viernes, agosto 02, 2013

Realismo ácido de Jorge Marchant Lazcano






La novela de Jorge Marchant Lazcano, “La promesa del fracaso”, contiene una profunda pena y desdicha.
La obra de Marchant Lazcano -que alcanza las 350 páginas en 17 capítulos divididos en 3 partes más un preámbulo y un epílogo-  reafirma su calidad natural para contar historias y crear personajes, con pasajes compasivos, lúcidos, muy teatrales o cinéticos, donde a veces escribe como un experto guionista, esta vez sobre una familia triste de los años 50.
Un personaje principal de la novela, la señora Paz Munizaga va en la micro y conversa con su vecina Sara Fisher, a la que apenas conoce:
“-¿Usted es judía? –lanzó las palabras de pronto, sin saber por qué se lo estaba preguntando.
-Sí, mis padres eran judíos –le dijo la mujer, mirándola.
-No me imagino cómo es ser judío…no sé…ser distinto…
-Yo no soy tan distinta, ya ve usted…”
No es fácil hablar sobre la identidad, porque la tendencia inmediata es extenderlo a un pastiche, a una parodia, a algo suave y que no duela. No estamos acostumbrados a escuchar el dolor de los demás, porque tampoco somos capaces de oírnos a nosotros mismos. Olvidaremos las experiencias que contienen dolor.
Pero, el escritor Marchant Lazcano no está para parodias, ni para bromas, ni para contener el olvido.  
Ni nihilista, ni postmoderno.
Estéticamente, Jorge Marchant Lazcano es un escritor en la tradición del realismo chileno (como lo es la mayoría de la narrativa), aunque, en este caso, contenga un lirismo sin adornos, sutiles, invisibles sucesiones de hechos cotidianos, donde parece que no pasa nada y pasa de todo, como con la soda caústica que deja los cuerpos en huesos- con un narrador omnisciente o externo y austero pero que pasa hábilmente a la segunda persona, con técnica sutil- o adquiere un punto de vista femenino, con un pulcro tratamiento sicológico, donde aparecen tenues y dolorosas desavenencias de una familia de un funcionario bancario, que sobrecoge.  Realismo ácido.
Los matices y pormenores de esa familia que -en la nebulosa del momento- parecía constituir el epítome de la modernidad, una clase media pequeña, pero que la publicidad y la cultura pop hicieron ver como central de la época. Y el cine y la televisión crearon una mitología visual de esas parejas de esos suburbios. Queda claro en la novela que esa familia sufría un grave trastorno disocial: ellos eran minoría, pero creían ser mayoría. Ellos eran especiales como flores del desierto, pero ellos creían ser arbustos de la montaña.
Jorge Marchant Lazcano creó una señora dueña de casa, Paz Munizaga, madre de tres hijos, en casa recién pintada, pero que no sabe amar, o tal vez no sabe qué amamos cuando amamos. Una acotada Madame Bovary de la avenida Colón de Las Condes, cuando era un nuevo suburbio de clase  media construido con la Ley Pereira de 1948, que permitía exenciones tributarias para casas económicas. Y en esas casas de dos pisos, su hijo Javier sabe, tiene conciencia que sus padres no se aman. Algo triste e incómodo, que Marchant Lazcano desarrolla con decoro y coraje. Una historia que se desenvuelve silenciosa y lacerante.  Paz Munizaga es la mamá de un joven homosexual que tampoco aprende a amar. Es decir, es una mujer que es marginalizada en el amor, como su hijo. Javier, no es raro, se reconoce en su madre.
“Paz Munizaga sentía estar cansada, cansada por nada, era cierto, apenas cansada de ser una mujer que desconfiaba más de la cuenta.”
Falta tiempo aún para que lleguen las mujeres rebeldes de nuestra generación.
La novela aparece como un ensayo fatal de la pequeña ideología de la arrogancia silenciosa de los prejuicios. 
Una época ya pasada y de la que no queda nada. Pero Marchant Lazcano rescata el sustento narrativo:  sólo queda, quizá, una forma de aplanar, de invisibilizar.
No había allí en esas familias ningún fanatismo, ningún cínico. No, al contrario. Eficientes aplanadores. Seres tibios de tina, cuerpos arrugados de agua tibia. Pertinentes, moderados, decentes. Piadosos. Sin errores. Eran tan pegajosos que todo amigo que se les acercaba demasiado corría el riesgo de volverse  pusilánime. No conocían la ideología del exceso. No había debate, controversia, ni la dignidad del escándalo. No. Nadie quería chispas. Nadie quería excesos. No se discutía sobre lo esencial. No había profetas. No había quien descubra una fe revolucionaria, se cayera del caballo, y que revitalizara el hecho de vivir. Eran personajes maleables que desajustan. Seres respetuosos, pero erróneos, equívocos, errantes, inseguros, temerosos. Buenas personas. Pero tiemblan frente al diferente.
Paz Munizaga no será Madame Bovary, ni la Ana Karenina. 
Su destino será otro, será el destino de los saturados emocionales.
Y los demás personajes vulnerables de la novela, (su marido, sus vecinos, su hermana, quién sea),  fingiendo que esa era la vida que querían. Dubitativos, dudosos, no  querían ver, para no tener que aceptar. 
Es muy evidente que, por lo menos en la novela, no lo pasaban bien creyendo que ellos y su antejardín eran el modelo chilensis de vivir, el estado de la civilización. Tampoco lograban ver que todo estaba fuera de lugar. No veían que había un profundo desajuste. 
Y si algo se puede decir de esos personajes “perfectos”, construidos por Marchant Lazcano, es que eran sutil y tristemente  sordos.
Sordos y solos.
Solos.
Es fatal.
No hay final feliz en la aguda novela de Marchant Lazcano.
Pena y desdicha.
Falta aún un tiempo para que esos personajes, o sus hijos, descubran que el conflicto no es entre distintos, sino entre ricos y pobres.
 

