| Dan Stevens (Tom) y Maren Eggert (Alma) |
¡Qué gran
película!
Qué extraña y perturbadora es esa película.
Alma, científica meticulosa, casi ascética, acepta —más por
presión que por deseo— convivir con Tom, un androide diseñado para ser su
pareja ideal. Él es atento, preciso, impecable. Desde el inicio, hay algo que
no encaja: una cortesía sin fisuras, una empatía programada que parece rozar el
vacío.
Alma lo tolera, pero no lo reconoce.
Un día lo lleva consigo al Museo Pérgamo de Berlín. Allí, ella
trabaja descifrando tablillas con escritura cuneiforme del Egipto antiguo. Es
un trabajo de años: lento, obsesivo, casi ritual. Tom observa en silencio.
Luego, en apenas segundos, con la velocidad
de la inteligencia artificial, le comunica que todo ya ha sido hecho.
Que esas tablillas han sido traducidas. Que existe un estudio publicado por
científicos en Argentina que se puede leer en la red.
Plaf.
El tiempo se detiene.
Alma se quiebra, llora, se derrumba. Tres años borrados. Tom
no comprende el valor de llegar primero en el mundo científico. No puede. El androide lo sabe todo, pero no sabe qué
es ser parte de una cofradía científica. Tom no sabe lo que es una disputa
interna dentro de un circuito, una hermandad científica que exige ratificación
interna. La pertenencia silenciosa a una comunidad que valida, rechaza,
jerarquiza.
No entiende la herida de Alma.
Y es ahí cuando algo se activa en el hipocampo de mi memoria
—una puerta que se abre sin previo aviso— y aparece el cuento Sensini de
Roberto Bolaño
Arturo Belano, un joven escritor chileno en España, inicia
una correspondencia con un autor argentino exiliado, Luis Antonio Sensini, al que no conoce, pero admira No se conocen,
pero se reconocen. Sensini decide volver
a Argentina, donde ha vuelto a instalarse la democracia. Trata sobre la amistad epistolar entre
dos escritores exiliados que unen lazos gracias a los concursos literarios. Una amistad nacida de la admiración y el
respeto mutuo. Es la búsqueda del reconocimiento y la lucha por salir de la
pobreza a través de la escritura, las claves que enmarcan el relato. Cartas que
cruzan distancias, concursos literarios como campos de batalla mínimos, una
complicidad hecha de precariedad y esperanza.
Todas las cofradías tienen sus rituales de iniciación y sus
códigos. Son los temas de la credibilidad, de la inserción, de la aceptación en
la pirámide literaria. Bolaño explora los secretos, las bondades y las miserias
del oficio. El rol de la crítica, de los premios, de la política y las becas,
de los modernos mecenas, de los profes universitarios remolones, y de los
funcionarios y aditivos de la literatura: los lectores de las editoriales, los
poetas voluntariosos, los escritores fracasados.
Roberto Bolaño escribe sobre las fobias, los sueños y los
desatinos de los escritores. Y, la miseria, la miseria cruel de un escritor en
dictadura. Bolaño está en la cocina literaria. Los premios que nunca llegan,
las editoriales que no responden, los jurados invisibles, los nombres que
circulan en voz baja. Un sistema con sus propias reglas, sus iniciaciones, sus
jerarquías opacas.
Una cofradía.
La película de María Schrader, entonces, adquiere otro sentido
para mí. O tal vez se revela.
Tom puede acceder a todo el conocimiento acumulado. Puede
anticipar resultados, procesar datos, ofrecer certezas. Pero hay algo que le
está vedado: la experiencia íntima de pertenecer a una cofradía donde el
reconocimiento no es automático, donde el valor depende del recorrido, del
lugar que otros te conceden.
El androide Tom se
apropia de toda la información de la inteligencia artificial. Pero Tom no podrá
saber la sensibilidad, el dolor privado de un escritor cuando es rechazado por
una editorial, o cuando el escritor no gana un premio.
Y peor aún, un
androide no sabe la puntada aguda que le da al escritor en su esternón cuando ese
premio lo gana un amigo de toda su vida.
Sobre todo,
cuando el escritor íntimamente ha creído siempre que él es mucho mejor escritor
que su amigo.
Sin embargo, uy,
uy, uy, el amigo ha ganado el premio gordo.
Bolaño. El coraje del Cult-Pop
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