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martes, octubre 20, 2009

Ángel volador


Ángel volador

“Hace mucho tiempo
que yo vivo preguntándome
¿para qué la tierra es tan grande
y una sola no más,
si vivimos separados?”


Los Jaivas


El día 22 de diciembre de 1972 supe que tenía que dejar la escuela. Mis días de estudiante habían terminado. Había reprobado el curso de Estadística II, dos veces. Chao, chao bambino.
Estaba esperando en la sala de clases. Necesitaba tener clara la nota de Estadística II.
Leía en el diario El Clarín la noticia sobre los 16 uruguayos que habían sido rescatados de la cordillera de Los Andes. El avión de la Fuerza Aérea uruguaya se había extraviado con 45 integrantes del equipo de rugby Old Christian. Estuvieron meses en la nieve y tuvieron que comerse los cadáveres de sus compañeros para no morir ellos también.
-Ya llegó el profesillo- nos adelantó Renatillo.

domingo, enero 18, 2009

Angel platónico

Angel platónico
Capítulo de la Novela Trompas de falopio de Omar Pérez y Gabriel Caldés, primera edición Ediciones Foro Nórdico año 2002, segunda edición Editorial Universidad Bolivariana 2008.


“Prendi questa mano Zingara
dimmi pure che destino avró
parla del mio amore
io non ho paura
perché io so che ormai
mi appartiene.”

Zingara
Nicola Di Bari


Nunca olvidé, y creo ya no olvidaré, ese día, ese fascinado día.
Un sábado.
Por fin, por fin. Un platonismo, un “angelismo” que me perseguía, que me hostigaba.
Ella se llamaba. ...
Se llamaba Marcela…
Marcela Ramírez.
Ese sábado, por fin, nos fuimos al departamento del venezolano Mariano, en la calle Mac Iver, a la entrada de la Alameda. El negro Mariano había venido desde Caracas a estudiar a la Universidad de Chile. Habíamos dado una prueba, un duro examen de Administración Pública I con el profe Alvaro Drapkin.
Llegamos dicharacheros al piso. Era un día soleado y complaciente de primavera, propio para un día de verbena. Ya era mediodía. Pasamos a comprar empanadas y unas botellas de vino tinto Santa Rita, en el boliche del turco de la esquina de Mac Iver con la Alameda. La Alameda era un socavón, una larga grieta, donde se construía la línea del Metro.
Los departamentos de Mac Iver eran enanos, apenas cabíamos los seis alumnos de Ciencias Políticas. Charlamos sobre música y canciones. La Lilita, sonrisa amplia, siempre regalona, andaba con su guitarra. Cantó primero “Y Magdalena vendrá caminado del cerro hasta el mar”, una sentida canción de Julio Zegers, un joven antiídolo de bajo perfil que había ganado el festival de Viña del Mar. Luego la Lilí aperró con una canción de Nicola di Bari: “parla del mio amore”
Estábamos Marcela y yo sentados en el suelo con las piernas cruzadas como los indios, o como los gitanos, o como los giles de los chinos. La Marcela con su pelo rizado, sus jeans azu­les pata elefante y una solera bordada y tornasol.
Y allí, cara a cara, Marcela Ramírez y yo, nos pusimos sensibleros, deep sentimentales.
¡Qué cototo fue ponerse así de patéticos y tiernos!