jueves, julio 11, 2013

Percy (1922-2013)


Percy Eaglehurst Ramos cuenta que en 1947 era un estudiante universitario y dibujaba carteles publicitarios en el diario Última Hora. El diario publicaba la serie el Doctor Pacomio, que no era otra serie que El otro yo de el Dr. Merengue del talento argentino, Guillermo Divito. Un día la serie no llegó a Chile y el Director le pidió a Percy, provisoriamente, un personaje. Percy creo su narigón alegre, chancero, ladino, sablista y sobre todo mujeriego, Pepe Antártico. Nadie conjeturaría que Pepe Antártico se publicaría sin interrupción por 60 años.

PIN UP
Una de las viables razones de su perdura son las hembras, hembras calentonas, urbanas, carnales y frutales que salen y entran como balas locas como el olor de la lujuria. En los años 40 predominaba un espíritu Pin Up, eran carteles de cándidas señoritas con ropa ligera, pechos de paloma, en actitudes algo provocativas, pegados en la peluquería de varones, el zapatero, los talleres. Tentadoras perdiciones del lascivo voyerismo masculino.
El hábito se había impuesto en Norte América. Las Pin Up
aparecían en revistas y diarios. Terminaba una época conservadora, y aparecía la ciudadana moderna clasemediera, urbana. Esas chicas mitad ángel y mitad demonio, desenfadadas y tímidas, en apariencia, tendían a caerle bien a ciertas mujeres rebeldes del movimiento feminista moderno. También el ejército promovió estas piluchas en diarios para soldados. Los soldados colocaban esas chicas en aviones de combate, trincheras y tanques.

BIBLIAS DE TIJUANA
Las Pin Ups son las cara abierta de los comics underground, esos desenfrenos llamadas Biblias de Tijuana, librillos de humor ardiente y perverso, algo clandestinos publicados ilegalmente en Estados Unidos durante los años 30 y 40. Eran los primeros underground vendidos en las peluquerías y patios de colegios

RICO TIPO
En ese mundo culturalmente globalizado, en noviembre de 1944, aparece en Argentina una revista con porteñas emancipadas, sexies, con cuerpos sobrenaturales y faldas cortas por las que corría el verbo placer. Era la humorística Rico Tipo que dirige Guillermo Divito y llegó a vender más de 300 mil ejemplares. Hay varios dibujantes Argentinos de esa revista que colaborarían también con revistas chilenas como Alfonso Urtiaga, Pedro Seguí, Adolfo Mazzone y Oski

