptarlo. Se volvió doloroso. A veces, rudo.

Bajoneado se fue a Europa en 1943 en plena II guerra. Entonces, Godofredo y Ximena se casaron. Orgulloso, Huidobro le escribió a un amigo: “Ninguna mala voluntad a Jimena. Cómo voy a tenerla. Ella me dio a mí sus mejores años, su juventud, su primavera y su verano y ahora le da a otro su otoño y su invierno. ¿No es esto una gran finura? Y luego casarse con quien lo hizo es otra finura...su marido es uno de los pocos que no puede dar celos a nadie”.

Se dejaba a ver que el poeta estaba picado.

Creo que no se recuperó.

 Participó en la guerra. Buscó o inventó nuevos mitos, como el teléfono de Hitler, que habría sacado del gabinete del nazi.

En 1945, finalizada la guerra, volvió a Cartagena con el teléfono de Hitler y con una nueva joven esposa, Raquel Señoret.

Regresó con el alma malherida. Algunas de las cartas del escritor, muestran amargura.

Su muerte fue pre-sentida. Su hija Manuela se encontró con una clarividente en la calle Miraflores: “Sufriría la pérdida de un pariente”, le dijo.

Pasaron algunos meses. El lunes 15 de diciembre Huidobro fue al cine Bandera a ver la película “Feria de Quimeras”. Salió a las nueve de la noche y le dijo a su amigo Carlos Valdés: “Anda a verme mañana a Cartagena, después ya no me verás”.

 El martes 16 Huidobro tomó en la estación Mapocho el tren a Cartagena. El ferrocarril, inaugurado en 1922, recorrió los 108 kilómetros que hay entre Santiago y Cartagena. Eran las tres de la tarde y le clima estaba templado, 18 o 19 grados. Desde lo alto de la loma donde está la estación observó la playa Chica, donde muchachas se paseaban en trajes de baño “last-tex” y los osados “Catalina”, que causaban furor. Más allá, entre playas, en el paseo peatonal, unos niños compraban manzanas confitadas.

Huidobro esperó un taxi. Finalmente repechó a pie hasta lo alto de la colina, maleta en mano y deteniéndose para tomar aliento. Entonces le dio un derrame cerebral.

La casa en la colina se llenó de gente. El poeta estaba inconsciente.

El día viernes dos de enero a las 16:15 murió.

 Murió el mejor poeta vanguardista, antipoeta y mago.

Murió sin el Premio Nóbel que la Academia de Irlanda pidió para él en 1926.

Murió sin el Premio Nacional.

Murió sin un Premio Municipal.

 La sobria urna de caoba barnizada de negro –del tipo 14, según dijo uno de las pompas fúnebres- se instaló en la austera casa. No tenía cruces, ni cirios, ni flores. El féretro solo. “No seré de los que se ablandan a última hora, pidiendo confesor”. Había dicho.

De Buenos Aires llegó un cable de condolencias firmado por Godofredo Iommi y Ximena Amunátegui.

El día sábado tres a las 17:30 el funeral inició su viaje, desde lo alto de Cartagena. La bella Raquel Señoret vestida de negro subió al primer auto. “Siento por mi esposo adoración y cariño”, declaró a un periodista de La Nación. En otro auto iba su amigo Hugo Montes, en otro la pintora Henriette Petit. Veinte autos cruzan lentamente junto a la playa de Cartagena. Media hora se demoró el cortejo entre la casa del poeta y el cementerio.

En el vano del cementerio de pescadores tomaron la urna Vladimir, hijo del poeta de 13 años, vestido con un traje gris, descubierto y llevando en su brazo derecho una franja de luto; sus amigos Luis Vargas Rosas, Carlos Soto y Carlos Valdés. Caminaron tras ellos: Raquel Señoret, Henriette Petit, los poetas Braulio Arenas, Eduardo Anguita y Jorge Hübner, Hernán Díaz Arrieta, Alfonso Bulnes, el embajador de Francia y el embajador de la república española, sus cuatro hijos del primer matrimonio: Manuela, Vicente, María Luisa y Carmen. Otro grupo de jóvenes escritores, entre ellos dos enriques: Enrique Lihn y Enrique Lafourcade.

Total: sesenta personas.

 Dicen que el cortejo erró entre los nichos. La urna fue colocada en una bóveda de cemento.

Desencajados, ninguno de los amigos del poeta pudo hacer uso de la palabra. Salvaron dos diplomáticos: primero, Antonio Lezama, del figurado gobierno republicano español. Y luego, el embajador de Francia, vestido de pulcro blanco.

“Es el funeral más barato que hemos hecho. Madera corriente”, declaró el de las Pompas al periodista aguja.

Días después, con el permiso presidencial, Manuela sepultó los restos aquí en su propiedad. Quería estar en su heredad, frente al mar, en el pequeño parque rodeado de sus sauces, jacarandas, acacias y flores.

