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viernes, julio 10, 2026

La tarea de la novela es ir al mundo y mantenerlo abierto, y por eso importa la novela. Por qué importa la novela según el noruego Karl Ove Knausgård

 


Lo más importante en  una novela es que le da un espacio a algo en el interior de un hombre —y en el interior de todos nosotros—, algo tan puro y tan evasivo que él mismo ni siquiera es consciente de él.

Una de las mejores novelas que he leído que logra este efecto es Los pájaros de Tarjei Vesaas (Vinje, Noruega, 1897-1970) publicada originalmente en Noruega en 1957. El personaje principal en Los pájaros es Mattis, un hombre en sus cuarentas que vive con su hermana Hege, en una cabaña a la orilla de un lago, en los linderos de un bosque. Mattis es como un niño; no funciona muy bien con la demás gente, pues no entiende los códigos sociales. Ocasionalmente lo contratan como jornalero en una de las granjas del pueblo, en donde de manera invariable hace más perjuicios que cosas buenas.

La novela nos tiene al tanto de los pensamientos de Mattis.

Lo importante de Mattis es que él está cerca de la vida. No es persona que haga —es incapaz de tal cosa—, él es alguien que es. Y este estado del ser está lleno hasta el tope del ser que él tiene a su alrededor: el de su hermana, pero también el de las aves, los árboles, el cielo, el lago. El autor está abierto al lenguaje, el lenguaje está abierto a Mattis, Mattis está abierto a la vida.

Mattis ve el vuelo de una becada y lo interpreta como una señal. Pero como no tiene la capacidad de comunicar a nadie el significado de la señal, Mattis empieza a comunicarse con la propia becada. El gran acontecimiento de Mattis resulta ser el señalar el final: al caer el ave de un disparo, Mattis pierde el control y acaba ahogado en el lago.

Visto desde la perspectiva de quienes están a su alrededor, Mattis no está del todo ahí. Pero visto desde dentro, su ser interior es rico y completo, su vida emotiva es compleja, sus pensamientos bastante comprensibles. En él habitan fuerzas  poderosas, contrarias. Si bien Mattis anhela que lo incluyan, el mundo social y su lenguaje, la novela aspira hacia una naturaleza sin mundo. Si bien él busca la actividad, la novela se empeña en un estado del ser estático. Si bien Mattis se identifica con la becada en la creencia de que eso le ayudará a ser incluido, la novela lo identifica a él con las aves, las cuales están afuera del ámbito humano.

Los conflictos que se articulan en Los pájaros son los de un idiota, alguien al que nadie oye o en el que nadie tiene interés, pero la naturaleza de Mattis sigue una lógica distinta, una que se sofoca continuamente en sus encuentros con la normalidad. Sólo una novela es capaz de aguantar al mismo tiempo dos lógicas opuestas así, y sólo una novela es capaz de articular nuestros más importantes conflictos sin encerrarlos en definiciones, sino dejándolos abiertos a nuestras emociones y experiencias. El cambio viene de adentro: es donde residen nuestras opiniones y actitudes, nuestras ideas del mundo y de nosotros mismos, y es adonde la novela siempre buscará ir. Al interior del noruego idiota, al interior del comerciante de carbón irlandés, al interior del profesor ucraniano.

Ésa es la tarea de la novela: ir al mundo y mantenerlo abierto, y por eso importa la novela.

Por qué importa la novela. Karl Ove Knausgård

Este escrito del noruego Karl Ove Knausgård sobre la relevancia de la novela, es un fragmento de la versión editada del discurso que dio Knausgård al recibir el Premio New Statesman / Goldsmiths en Londres el 22 octubre de 2022. Tomado de The New Stateman del del 26 de octubre de 2022. Nota y traducción de Elías Corro.


lunes, enero 06, 2020

Tycho Brahe, novela de Omar Pérez Santiago

En la Feria Internacional de Guadalajara se presentó la nueva novela de Omar Pérez Santiago. Tycho Brahe. La triste eternidad.
portada Tycho Brahe

El genial astrónomo danés Tycho Brahe despierta en la hermosa ciudad de Praga después de más de 400 años de muerto. El fantasma de Tycho va a su bar preferido, el Speculum Alchemiae, donde se topará con sus enemigos, los astrónomos alemanes, Johannes Kepler y Ursus.
Se puede solicitar en BucaLibre.cl
https://www.buscalibre.es/libro-tycho-brahe/9788412105735/p/52236841?fbclid=IwAR2H_1UVefEEW_9-n6IB5HdSG8G8TtTm3mqUUzsfZ4m2Q1wceK_V5Pn2MoQ#.Xg5dmwp_380.facebook

martes, agosto 14, 2018

La soledad en la locura virtual del beso o el sexo de una influencer. Nouvelle “El pezón de Sei Shonagon”, de Omar Pérez Santiago, editada por Los Perros Románticos. Reseña de Rodrigo Torres Quezada





