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| Ema Risso Platero |
Ema Risso Platero
Publicado en Los Anales de Buenos Aires nr 3 de 1946.
Una tarde de verano de 1943, en la Academia de Letras de Río de Janeiro, discutían varios escritores. Ya entonces el continente reclamaba el premio Nobel de literatura para la querida y admirada poetisa de América. Aunque todos reconocíamos que el talento de Gabriela Mistral merecía tal honor, recuerdo que yo protesté con enérgica vehemencia, explicando que Gabriela no reclamaría nunca los merecidos laureles. Sólo el tiempo pudo lentamente arrebatarle su obra, pronto difundida de tal modo, que Gabriela no supo ya luchar contra una reputación literaria que ella jamás buscó. No sé qué métodos persuasivos empleé, utilizando mi mejor portugués, pero creo que convencía a estos venerables señores pues, al poco rato, aprobaban plenamente mi manera de pensar.
Han
transcurrido mil días, castigando mis recuerdos, mis esperanzas, mis
arrepentimientos.
Hoy, por
primera vez, manos sudamericanas han recibido los gloriosos laureles. La
majestuosa silueta avanzó con su rostro grave y sereno. Gabriela —montaña,
valle y río— agradecía modesta y naturalmente al anciano rey Gustavo "en
nombre de todas las mujeres de América”.
En un tibio
atardecer de verano, llegué a Petrópolis, la hermosa ciudad de las flores que
albergó las horas más felices del emperador Pedro II, último monarca de
América, el hombre culto que consiguió abolir la esclavitud en el Brasil y que
mantuvo estrechas relaciones de amistad con los grandes espíritus de su época,
Pasteur, Charcot, Lamartine, Víctor Hugo, Wagner, Nietzsche ... Yo iba a
visitar a la admirada escritora, llevando mis pocos méritos y mis innumerables
inquietudes.
En una
amplia avenida de la ciudad de las hortensias se encuentra la casa de Gabriela
Mistral. El gobierno de Chile le ha concedido el privilegio de poder llevar al
lugar que desee el consulado de su país.
Después de haber llamado y esperado en vano alguna señal, decidí empujar la puerta del jardín que sin duda no tuvo nunca cerrojos, lo que me invitó a franquear también la de la casa. Desde entonces, ya me pareció natural y hasta necesario internarme en el silencio y comencé la ascensión de una crujiente e ignorada escalera como si no hubiera hecho otra cosa en mi vida. Recién en el primer piso apareció una sonriente muchacha a quien inmediatamente regalé la preparada frase destinada a la autora de "Desolación”. La joven me miró asombrada diciéndome que la dueña de casa tenía cincuenta y tres años. Yo no lo ignoraba; sin embargo, desde que me encontré en su casa y aún antes de verla, sentí que todo estaba tan misteriosamente ligado a su presencia, que ésta podía ocultarse en cien metamorfosis que no habían de extrañarme. Cruzamos cinco, seis puertas y me encontré delante de una extraña belleza poseedora de los más suntuosos ojos verdes que he visto jamás. Estuve a punto de convertirla también en Gabriela, pero mi acompañante, amante de la verdad, se apresuró en presentármela con un nombre de complicada ortografía. Era una famosa actriz del primer teatro de Varsovia, que la guerra había desplazado hasta el lejano Brasil.
Gabriela la
albergaba en su casa; a ella acuden escritores y artistas ávidos de consejo.
Incontables en el corredor, me habían hecho tropezar los gruesos baúles de
Falconetti.
Inadvertidamente,
al fin, se abrió otra puerta, formando marco a la silueta inconfundible.
Pensé en una
montaña, en un valle, en un río.
Me agradecía
Gabriela que yo hubiera tenido "la fineza de subir a verme” (en Petrópolis
se dice: bajar a Río). Olvidé enteramente el tan pensado discurso. Su voz,
milagrosamente dulce, repetía las palabras de bienvenida, mientras yo, absorta,
la contemplaba. Era un paisaje luminoso, un canto sin fin, a veces un lamento.
Conversamos
largamente en tono ceremonioso y confidencial. Ella había ido a Petrópolis
"siguiendo la mirada portuguesa”, pues había vivido mucho tiempo en
Portugal. El suave carácter de los portugueses no chocaba a su timidez.