Aquí llegamos, por fin, a la blanca tumba y leemos, al subir las escaleritas, en la lápida del poeta, la inscripción que su hija Manuela y Eduardo Anguita armaron desde un poema: “Abrid esta tumba, al fondo de la tumba vereís el mar”. Nos giramos sobre nuestras espaldas. Allá el mar y abajo Cartagena y sus antiguas casonas. Aquí, en la ladera de estos cerros, caminó y cabalgó el mago. Presumo que Huidobro escribió aquí su Monumento al Mar, el mejor poema de amor al mar:

 “Este es el mar que se despierta

como el llanto de un niño.

El mar abriendo los ojos

Y buscando el sol

El mar empujando las olas

Sus olas que barajan sus destinos”

 Al bajar nos encontramos con un grupo de jóvenes –fans de la poesía- que nos preguntan cómo llegar a la tumba de Huidobro. Igual que nosotros, han estado dando vuelta sin éxito, como muchos otros antes y muchos otros que vendrán. Porque a veces, los hombres y mujeres buscamos algo de raíces, de magia e incitación. O reencontrarnos con preguntas que durante el año, en el stress de la vida cotidiana, habíamos perdido: cuestionamientos, por ejemplo, como los que ya expresó el poeta en Altazor, similares quizá a las preguntas con que ese muchacho en la costanera de Cartagena seduce a su bella amiga:

 “¿Irías a ser ciega que Dios te dio esas manos?

¿Irías a ser muda que Dios te dio esos ojos?”

  

(Escritores y el Mar, Ediciones Cosa Nostra, 2002)

viernes, enero 10, 2020

Vicente Huidobro. En el fondo de su tumba está el mar. Por Pérez Santiago

Ilustración Edwin Salinas
En la costanera de Cartagena de Chile, entre la playa Chica y la playa Grande, estoy con Elly Orellana, mi hermana Silvia y Jorge Araya sentados en una Fuente de Soda. Desde los ventanales vemos a una pareja de jóvenes sentados en la baranda. Detrás de ellos está el mar, el sol recorta sus figuras. El le habla seriamente, gesticulando con sus manos. Ella se ríe y baja sus negras pestañas, indefensa como una flor. A veces, ella esconde coquetamente con sus manos la sonrisa de su armonioso rostro. El la seduce, suponemos, contándole delgadas y amorosas humoradas. Ella gira su cabeza, se entrega divertida. En el intertanto de ese amorío juvenil le preguntamos a la garzona dónde está la tumba de Vicente Huidobro, que vino a morir en el año 1948 aquí en Cartagena. “En el cerro”, nos responde la muchacha.

jueves, enero 28, 2016

Vicente Huidobro y la sociedad imaginada. 100 años del Creacionismo: Ficcionar el mundo


Cartagena, Enero, 2016.

Se cumplen 100 años del Creacionismo, una corriente poética de la imaginación que se vincula a la primera época de lo que se dio en llamar las vanguardias, un imparable terremoto, más potente que cualquier otra cosa que se hubiese creado entonces, para que se imaginaran y dijeran cosas nuevas, buscando palabras para provocar una ruptura. La labor –dijo Vicente Huidobro- es crear, imaginar e inventar o ficcionar el mundo.

El chileno Vicente Huidobro tenía cabeza libre sobre sus hombros y con su virulencia y su pasión y su desenfado y en relación a una intensa interacción con otras almas libres, inventó el Creacionismo, junto a individuos que estaban muy cansados de los límites que imponía una sociedad corrupta, endogámica, oligárquica, completamente equivocada. Vicente Huidobro odiaba a su clase social decadente y le dio la guerra a la estupidez de la oligarquía.

Huidobro dio el debate y se lanzó contra la campanilla de los monaguillos, que decían cuando uno debía sentarse o hincarse. Una sociedad parroquial muy podrida, -tan podrida como lo está la nuestra-.
Saldría, con las luchas de años, una narrativa moderna, una sociedad sustentada en ficciones más modernas, más inclusivas. Vicente Huidobro quería imaginar e inventar el mundo, un deseo sencillo y patente. Tal como nosotros creemos que hay que imaginar e inventar o ficcionar el mundo nuestro.
No había manera de detener a Huidobro.
Y Huidobro permanece y está vigente hoy porque la sociedad ahora también está podrida, y es una muy extraña e indeseable sociedad distópica de relaciones cruzadas anti-éticas en que domina el poder del dinero. Una sociedad que hay que reimaginar y reinventar y ficcionar.
Existe el peligro que la enorme concentración del poder del dinero y de riquezas y los experimentos biotecnológicos nos lleve a una sociedad catastrófica.


Por otro lado, Vicente Huidobro combatió también las estrechas visiones nacionalistas, patrioteras, de corto plazo.  A él lo acusan de afrancesado, de no hablar de la patria, de ser un escapista. De haber copiado de aquí y de allá. Visiones nacionalistas han querido coartar la necesaria  libertad de relacionarse y cooperar con las corrientes intelectuales y artistas internacionales, la única forma en que surgen las grandes ficciones poéticas y las corrientes artísticas flexibles y poderosas.

El lenguaje poético y narrativo del Creacionismo no nació en una tabula rasa, en un cerebro en blanco. No nació de un genio aislado. Pues los verdaderos lenguajes poéticos y narrativos no nacen, no pueden nacer en una tabula rasa. Los lenguajes poéticos son  capas tectónicas intercaladas, que conviven entre ellas, a veces tiene grandes colisiones, y crean terremotos y temblores, y a veces una de ellas se monta sobra la otra. Siempre en juego, siempre intercomunicadas, siempre flexibles.

