lunes, mayo 18, 2026

'Los gatos' de Charles Baudelaire. Traducción de María Elena Blanco (La Habana, 1947)


Los férvidos amantes y los sabios austeros

en sus años maduros suelen ambos amar

a los potentes gatos, orgullo del hogar,        

como ellos sedentarios y también frioleros.

 

Amigos de la ciencia y la voluptuosidad,

en silencio y horror tenebrosos se placen;

por fúnebres corceles Érebo los tomase

si, serviles, pudiesen domar su vanidad.

 

Con pose pensativa adoptan los nobles aires

de esfinges solitarias tumbadas al desgaire

que parecen sumidas en un sueño sin prisa;

 

chispas mágicas llenan sus entrañas fecundas

y láminas de oro y fina arena irisan

de un místico fulgor sus pupilas profundas.



Les chats

 Les amoureux fervents et les savants austères

Aiment également, dans leur mûre saison,

Les chats puissants et doux, orgueil de la maison,

Qui comme eux sont frileux et comme eux sédentaires.

 

Amis de la science et de la volupté,

Ils cherchent le silence et l’horreur des ténèbres;

L’Érèbe les eût pris pour ses coursiers funèbres,

S’ils pouvaient au servage incliner leur fierté.

 

Ils prennent en songeant les nobles attitudes

Des grands sphinx allongés au fond des solitudes,

Qui semblent s’endormir dans un rêve sans fin;

 

Leurs reins féconds sont pleins d’étincelles magiques,

Et des parcelles d’or, ainsi qu’un sable fin,

Étoilent vaguement leurs prunelles mystiques.

 

domingo, mayo 17, 2026

Con mi amigo el escritor Osvaldo Godoi en el Parque del Comic, Feria del libro de San Miguel.


 

Crítica al mundo superficial de las redes sociales. El pezón de Sei Shōnagon, novela de Pérez Santiago, se sitúa en el Japón actual para contarnos la relación de (des)amor entre Matsuo Bashō y Sei Shōnagon. Reseña de Emilio Vilches Pino

 

 La sensibilidad en el desarraigo

Reseña de Emilio Vilches Pino

              


El pezón de Sei Shōnagon, la nueva novela de Pérez Santiago, se sitúa en el Japón actual para contarnos la historia de la relación de (des)amor entre Matsuo  Bashō  y Sei Shōnagon. Se conocen en una Escuela de Arte (la Tokyo Gaidai). Ella es una mujer que “no tenía miedos; tenía autoestima, audacia y ambición” y de quien se rumoreaba en la Escuela que “seducía a los hombres con solo mirarlos a los ojos. Los usaba sexualmente y luego los lapidaba (…) una femme fatale cuyos novios aparecían después arrastrando tristes su propio sarcófago”. La llamaban Pezón Dorado por la altura casi legendaria del deseo que sentían por sus senos. Él, en cambio, “además de malcarado, era relativamente gordito e ingenuo y vestía con traje de factura sencilla y parca”. El autor es enfático al resaltar las diferencias entre ambos, no solo en lo físico sino en toda una forma de ver y vivir el mundo. Él la ve casi como a un ídolo (“hincado, como si estuviese rezando al divino, Matsuo  Bashō  se acordó de sus compañeros de arte de la Universidad que soñaban con este pezón”), tanto así que crea una obra de arte, una especie de escultura, del pezón de Sei Shōnagon y la exhibe en la Escuela.

La obra de Matsuo comienza a ser admirada y alabada, pero no precisamente por la calidad de la misma, sino por su referente: el pezón de Sei Shōnagon. Empieza así un vertiginoso proceso en que la mujer irá sucumbiendo ante las bondades efímeras de la fama virtual, perdiéndose entre redes sociales y páginas web, dejando atrás su vida y convirtiéndose, de cierta forma, en nada más que una imagen digital. (“Ella era un nuevo tipo de animal digital. Se utilizaba a sí misma voluntariamente. Ella estaba imposibilitada de amar a un ser de carne y hueso. Todo tenía que estar en gigas, o no era seductor para ella.”) Por otro lado, su novio, irá viviendo un proceso de celos artísticos en un comienzo, para luego ir derivando a la tristeza y la desesperación ante una mujer que lo deja de amar tan pronto se convierte en una celebridad de Internet.

