domingo, abril 26, 2026

La película El hombre perfecto de la alemana María Schrader dialoga en secreto con uno de los mejores cuentos de mi generación: Sensini, de Roberto Bolaño. El poder la Cofradía.

Dan Stevens (Tom) y Maren Eggert (Alma) 


¡Qué gran película!

Qué extraña y perturbadora es esa película.

Alma, científica meticulosa, casi ascética, acepta —más por presión que por deseo— convivir con Tom, un androide diseñado para ser su pareja ideal. Él es atento, preciso, impecable. Desde el inicio, hay algo que no encaja: una cortesía sin fisuras, una empatía programada que parece rozar el vacío.

Alma lo tolera, pero no lo reconoce.

Un día lo lleva consigo al Museo Pérgamo de Berlín. Allí, ella trabaja descifrando tablillas con escritura cuneiforme del Egipto antiguo. Es un trabajo de años: lento, obsesivo, casi ritual. Tom observa en silencio. Luego, en apenas segundos, con la velocidad de la inteligencia artificial, le comunica que todo ya ha sido hecho. Que esas tablillas han sido traducidas. Que existe un estudio publicado por científicos en Argentina que se puede leer en la red.

Plaf.

El tiempo se detiene.

Alma se quiebra, llora, se derrumba. Tres años borrados. Tom no comprende el valor de llegar primero en el mundo científico. No puede. El androide lo sabe todo, pero no sabe qué es ser parte de una cofradía científica. Tom no sabe lo que es una disputa interna dentro de un circuito, una hermandad científica que exige ratificación interna. La pertenencia silenciosa a una comunidad que valida, rechaza, jerarquiza.

No entiende la herida de Alma.

Y es ahí cuando algo se activa en el hipocampo de mi memoria —una puerta que se abre sin previo aviso— y aparece el cuento Sensini de Roberto Bolaño

Arturo Belano, un joven escritor chileno en España, inicia una correspondencia con un autor argentino exiliado, Luis Antonio Sensini, al que no conoce, pero admira No se conocen, pero se reconocen. Sensini decide volver a Argentina, donde ha vuelto a instalarse la democracia.  Trata sobre la amistad epistolar entre dos escritores exiliados que unen lazos gracias a los concursos literarios.  Una amistad nacida de la admiración y el respeto mutuo. Es la búsqueda del reconocimiento y la lucha por salir de la pobreza a través de la escritura, las claves que enmarcan el relato. Cartas que cruzan distancias, concursos literarios como campos de batalla mínimos, una complicidad hecha de precariedad y esperanza.

Todas las cofradías tienen sus rituales de iniciación y sus códigos. Son los temas de la credibilidad, de la inserción, de la aceptación en la pirámide literaria. Bolaño explora los secretos, las bondades y las miserias del oficio. El rol de la crítica, de los premios, de la política y las becas, de los modernos mecenas, de los profes universitarios remolones, y de los funcionarios y aditivos de la literatura: los lectores de las editoriales, los poetas voluntariosos, los escritores fracasados.

Roberto Bolaño escribe sobre las fobias, los sueños y los desatinos de los escritores. Y, la miseria, la miseria cruel de un escritor en dictadura. Bolaño está en la cocina literaria. Los premios que nunca llegan, las editoriales que no responden, los jurados invisibles, los nombres que circulan en voz baja. Un sistema con sus propias reglas, sus iniciaciones, sus jerarquías opacas.

Una cofradía.

La película de María Schrader, entonces, adquiere otro sentido para mí. O tal vez se revela.

Tom puede acceder a todo el conocimiento acumulado. Puede anticipar resultados, procesar datos, ofrecer certezas. Pero hay algo que le está vedado: la experiencia íntima de pertenecer a una cofradía donde el reconocimiento no es automático, donde el valor depende del recorrido, del lugar que otros te conceden.

El androide Tom se apropia de toda la información de la inteligencia artificial. Pero Tom no podrá saber la sensibilidad, el dolor privado de un escritor cuando es rechazado por una editorial, o cuando el escritor no gana un premio.

Y peor aún, un androide no sabe la puntada aguda que le da al escritor en su esternón cuando ese premio lo gana un amigo de toda su vida.

Sobre todo, cuando el escritor íntimamente ha creído siempre que él es mucho mejor escritor que su amigo.

Sin embargo, uy, uy, uy, el amigo ha ganado el premio gordo.

Bolaño. El coraje del Cult-Pop


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