Vicente Huidobro fue en busca de esa galaxia poética y ficcional, viajó y luego dio vueltas varias veces a esa galaxia poética. Esa Vía Láctea poética y ficcional –a la que pertenecen los escritores y los poetas vivos y muertos- una corteza que cubriría el globo y conecta a toda la galaxia poética y ficcional en un único sistema nervioso. 
Vicente Huidobro se movió, viajó y activó los ambientes poéticos creativos, las colonias de creadores que interactúan y se influencian unos con otros. Vicente Huidobro sabía que la teoría de los genios poéticos aislados no existe, o era falsa. Vicente Huidobro creía que las ideas poéticas se producen en ambientes poéticos creativos, flexibles y colaborativos, en escenas creativas y apasionadas,  redes colaborativas abiertas donde las ideas diferentes pueden conectarse.



Última caminata de Huidobro
Vicente Huidobro nació el martes 10 de enero de 1893 en Santiago de Chile.
Una vieja media bruja y media sabia predijo que Huidobro sería una gran bandido o gran hombre.
Huidobro vivió 55 años.
El martes 16 de diciembre de 1947, Huidobro tomó el tren a Cartagena, en la Estación Alameda de Santiago. El ferrocarril recorrió los 108 kilómetros entre Santiago y Cartagena. 
En 1618 el capitán español Juan de Cartagena fundó el pueblo de Cartagena, en una playa que le pareció fastuosa. A comienzos del siglo XX ricachones de Santiago transformaron la sencilla caleta de pescadores de Cartagena en un selecto balneario. Levantaron casas que imitaban los acantilados franceses y las divinas playas de Italia. Aquí pasó Huidobro jornadas memorables en la casa que heredó de su madre, María Luisa Fernández Bascuñán.

Cuando el poeta llegó a la estación de Cartagena eran las tres de la tarde y el clima estaba templado, 18 o 19 grados. Desde lo alto de la loma donde estaba la estación, el poeta observó la playa Chica, donde las muchachas se paseaban en trajes de baño "last-tex" y los osados "Catalina", que estaban de moda y causaban furor. Más allá, entre playas, en el paseo peatonal, unos niños compraban manzanas confitadas. Huidobro esperó un taxi. Finalmente repechó a pie hasta lo alto de la colina, maleta en mano y deteniéndose para tomar aliento. Entonces le dio un derrame cerebral. Lo llevaron a su casa de veraneo del poeta, una vivienda de un piso y techo de tejas, de aspecto vulgar y distribución defectuosa, cuyos planos había confeccionado Huidobro. Desde allí veía el inmenso panorama oceánico, puntillas, ensenadas, dunas y pinares. 
El poeta estaba inconsciente. En su dormitorio escaso de adornos y cuadros, porque Vicente Huidobro carecía del sentido de la decoración.
Esa casa se llenó de gente. 
El día viernes dos de enero de 1948 a las 16:15 murió el padre del Creacionismo.
¿Fue Huidobro un gran bandido o un gran hombre como predijo la media bruja y media sabia?

Nacimiento del Creacionismo: 1916
Durante el helado invierno de Santiago del mes de junio de 1916, Teresa Wils Montt, una demoiselle encantadora de 23 años, huye del Convento de Preciosa Sangre del barrio Brasil de  Santiago de Chile, ubicado en la Calle Compañía 2226.  Ha permanecido encerrada ocho meses en el monasterio por orden de su padre y su marido que la condenan por adulterio, como si el adulterio fuese una gran cosa.
La ayuda a escapar de allí Vicente Huidobro. Teresa Wils era hermosa. Huidobro dijo que ella era "La más grande que ha producido la América, perfecta de cara, perfecta de cuerpo, perfecta de elegancia, perfecta de educación, perfecta de inteligencia, perfecta de fuerza espiritual, perfecta de gracia". 
Huidobro y Wils huyen en el tren Transandino, Santiago-Buenos Aires, inaugurado en 1910.  El tren demoraba 36 horas de Santiago a Buenos Aires. Unas 16 horas para cruzar la cordillera de Los Andes y llegar a Mendoza en un coche de primera clase marca Schindler. Y luego del trasbordo, unas 20 horas para cruzar la pampa y llegar a Buenos Aires.
Vicente Huidobro y Teresa Wils tienen la misma edad, 23, vienen de las mismas cunas doradas, son cultos y refinados. Aman la poesía. Ambos odian y les han dado la guerra a sus familias decadentes, controladoras, endogámicas, dueñas de Chile. Ambos son espíritus libres.
Teresa Wils Montt, anarquista y feminista,  conflictuada con su matrimonio y su amante, decide acompañar a su amigo Vicente Huidobro a Buenos Aires. 