Andy Wharhol, casi como un oráculo, anunció en un programa de televisión en los ya lejanos años sesenta que “en el futuro, todos tendrás sus quince minutos de fama”. Internet y todas las actuales tecnologías han cambiado la manera de comunicarse y de obtener notoriedad pública, tanto que hoy, efectivamente, muchas personas pueden tener sus quince minutos de fama a través de YouTube, Facebook, Instagram, virales, etc. El arte mismo ha cambiado producto de esto. La técnica y el talento parecen ya no tener una supremacía total por sobre la masividad, y este proceso lo refleja el cambio en los personajes:

“Los llamativos y enigmáticos pezones se viralizaron en las redes sociales de todo el mundo. Paradojalmente, junto con la fama de los pezones, comenzó la ruina de Matsuo  Bashō  (…) Así Sei Shōnagon se valorizó en el mercado del arte de las redes sociales, en spams y motores de búsqueda. Toda una máquina digital barata y persuasiva funcionó gratis para que Shōnagon expusiera sus hermosos pechos. Like, like, like. Mientras ella recibía más like, ella era más feliz”

La novela, desde este punto en adelante, permite ser leída como un thriller, debido a la misteriosa desaparición y muerte de una serie de muchachas japonesas, a la vez del acontecer de Sei Shōnagon; también puede ser leída como una novela juvenil con tintes ciberpunk; pero sobre todo como una crítica al mundo superficial de las redes sociales y a cómo han cambiado la manera de concebir las relaciones humanas y de percibir el arte.

El Japón actual aparece hiperconectado e hiper-tecnologizado. El autor hace gala de un no despreciable conocimiento de la cultura nipona, incluyendo referencias sociales, religiosas y culturales, pero que se van mezclando con las nuevas tecnologías y formas de comunicación, dándoles un nuevo significado. Por ejemplo, los mismos nombres de los personajes son homenajes a antiguos escritores japoneses y, tal como lo hizo Jim Jarmusch en Ghost Dog: The Way of the Samurai (1999), existen referencias directas a los códigos y la tradición de los samuráis, pero insertas en un mundo donde el honor y la lealtad ya no son prioridad.

El pezón de Sei Shōnagon es una novela escrita de manera fragmentada, con un lenguaje simple, que habla de una sociedad milenaria en crisis, de crímenes en las calles, de oscuras organizaciones que funcionan en la Deep web, pero también de personas desorientadas, sedientas de aceptación en una sociedad insegura y huérfana de soportes reales.

Una novela a la que hay que prestar atención.

Creepypasta o terror psicológico de influencer obsesionada por los likes, retuits y la fama en internet. Nouvelle El Pezón de Sei Shonagon de Omar Pérez-Santiago. Los Perros Románticos . Reseña de J. del C. Ripper

 

Foto de David Hevia. Musas: Nadia Abril y Nina Penna


En "El Pezón de Sei Shonagon" una joven mujer se confunde con su personaje creado. Su creencia está por sobre la verdad; la emoción de un like por sobre la realidad. 

Tres películas, La Piel de Venus, Perfect Blue y El libro de la almohada parecen ser antecedentes  visuales de este entretenido libro de Pérez Santiago. Esto no es raro ya que el cine y comic son dos de sus pasiones. Dos films se han realizado con sus obras, La Novia de Borges y El Deber y Pérez Santiago fue uno de los creadores del Parque del Comic en San Miguel, Santiago.

La Piel de Venus  es un film de Roman Polanski basado en el libro del austríaco Leopold von Sacher-Masoch,  La Venus de las pieles, publicado en 1870, que combina la sumisión y el fetichismo. 

Perfect blue es un film de animé de Satoshi Kon, basado en la novela de de Yoshikazu Takeuchi. Un thriller psicológico sobre una estrella del pop que trata de labrarse una carrera en el mundo del cine pero sufre una crisis de identidad  cuando debe enfrentarse a un fan obsesivo, el acoso online, la paranoia y el estrés.

El británico Peter Greenaway presentó su película El libro de la almohada en 1996, una historia visual que hace referencia a la obra de la escritora japonesa Sei Shōnagon.

