STIG DAGERMAN 1923-1954.
UN ESCRITOR PRODIGIO SUECO DEL DOLOR Y LA ANGUSTIA.
Por Crister Enander
Destacado escritor, ensayista y crítico sueco.
— Versión en español de Omar Pérez-Santiago —
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París, 1948. Stig Dagerman escribe a tientas. Acompañado por su esposa Anne-Marie —una anarquista alemana de 24 años— y sus dos hijos, cruzaron Dinamarca, Alemania y Holanda con un plan ambicioso: establecerse un año en Francia.
A sus 25 años, Dagerman habita la cima del éxito. En su Suecia natal ya ha sido ungido como un genio; todo lo que toca se convierte en oro literario.
Todos —o casi todos— lo adoran.
Es una figura ubicua: en los círculos sindicalistas se le sigue como al redactor comprometido del diario anarquista Arbetaren; en los salones burgueses se le convoca como el testigo sufriente de la posguerra, capaz de dar voz a la angustia tórrida que crece bajo la sombra de la bomba atómica. El Dramaten, el teatro nacional más importante de Suecia, le encargó obras de teatro y su rostro aparece a menudo en la prensa sensacionalista. Es la mega estrella literaria de su tiempo.
Un prodigio venerado, con el dolor como especialidad.
Es pleno verano y el escenario parece idílico. La familia está muy feliz. Stig Dagerman tiene su vida en sus manos. Pero los días en Francia pronto derivan en tedio. Generalmente es infeliz y lo atormenta cada día una creciente conciencia culpable. El tiempo se agota y escribe muy poco.
Pese a ser corresponsal del diario Expressen y tener un contrato con la editorial Norstedts para un libro de reportajes titulado Primavera francesa, el autor de Otoño alemán se encuentra en un callejón sin salida. Vagabundea solo por París, registra rostros y escenas, pero el motor creativo se ha detenido. Hay un punto muerto. Es un callejón sin salida. Debió de ser un shock para Stig Dagerman.
"Solo hay una persona en el mundo en la que puedes confiar, y esa persona eres tú mismo", escribe por entonces. "Es un pensamiento terrible, pero al reflexionar sobre él un rato, te das cuenta de que también es un pensamiento tranquilizador. Mientras puedas confiar en ti mismo, nada está perdido. Todo solo se pierde cuando te das cuenta de que ni siquiera puedes confiar en ti mismo".
La cita es premonitoria. Siete años antes de su muerte, Dagerman ya vislumbraba que esa desconfianza sería su perdición. En ese vacío, comenzó a abrir, de forma recurrente, la vía del suicidio como escape de lo que llamaba "la prisión de la vida".
En su novela Niño quemado (1948) inició un diálogo frontal y público con su propia muerte inminente. A la vez, sentía una necesidad extrema de esconderse, de proteger la personalidad oculta de su alma y los acuciantes problemas existenciales tras una coraza dura e impenetrable.
En La isla de los condenados (1946) ya había expuesto el terror a que alguien viera tras su coraza. En Kymmendö, una isla del archipiélago de Estocolmo, en la cabaña que fue refugio creativo del escritor August Strindberg, escribía en una suerte de embriaguez inconsciente, alcanzando estratos del subconsciente donde la decencia de la vida palidecía ante la liberación de la muerte.
«¿Qué es toda la literatura comparada con un único suicida con talento? ¿Qué significa la decencia de la vida comparada con la decencia de la muerte?», escribe Dagerman. Solo en la muerte vio un camino hacia la liberación, la única manera de librarse del sentimiento de culpa que creía haber cargado consigo durante casi toda su vida. Y el calambre al escribir solo empeora.
1948. Publica la novela Niño quemado, su penúltimo libro. Solo tiene veinticinco años y ya tiene el futuro a sus espaldas.
En 1949 escribe la divertida novela Complicaciones nupciales.
Y entonces se acabó. El tormento, el calambre y la ansiedad lo dominan.
Se siente atraído por la muerte como una polilla nocturna a la llama ardiente de una vela. Lo atrae y lo seduce. Allí ve su salvación, su camino para escapar del calambre al escribir, la apatía y el aterrador vacío que constantemente encuentra en su interior. Stig Dagerman parece haber perdido el contacto con sus sentimientos.
Sonríe a la gente que conoce, pero solo sonríe porque sabe que debería sonreír. Es amable solo porque eso es lo que se espera de él.
La vida social se ha convertido en teatro. Interpreta el papel de un ser humano. Lo atormenta. Le duele. La falsedad que constantemente ve en sí mismo le provoca un enorme asco. Un disgusto consigo mismo.
1954. Unos meses antes de morir, Stig Dagerman le escribe una carta a su segunda esposa, la famosa y brillante actriz Anita Björk, quien se encontraba en Berlín rodando la película Gente de Noche. Le pide perdón. "Querida Anita, perdóname por todas las estúpidas palabras, no las digo en serio. Es solo que cuando llevo un tiempo solo aquí, me invade la amargura y pienso que no hice todo esto para estar solo, sino para encontrar compañía. Ayer quise morir y lo hice creyendo que nadie me echaría de menos, salvo, como mucho, unas cuantas novelas mediocres; al llegar a casa, cerré la válvula siguiendo todas las reglas del arte del suicidio y me dormí con el corazón entumecido, pero esta mañana me desperté igualmente, mareado y con los pulmones quemados, pero al menos con algo de vida. Ahora no volverá a suceder.”
5 de noviembre de 1954. Tenía 31 años. A las 2 de la mañana bajó al garaje. Iba a conducir su auto hasta el Park Hotell, donde se alojaba mientras reparaban su habitación en la torre de su hogar.
Stig Dagerman solo llegó al garaje. Allí lo encontraron unas horas después con todas las puertas y válvulas cerradas y el motor en marcha.
Todo indica que en el último momento se arrepintió e intentó salir.
Pero ya era demasiado tarde.

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