El Ateneo Hispano había sido inaugurado el año 1912, por el catalán Carlos Malagarriga. Se dice que en el Ateneo Hispano de Buenos Aires, el sábado 1° de julio de 1916, nació el Creacionismo.
Allí bautizaron a Vicente Huidobro como “creacionista” por haber repetido en su conferencia que la primera condición del poeta es crear; la segunda es crear, y la tercera, crear. Ese espíritu del Creacionismo ya se había expresado en su poema Arte Poética, sus primeras conferencias La poesía y su manifiesto Non Serviam. 
Hasta entonces, Huidobro había publicado los libros Ecos del alma (1911), Canciones en la noche (1913) y Las pagodas ocultas (1914).

Vicente Huidobro tenía vigor de roca. Dejó Buenos Aires y volvió a Santiago. Y vuelve a Buenos Aires con su familia, su esposa Manuela Portales Bello y con dos hijos, Manuela de tres años y Vicente de dos, para viajar a Europa en el navío de lujo, el vapor Infanta Isabel de Borbón, de la compañía Transatlántica española. El barco levó anclas en Buenos Aires el día 2 de noviembre de 1916 vía Montevideo, Rio de janeiro, hasta Barcelona. 
Desde Barcelona viajan a Madrid y de allí a París. Vicente Huidobro vivió en París en el número 41, de la rue Victor Massé.
París ya era una fiesta. Es un  momento de eclosión, de un boom artístico, ruptura y aire nuevo  que afecta a pintores, músicos, dramaturgos, novelistas, escultores, poetas y artistas. Huidobro se vincula con todos ellos: Juan Gris, Varesse,  Picasso, Delaunay. Y las corrientes y sus infinitas peleas: Dadaísmo, Surrealismo, Ultraísmo. 
En 1918 cruza los Pirineos y viaja a Madrid y se relaciona con Federico García Lorca, Rafael Cansinos-Assens, Ramón Gómez de la Serna, Guillermo de Torre,   Gerardo Diego y Juan Larrea. Huidobro realiza un camino de ida y vuelta: lleva vanguardia y trae vanguardia. 
Publica libros en París, en Madrid, en Santiago de Chile; es antologado e incluido en revistas italianas, inglesas, norteamericanas, checas y polacas.
Con Altazor, publicado en 1931, su obra consolida la vanguardia y la belleza transparente, del asombro penetrante.


CARTAGENA
El año 1926 su primer matrimonio terminó y conoció a la que sería su segunda esposa, Ximena Amunátegui.
La historia es un guión de cine. El tenía 33 años, casado 14 años con Manuela Portales, cuatro hijos. Entonces se enamoró de una delicada muñeca de 14, Ximena Amunátegui, heredera de una conocida familia rica de Santiago. El escándalo removió la sociedad. Los hermanos de Ximena lo buscaron para matarlo. 
“Lo vamos a matar”, dijeron. 
Ximena fue enclaustrada en un convento. Huidobro huye a New York. Su padre no volvió a hablarle.
La cuestión no quedó allí: regresó clandestinamente con un desorbitado plan de raptar a la novia. Ximena pidió permiso a las monjas para ir al dentista. En una esquina de Santiago, en un automóvil la esperaba Vicente. Cruzaron la cordillera de Los Andes y llegaron a Mendoza, Argentina. Luego se fueron a taquillar a París.
Sabemos que fueron felices en Europa. Volvieron a Chile algunos años después. En Santiago tuvieron un hijo, Vladimir.

Huidobro pasó en Cartagena lapsos inolvidables. 
Huidobro trajo semillas y forestó el alrededor de su casa. Aquí llegaban los leales de la trupp Huidobriana: los poetas chilenos Eduardo Anguita y Braulio Arenas. Se alojaban en un cuarto sobre el que tenían un derecho adquirido. A veces, se entretenían con eternas partidas de cartas. El juego terminaba en pelotera. Vicente trampeaba. Braulio se enfurecía, se despedía y tomaba la maleta. Huidobro salía tras él, le cogía del brazo pidiéndole perdón. Una vez se trenzó con Ximena. Ella le dijo: “tramposo”; él contestó: “los tramposos son los Amunátegui y el señor Domingo Amunátegui es un señor prehistórico”. 
Peleas infantiles que se tomaban en serio.
Pero luego las cosas se pusieron graves.
Un día ocurrió lo inconcebible que lo paralizó como una estatua. Son esas cosas sensibles, duras y tristes, que por pudor, uno quisiera no oír. Apareció un joven poeta argentino, simpático y canchero: Godofredo Iommi. También se empezó a quedar en Cartagena. Todos sabemos lo que ocurrió. No digamos más. El triángulo se prolongó por varios meses. Huidobro no quiso aceptarlo. Se volvió doloroso. A veces, rudo.
Bajoneado se fue a Europa en 1943 en plena II guerra. Entonces, Godofredo y Ximena se casaron. Orgulloso, Huidobro le escribió a un amigo: “Ninguna mala voluntad a Jimena. Cómo voy a tenerla. Ella me dio a mí sus mejores años, su juventud, su primavera y su verano y ahora le da a otro su otoño y su invierno. ¿No es esto una gran finura? Y luego casarse con quien lo hizo es otra finura...su marido es uno de los pocos que no puede dar celos a nadie”.
Se dejaba a ver que el poeta estaba picado.
Su hijo Vladimir dice que su padre nunca se recuperó.