El Pezón de Sei Shōnagon es una visual novela corta de Pérez Santiago, creepypasta o de terror sicólogo ambientada en el mundo del internet. El Pezón de  Sei Shōnagon es sobre una joven y sexy mujer inteligente que admiran sus jóvenes compañeros en los pasillos de la universidad. Pero ella tiene una obsesión. Ella sueña que, mediante las redes sociales, brillará como artista en el mundo del arte. Ella desarrolla un narcisismo angelical y se auto explota en las falaces redes sociales. Ella quiere, que la miren, que la adulen y, por supuesto, quiere ser famosa. Está poseída por Facebook e Instagram.
Al inicio de Internet hubo una visión humanista alternativa. Pero, el espíritu inicial de plácido renacimiento cultural logrado por internet ha desaparecido o se ha hecho problemático.
Las redes sociales entraron en un punto crítico. Ahora parecen agotarse o convertirse en un elevado espejismo o bruma. Las redes sociales no han logrado eludir el asunto del control de la información de las grandes corporaciones. Más y más han quedado al desnudo que son una herramienta del poder.
Ese es el presente que enfrenta una nueva novela creepypasta del escritor chileno Pérez Santiago, titulada, El Pezón de Sei Shōnagon.
La novela se sustentaría en 4 premisas
1. Una mujer angelical es poseída o infectada por Facebook o por un Techno Diávolo.
2. El Techno Diávolo es producto del engranaje de la Utopía Neoliberal Realmente Existente, la UNRE.
3. El Techno Diávolo es un sofisticado mecanismo techno de control mental en el que las víctimas entregan voluntariamente sus vidas para beneficio del organismo que les ha infectado.
4. Finalmente y en el fondo, detrás del Techno Diávolo hay una siniestra ideología llamada el Ciberoptimismo del Techno que manipula nuestros comportamientos.


 

El punto de encuentro de los amantes es el delirio de desgarrar y ser desgarrado. El Pezón de Sei Shonagon, nouvelle de Omar Pérez-Santiago. Los Perros Románticos. Reseña de Jorge Calvo.

 


Desgarrar y ser desgarrado. El Pezón de Sei Shonagon, nouvelle de Omar  Pérez-Santiago. Reseña de Jorge Calvo.

Reseña de Jorge Calvo

Esta novela es la más reciente obra de mi amigo el escritor Pérez Santiago quien ya ha publicado una serie de libros, cuentos y novelas y  quien suele abordar este tema, un tanto lúdico, y bastante estimulante. Pero también ligeramente peludo.

Conocí a Pérez Santiago hace ya unos treinta años en una época en que todos éramos escandalosamente jóvenes. Finalizaba el año 1986. Era el último día de noviembre, hacía mucho frío y había nevado de modo que un manto blanco cubría las veredas y el parque del Rey de la ciudad de Malmoe. Nos presentó un amigo común, el escritor sueco Fredrik Ekelund, estábamos en su casa en el barrio antiguo y muy pronto sonó música, se descorcharon algunas botellas y desde la noche, cantando,  aparecieron unas muchachas que volvían de haber visto el musical El Hombre de la Mancha. Pronto aquello cedió lugar a una atmosfera lúdica y erótica. En algún momento, avanzada la noche, salimos al Parque a jugar a la pelota, los suecos corrían descalzos sobre la nieve.

En los días siguientes coincidimos con Pancho en el café Siesta y me mostro algunos de los cuentos que publicaría en las Memorias eróticas de un chileno en Suecia. Dos o tres años más tarde se embarcó en la escritura de un guión y la producción de una película, y hasta actuó en el rol principal interpretando a Borges, la película se titula La Novia de Borges, y fue a filmada en Budapest.

Cuento todo esto para señalar que el tema del erotismo siempre ha estado presente en nuestras literaturas y conversaciones. Sobre la novela breve que me toca en suerte presentar en esta oportunidad puedo decir, citando a George Bataille -considerado el verdadero y legitimo padre del erotismo moderno: y metidos en el área chica de este tema –que mucho consideran escabroso- en la esencia o lo medular Bataille sostiene que “El punto de encuentro de los amantes es el delirio de desgarrar y ser desgarrado.  Ninguna comunicación es más violenta”

La verdad indesmentible es que en nuestro actual modo de vida, el ser humano ha extraviado su dimensión sagrada.