¡Qué potente es ponerse melancólico y turbado escuchando una canción de Nicola di Bari!
Nos miramos y nuestros ojos se pusieron brillantes. Nos abrazamos, y luego lloramos, gimoteamos desencajados, anulados de tanta lástima.
Nos habíamos amados tanto, nosotros que nos quisimos tanto.
Cómo pudimos ser tan... tan... huevones.
Eso siseó ella:
-Cómo pudimos ser tan huevones, Julián, tan huevones, cómo pudimos…
Parecíamos argentinos llorando a Gardel, o españoles llorando la muerte de un torero.
Nos habíamos amado tanto y nunca nos hablamos de amor.
-Cómo pudimos ser tan huevones, Juco.
Ella me había puesto Juco, por Julián Condeminas, Juco.
Amar platónicamente.
Hasta entonces nunca nos habíamos hablado de amor. Never. Éramos espirituales. Éramos ángeles. Orgullosos y pollitos. Fatuos y pubescentes. Pero, éramos pareja. Andábamos. Esa palabra tan arrinconada, tan intimidada. Andar.
Un día fuimos todos a ver una exposición de pintura en la sala de arte El Alhambra en Compañía 1340.
Miramos unos óleos que nos parecieron cursis, definitivamente maracos. Nos reímos como unos diletantes, de un arte que nos parecía pueril como la ausencia. Pero llegado el momento del cóctel éramos los primeros en estirar las manos. Alabábamos a los cuadros.
«¡Qué tersura, qué profundidad de colores!»
Cínicos.
Fuimos los últimos en irnos. Nos tomamos los cócteles y nos comimos los petites bouchées.
Marcela era jaranera y cómica, porosa y asequible. Era regalona e ingeniosa. Devolvía la broma siempre con un silencio previo y una mirada después. Era rápida. Y a mí siempre me han gustado las minocas imaginativas y cómicas. Hay algunos que las prefieren tranquilas, tejiendo baberitos y gorritos, cosiendo calcetas en silencio. No es mi caso. La sentía libre, hechicera y coqueta con sus jeans pata elefante.
Ese crepúsculo pasó algo esplendoroso. Sentía que quería estar sólo con ella. Tenía muy claro que mis jóvenes amigos deseaban a todas las mujeres que pasaban por delante de sus ojos. No quería que mis compañeros de cursos, lachos y entradores, tomaran mucho contacto con ella. Sobre todo y por ejemplo, Jordi Castell, el nieto de catalanes, que en cuanto veía una falda le crecían los colmillos.
Jordi había recién estado en Checoslovaquia en el Congreso de la Juventud Socialista Checa. Aprovechó de ir París y visitar a Pablo Neruda, embajador en París. El Poeta le colgó una medalla llamada Trébol de 4 hojas. La razón nunca quedó clara: mejor allendista, mejor hijo de vecino. Juro por mi madre que no recuerdo.
(¿Por qué Neruda te dio el Trébol de 4 hojas, Jordi?)
Jordi andaba siempre con el galardón. En ese momento ninguno de nosotros nos preguntábamos que significaba realmente la medalla Trébol de 4 hojas, que Pablo Neruda le regaló en París. Pero para nosotros, simples estudiantes santiaguinos, la distinción Trébol de 4 hojas de Neruda en París era mucho y era grande. Y con esa medallita y su blá-blá, Jordi era azaroso con las mujeres.
Lo mantuve lejos.