DIVITO VERSUS PEPO
Dos años después la moda llega a Chile. En noviembre de 1946, Pepo, el creador de Condorito, funda la revista Pobre Diabo al estilo Rico Tipo. Pepo dibuja unas portadas de humor pícaro y en las contraportadas, desplegó al bombón femenino, un exquisito manojo de damas bellas y nada pudibundas. La revista traía colaboraciones de Nato, Percy, Alhué, Pepo, Mono y Osky. Pobre Diablo tuvo un gran impacto también y no está exenta de pelambres sabrosos. Se cuenta que Guillermo Divito habría llamado desde Buenos Aires a Pepo para increparlo por haber plagiado su revista Rico Tipo.

lunes, julio 01, 2013

Sin intermediarios, cuento de Daniel Tobar, 1990

Ilustración de José Luis Liard



Pancho dejó la puerta abierta para que ella, camino del trabajo, entrara a hacer la visita corta, rápida, intensa y deleitante, después desaparecía como si todo hubiese sido un sueño que se repetía todos los días de semana. Sábado y domingo la echaba de menos pensando en que estaría con su marido.
Cuando no alcanzaba a despertar le zarandeaba el cuerpo de ella metiéndose bajo la sábana caliente. Pero esto a ella no le gustaba. Le reprochaba porque quería que Pancho estuviese en pie delante de su máquina de escribir, no por un sentido moralizante o por ética escandinava del trabajo, sino porque a ella le gustaba simplemente encontrarle delante de la máquina. Entonces apenas le saludaba desde la puerta donde tiraba sus zapatos de un lado y la cartera de otro y, como presa de una fuerza oculta, se metía debajo del escritorio, aparecía de rodillas mirando hacia el cielo mientras sus suaves manos se deslizaban a gusto y Pancho sentía el contacto directo.
En Malmö aprendió muchas cosas, una de ellas fue la de que los intermediarios no sirven para nada. Por eso ya no envió nunca más sus artículos que caían en manos de un redactor de segunda clase e inquisitorio tiraba los trabajos al tiesto de la basura.
-Qué chucha, para qué quiero intermediarios, solía decir en estas ocasiones. Se fue directamente donde el jefe redactor de las páginas culturales, platicó de esto y lo otro, le invitó al Tva Krögare a saborear un Bardolino, como quien invita a un viejo amigo y de palmoteo en la espalda le dijo que tenía organizada una charla, que el jefe podía hablar de lo que le viniera en gana, después cedió solito, y sin que Pancho se lo dijera, el jefe, antes de despedirse, dijo: tus artículos envíalos directamente a mi oficina. Entonces Pancho aguzó el lápiz, sacó su libreta, anotó el número de teléfono, y dijo también: antes que me olvide, desde ya está invitado a la fiesta por la publicación de mi novela, un chao, cuídate y toma, aquí tienes mi tarjeta, donde, escrita con letras doradas, se anuncia, entre otras capacidades, la de periodista.
Así, directo, sin caricias intermedias su manos bajan el cierre, Pancho siente las uñas que las adivina pintadas.
Que sea directo, le dijo a Rolf Lundel, político de la ciudad. Mire, si usted quiere nos tomamos la ciudad, pero tome nota; lo hacemos sin el aparato de su partido que es un monstruo que ha perdido el contacto con las masas. Hagamos política directamente. En Rosengard; mijita, baile conmigo y vote por mí porque yo represento sus intereses, que no la engañen más los políticos estos, como se puede imaginar que ellos la van a representar, y que siga la cumbia y un valsecito también, usted mijita ya no necesita más darle el voto a esos pelotudos…, conmigo va segura, usted me dice que cosas quiere sacar o poner en la ciudad y yo veo que la cosa se cumpla directamente.
Sin intermediarios de segunda mano ni fuentes prostituidas de la prensa taquillera y sensacionalista, se fue directamente a entrevistar a los tranquilos y recelosos campesinos en el corazón de la región de Skane, los que no querían saber nada de los cabezas negras. Haga un reportaje, le dijo el diario, y Pancho en el papel de periodista entró en una peluquería donde entrevistó al peluquero que le cortó el pelo, afeitó y hasta arregló los bigotes, sin saber que Pancho iba con la intención de preguntar todo lo que preguntó. Escribió grandes reportajes donde también incluyó la entrevista con la cajera del IKA detrás del mostrador, una rubia de falda corta ajustada con medias negras transparentes que tornaban la carne más viva y preguntó si le gustaban los ojos café y el cabello oscuro, porque para que vamos a estar con cosas que desvirtúan la verdad, pensaba Pancho, si la palpitación de la sangre no tiene colores, qué rica que está mijita.