El ciudadano moderno, entregado por entero a una infinidad de actividades rutinarias –esquemas, desplazamientos, metas–, sumado a la cantidad de horas desperdiciadas en los tacos, finalmente ha acabado lejos de la intimidad que lo define como ser humano. Extraviado en el sistema de los compromisos, dinero plástico, mall y consumo se debate día a día en un mundo sin vida que, no obstante, se le presenta como la sempiterna Shangri-La, el paraíso prometido- un sistema perfecto con la tarjeta de crédito como síntesis de todos los sueños. Definitivamente estancado en esa perpetua correa sin fin, el ser humano (hombres/mujeres) se encuentra a una distancia sideral de la fiesta, del carnaval en medio de los espesos bosques y del libre ejercicio del deseo. El sistema ofrece sustitutos: droga sintética y de la otra, vaginas plásticas, soma y consoladores automáticos. Pornografías diversas: veinte, mil, millones o si se quiere cincuenta  sombras que distan años luz del erotismo.

Otro escritor, el poeta y ensayista mexicano Octavio Paz, al analizar y escribir sobre el tema dice que “...para Bataille el erotismo, la muerte y el pecado son conceptos equivalentes o  signos intercambiables que repiten el mismo significado: apuntan a la absoluta y despiadada nada en que habita el hombre y  su irremediable abyección”

En la novela de Pérez Santiago–astutamente ambientada en una capital del mundo posmoderno como lo es Tokio- aparecen estos personajes que además deambulan o existen en el terreno del arte, ambos son estudiantes y por ende son compañeros en una hiper moderna escuela de arte, la Tokio Geidai. De un lado aparece el protagonista Matsuo Bashō que nos narra desde su perspectiva su encuentro, los roces y las citas cargados de erotismo y la poderosa succión a la que se ve sometido por los siempre activos encantos de ella, Sei Shōnagon la protagonista y eje central de la historia.

No solamente se sabe bella y atractiva además posa, modela, incita, provoca a generado un mito en la escuela y especialmente entre los alumnos varones sobre las delicadas y sensibles zonas erógenas de su cuerpo, elevando uno de sus pezones, que tiene sabor a canela, a la categoría de deidad. Imágenes del pezón circulan en diversas imágenes, dibujado, pintado, fotografiado, sometido a métodos de transparencia, viralizado recorre las redes, lo watsappean, lo envían como mensaje. Ella gradualmente, y en función del pezón, va adquiriendo notoriedad, se vuelve famosilla, ingresa a dimensiones mitológicas, la buscan, para fotografiarla, filmarla y hacer películas con ella.

Es la imagen en la retina de todos, la adoran, la aman, se masturban con ella. Sei Shōnagon deviene orgasmo electrónico, un manjar de impulsos eléctricos:  icono virtual.

Hasta que ciertas bandas, hackers, mafiosos virtuales, depravados de toda laya, traficantes de niñas y señoritas se fijan en ella. En cambio el narrador solo la ha visto a veces. Pero la sigue y la vigila. Entre tanto de vez en vez aparecen por aquí y por allá cadáveres de chicas que han sido abusadas asi como uno se imagina que gustaría abusar de Sei Shōnagon, han sido violentadas, descuartizadas en el sumun del acto…

Es un mundo donde la tecnología es altamente avanzada y sofisticada y no existe nada que no se pueda conseguir, todo es alcanzable sin moverse del sillón, eternamente sentado frente a la pantalla se tiene al alcance de la mano un mundo virtual, acaso depravado, Pero es la realidad en que vivimos.

Esta suerte de reality show que Pérez Santiago nos ofrece en El Pezón de Sei Shōnagon, no es irreal ni algo inalcanzable, ya está aquí, se encuentra entre nosotros y llego para quedarse. Lo vemos a diario, Lo que hace la novela de Pérez Santiago es simplemente dejar constancia que a diario vivimos y existimos en esta inquietante realidad.

Juan Carlos Cárdenas, El Pezón de Sei Shonagon, nouvelle de Omar Pérez Santiago. Los Perros Románticos


 

Te Rogamus, Papa Francisco, escúchanos. Cía de teatro Perro Viejo

 


Claudia Cervantes, Roberto Martínez y Eduardo Muñoz


 

Con Eduardo Muñoz


 

Con Roberto Martínez Lozano


 

sábado, mayo 16, 2026

FOLICULARIO: UN CRÍTICO LITERARIO DETESTABLE. Un “Foliculario” es aquel que sin talento compila, imprime, difama, miente, calumnia y desatina. El Marqués de Sade y Los Crímenes del Amor