******

ASÍ EMPECÉ a padecer esa patología adictiva que se llama enamoramiento.
Dejé que todos se fueran y nos quedamos conversando los dos solos en la calle Compañía entre el antiguo Parlamento Nacional y los Tribunales de Justicia, a los pies del monumento a Manuel Montt
Ya era tarde. No teníamos más plata que para la micro, pobres estudiantes becados.
Y allí estábamos en la calle Compañía, entre el Palacio de los Tribunales y la Cámara de Diputados, sin un peso en los bolsillos más que para el escolar de la micro, los dos iluminados, los dos pajaritos, los dos angelitos, los dos ingenuos, los dos necios, los dos inmensamente huevones, apoyados en el monumento a Manuel Montt.
Tenía muchas ganas de besarla. Hum. Su boca, su boca de clavel estaba hecha para besarla, un beso largo, un beso con lengua. Hum. La naturaleza le había dado la boca más sabrosa que había conocido.
Besarla, besarla, besarla.
Pero no se me daba: estaba enamorado, ella era un ideal y a los ideales uno no los puede besar.
Allí en la estatua de Don Manuel Montt empezamos a andar.
Al otro día temprano esperé a Mi Ideal sentado en las escaleras del hall de nuestra escuela. No llegó. Entré a clases de Administración Pública I con el profe Alvaro Drapkin. Pero yo siempre oteaba hacia atrás, hacia la entrada. Por si aparecía, por si venía Mi Ideal.
Fue casi a mitad de clases que se dejó ver con su sonrisa de candelilla, con su rostro transparente de recién salida de la ducha.
Mi cuore empezó a triscar: plat, plat, plat.
Quería que me viera.
Había un banco vacío a mi lado.
Quería que me viera.
Tenía que sentarse a mi lado.
(Siéntate a mi lado, por favor, Marcelita, siéntate.)
El profe Drapkin, que se creía dueño de la escuela, no dejaba pasar un atraso. En realidad, era el dueño de la escuela. Hoy incluso pegan los alumnos a los maestros. En esa época los profes eran respetados. No dejaba entrar a los que se habían ido de puñetes con la almohada. Le pidió explicaciones a la señorita Ramírez con su estilo franco y levemente amanerado.
-¿Por qué llegó a esta hora a clases, señorita Ramírez?
-No vengo a clases, señor Drapkin.
-Ah, no, ¿y a qué viene, señorita Ramírez?
-Vengo a buscar a Julián Condeminas, señor Drapkin.
¡Tum! Me morí.
No podía ser, no podía ser.
Me venía a buscar a mí.
A mí, el libro con más páginas.
Me puse bermellón, sonrojado como cuando era niño.
Mi coure: plat, plat, plat.
Todo el curso me miraba a mí.
Observé al profe.
El profe me ojeó, ojeó a la señorita Ramírez y volvió a ojearme.
-Señor Condeminas, dijo el profe Drapkin, lo buscan.
Eso dijo: señor Condeminas lo buscan.
Estaba enconado, erizado, el profe Drapkin
Me levanté. Salí. Estaba desbordado como un tazón de leche en las manos de un escolar. Ella me fulminaba.
-¿Qué pasa? Le dije a la Marcela.
-No podía dejar que el profe Drapkin me abochornara porque llegué tarde, le metí la chiva de que te buscaba a ti. Vamos, me dijo, vamos al casino.
Eras muy desenfrenada, Marcela Ramírez. Y me eras tan dulce que nada de lo que hicieras hubiese podido provocar algún tipo de reproche.
Uno es tan gil cuando está enamorado.
Es lo más cerca de lo que en España se llama un gilipollas.
¡Gilipollas!
O de lo que los argentinos llaman un boludo.
¡Boludo!
Desde ese día, anduvimos.
Pero nunca hablamos de amor. Andábamos.
Los compañeros se acostumbraron a vernos juntos, a deambular al mismo tranco.
Fuimos a una marcha de la Unidad Popular, pues la Marcela era socialista. Justo en esos días, el Senado y la Cámara de Diputados, reunidos en Congreso Pleno aprobaron la nacionalización del cobre. Alegres en la plaza, mientras Allende se agitaba en el escenario con un discurso bravo: “compañeras y compañeros, en este histórico momento, el Día de la Dignidad Nacional, en que Chile rompe con el pasado, se yergue con fe en el futuro...”
En ese histórico momento, el Día de la Dignidad Nacional, nosotros -mira lo que son las cosas, Marcelita- nos quedamos sentados en una cuneta de La Alameda comiendo mani tostado. Yo los pelaba y te los ofrecía en tu mano.
-«Me haces cosquillas», me dijiste.
En ese histórico momento en que Chile rompe con el pasado, el cielo estaba limpio, estaba estrellado, mientras Allende, mientras los manís, mientras las cosquillas en la mano de Marcelita.
Entonces me pareció que ese día, el día de la Dignidad Nacional, sí era el momento para besarla.
Besarla, besarla, besarla.
Pero, cresta, no, no se me daba. Era mi ideal y a los ideales no se los puede besuquear.