Vicente Huidobro participó en la guerra. Buscó o inventó nuevos mitos, como el teléfono de Hitler, que habría sacado del gabinete del nazi.
En 1945, finalizada la guerra, volvió a Cartagena con el teléfono de Hitler y con una nueva y joven esposa, Raquel Señoret, a quien Huidobro conoció en Londres.
Regresó con el alma malherida. Algunas de las cartas del escritor, muestran amargura.
Su muerte fue pre-sentida. Su hija Manuela se encontró con una clarividente en la calle Miraflores: 
“Sufriría la pérdida de un pariente”, le dijo.
Pasaron algunos meses. 
El lunes 15 de diciembre Huidobro fue al cine Bandera en el centro de Santiago a ver la película “Las Ferias de las Quimeras” del director francés Pierre Chenal. Salió a las nueve de la noche y le dijo a su amigo Carlos Valdés: “Anda a verme mañana a Cartagena, después ya no me verás”.


La sobria urna de caoba barnizada de negro -del tipo 14, según dijo uno de las pompas fúnebres- se instaló en la austera casa de Cartagena. No tenía cruces, ni cirios, ni flores. El féretro solo. "No seré de los que se ablandan a última hora, pidiendo confesor", había dicho el poeta. 

El día sábado tres de enero de 1948, a las 17:30 el funeral inició su viaje, desde lo alto de Cartagena. La bella Raquel Señoret de 25 años y vestida de negro, blanca de piel y azul de ojos, subió al primer auto. "Siento por mi esposo adoración y cariño", declaró a un periodista de La Nación. En otro auto iba su amigo Hugo Montes, en otro la pintora Henriette Petit. Veinte autos cruzan lentamente la playa de Cartagena. Media hora se demoró el cortejo entre la casa del poeta y el cementerio. 
En el vano del cementerio de pescadores tomaron la urna Vladimir, hijo del poeta de 13 años, vestido con un traje gris, descubierto y llevando en su brazo derecho una franja de luto; sus amigos Luis Vargas Rosas, Carlos Soto y Carlos Valdés. Caminaron tras ellos: Raquel Señoret, Henriette Petit, los poetas Braulio Arenas, Eduardo Anguita y Jorge Hübner, Hernán Díaz Arrieta, Alfonso Bulnes, el embajador de Francia y el embajador de la república española, los cuatro hijos del primer matrimonio de Vicente Huidobro: Manuela, Vicente, María Luisa y Carmen. Otro grupo de jóvenes escritores, entre ellos dos enriques: Enrique Lihn y Enrique Lafourcade. 
Total: sesenta personas. 
Dicen que el cortejo erró entre los nichos. La urna fue colocada en una bóveda de cemento. 
Desencajados, ninguno de los amigos del poeta pudo hacer uso de la palabra. Salvaron dos diplomáticos: primero, el masón vasco, Antonio de Lezama, representante oficioso del figurado gobierno republicano español. Y luego, el embajador de Francia, vestido de pulcro blanco. 
"Es el funeral más barato que hemos hecho. Madera corriente", declaró el de las Pompas al periodista aguja. 
Días después, con el permiso presidencial, Manuela sepultó los restos aquí en su propiedad. Quería estar en su heredad, frente al mar, en el pequeño parque rodeado de sus sauces, jacarandas, acacias y flores. 


La vieja media bruja y media sabia que predijo que Vicente Huidobro sería un gran bandido o gran hombre, tenía razón.
Huidobro fue un gran hombre con gestos de gran bandido. Inventó, ficcionó e imaginó un mundo.


   

lunes, abril 06, 2015

Enrique Lafourcade: un gran escritor, un artista de primera línea, enjundioso y vigoroso.

Foto de Rossana Pizarro

Siempre me sorprende que al escritor chileno Enrique Lafourcade se le considere un provocador, o peor aún, un francotirador. “Es un irreverente”, dicen.

Ni provocador, ni francotirador, ni irreverente.
Lafourcade es un gran escritor, un artista de primera línea, enjundioso en algunas de sus obras, vigoroso como Truman Capote y su estilo copuchento y paródico del jet set, como en su libro “Plegarias Atendidas” o sus crónicas descaradas y encantadoras de "Música para Camaleones"

Pero parece que en Chile, (un pueblo de sentimentales de vino y asado familiar, donde la patota, mientras se adoba, se falsea y se posa), se clasifica de francotirador a cualquier escritor que relate ciertas cosas con médula literaria.

De los trabajos literarios de Enrique Lafourcade (pues de esto se trata esta crónica: de literatura)  yo recuerdo dos con especial júbilo.

El primero es el cuento “La muerte del poeta”, que el mismo Lafourcade editó  en su antología del año 1959, “Cuentos de la Generación del 50”.  El cuento es un divertimento sobre la muerte del poeta de Cartagena, Vicente Huidobro. Para mayor risa, el poeta en el cuento se llama Javier Corales.  Javier Corales llega en el tren a Cartagena y tacaño, para no pagar el taxi, tira pata hacia el cerro. En el camino le da un patatús, un ataque cerebral que lo tuvo agónico. Entonces llegaron a Cartagena los poetas a tomar vino y a hablar huevadas mientras Javier Corales agoniza. Javier Corales aun estaba vivo, pero los poetas ya estaban vestidos de negro, los miserables, y hablaban mal de los últimos poemas del agónico Javier Corales. Se reían de su “epistemopoética”. “Epistemopoética”. Ja ja ja. (Poetas chuleaos!).