FOLICULARIO: UN CRÍTICO LITERARIO DETESTABLE.
Un “Foliculario” es aquel que sin talento compila, imprime, difama, miente, calumnia y desatina.
El Marqués de Sade publicó en Francia su libro Los Crímenes del Amor el año 1799, once novelas cortas sobre el deseo.
El escritor parisino Alexandre-Louis de Villetorque reseñó duramente el libro en octubre de 1800. Así comienza:
“Libro detestable de un hombre sospechoso de haber otro más horrible.”
Entonces el Marqués de Sade lo acusó de foliculario:
"Del relato absurdo que Villetorque hace de Los Crímenes del Amor, se desprende claramente que no los ha leído; si los conociera, no me haría decir lo que nunca he pensado; no aislaría frases que sin duda le fueron dictadas solo para truncarlas a su antojo, y luego darles un significado que nunca tuvieron. La obra del escritorzuelo Villetorque son soporíferas; una colección repugnante, monótona y aburrida, donde el pedagogo, siempre con zancos, querría que, tan estúpidos como él, consintiéramos en tomar su parloteo por elegancia, su estilo pomposo por ingenio y sus plagios por imaginación; pero, por desgracia, al leerlo, solo encontramos lugares comunes cuando es él mismo, y mal gusto cuando saquea a los demás. El desdichado Villetorque, cautivando, sometiendo así sus propias opiniones a las del día, jamás tendrá el valor de sacar su siglo del lodazal donde tan a menudo le llevan las modas absurdas de la opinión. Dejemos en paz a los necios despotricar contra los talentos que no pueden tener.”

 

viernes, mayo 08, 2026

Gran éxito de Boite Bijoux. La vieja tradición pícara en el teatro chileno del deseo y el pecado en un burdel, ah, la ausencia de corrección política. Homenaje a los hermanos Tomás y Eliana Vidiella.


A tablero vuelto. Vibrante noche en el Boite Bijoux dirigido por Rodrigo Bastidas y Magdalena Max-Neef. Un homenaje a los hermanos Tomás y Eliana Vidiella. La vieja tradición pícara del burdel en el teatro chileno. Solo faltaron las piscolas.

La obra "El gran show internacional de Cabaret Bijoux" fue escrita por el dramaturgo argentino Alberto Zemma. Un éxito en Buenos Aires en 1975. 

En 1976 José Pineda hizo una adaptación y Tomás Vidiella hizo una montaje en Chile que permaneció en cartelera durante 10 años. 

En septiembre de 1989 se volvió a montar en el teatro Providencia con Claudia Santelices como la vedette que realiza un striptease.


La vieja tradición del burdel en el teatro chileno

 “Los siete espejos” fue un burdel de Valparaíso de la calle Clave que estaba adornado con siete espejos de marco dorado en el palpitante barrio rojo del puerto, donde las noches se llenaban de hombres que salían de allí al amanecer.

Isabel Allende, la escritora que se merece el premio Nobel, escribió la obra Los Siete Espejos sobre  la vida de cuatro mujeres que deben fingir, beber y sonreír.

Tomás Vidiella realizó el montaje junto con su hermana Eliana en 1976. Con la música de Francisco  Flores del Campo fue un éxito de público. Durante un año provocó risas y aplausos. 

Patricia Iribarra, Soledad Rengifo, Nona Campbell, Mariane Klagges, Tomás y Eliana Vidiella

De allí saltó a Cabaret Bijoux.

Tomás Vidiella murió durante la pandemia. Y ahora el teatro le rinde merecido homenaje.

TEATRO NACIONAL

En el ámbito del teatro chileno, la mujer de la noche, la trabajadora sexual,  sostiene un imaginario teatral como un gran mar nocturno

La Remolienda" de Alejandro Sieveking con el personaje de "La Chepita", una joven de veinte años de Puerto Montt que se dedica a la venta del amor pagado.

"El Abanderado" de Alberto Heiremans representa a "La Pepa de Oro" quien se dedica al trabajo sexual en San Antonio. La obra "La Negra Ester de Roberto Parra de 1971 sobre una mujer que ejercía en el prostíbulo "Las Luces" fue llevado al teatro por Andrés Pérez en 1988.

 

Foto de Sergio Larraín

 El fotógrafo chileno Sergio Larraín 1931-2012 capturó el lugar Los Siete Espejos en 1963, en la calle Clave del barrio Puerto, logrando imágenes que hoy son arte. 

Foto de Sergio Larraín







 

lunes, mayo 04, 2026

La tarde en que la uruguaya Ema Risso Platero de 28 años visitó a Gabriela Mistral en Petrópolis, Brasil: "Pensé en una montaña, en un valle, en un río."