******

LO MÁS CERCA que estuve de ella fue en los trabajos voluntarios.
El día miércoles 8 de Julio de 1971 estaba en la pensión viendo en un Westinghouse blanco y negro el programa del canal 9, La Manivela, con un irónico sketch de Patricio Contreras, Julio Jung y Nissim Sharim sobre tres tipos medios locos que esperaban en el consultorio médico. Eran las once de la noche con 4 minutos.
-Cresta, parece que está temblando, parece que está temblando. Por la cresta. ¡Está temblando!
Estuvimos de un salto en la calle República. Fue largo y terrible. Grado 7,5 en escala Richter. Se cortó la luz. El presidente Allende, que se encontraba en La Moneda trabajando, habló por radio para calmarnos. “Calma, chilenos”. Era un terremoto, el temible terremoto del año 1971. Derribó varias ciudades en Illapel, Los Vilos y La Ligua. Hubo 85 muertos y centenares de heridos. Al día siguiente, el Goyo Navarrete, del Centro de Alumnos, organizó rápidamente el viaje junto con la Federación de Estudiantes que presidía Alejandro Rojas, a ayudar a la gente de Petorca, y a un pueblucho, Hierro Viejo, antigua zona minera, a levantar casitas, a organizar la solidaridad de los chilenos.
Por Cabildo subimos y pasamos de noche por un macabro túnel de piedra. Era muy tarde y el caserío, que no alcanzaba ni para villorrio, parecía un barrio bombardeado. Nunca había visto un barrio bombardeado. Sólo en películas de guerra.
Pero allí estaba Petorca en el suelo. El cuadro no podía ser más desgarrador. De las 400 casas, solo 10 casas de madera estaban en pie.
A esa hora no pudimos levantar las carpas que llevaba nuestra escuela y tuvimos que dormir en la carpa de circo que la Federación de Estudiantes, la FECH que dirigía Alejandro Rojas, había levantado en las afueras de Hierro Viejo. Había cientos de voluntarios tirados en sacos de dormir bajo una carpa de circo.
Cientos de estudiantes parranderos metidos en sacos de dormir bajo una carpa de circo.
Fue un circo.
Alguien gritó:
apaguen la luz,
y porque no te apagái tú más mejor, ja, ja, ja.
Ven a apagarme vos po,
No mándame a tu hermana, ja, ja, ja, ja.
Un circo, un enloquecedor coliseo.
Entre medio de todos estaba yo riéndome metido en mi saco de dormir.
La Ramírez se me había perdido entre tantos giles.
De pronto escuché a mis espaldas, alguien que siseaba:
-Juco, Juco.
Era ella metida en su saco de dormir. Se había arrastrado en su saco de dormir como una lombriz hasta ubicarme.
La masa seguía el tandeo:
y quién se tiró el peo, ja, ja, ja.
Parece que fue con caldo. Ja, ja, ja.
Yo y la Marcela nos reíamos mirándonos a los ojos.
- Tengo frío, le dije.
- Yo también.
Nos ovillamos cada uno en su saco de dormir. Creo que nos dormimos juntos como dos lombrices, riéndonos, de tanta broma en la carpa de circo.
Fue lo más cerca que estuve de ella. Su cuerpo y mi cuerpo. Cada uno en su saco de dormir.
Pero, te lo juro, te lo juro por mi padre que ahora debe estar mirándome desde el cielo, Marcelita, fue una de las noches más radiantes de mi vida.

******

EN ESOS DÍAS Jordi apareció con una perfecta joven holandesa en el campamento de la Escuela, Saskia, que había venido a hacer su memoria de título con los subdesarrollados. Saskia era una guapa castaña que hablaba español andaluz, y que antes había sido pareja con un chico que era fotógrafo de la revista Ramona. Con la medallita del Trébol de 4 hojas, que le había regalado Neruda en París, Jordi había atraído a la belleza holandesa. Saskia entró con Jordi a una pequeña carpa con piso. La carpa se comenzó a mover rítmicamente. Nosotros estábamos afuera alrededor de una fogata, cantando un corrido de la revolución mexicana:
Si Adelita se fuese con otro
Le seguiría la huella sin cesar
En aeroplanos y buques de guerra
Y si se quiere en tren militar...


Pero, la holandesa no sació su apetito sexual y no se detuvo. En su deseo sincero de conocer y acercarse lo más posible a la realidad chilena, luego, se tiró a su hermano, Vicente. Ahora, Vicente y Jordi fueron hermanos de guata. Otros compañeros, como los perros del barrio con la perrita, empezaron a andar tras de Saskia, para enseñarle cosas a la holandesa.
Pero yo, no.
No.
Yo buscaba a mi Marcelita Ramírez.
Yo, el melón con más pepas, estaba platónicamente enamorado. Con toda la afectación del amor platónico.
¡Y, qué gilipolla, qué boludo es uno cuando está enamorado!

******

NOS DISTANCIAMOS con las vacaciones de invierno. La Marcela Ramírez es de Calama, de arena y sal. Pasó sus vacaciones allá con su familia. Nuestra relación se enfrió. Dejamos de andar.
Pero luego, ese sábado, ese sábado de primavera, cuando sentados como indios, como gitanos o como los giles de los chinos, tomamos unos vinachos que nos compramos en el boliche del turco de la esquina de Mac Iver y nos comimos unas empanadas y la Lili cantó Zingara la canción de Nicola de Bari, nos fragmentamos en pedazos, como un espejo que cae al suelo. Paff.
Nos habíamos amado tanto.
“Ma se é escrito che la perderó”
Pero nunca nos habíamos hablado de amor.
«¿Por qué fuimos tan huevones? ¿Por qué? Juco ¿Por qué?»
¡Nunca nos hablamos de amor!
Hasta ese sábado, ese soleado y complaciente sábado de primavera que ya nunca olvidé, en que lloramos con la canción de Nicola di Bari que cantaba la Lili con su voz de canario.
Ya era tarde.
Too late.
«¿Por qué fuimos tan huevones? ¿Por qué? Juco ¿Por qué?»