Cuidado con la uñas que ya están metidas al otro lado del cierre en busca del contacto directo con el volcán anquilosado que espera impaciente todas las semanas las caricias  de la carne que le harán erupcionar dejando en libertad el chorro de palabras que van formando las frases que resumen lo que dijo la rubia aquella vez en el pueblo donde el diablo buscó refugio después de la segunda guerra mundial.
Ella vuelve puntual a las cuatro y media de la tarde después del trabajo, otro alto en el camino hacia casa, Pancho la espera y nunca pregunta por su marido, de que serviría saber algo, si lo que importa es el ahora, sin iglesias ni lazos ideales que dirimen la carne que siente ahora por dentro mientras mira el cuadro también vivo y directo pintado en la ventana que se llenó de verde la noche anterior  como si hubiese pasado una mano pintando los árboles y plantas y todo está más verde que nunca, hasta el canto de los pájaros es verde y ya no me gusta nada la idea mijita que pase sólo de visita…, parece que la primavera llegó a despertar esos que nos pone como los gatos, pájaros, leones…, cuando han estado encerrados en la cárcel blanca de invierno.
El teléfono suena: que Pancho no te olvides de pensar en la presentación de la novela “la época de los encubridores”, que mira que hay mucha gente invitada. Invitada no te quiero más, le dice a ella antes que continúe el trayecto hacia su casa a encontrar a su marido que seguro que mira el reloj parado junto a la ventana. Te puedes quedar aquí una noche, porque mijita quizá usted sabe o no sabe que cuando se va quiero que llegue el otro día y sea de mañana donde levantado con un café caliente junto a la máquina la espero sin escribir nada, porque me doy vueltas como nunca antes, no sé qué me pasa mijita, será la primavera, que encubre y desvela de manera magistral, se  nota que el autor Albano ha descubierto una de esas dimensiones que subyacen, pero que el genio del escritor las relaciona de tal manera que nos crea un mundo que no habíamos visto nunca, pero que es como si hubiese estado latente en nosotros desde siempre. Ya es tarde, ahora es hora de presentar al poeta venido desde lejos, ojalá no lea muchas poesías porque sino Jesús se va a enojar arguyendo de que en realidad no se trata de él, sino del guitarrista Claes, y que tú sabes la puntualidad, la idiosincrasia de este pueblo, además que entrenamos unos tangos de puta madre, abrimos y cerramos con Gardel, ah, pero te digo, metimos un tema tabú para los gardelianos argentinos.
La sorpresa le llegó un día lunes por la noche porque no llegó después del trabajo como de costumbre, y lo hizo cuando Pancho ya estaba por salir en dirección al Café Barbro. Ella traía dos bolsas de ropa, le sorprendió en la puerta y le dijo lo que retrasó a Pancho, bueno quédate aquí le respondió este. Ah, que rico se va a quedar conmigo mijita, y se quedó esa noche y muchas más, y ya no hizo más pausas después del trabajo ni en las mañanas y su mano femenina puso su toque en todo el departamento de Pancho, los calcetines y ropa tiradas fueron a dar a un canasto plástico, la loza no se acumuló más en el lavaplatos, que mostró su color brillosos de antaño y desapareció el polvo y las tazas del escritorio se fueron en bandeja hasta la cocina.
Escritor de nacimiento, dijo Pancho sobre el poeta que escribía  poesías que adoraban al diablo, es la canción a lo maldito, a lo negro, a aquello que está y no está, es una veta de la cual saca su poesía el orgullo de esta noche, después  a presentar al grupo tanguero, y ya cuando todos se van, los tangos se cantan entre amigos, que Claes quédate, acompaña con la guitarra y Claes le saca la funda y ella ya no le saca más nada, ni en la tarde ni en las mañanas porque ahora debajo de la sábana es más directa y su cuerpo es  como cuerpo y no como fantasma que aparece y desaparece rápido como si no hubiese llegado nunca.