El autor retrata a una sociedad que confunde el mapa con el territorio, que vive en la virtualidad al punto que los momentos cotidianos, como un beso o tener sexo, se transforman en trámites, o en lapsos previos antes de conectarse a la red: se trata de agudas reflexiones sobre la soledad en la que estamos en la actualidad.
Por Rodrigo Torres Quezada
Publicado el 14.8.2018
En un mundo hipertecnologizado, las temáticas ciberpunk se vuelven ad hoc para intentar comprender una realidad que a veces asusta o derechamente provoca terror. Omar Pérez, escritor chileno, en su nueva novela El pezón de Sei Shonagon publicada por editorial Los Perros Románticos, toma este camino y lo hace a base de mucha cultura pop y reflexiones en torno a la locura digital en la que estamos insertos.
Hay que acotar que Omar Pérez es un escritor de letra multifacética y que siempre juega con el pasado y el presente fusionando ambos en una especie de no tiempo, donde pareciera que los límites espacio temporales jamás hubiesen existido y todos hubiésemos estado aquí, siempre en el mismo punto. Prueba de esto es su novela Allende, el retorno (Aura Latina, 2013), donde el autor juega con la idea de un Salvador Allende que revive en un mundo que se vanagloria de su efímera condición de moderno.
En El pezón de Sei Shonagon también presenciamos este juego de ideas sobre lo clásico y lo moderno y cómo estos conceptos se funden. El autor escogió muy bien el escenario de su obra, Japón, ya que esta es la tierra superlativa donde tradición y modernidad conviven. En la novela se nos cuenta la historia de dos jóvenes: Matsuo Basho (homenaje al poeta japonés), un gordito muy feo y con problemas de sociabilidad y Sei Shonagon (otro  homenaje a una escritora), una mujer atractiva y deseada que, de forma impensada, inicia una relación con Matsuo. El problema viene cuando Matsuo, obsesionado con ella, hace una figura artística de su pezón. La gente, sin embargo, no alaba a Matsuo y su obra, sino a la musa: Sei Shonagon, quien pronto se convierte en un referente de las redes sociales y la locura bondage, dejando a un lado de su “vida real” a Matsuo.
Esta es la historia central. Pero es más bien la excusa de Omar Pérez para retratarnos una sociedad que confunde el mapa con el territorio, que vive en la virtualidad al punto que los momentos cotidianos, como un beso o tener sexo, se transforman en trámites, o lapsos previos antes de conectarse a la red. Así, en la novela conviven alusiones sobre la deep web, gran cantidad de palabras que pertenecen al ciberespacio y reflexiones sobre la soledad en la que estamos en la actualidad.
Otro punto a favor de la novela, es que ha sabido situarse dentro de un género que recuerda mucho al anime o al manga nipón. No solo porque hable de Japón, sino porque este tipo de trabajos utilizan dos elementos esenciales en su estructura narrativa: una metafísica tradicional y una observación sobre la hipermodernidad social. Tenemos así a Akira: película que habla de una sociedad enfrentada a la creencia en el fin del mundo y a su utilización de las personas como armas de guerra. También se puede citar a Death note: los tradicionales demonios shinigamis conviven con un joven que desea tener el poder sobre la vida de los demás, a la vez que estudia y quiere ser el mejor alumno de su generación. Y no olvidar la clásica Evangelion donde “ángeles” llegaban a la Tierra para destruirla a la vez que los protagonistas lidiaban con problemas sicológicos relacionados con la soledad, el abandono y el vacío existencial. Así, la novela de Omar Pérez bien puede seguir esta línea ya que ha sabido unir los dos elementos clásicos del género anime-manga y ciberpunk; todo bajo una prosa entretenida y llena de reflexiones sobre la extraña sociedad en la que vivimos.


