lunes, septiembre 08, 2008

¡Firme, compañero Presidente! 11 de septiembre de 1973

A LAS 7 DE LA MAÑANA del martes 11 de septiembre de 1973, me despierto por unos ruidos en el patio. Me asomé por la ventana y allí estaba Manuel, el dueño de la pensión, quemando libros. Me levanté, y, al ponerme el pantalón pata elefante, el cierre se rompe y lo sujeto con un alfiler de gancho.

-¿Manuel, qué estás haciendo? ¿Cómo se te ocurre quemar a esta hora esos libros?
-Los militares se están tomando el gobierno, lo acabo de escuchar por la radio- me contesta mirándome con un rostro de miedo – y cuando lleguen aquí no quiero que estén estos libros y afiches.
-Pero, si ustedes han estado siempre en contra del gobierno de Allende, ¿De qué te preocupas? Le dije mientras me tapaba entre los sobacos las manos por el frío.
-Sí, nosotros sí, pero tú no.

ALLÍ ESTABA. El miedo. La primera actitud de miedo que vi como consecuencia del Golpe de Estado. El miedo que pronto sería común. El miedo que se instalaría por años.

SALÍ DE LA PENSIÓN con la extraña convicción de transformarme en un guerrero. Pienso en el coraje. Tengo miedo, es cierto, pero estoy resuelto. (A esto viniste). Ya no pensaba si sería leyenda o no. Era un deber.
Me dirigí a la escuela de Ciencias Políticas. Escuché impávido en la radio de la micro parte del discurso de Allende: “Llamo sobre todo a los trabajadores, que ocupen sus puestos de trabajo”.

EN LA ESCUELA ya había unos treinta o cuarenta resueltos.
En Santiago hay centenares de estudiantes de la Universidad de Chile que se juntan para resistir.
Los estudiantes de Medicina y Bellas Artes se juntaron en el hospital J. J. Aguirre;
Los de ingeniería en la Escuela de Bucheaff;
Pedagogía, Filosofía y Periodismo en el Pedagógico de Macul.
Sé que también están con miedo.
Pero resueltos.
Sé que no es épico.
Sé que no es heroico.
Sé que ya no fuimos leyenda.
Pero es la verdad y debo decirlo:
Un día en la historia de un país llamado Chile, digamos un once de septiembre, fuimos centenares de estudiantes de la Universidad de Chile dispuestos, resueltos a luchar por Allende, el compañero Allende.
Allende habla por última vez por radio Magallanes: “El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse.”

ALGUIEN DIJO que era necesario abandonar la escuela, pues detrás estaba la escuela de Carabineros. Era darle leña a la hoguera. Sería una masacre.
Decidí irme al local de mi partido, la Izquierda Cristiana, en Cienfuegos 15, en el centro de Santiago. La micro no pasó de la calle Miraflores. Ya empezaban a escasear las micros y los medios de transportes. Me fui casi trotando por la calle Moneda. Los tanques y las patrullas de militares se tomaban las calles alrededor de La Moneda, la gente corría de un lugar a otro, más hirvientes que riachuelos impetuosos.

LLEGUÉ A LA PLAZA DE CONSTITUCIÓN. En ese preciso momento, unas tanquetas se retiran de la Plaza y los carabineros dejan la Plaza de la Constitución. La plaza vacía tenía un olor a precipicio, a abismo, a aliento fatal. Un país detenido, y toda la historia de Chile concentrada, por un momento, en una plaza. Se siente que aquí en esta plaza, por un momento, se condensa de pronto el pasado y el porvenir de un pueblo.
¿Qué sucederá?

¿QUÉ OCURRIRÁ EN ESTA PLAZA?
Entonces.
Un fotógrafo corre hacia un balcón de la Moneda. Raja el paño del silencio gritando:

“Allende, Allende”.

Corría un camarógrafo gritando:

“Señor Presidente, señor Presidente”.

YO JUSTO IBA CRUZANDO y sucedió lo increíble: El Presidente Allende estaba en un balcón del segundo piso, mirando como se retiran las tanquetas. Corro y ante los gritos de los fotógrafos aparecen otros jóvenes.
Uno de los muchachos le grita:

-Déles duro, compañero Presidente.

Allende levanta la mano izquierda y nos saluda. Lo recuerdo tranquilo, diría sonriente. Yo, en cambio, estoy conmovido, emocionado. Ya les dije que creíamos que vivíamos un momento histórico, único y que no seríamos leyenda. Allí estaba en el balcón de La Moneda, Salvador Allende, el dueño de mis sueños y mis pesadillas, el sol de la revolución que amábamos y que ahora terminaba, dando la bendición de los ancestros que van a morir.
Y allí estoy yo, con mi pelo largo, mis pantalones pata elefante con el cierre malo prendido con un alfiler de gancho, mirando un ícono desde abajo, confundido, sorprendido, insignificante.

LA PLAZA, EXTERIOR, DÍA.
Como un guión de cine para mejor dar la ilusión de eficacia de un relato que está en el subconsciente colectivo.
Plano general de la plaza.
Zoom in.
Allende.
Ya, en ese momento Allende era un ícono. Se presentía ícono, un logo. Desde el fondo de mí, no puedo dejar de gritarle también al ícono, mientras el ícono ya se daba vuelta, para ingresar a La Moneda:

-Firme, compañero Presidente.