La historia del cuento se parece a la historia real cuando, en 1949, Vicente Huidobro sufre una hemiplejia en Cartagena y de inmediato llegaron a allí, un lote de gente, entre ellos los poetas Braulio Arenas, Eduardo Anguita y otro grupo de jóvenes escritores sin obra. Allí había  entre ellos, dos enriques sin obra: Enrique Lihn  de 20 años y Enrique Lafourcade de 22. Huidobro estaba vivo y de pronto estaba muerto.

El cizañero cuento de Lafourcade me recordó otro cuento que yo también leí con morrocotudo placer, "Jonas o el artista en el trabajo" del Nobel, Albert Camus, que se había publicado dos años antes en 1957, en la colección “El exilio y el reino”.  Es la historia de Jonas, un joven pintor que conoce el éxito y se envuelve en el “aparato cultural del arte”: críticos cínicos, pintores envidiosos, mecenas y las historias con mujeres. El protagonista de este relato escribe Camus al final: “era como esos hombres que mueren solos, en su casa, en medio del sueño, y, llegada la mañana, el timbre del teléfono suena insistente, enfebrecido, en la casa desierta, sobre un cuerpo sordo para siempre.”

Me gustan esos dos cuentos.
Tanto me gustaron esos cuentos de Lafourcade y de Camus, que yo hace muchos años atrás, (para que vean como son las cosas), escribí mi propia versión sobre el asunto del artista y sus miserias. Mi cuento también cizañero se llama “El poeta Chileno”, y está publicado en “Memorias de un chileno en Suecia”.  Es la historia de un taciturno joven poeta chileno que llega al Malmö, Suecia, cariacontecido porque otro poeta le había levantado su esposa y porque su librito recién autopublicado había sido un fracaso.

Para que vean no más.

La segunda obra de Lafourcade que yo admiro es su gran novela “La Fiesta del rey Acab”,  sobre la muerte de un dictador.

Ahora me acuerdo que hay una tercera cosa que admiro de Lafourcade. Son sus crónicas dominicales en El Mercurio, siempre literarias, siempre filudas, siempre agudas, siempre cultas. Cizañeras, venenosas como tiene que ser la literatura.
El admirado, notable y mordaz escritor Enrique Lafourcade está retirado en Coquimbo.

Finalmente, no caeré aquí en la otra gran afectación sentimental de escritores de medio pelo, ese desagradable mal gusto de lloriquear porque a Lafourcade no le dieron el Premio Nacional de literatura.

¡Métanse el Premio Nacional por la raja! 

lunes, enero 10, 2011

Mujeres & Vicente Huidobro



En la costanera de Cartagena de Chile, entre la playa Chica y la playa Grande, estoy con Elly, mi hermana Silvia y Jorge Araya sentados en una Fuente de Soda. Desde los ventanales vemos a una pareja de jóvenes sentados en la baranda. Detrás de ellos está el mar, el sol recorta sus figuras. El le habla seriamente, gesticulando con sus manos. Ella se ríe y baja sus negras pestañas, indefensa como una flor.

domingo, agosto 03, 2008

Poeta callejero, mujeriego, bebedor y algo cafiche

La Casa de Dostoievsky. Ultima novela de Jorge Edwards

Todo empezó cuando me enteré que había un nuevo libro de Jorge Edwards, La Casa de Dostoievsky. Conseguirme el libro fue fácil. Buscar un momento para leerlo, eso fue lo difícil. El sábado opté por algo simple y barato: no levantarme de la cama. Llevé el té del desayuno, mi pan con palta y el libro al velador y así transcurrió la mañana y transcurrió la mañana y transcurrió la mañana y ya había leído el primer capítulo de la novela.

Pues, deben saber que la novela tiene tres capítulos.

El primer capítulo, La espalda de Teresita, son los inicios de un joven poeta, llamado simplemente El Poeta, un vate callejero, que con sus amigos, el Chico Adriazola y Eduardito Villaseca, aplanan esas cuadras del centro de Santiago, entre el Mapocho, el parque Forestal, y el cerro Santa Lucía, a fines de los años 40 y años 50, una época en que Santiago era aún un lugar para vagabundear. Una época en que el Poeta vivía en una covacha, una pieza que da título irónico a la novela, la casa de Dostoiesvky. Se iban, a veces, a tomarle el whisky al papá de Eduardito y luego hablar de poesías, de poetas y por su puesto de mujeres. El Poeta se tira a la hermana del chico Adriazola, aborto de por medio, y luego se enamora de Teresa Echazarreta Guzmán o Vidal (no está claro), una chica bien, que descoloca al Poeta y cuya locura lo hace pasar un fin de semana en un calabozo de la Primera Comisaría de Santiago, que estaba ubicada (y aún lo está) en McIver con Santo Domingo.