Capítulo de la Novela Trompas de falopio de Omar Pérez y Gabriel Caldés, primera edición Ediciones Foro Nórdico año 2002, segunda edición Editorial Universidad Bolivariana 2008.

martes, diciembre 18, 2007

festive, vibrant novel

By Ramón Díaz Eterovic, chilean writer.

Gabriel Caldés and Omar Peréz have published the novel "Fallopian tubes". A novel written by "four hands" which represents a new phase in the authors’ literary work developed in their previous books of poetry, stories and chronicles. "Fallopian tubes" reveals the lives of two students studying political science at the University of Chile, and portrays their experiences against the tumultuous, political times of the early seventies. Many of the situations encountered in this novel, I did not experience, but I learned of them when I arrive to study at the University of Chile. They formed a certain mythology amongst all those studying at the time, a time that saw the rise and formation of the Popular Unit, which polarized the student body, and many students that graduated during those years took on prominent political roles, which some still hold today.

The novel is a loaded, emotional portrait, brimming with good mood and sharp irony, of students studying political science in a time of great political upheaval. It’s an agile story, entertaining, well structured, and full of attractive personages. A novel of notable literary quality. Romance, political activities, students stories, these are some of the elements that the novel conveys on various level pertaining to the human condition.

Julían Condeminas and Jordi Castell are two old students that, after many years, encounter each other in the Copenhagen airport terminal. It has been 29 years since they had seen each other, and as many of their contemporaries, they were saddled with a history of political persecutions, exiles, broken hearts, disenchantment and a certain amount of cynicism towards the changes in their lives and those of the country they were from.

The encounter triggers memories and the decision to write a story that reflects the tumultuous and enriching times in which they were dedicated to live, in their words, passionately, to its fullest. The first few chapters of the book deal with the encounter of the two friends, while the remaining chapters re-live their numerous emotional experiences. “Trompas de Falopios” is a novel of longing, the settling of past accounts, a novel about maturation, transitioning from moods of joy to those of sadness, from a childhood of freedom to an adulthood of harsh realities.

The novel is not only about past experiences, its aims at, and achieves a more significant end: it accurately portrays and captures the sentiments and angst of thousands of university students during one of the most politically charged moments in Chilean history. The characters are two young men that live and share the political and social changes of their times, during the years of the Allende government, a time of revolution and enthusiasm that took hold in the hearts of many youth. Our two young men share their political studies, their first loves, against a backdrop of tremendous liberalism that had taken hold of the country. Thus the novel reflects a time, a period when students engaged in voluntary work of Peña de los Parras, enjoyed taking political classes, and relished in being a part of a historical process that would produce radical change.

For us who lived through that period and the events narrated by the authors, the novel’s lure is based on remembrance, remembrance of a time past and its experiences. For young readers, the novel provides a unique historical account of a period that I feel has not been adequately recounted within Chilean fiction. The novel avoids angry and hostile tones and gives way to a voice that is festive, vibrant, not based in myths of the time, but rather in its reality. As stated by one of our protagonist, while reflecting upon his thoughts, he tries to “illuminate the collective, drunkenness of happiness, of sexual fervor, of rituals and games and the aggressive courtship that the times imposed upon everyone.”

In Trompas de Falopio one can take in the spark of the moment, the pulse of a country that was betting on a different future. History, as we know, told a different story, and because of that, this novel, more than a call for nostalgia, is an invocation of happiness, to believe, as a popular slogan says, that another world is possible.

Translation: M. Williams
Latin American and Caribbean Studies

viernes, diciembre 07, 2007

Escritor Ramón Díaz Eterovic y la novela "Trompas de Falopio" de Gabriel Caldés y Peréz Santiago, sobre estudiantes de la Escuela de Ciencias Politicas.