LOS FOTÓGRAFOS TOMAN SUS FOTOS. Es la última foto del ícono vivo. Allí estoy yo: ese era yo, jovencito, pelo largo, flaco, pantalón pata elefante con un alfiler de gancho en el marrueco, emocionado, sorprendido, gritando: firme compañero Presidente, firme compañero Presidente.

LLEGUÉ EN UNOS MINUTOS a Cienfuegos 15, vi a algunos de los líderes en Cienfuegos nerviosos darse vueltas por allí. Todo era un tenso desorden. Un grupo de universitarios nos organizamos y nos retiramos a un departamento en la cercanía, Agustinas con Cienfuegos. Esperamos órdenes.

A MEDIODÍA LOS INSURRECTOS lanzan un ataque, resuena la guerra. Aparecen dos Hawker Hunter de la Fuerza Área. Hacen tres pasadas y lanzan 18 proyectiles sobre La Moneda.

¡Boom¡, ¡booom¡, ¡booom¡.

LO INCREÍBLE OCURRIÓ.
Estaba ardiendo La Moneda.
Otro ícono nacía.
Un edificio ardiente. La Moneda será ahora una tumba. Una hora después el Presidente Allende ya está muerto. Ahora surgen pesares, actos de espanto, que dividirán definitivamente a Chile.
El toque de queda ya había sido anunciado para las primeras horas de la tarde.
Entonces nos hablaron nuestros líderes por teléfono.

(NO TODOS LOS RECUERDOS pueden ser agradables. No todas las evocaciones son políticamente correctas. Hacer política en literatura puede ser, además, desconcertante. Pero, bueno, después de más de treinta años que ha ocurrido esto, no estoy desesperado por sorprender).

NUESTROS LÍDERES nos habían asegurados que lucharían hasta el fin, que resistirían hasta el fin. Ahora ordenaban replegarse.
No había nada.
Ni una salida creativa, poética o ingeniosa.
Nada.
Es un recuerdo ingrato y clave, a la vez. Nuestros líderes eran una sombra. Cientos de jóvenes habíamos creído en una sombra. Y acoger imágenes falsas de las cosas, por necedad o incultura, lo convierte a uno, de pronto, en un alienado, o por lo menos, en un ridículo. Estábamos en la edad en que buscábamos conocer el mundo y sus límites, descubrirlo como un modo de entrar al espacio adulto; y su descubrimiento no fue amable. Así terminaban nuestros ritos de pasaje. Nos hicimos viejos un once de septiembre.
Lucha, entonces, no habría, mayormente.

EN EL CENTRO DE SANTIAGO hubo varios que no escucharon la orden.
Cayeron hombres valientes, se desempeñaron dignos en la batalla.

POR LA TARDE, hicimos unos ingenuos panfletos que decían Allende Vive. El país se desangraba en el salvajismo del poderío militar y nosotros hacíamos inocentes volantes que decían Allende Vive. Parece, parece que estábamos desfasados.

LLEGARON LOS MILITARES. Las tropas rodearon el edificio. De pronto subieron a nuestro edificio. Venían por nosotros. Un vecino nos denunció. Rápidamente, tiramos los panfletos por el excusado, lanzamos un juego de cartas sobre la alfombra y colocamos un inocente disco de Palito Ortega.
Los militares no golpearon en la puerta del departamento, prácticamente la echaron a patadas abajo. Yo abrí. No vi a nadie. Solo una voz que gritó:

-¡Todos afuera!

SALIMOS CON LOS BRAZOS en altos, nos pusieron contra la muralla y nos registraron. Estaban entrando a explorar el departamento cuando desde el edificio del enfrente un francotirador comenzó a dispararles. El oficial, nervioso, ordenó responder.

-¡Y ustedes, todos adentro y cuidado con lo que hacen!

Entramos gateando, tirados en el suelo. Mientras la balacera continuó un largo rato.

ESA NOCHE, estuvimos desplomados en el piso, sin dormir, simbólicamente muertos, mientras el fuego se escuchaba en todo el centro. En medio de la noche de pronto de un viejo edificio de enfrente los militares sacaron a patadas a una pareja de brasileños. Sus gritos quebraron la noche.
A la mañana siguiente, en cuanto se levantó el toque de queda, a las 11 de la mañana, salimos despavoridos, cada uno en dirección distinta.

ESA NOCHE, me quedé escondido en una casa de una pareja mayor, en Ñuñoa. Estaba allí también un viejo dirigente socialista y amigo de Allende de toda la vida, don Raúl Ampuero.
Recuerdo, como si fuera hoy, sus palabras esa noche durante la cena, una sopa con pan tostado:

-Salvador me dijo el otro día que de La Moneda sólo lo sacarían con las pies para delante. Yo no le creí. Salvador amaba la vida, la buena mesa, los trajes, las mujeres. No le creí. Pero, hoy..., hoy Salvador está entre los grandes: digamos O´Higgins..., digamos San Martín..., Bolívar..., el Ché Guevara. Salvador Allende entró a ese panteón.

EL VETERANO SOCIALISTA creía, hasta entonces, que Salvador Allende era un frívolo. Mas, Salvador Allende había demostrado, en un solo día, en un solo chispazo, que era el menos baladí de todos.
Por Gabriel Caldés y Omar Pérez,
Capítulo de la novela, Trompas de Falopio, Foro Nórdico, 2002.
Segunda edición: Editorial Universidad Bolivariana, 2007.

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