—¿Usted no
es tímida? —me preguntó imprevisiblemente.
Declinaba la tarde del caluroso día. Las sombras invadían la estancia, una ventana empezó a golpear reclamando preparativos para la noche. Movida por no sé qué mandato, me levanté.
—¿Mañana a las cuatro? —dijo Gabriela.
Esa fórmula se repitió y al correr de las tardes me despedí al tácito acuerdo de la inexorable ventana.
Habla Gabriela y su voz de agua me explica cómo adoptó su seudónimo, Mistral, en recuerdo del poeta provenzal laureado en 1904 junto con Echegaray con el premio Nobel de literatura (Gabriela vivió mucho tiempo en Provenza y ama a Francia muy especialmente). Y me cuenta del verde color del valle de Elqui, de Vicuña, la pequeña ciudad del norte de Chile que vio nacer a Lucila Godoy Alcayaga, de los años en que fue maestra, de la alegría de las rondas de niños.
En el cuarto vecino se escucha el teclear incesante de una máquina de escribir. Una hija del barón de Río Branco está traduciendo un extenso trabajo sobre Santos Dumont. Entra un apuesto muchacho, un sobrino que llama cariñosamente "mamá” a su tía Gabriela y que poco después murió en trágicas circunstancias. Un perro lacio y taciturno pasea tristemente sus inexplicables orejas. Una sirvienta obesa y familiar deposita sobre un banquillo la bandeja con el "cha”.
El azar de la conversación trae los nombres de la amistad o de la admiración: Valéry, Claudel, Supervielle, Juana de Ibarbourou, Victoria Ocampo, Manuel Bandeira, Claudio de Souza, la última persona que vio vivo a Stefan Zweig, cuyos restos descansan en Petrópolis. Y me dice Gabriela su amor por la tierra, en la que ha sumergido sus manos. Y la enseñanza de los largos viajes.
Hay, sin embargo, en el Brasil un lugar donde le gustaría "terminar sus días”. Es la isla de Paquetá, una de las islas más exóticamente bellas del mundo, que pocos días después visité y que tampoco hubiera querido dejar. Isla donde el dinero es casi desconocido, la sonrisa la única ley, y cuyas flores desprenden al atardecer misteriosas notas musicales que toda la noche, incansablemente y por doquier, repiten felices los negros habitantes.
Una tarde me habló Gabriela de la Biblia, de la muerte, de extraños presentimientos y de inexplicables coincidencias. Caía sobre Petrópolis una de esas imprevistas y persistentes lluvias que lo anegaban todo y que al interrumpirse no dejaban rastros.
Prematuramente oscurecía. Las palmas de Gabriela expresaban un extraño dolor.
De pronto "vi” dibujarse claramente en una pantalla luminosa, nítidas, las palabras de Gabriela. Se perseguían las letras, formando palabras, frases, páginas. En ese momento mi pensamiento se sintió bruscamente ocupado en colocar comas, puntos, punto y coma . .. No sé cuánto tiempo duró el extraño sortilegio, no sé cuántas páginas se esparcieron en el espacio. El cuarto estaba ya completamente oscuro. Las palabras se perseguían luminosas y vibrantes, materializadas, visibles.
Al irme quedó Gabriela inmóvil y muda, olvidada totalmente mi presencia. No me atreví a interrumpir su diálogo con extrañas fuerzas para mí ignoradas. Salí en una atmósfera de sueño, cerrando sin ruido la puerta.
Había cesado la lluvia. Ávida de realidad respiré el olor de la tierra húmeda, nerviosamente lastimé mis dedos en la corteza de un árbol.
Hoy, mudo, mi recuerdo se prolonga desde este lejano Buenos Aires. Mis manos reposan, reflexivas, sobre la inmerecida dedicatoria de un libro.
El viento llama, insistentemente, a la ventana de mi cuarto.
¿Es verdadero el episodio de la última tarde en Petrópolis? Tal vez no. Por lo pronto, cuenta con demasiados antecedentes en la buena literatura: las vocales de algún soneto de Rimbaud, la selva oscura del Infierno, dove il sol tace, la luz tácita de Virgilio. . . Así es, tal vez he mentido, ¿pero cómo trasmitir la impresión que causa Gabriela Mistral, sin esa inocente metáfora?
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| NORAH BORGES |