Ema Risso Platero nació en Montevideo en 1915, y murió en París, en 1981. Fue una escritora y diplomática uruguaya. También incursionó en la actuación y en las artes plásticas.

TARDES CON GABRIELA MISTRAL

Ema Risso Platero

Publicado en Los Anales de Buenos Aires nr 3 de 1946.

Una tarde de verano de 1943, en la Academia de Letras de Río de Janeiro, discutían varios escritores. Ya entonces el continente reclamaba el premio Nobel de literatura para la querida y admirada poetisa de América. Aunque todos reconocíamos que el talento de Gabriela Mistral merecía tal honor, recuerdo que yo protesté con enérgica vehemencia, explicando que Gabriela no reclamaría nunca los merecidos laureles. Sólo el tiempo pudo lentamente arrebatarle su obra, pronto difundida de tal modo, que Gabriela no supo ya luchar contra una reputación literaria que ella jamás buscó. No sé qué métodos persuasivos empleé, utilizando mi mejor portugués, pero creo que convencía a estos venerables señores pues, al poco rato, aprobaban plenamente mi manera de pensar.

Han transcurrido mil días, castigando mis recuerdos, mis esperanzas, mis arrepentimientos.

Hoy, por primera vez, manos sudamericanas han recibido los gloriosos laureles. La majestuosa silueta avanzó con su rostro grave y sereno. Gabriela —montaña, valle y río— agradecía modesta y naturalmente al anciano rey Gustavo "en nombre de todas las mujeres de América”.

En un tibio atardecer de verano, llegué a Petrópolis, la hermosa ciudad de las flores que albergó las horas más felices del emperador Pedro II, último monarca de América, el hombre culto que consiguió abolir la esclavitud en el Brasil y que mantuvo estrechas relaciones de amistad con los grandes espíritus de su época, Pasteur, Charcot, Lamartine, Víctor Hugo, Wagner, Nietzsche ... Yo iba a visitar a la admirada escritora, llevando mis pocos méritos y mis innumerables inquietudes.

En una amplia avenida de la ciudad de las hortensias se encuentra la casa de Gabriela Mistral. El gobierno de Chile le ha concedido el privilegio de poder llevar al lugar que desee el consulado de su país.

Después de haber llamado y esperado en vano alguna señal, decidí empujar la puerta del jardín que sin duda no tuvo nunca cerrojos, lo que me invitó a franquear también la de la casa. Desde entonces, ya me pareció natural y hasta necesario internarme en el silencio y comencé la ascensión de una crujiente e ignorada escalera como si no hubiera hecho otra cosa en mi vida. Recién en el primer piso apareció una sonriente muchacha a quien inmediatamente regalé la preparada frase destinada a la autora de "Desolación”. La joven me miró asombrada diciéndome que la dueña de casa tenía cincuenta y tres años. Yo no lo ignoraba; sin embargo, desde que me encontré en su casa y aún antes de verla, sentí que todo estaba tan misteriosamente ligado a su presencia, que ésta podía ocultarse en cien metamorfosis que no habían de extrañarme. Cruzamos cinco, seis puertas y me encontré delante de una extraña belleza poseedora de los más suntuosos ojos verdes que he visto jamás. Estuve a punto de convertirla también en Gabriela, pero mi acompañante, amante de la verdad, se apresuró en presentármela con un nombre de complicada ortografía. Era una famosa actriz del primer teatro de Varsovia, que la guerra había desplazado hasta el lejano Brasil.

Gabriela la albergaba en su casa; a ella acuden escritores y artistas ávidos de consejo. Incontables en el corredor, me habían hecho tropezar los gruesos baúles de Falconetti.

Inadvertidamente, al fin, se abrió otra puerta, formando marco a la silueta inconfundible.

Pensé en una montaña, en un valle, en un río.

Me agradecía Gabriela que yo hubiera tenido "la fineza de subir a verme” (en Petrópolis se dice: bajar a Río). Olvidé enteramente el tan pensado discurso. Su voz, milagrosamente dulce, repetía las palabras de bienvenida, mientras yo, absorta, la contemplaba. Era un paisaje luminoso, un canto sin fin, a veces un lamento.

Conversamos largamente en tono ceremonioso y confidencial. Ella había ido a Petrópolis "siguiendo la mirada portuguesa”, pues había vivido mucho tiempo en Portugal. El suave carácter de los portugueses no chocaba a su timidez.