En el segundo capítulo, De Tránsito, el Poeta abandona su cuchitril Dostoiesvky, sale por la ventana, tira la llave y se va caminando hacia la cordillera hasta llegar a la casa del Antipoeta en los faldeos de La Reina. Después se va a Isla Negra, y en las cercanías arrienda una pieza con piso de tierra. Un día el Poeta se embarca en el aeropuerto hacia Francia. Allí se encontró de nuevo con Teresa Echazarreta, que estaba casada con un palogrueso (como se decía entonces). Un día el marido llegó a su estudio en el séptimo piso con una pistola. Le apuntó a la cabeza y disparó. El sonido fue aterrador, pero la bala era de fogueo. Y, por ese hábito social de que conocidos presentan a conocidos, el Poeta se encontró con un cubano, y colaboró en la revista cubana Casa de las Américas. Y así, o de un modo que se cuenta mejor en el libro, llegó a Cuba, donde ganó el premio Casa de las Américas y, por razones que cuesta saber, se quedó viviendo unos años en La Habana, donde se casó con María Dolores y vivió con ella hasta que María Dolores, cansada de las trasnochadas de su marido, quedó embarazada de un amigo del Poeta. Y María Dolores se lo contó un día directamente:

“-Que estoy embarazada-dijo ella.

-¿De quién?

-De Alejandro –respondió ella- de Tomás Alejandro Tritón.”

Y luego él:

“-¡Imbécil!, dijo, agarrándose los pelos-. He sido un perfecto imbécil.

-Yo no sé –respondió ella, lloriqueando-. Yo creo que me porté mal, pero ya la cosa no tiene remedio.”

Efectivamente, sin remedio, el Poeta se quedó solo. Y siguió conviviendo con esa pandilla, ya algo infectada, de poetas que estaban bajo la mirada sospechosa de los llamados organismo de seguridad del estado. Y ustedes saben bien lo que les pasó a esos poetas en Cuba. Y ustedes saben bien que al final Heberto Padilla se auto inculpó. La mundialmente famosa Autocrítica. El Poeta estaba allí en la sala de Unión de escritores con la cabeza entre las manos cuando Heberto Padilla comenzó su lamentable caída:

“Ya sabemos lo que dijo Heberto Padilla en aquella sesión vertiginosa, sorprendente en más de algún sentido, abismal, y de alguna manera clásica, acorde con la mejores tradiciones del socialismo real, y digna, por lo tanto, de ser registrada.”

El Poeta de la novela La casa de Dostoviesvky, siente también que la mano que aprieta de la seguridad cubana, lo tiene rodeado, le escuchan sus conversaciones y le pinchan los teléfonos.

Y rápidamente, el desencantado poeta estaba volando a Santiago de Chile. En el aeropuerto Cerrillos (que ya no existe y que pronto será habitado por casitas y poblaciones) lo esperaban Adriazola, Eduardito y Teresa Echazarreta. Y ya estamos en el Chile de Allende y su cierre en la dictadura militar, en el capítulo 3 y final, La Ciudad del Pingüino.

El Poeta es, sin duda, un decepcionado de la revolución cubana, tal como lo fue el autor del libro, Jorge Edwards (O Eguar, como le decían los cubanos). Hacia el final, el Poeta, enfermo de cáncer, le pide a Teresa, para sorpresa de todos, que lo velen en una casa del Partido Socialista, sin curas y sin rosarios y esas cosas católicas.

“-Mis restos deberían salir de una casa del Partido Socialista que hay allá por la calle Dieciocho, sin pasar por ninguna iglesia.”

Eso dice el Poeta, al final del libro.

Y muere.

Y cuando muere, el lector, -o sea yo-, yo tirado sobre mi cama de este sábado lluvioso y frío, me da un poco de pena el desánimo interior de El Poeta.

Y eso que yo no soy muy propenso a ponerme triste.

¡Lo qué son las cosas con las novelas!

Luego, en camino al cementerio “el Antipoeta dijo que los funerales sin curas, sin cánticos religiosos, sin responsos de preferencia en latín, acompañados de las correspondientes aspersiones del ataúd con agua bendita, eran demasiado tristes, fomes”

Después que me dio un poco de pena, me dio algo de risa el comentario del Antipoeta.

No sé por qué, pero a mí me dan risa los chistes en los funerales.

Y allí llegué a la página 329 y final.

El día sábado se había puesto oscuro. Me preparo para cenar con amigos, unos de los cuales ya ha leído la novela. Y fue en la sobremesa, ya estábamos en los bajativos, cuando me explico algunas influencias de la novela.

El libro tiene algo de la buena novela de Marcelo Mellado, Informe Tapia y sus poetas estructuralistas (estructuralistas de nivel chileno) de las cuencas de los ríos, (y Edwards toma, por lo demás, esa técnica, de usar diversos apellidos para los personajes, que le otorgan el estilo etéreo y de memoria frágil al relato).

( Y ahora mismo me acuerdo que Informe Tapia la presté y nunca la devuelven los huevones).

