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En mi familia pervive una tradición carmelita que no es una simple costumbre: es herencia espiritual. Mi madre era Fresia del Carmen y mi hermana mayor es Patricia del Carmen. De mi abuela materna heredé, además, una Virgen milagrosa que alienta y acompaña. Esto también es chilenidad. Una chilenidad honda, a veces incomprendida. Hay quienes creen —yerran— que todos sentimos igual. No es así.
La tradición carmelita es popular y está arraigada en el corazón de muchos chilenos. Es un ardor religioso que aumenta cuando el pueblo le pide a la Virgen que nos socorra en las penurias. Porque somos humanos: la amamos con mayor intensidad en el dolor.
Así fue tras el desastre de Cancha Rayada, el 19 de marzo de 1818. El golpe resultó devastador. La derrota dejó cuerpos, sangre y almas quebradas. José de San Martín y Bernardo O'Higgins vieron a sus hombres caer o dispersarse, muertos o heridos. O’Higgins mismo escapó con el brazo ensangrentado. Todo parecía anunciar el derrumbe de un sueño.
En Santiago hay miedo. Un temor intenso se adueñó de las calles: un miedo espeso, visible, que se respiraba. Son los peores días, tú ves, los más amargos. También hubo algunos tan agobiados por una intensa crisis espiritual —o por locura moral— que desertaron de la causa y huyeron a la Argentina.
Entonces, tú ves, el pueblo, que no quiso vivir enjaulado como un jilguero, escuchó el tañido de las campanas de la catedral: sonidos graves, profundos, un llamado al alma de un pueblo amortajado en su dolor. En respuesta a esos miedos, para contener la histeria y el desbande, se juntaron en la catedral. Allí, secadas las lágrimas, juntos le rogaron a la Virgen. E hicieron un juramento: levantarían un templo en el mismo lugar donde se lograra la victoria definitiva.
“Vencer o morir, madre”.
La victoria fue el domingo 5 de abril de 1818. A mediodía estalló el primer cañonazo, ese estruendo que aturde. La batalla se libró en las haciendas de El Bajo y Lo Espejo, y en los llanos de Lepe —los llanos del Maipo.
Casi dos mil hombres murieron. Sus cuerpos fueron arrojados a una fosa común, en un lugar que hoy se ha vuelto incierto. Tal vez allí se alza el Cementerio Metropolitano; tal vez, ya no lo sabremos nunca. Entre ramas y llamas, patriotas y realistas ardieron juntos, indistinguibles en la muerte: mil realistas, ochocientos patriotas.
Entonces, la promesa exigía cumplimiento. El 7 de mayo de 1818, fiel a su palabra, O'Higgins decretó la construcción de la Capilla de la Victoria.
Pronto, fieles de corazón peregrinaron en caballos y carretas hasta el lugar para poner la primera piedra de la Capilla de la Victoria.
Mas hay un mal en los políticos chilenos, que surge de la maleza de la pereza: les gusta plantar primeras piedras y dejar luego que el tiempo pase.
Bernardo O'Higgins abdicó el 28 de enero de 1823. Partió al destierro, a Lima. Con él se desvaneció también el impulso de aquella promesa. ¿Cuánto tiempo pasó? Demasiado. Sesenta y siete años. Ya tú ves.
Solo en 1885, durante la presidencia de Domingo Santa María, se destinaron finalmente los fondos para la construcción.
Diez años más tarde, en 1895, el presidente Jorge Montt inauguró el primer templo dedicado a la Virgen.
Y sólo entonces se creó la comuna de Maipú.
Ya tú ves.

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