—¿Usted no es tímida? —me preguntó imprevisiblemente.

—Creo que no —respondí avergonzada.
Declinaba la tarde del caluroso día. Las sombras invadían la estancia, una ventana empezó a golpear reclamando preparativos para la noche. Movida por no sé qué mandato, me levanté.
—¿Mañana a las cuatro? —dijo Gabriela.
Esa fórmula se repitió y al correr de las tardes me despedí al tácito acuerdo de la inexorable ventana.
Habla Gabriela y su voz de agua me explica cómo adoptó su seudónimo, Mistral, en recuerdo del poeta provenzal laureado en 1904 junto con Echegaray con el premio Nobel de literatura (Gabriela vivió mucho tiempo en Provenza y ama a Francia muy especialmente). Y me cuenta del verde color del valle de Elqui, de Vicuña, la pequeña ciudad del norte de Chile que vio nacer a Lucila Godoy Alcayaga, de los años en que fue maestra, de la alegría de las rondas de niños.
En el cuarto vecino se escucha el teclear incesante de una máquina de escribir. Una hija del barón de Río Branco está traduciendo un extenso trabajo sobre Santos Dumont. Entra un apuesto muchacho, un sobrino que llama cariñosamente "mamá” a su tía Gabriela y que poco después murió en trágicas circunstancias. Un perro lacio y taciturno pasea tristemente sus inexplicables orejas. Una sirvienta obesa y familiar deposita sobre un banquillo la bandeja con el "cha”.
El azar de la conversación trae los nombres de la amistad o de la admiración: Valéry, Claudel, Supervielle, Juana de Ibarbourou, Victoria Ocampo, Manuel Bandeira, Claudio de Souza, la última persona que vio vivo a Stefan Zweig, cuyos restos descansan en Petrópolis. Y me dice Gabriela su amor por la tierra, en la que ha sumergido sus manos. Y la enseñanza de los largos viajes.
Hay, sin embargo, en el Brasil un lugar donde le gustaría "terminar sus días”. Es la isla de Paquetá, una de las islas más exóticamente bellas del mundo, que pocos días después visité y que tampoco hubiera querido dejar. Isla donde el dinero es casi desconocido, la sonrisa la única ley, y cuyas flores desprenden al atardecer misteriosas notas musicales que toda la noche, incansablemente y por doquier, repiten felices los negros habitantes.
Una tarde me habló Gabriela de la Biblia, de la muerte, de extraños presentimientos y de inexplicables coincidencias. Caía sobre Petrópolis una de esas imprevistas y persistentes lluvias que lo anegaban todo y que al interrumpirse no dejaban rastros.
Prematuramente oscurecía. Las palmas de Gabriela expresaban un extraño dolor.
De pronto "vi” dibujarse claramente en una pantalla luminosa, nítidas, las palabras de Gabriela. Se perseguían las letras, formando palabras, frases, páginas. En ese momento mi pensamiento se sintió bruscamente ocupado en colocar comas, puntos, punto y coma . .. No sé cuánto tiempo duró el extraño sortilegio, no sé cuántas páginas se esparcieron en el espacio. El cuarto estaba ya completamente oscuro. Las palabras se perseguían luminosas y vibrantes, materializadas, visibles.
Al irme quedó Gabriela inmóvil y muda, olvidada totalmente mi presencia. No me atreví a interrumpir su diálogo con extrañas fuerzas para mí ignoradas. Salí en una atmósfera de sueño, cerrando sin ruido la puerta.
Había cesado la lluvia. Ávida de realidad respiré el olor de la tierra húmeda, nerviosamente lastimé mis dedos en la corteza de un árbol.
Hoy, mudo, mi recuerdo se prolonga desde este lejano Buenos Aires. Mis manos reposan, reflexivas, sobre la inmerecida dedicatoria de un libro.
El viento llama, insistentemente, a la ventana de mi cuarto.
¿Es verdadero el episodio de la última tarde en Petrópolis? Tal vez no. Por lo pronto, cuenta con demasiados antecedentes en la buena literatura: las vocales de algún soneto de Rimbaud, la selva oscura del Infierno, dove il sol tace, la luz tácita de Virgilio. . . Así es, tal vez he mentido, ¿pero cómo trasmitir la impresión que causa Gabriela Mistral, sin esa inocente metáfora?


NORAH BORGES