Y la novela se parece en algo a Detectives Salvajes de Roberto Bolaño (aunque con menos fondo). Algo tiene de Memorias de un tolstoyano de otro Premio Nacional, Fernando Santiván, sobre una colonia Tolstoyana, una breve experiencia artístico-comunitaria de los años 1904 y 1905, de los jóvenes escritores Augusto D’Halmar, Fernando Santiván y Julio Ortiz de Zárate. Y si vamos a seguir con las referencias habría que citar en Chile, el cuento de Enrique Lafourcade, que se llama Muerte del Poeta, de unos jóvenes poetas que llegan a hueviar al funeral de Vicente Huidobro en Cartagena. Y, ¿por qué no?, lean también El Poeta Chileno, que publiqué inicialmente en sueco, hace casi veinte años.

De la novela se pueden deducir algunas cosas básicas. Por ejemplo, se podría colegir que los poetas chilenos son, por condición, por estructura adenítica, callejeros, mujeriegos, bebedores y algo cafiches, y que acostumbran a tener un lado B, oscuro y retorcido, algo odioso.

¿Conocen ustedes algún poeta chileno?

Si ustedes conocen alguno, como yo, sabrán reconocer que El Poeta de la novela se acerca algo, se parece por lo menos, (sin que nadie se ofenda), a la descripción de un poeta chileno standard. Un tópico.

Quiero decir, por lo tanto, que reconozco aquí en esta novela algo de ficción interpretativa sobre los brillos y las derrotas de la poesía chilena.

Quizás, suena presumido decir “brillos y derrotas de la poesía chilena”.

Ya. Lo reconozco.

Se los presento de otra forma:

La novela recuerda que los poetas chilenos tuvieron relaciones, -a veces utilitaria, a veces fiel y la mayoría de las veces de costado-, con la política y con la izquierda. Y como tales, grandes escritores chilenos sufrieron grandes líos con los cubanos castristas en su época de gloria y dominio cultural. Así ocurrió con Pablo Neruda (la felona carta de los escritores cubanos a Neruda que lo acusaban de dejarse comprar por los imperialistas). Así ocurrió con Nicanor Parra (después de su té con Pat Nixon, una carta visada por el cubano Roberto Fernández Retamar que decía “Como revolucionarios condenamos su confianza en el imperialismo”,) y así ocurrió con Jorge Edwards (encargado de negocios de Allende que fue declarado por Fidel Castro como Persona Non Grata en la isla). Además, esas malas relaciones con los cubanos, llevaban siempre un antipático eco local de escritores chilenos.

¿Me explico?

Esta novela de Edwards no es, naturalmente, una novela de vanguardia, ni de un desesperado e insensato escritor de novelas con barranco. No. Y hay algo de déjà vu en las historias, la sensación de haberlas escuchado antes. Pero es una novela que a mí me entretuvo y me gustó leerla, justamente, -miren qué paradójico-, por lo mismo que algunos critican duramente a Edwards, es decir: su frivolidad, su divertimento, sus alusiones humorísticas, el despliegue de cultura y buen humor para construir, con intrigas bien contadas, una vida.

De cualquier modo, es una novela mucho más útil que la anterior novela de Edwards, El Inútil de la Familia.

Hay varias formas de leer novelas. (Y que cada quien lea como quiera, por lo demás). Yo la he leído este sábado de invierno de lluvia inclemente, como ficción (mentirosa ficción, ambigua construcción sobre una realidad). Una imagen, pero no falsa (¿Borges?).

Aunque en la novela hay hechos muy pegados a cierta realidad, por ejemplo la anécdota de cuando el Poeta conoce a su mujer cubana María Dolores, está ya contada en el libro Persona Non Grata, y allí Edwards nombró directamente a Enrique Lihn y su mujer. Pero a mi me importa un pepinillo de que carne está hecho El Poeta de Edwards.
Yo he leído la novela como si fuera, precisamente, una novela. Pero hay otros, otros por ahí, que ahora la leen como infidencias, como un Roman à clef (novela en clave). Para ellos los personajes son trasuntos (transposición, representación) reconocibles (o semi) de seres reales. Esta novela sería, según se sugiere, la biografía no autorizada de, digámoslo, Enrique Lihn. El “avatar”, así se llama ahora al yo virtual, sería el retrato (arbitrario y cobarde) de una de las figuras más influyentes de la poesía chilena. Es una forma de leer con criterio de farándula.

Puede ser, quizás, que ese mismo licor agrio y descreído que fluye en la sangre densa del Poeta de la novela de Edwards, sea el mismo licor, quizás, que fluya hoy por las venas de esos críticos de Edwards. Quizás, sin que se den cuenta, actúan igual que El Poeta de la novela, en su lado más turbio, en su lado más oscuro de la luna: de modo acre. En el fondo, quizás, le rinden homenaje al lado pesado de El Poeta. Qué sé yo.

En cambio, creo que los lectores masivos leerán la novela, tal como la he leído yo, este sábado frío: como una grata novela, como una buena novela.

Milagro que maravilla a Chile. Úrsula Suárez, la primera escritora chilena. Omar Pérez Santiago. Sala Ercilla, Biblioteca Nacional de Chile, viernes 9 de octubre 2026

  Foto de Marco Muñoz Ortiz La historia espiritual de Chile está todavía por completarse. ¿Es un chiste? ¿Una mala broma? No. Para nada....