viernes, marzo 29, 2019

NO HALLO LAS HORAS DE MORIR. ARMANDO URIBE & EZRA POUND



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Era una helada mañana de invierno santiaguino, el 30 de agosto de 2004 y en una muy desabrida sala del Ministerio de Educación, el poeta Armando Uribe, un hombre largo y flaco de 71 años, se levantó para recibir el Premio Nacional de Literatura.
El jurado basó su decisión en "el compromiso existencial del hombre frente a la vida y la muerte, manifiesto en un estilo dramático y singular desarrollado a través de una extensa producción".
Armando Uribe es uno de los poetas chilenos más cultos y sabiondos.
Eso sí, cultiva un estilo o forma de ser algo cursi y vanaglorioso. El humor nunca fue lo suyo.

Uribe es un poeta intelectual hijo del ultra modernismo tardío que alababa la poesía por contener una invención, o por ser una contribución precisa al arte de la expresión verbal.
Uribe se tituló de abogado de la Universidad de Chile, en agosto de 1957 se casó con Cecilia Echeverría -con quien viviría hasta su muerte- y con ella viajó a Roma becado por el Instituto Chileno-Italiano de Cultura.
Entonces en Roma estaba de moda el monstruo, el erudito de Ezra Pound.
El día 10 de julio de 1958 la figura de Ezra Pound con paso elástico desembarcó en Génova del Cristoforo Colombo.
Pound tenía ya setenta y tres años. Vestía de blanco, camisa abierta y fieltro ancho gris claro. Estaba acompañado por su esposa Dorothy, y por una joven y bella secretaria o amante (según conveniencia), la texana Marcella Spann de 26 años.
Azotaba un intenso calor provocado por un anticiclón africano.

El poeta transpiraba cuando, en algún momento, sonrió y extendió su mano con el saludo fascista.
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Volvía a Italia después de 13 años.

Recuerden jóvenes que la noche del 23 de mayo de 1945, sus compatriotas norteamericanos lo arrestaron y lo pusieron en una jaula en Pisa, acusado de traicionar a los Estados Unidos por hacer propaganda fascista en Radio Roma.

Entonces Pound tenía sesenta años, mirada de loco, melena pelirroja. Llevaba un libro de Confucio y un diccionario de chino. Después de seis meses Ezra Pound fue llevado a Estados Unidos para ingresar en el hospital psiquiátrico St. Elizabeth, donde pasaría los próximos doce años de su vida.
En 1958, una corte liberó a Ezra Pound del manicomio de Saint Elizabeth en Washington D. C.

Pound había vuelto a Roma.

Ese año, 1958. el chileno Armando Uribe tenía 25 y entró a una librería en Roma y compró su primer libro de Pound, el poeta modernista que marcó a toda una generación.

Uribe pasó cinco años estudiando a Ezra Pound.

Hasta que al final, Uribe Arce publicó en el año 1963 un libro titulado Pound. Tiene tres capítulos: Un lector de Pound, Su vida, Su obra. En la página 100 comienza una antología de poemas de Pound, en la versión de Uribe, de 35 páginas.
La prosa de Armando Uribe en esta etapa de su vida, no es fluida. Está más preocupado de dar la impresión. Es un pedante, tal como Uribe cataloga a Pound. La pedantería es un mal literario contagioso.
El primer capítulo Armando Uribe cuenta como Ezra Pound lo obligó a leer a los clásicos. Y a descubrir que Pound es el defensor del palimsepto, la poesía como una empalizada de retazos y fragmentos, la mayor parte ilegible y que debe leerse con una trabajoso y estoico aparato explicativo.

La mayor parte de The Cantos es ilegible o intrascendente, pero Uribe se dejó fascinar y se rindió gozoso frente una obra que es dificilísima de leer y de furia vanguardista.
Pedanterías.
Pound dijo, con su talento de líder, que la poesía no se hizo para entretener a nadie, se escribe poesía para salvarse. Pound parece no haberse salvado y parece que en Los cantos, lucha infructuosamente en el infierno, un hombre, quizá Ulises, perdido en el inframundo. Se satisface con la fama de no ser comprensible sino para quienes imaginan entenderla.
Una actitud muy arrogante de ciertos modernistas, sin humor, para mi gusto. La poesía como escuela duramente educativa, severo y áspero. “Tonto grave”, como el mismo Uribe ha dicho de sí mismo: “prefiero ser tonto grave que tonto tonto”, asumiendo la seriedad como si fuese una supuesta sobriedad chilena.
Ese parecer ser el aporte del ultra modernismo tardío de Armando Uribe en este libro. Un ultra modernismo tardío nieto del simbolismo francés y su malestar con el gusto del público. Y un solo valor: la búsqueda de la originalidad.

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