Pancho llegó a despedirse porque se iba de vuelta, pero mentira, dijo, no me vuelvo a ninguna parte porque ya esa pregunta se deshizo hace mucho tiempo,  diluyendo la interrogante que comía sus entrañas desde que dejó Chile por primera vez. Pero, ahora qué importaba; el mundo se achicó y ya no soy de aquí ni soy de allá, no me voy ni vuelvo; viajo, le dijo a un poeta joven de la “Patota de Malmö”, que de muy buen corazón le había llevado una botella de vino de la mejor calidad que Pancho destapó ahí mismo pensando que este nunca llegaría a ser poeta porque el sentido de la calidad se palpa sin las intermediarias palabras que todo lo matan, sino que se vive cada una de ellas, directamente .
-Puta, que vino más malo, cabrito.
Después de la tomatera escribe de día a la luz que tira el cielo por la ventana y de noche se va hasta el Café Zaratrusta donde anima la llegada de un grupo de bailarines americanos, hablará una feministas y un político de la ciudad que escucha el que compra una entrada con un ejemplar aherrojado del último cuento de Pancho escrito al sabor cosquilloso que le sube de sus entrañas hasta el pecho y que vuelve a repetirse y repite las frases una y otra vez hasta que la cacofonía se esfuma de sus dedos que tranquilos se distraen sintiendo los dedos rojos, metidos sin intermediarios entre los miembros primitivos creados por la especie para continuar la larga cadena de la sangre.
Vinagre le sabía el estómago en las mañanas ya en pie frente a la máquina, distraído mirando por la ventana los copos de nieve que se posaban en tercio pelo sobre un palo del jardín que hubiese querido ser él con su estómago abierto para que le helaran y deshicieran la tomatera de la noche anterior hablando con el político Rolf Lundel. El escritor nunca está separado de nada le dijo a Rolf Lundel, está  siempre en simbiosis con lo social, está aquí y allá, aunque no se vea, pero se siente directamente que le soba ya al otro lado después de haber pasado la frontera del cierre que ya no existe más y que ya no baja más porque el contacto es directo con las uñas aquellas que no se pintaban de rojo y que cuidaba cada noche, porque sabía que a  Pancho le daban cosquilla rica cuando le rozaban como sin rozar tratando de pasar al otro lado, pero que ahora clavan directamente. El escritor también echa de menos a su pueblo, a los suyos, extraña las mañanas que ya se esfumaron porque ahora la tiene toda para él, de noche, sábado y domingo y todos los días, pero ya no tiene más las uñas suaves, ni las mañanas ni los atardeceres de pie junto al escritorio, ahora es toda suya y no de pedazos. Uno extraña muchas cosas,  señor Rolf Lundel, pero también tiene deberes.
Ella se levanta para ir al trabajo, se despide de un beso que ahora se lo da en la mejilla mientras duerme y ya no es en medio del contacto directo cuando Pancho está de pie, ni sus dedos con uñas pitadas rozan el marcador erecto que le indicaba que ya era hora, que llegaría en cualquier momento, a veces en medio de una frase que quedaba inconclusa, sin acabar, sin ser dicha porque qué importaba decir aquello, mejor acabar como consejero en el ministerio que continuar escribiendo artículos que a la humanidad nada le importan.
Hagamos una despedida, dijeron,  en el Café Macondo; chao, que te vaya bien, dijimos, ella se despide de un beso y tal vez no vuelva más porque cada mañana se levanta más temprano como para que el tiempo le alcance para visitar a otro, antes de llegar al trabajo, y de vuelta también se demora. A quién estará acariciando, qué cielos estará mirando y yo aquí.
Cuento escrito a máquina de Daniel Tobar, 1990

Gramsci - lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer:

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