El escritor  chileno Omar Pérez Santiago



viernes, agosto 02, 2013

Realismo ácido de Jorge Marchant Lazcano

Novelas de Jorge Marchant Lazcano


La novela de Jorge Marchant Lazcano, “La promesa del fracaso”, contiene una profunda pena y desdicha.
La obra de Marchant Lazcano -que alcanza las 350 páginas en 17 capítulos divididos en 3 partes más un preámbulo y un epílogo-  reafirma su calidad natural para contar historias y crear personajes, con pasajes compasivos, lúcidos, muy teatrales o cinéticos, donde a veces escribe como un experto guionista, esta vez sobre una familia triste de los años 50.
Un personaje principal de la novela, la señora Paz Munizaga va en la micro y conversa con su vecina Sara Fisher, a la que apenas conoce:
“-¿Usted es judía? –lanzó las palabras de pronto, sin saber por qué se lo estaba preguntando.
-Sí, mis padres eran judíos –le dijo la mujer, mirándola.
-No me imagino cómo es ser judío…no sé…ser distinto…
-Yo no soy tan distinta, ya ve usted…”
No es fácil hablar sobre la identidad, porque la tendencia inmediata es extenderlo a un pastiche, a una parodia, a algo suave y que no duela. No estamos acostumbrados a escuchar el dolor de los demás, porque tampoco somos capaces de oírnos a nosotros mismos. Olvidaremos las experiencias que contienen dolor.
Pero, el escritor Marchant Lazcano no está para parodias, ni para bromas, ni para contener el olvido.  
Ni nihilista, ni postmoderno.
Estéticamente, Jorge Marchant Lazcano es un escritor en la tradición del realismo chileno (como lo es la mayoría de la narrativa), aunque, en este caso, contenga un lirismo sin adornos, sutiles, invisibles sucesiones de hechos cotidianos, donde parece que no pasa nada y pasa de todo, como con la soda caústica que deja los cuerpos en huesos- con un narrador omnisciente o externo y austero pero que pasa hábilmente a la segunda persona, con técnica sutil- o adquiere un punto de vista femenino, con un pulcro tratamiento sicológico, donde aparecen tenues y dolorosas desavenencias de una familia de un funcionario bancario, que sobrecoge.  Realismo ácido.
Los matices y pormenores de esa familia que -en la nebulosa del momento- parecía constituir el epítome de la modernidad, una clase media pequeña, pero que la publicidad y la cultura pop hicieron ver como central de la época. Y el cine y la televisión crearon una mitología visual de esas parejas de esos suburbios. Queda claro en la novela que esa familia sufría un grave trastorno disocial: ellos eran minoría, pero creían ser mayoría. Ellos eran especiales como flores del desierto, pero ellos creían ser arbustos de la montaña.
Jorge Marchant Lazcano creó una señora dueña de casa, Paz Munizaga, madre de tres hijos, en casa recién pintada, pero que no sabe amar, o tal vez no sabe qué amamos cuando amamos. Una acotada Madame Bovary de la avenida Colón de Las Condes, cuando era un nuevo suburbio de clase  media construido con la Ley Pereira de 1948, que permitía exenciones tributarias para casas económicas. Y en esas casas de dos pisos, su hijo Javier sabe, tiene conciencia que sus padres no se aman. Algo triste e incómodo, que Marchant Lazcano desarrolla con decoro y coraje. Una historia que se desenvuelve silenciosa y lacerante.  Paz Munizaga es la mamá de un joven homosexual que tampoco aprende a amar. Es decir, es una mujer que es marginalizada en el amor, como su hijo. Javier, no es raro, se reconoce en su madre.
“Paz Munizaga sentía estar cansada, cansada por nada, era cierto, apenas cansada de ser una mujer que desconfiaba más de la cuenta.”
Falta tiempo aún para que lleguen las mujeres rebeldes de nuestra generación.
La novela aparece como un ensayo fatal de la pequeña ideología de la arrogancia silenciosa de los prejuicios. 
Una época ya pasada y de la que no queda nada. Pero Marchant Lazcano rescata el sustento narrativo:  sólo queda, quizá, una forma de aplanar, de invisibilizar.
No había allí en esas familias ningún fanatismo, ningún cínico. No, al contrario. Eficientes aplanadores. Seres tibios de tina, cuerpos arrugados de agua tibia. Pertinentes, moderados, decentes. Piadosos. Sin errores. Eran tan pegajosos que todo amigo que se les acercaba demasiado corría el riesgo de volverse  pusilánime. No conocían la ideología del exceso. No había debate, controversia, ni la dignidad del escándalo. No. Nadie quería chispas. Nadie quería excesos. No se discutía sobre lo esencial. No había profetas. No había quien descubra una fe revolucionaria, se cayera del caballo, y que revitalizara el hecho de vivir. Eran personajes maleables que desajustan. Seres respetuosos, pero erróneos, equívocos, errantes, inseguros, temerosos. Buenas personas. Pero tiemblan frente al diferente.
Paz Munizaga no será Madame Bovary, ni la Ana Karenina. 
Su destino será otro, será el destino de los saturados emocionales.
Y los demás personajes vulnerables de la novela, (su marido, sus vecinos, su hermana, quién sea),  fingiendo que esa era la vida que querían. Dubitativos, dudosos, no  querían ver, para no tener que aceptar. 
Es muy evidente que, por lo menos en la novela, no lo pasaban bien creyendo que ellos y su antejardín eran el modelo chilensis de vivir, el estado de la civilización. Tampoco lograban ver que todo estaba fuera de lugar. No veían que había un profundo desajuste. 
Y si algo se puede decir de esos personajes “perfectos”, construidos por Marchant Lazcano, es que eran sutil y tristemente  sordos.
Sordos y solos.
Solos.
Es fatal.
No hay final feliz en la aguda novela de Marchant Lazcano.
Pena y desdicha.
Falta aún un tiempo para que esos personajes, o sus hijos, descubran que el conflicto no es entre distintos, sino entre ricos y pobres.


 

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