Gabriel Caldés y Omar Peréz Santiago,

 

Por Ramón Díaz Eterovic
Gabriel Caldés y Omar Peréz Santiago, acaban de publicar la novela "Trompas de Falopio". Editorial Universidad Bolivariana. Una novela escrita a "cuatro manos" que representa una nueva etapa en el trabajo literario desarrollado por ambos autores en sus anteriores libros de poesía, cuentos y crónicas.
"Trompas de Falopio" gira en torno a la vida de dos estudiantes de la carrera de Ciencias Políticas -Cipol- y retrata sus vivencias durante el inicio de la década de los años setenta. Muchas de las cosas que ellos relatan no las viví directamente, pero si supe de ellas, porque cuando llegu
é a nuestra universidad, formaban parte de cierta "mitología" de Cipol, que durante los años de la Unidad Popular fue un centro de gran ebullición política, y de la cual egresaron muchos estudiantes que más tarde, y aún en nuestros días, juegan un reconocido rol en la actividad política chilena.
La novela es el retrato emotivo, cargado de buen humor y punzante ironía, de algunos alumnos de la escuela de Ciencias Políticas. Es un relato ágil, entretenido, bien estructurado, lleno de personajes atractivos y lograda calidad literaria. Actividades políticas, romances, chascarros estudiantiles, son algunos de los elementos que encontramos en esta novela. 
Julían Condeminas y Jordi Castell son dos antiguos estudiantes que, a la vuelta de unos años se encuentran en el aeropuerto de Copenhague. Han pasado 29 años desde la última vez que se vieron, y como muchos otros de su generación, cargan con un pasado de persecusiones, exilios, romances quebrados, desencantos y cierta dosis de cinismo para mirar los cambios experimentados en sus vidas y en el país de donde salieron. 
El encuentro detona los recuerdos y la decisión de escribir un relato donde quede reflejada la época en que -al decir de ellos- eran unos universitarios dedicados a vivir a concho. 
El reencuentro de los amigos transcurre en los primeros capítulos de la novela, y el resto corresponden a las vivencias del pasado. "Trompas de Falopios" es por lo tanto una novela de añoranzas, de ajuste de cuentas con la historia, y una novela de crecimiento, de tránsito -con tonos inicialmente festivos y luego brutales- de una adolescencia libertaria a una adultez de colores oscuros.
La novela no se queda solo en el recuerdo de algunas vivencias. Apunta y llega a algo mayor. En ella encontramos un retrato chispeante, acertado, de los sentimientos que impulsaban a muchos jóvenes universitarios de la época. 
Los personajes son muchachos que vibran y comparten los cambios sociales y políticos que se viven. Son los años del gobierno del presidente Allende y de un entusiasmo revolucionario que se anida en los corazones de los jóvenes. Comparten sus estudios con el quehacer político, sus primeros romances, insertos en una época de mayor liberalidad. 
Por lo tanto, la novela aporta un retrato de época. Aparecen los trabajos voluntarios, la Peña de Los Parras, las tomas universitarias, la educación política, la alegría de ser parte de un proceso histórico, de cambios que serían radicales.
Para los que vivimos la época y los hechos que se narran, la novela tiene el atractivo de las remembranzas, del reencuentro con sus propios pasados y experiencias. 
Para los lectores jóvenes, el atractivo debe estar en el retrato de un tiempo del que me parece aún no se ha escrito lo suficiente en la narrativa chilena. La novela evade todo tono pesado, quejumbroso, y la voz de los narradores suena como debió ser en el tiempo relatado: festiva, demistificadora, vital. 
Como bien dice uno de los protagonistas, mientras reflexiona acerca de lo que cuenta, se trata de "iluminar mejor la embriaguez colectiva de alegría, de fervor sexual, de rito y de juego y de cortejo transgresor que nos imponía el medio". 
En "Trompas de Falopio" se respira la chispa del momento, el pulso de un país que apostaba a un futuro diferente. 
La historia, lo sabemos, se encargó de decir otras cosas, y por eso creo que esta novela más que un llamado a la nostalgia, es una invocación a la alegría, a creer como dice un eslogan que crece por estos días, que otro mundo es posible.

RAMON DIAZ ETEROVIC (Punta Arenas, 1956). Ha publicado los libros de poemas "El poeta derribado" y "Pasajero de la Ausencia". Los libros de cuentos: "Obsesión de Año Nuevo", "Atrás sin golpe" y "Ese viejo cuento de amar". Las novelas: "La ciudad está triste", "Solo en la Oscuridad", "Nadie sabe más que los muertos", "Nunca enamores a un forastero" "Angeles y Solitarios", "Correr tras el viento", "Los siete hijos de Simenon" y "El ojo del alma".



Desplazamiento simbólico. Alone no tenía razón

Desplazamiento simbólico. Alone no tenía razón. “La literatura femenina empieza a existir seriamente en Chile, con iguales derechos que la m...