viernes, septiembre 25, 2026

El "candor infantil" en la obra "oscura e indigesta" de Úrsula Suárez. La desconsiderada crítica del eclesiástico José Ignacio Eyzaguirre

 

Ilustración: Athenea Llana

José Ignacio Eyzaguirre

Historia Eclesiástica, Política y Literaria de Chile hasta 1810  publicada en 1850.

Sor Úrsula Suárez, monja del convento de Santa Clara de la Victoria, escribió su vida por mandato de su confesor en una obra que lleva por epígrafe ; «Relación de las singulares misericordias que ha usado el Señor con una religiosa , indigna esposa suya ». La  expresión de este escrito es sencilla y el lenguaje sin pretensiones. Narra con un candor que tiene algo de infantil los diferentes sucesos que forman el hilo de su vida hasta la época en que la conclusión de escribir. Hallamos en ella simplicidad, pureza, en algunas partes sentimientos; y generalmente cierto desgreño en el decir, que hacen fastidiosa y pesada su narración. A veces se eleva con entusiasmo religioso en la explicación de sus oraciones a Dios, cuando su espíritu volando por el espacio, iba á prosternarse delante de su interioridad, reconociendo la nada de su ser, y otras al lado de un pasaje sublime por su divina sencillez se ve descrito con mínima escrupulosidad, ya un sueño, ya una conversación impertinente. Lo que resulta en toda la obra es cierto carácter visionario, atribuyéndolo todo a una voz estertor que era su antorcha luminosa, su columna de fuego como la de los israelitas, que siempre la conducía por el mar proceloso de la vida. Casi no se encontrará un pasaje de ella que no contribuya ya a probar nuestro aserto. Pero esta habla, como llama ella a esta voz, en nuestro sentir, no era otra cosa que su conciencia, su reflexión, y varias veces un fantasma, hijo de una imaginación extraviada por la dureza del ascetismo. Y no puede ser de otro modo. Al efecto referiremos un punto que ha servido de precedente á nuestro juicio. Estaba una noche haciendo oración en su aposento, cuando de repente se ofreció a su imaginación un espectáculo grandioso. Le pareció hallarse en una región donde la naturaleza ostentaba los ricos dones que en primavera se preparan para regalarnos mas tarde; Mientras en Santiago, el invierno hacia sentir sus crueles rigores. Campos dilatados, cubiertos de una alfombra de verduras; bosques espesísimos, hacia cuyas ocultas sendas, sembradas de una lujosa profusión de frutos, entreveía desfilar porción de hombres de figura agradable, de rostros blancos con cabellos empolvados. A todas estas cosas asistía con una especie de estupor. Contando esto a su confesor, le dijo esto inquiriera sobre la parte del mundo donde estaba situado este hermoso paisaje: contestole al cabo de algún tiempo que ¡la China era este lugar de hombres hermosos! Otros desacuerdos semejantes podríamos citar, como creer la Arabia en África, una vez que se le antojó estar predicando a los negros; parecerle ver al diablo en un espejo de noche, a la luz de una bujía. La descripción que hace de él, no podemos resistir al deseo de copiarla, para que se venga en conocimiento de la naturaleza del escrito que analizamos; porque ella es el tipo a que puede amoldarse todo. Dice así : «vi dentro del espejo un negro, en el traje me pareció serlo, no porque le viese cara, ni cosa por donde conocerlo porque estaba todo cubierto ; pero creí ser negro por estar tan trapiento, con toda la capa por el suelo rasgada, era de color mas negro que pardo y le arrastraba que hasta el suelo llegaba. No se le veían las patas: tenia la cabeza baja y la cara con la falda del sombrero tapada que era al modo de callampa y la copa mui baja: yo todo lo miraba deseosa de descubrirle la cara... volvió la cara de presto a mirar en la sala lo que veía en el espejo y ni había columpio porque el negro se estaba meciendo en un columpio] ni negro ni otra persona en toda la sala... al espejo volvió á mirar y hallé al negro ya descubierto y tan sumamente feo , que causaba horror verlo: tenía la cara sumamente ancha y chata, la frente descalabrada, la nariz sentada , los ojos saltados y el blanco de ellos naranjado ; por los lagrimales le salía fuego y parecía más voraz que este que vemos... me trató de espantar mas, echándome el aliento... y esto me causó espanto, porque la boca no le había bien mirado por tener los labios cerrados , y era de oreja á oreja y los dientes como sierra muy chiquitos y divididos, y en tan gran boca, tenia muchísimos y por todos ellos despidieron fuego, que las chipas dieron al espejo; la lengua toda era fuego.» 

Como se ve por este trozo, que respira ese aire impregnado de preocupaciones y fantasmas que rodean á nuestra atmósfera en la infancia, la escritora poco se cuida de la corrección de las voces y de la limpieza en la dicción y estilo, abundando su obra en defectos de toda clase que la hacen oscura e indigesta. Pero debemos ser indulgentes a este respecto, porque era mujer y de una época en que a estas se les negaba la instrucción científica, limitándola á un círculo estrecho, a lo estrictamente necesario para hacerse comprender y á veces á menos.

El escollo en que fracasa todo hombre que escribió sobre su vida, principalmente si ha estado en roce con los negocios públicos, es una especie de desdén afectado por los juicios que acerca de su conducta se formaron. Él, sin cuidarse de lo que han dicho, desentraña los motivos de sus acciones, queriendo encontrar siempre en ellos una disculpa á su procedimiento. 

De pretextos frívolos las mas veces se fabrica un baluarte, desde donde desafía los tiros de la opinión, descargándole desde sus muros, al parecer impenetrables, bruscos ataques, con los cuales trata de barrer todo lo que Intentara ponerle algún estorbo. Jamás un perdón, nada de deferencia. ¿Qué grande es el contraste que tal conducta presenta con la del hombre de los claustros, cuando llega á tomar la pluma para hacer una posición semejante! La timidez preside sus actos, se carga a sí mismo de inadecuados, si ha ejecutado algo que pudiera acarrear algún disgusto a otro; Siempre encuentra en sí criminalidad; humilde hasta lo sumo, necesario es forzarla a que estampe su vida en algunas líneas, y aun entonces suplica que no se la de publicidad, porque teme salgan al mundo las virtudes que adornan su alma, pareciéndole sufrir ya por este motivo el peso de burlas sin fin, pues nunca se cree ni perfecto, ni al principio de la escala de la virtud. Esto cuadra perfectamente al escrito de sor Úrsula, porque en él se pone de aliviar lo que acaba más de decir.

 Vamos a hacer un cuadro reducido de su vida, tal cual aparece de sus propias palabras.

— Nació el año de 1668, siendo sus padres D. Martín Suárez y​ Da María de Escobar. De una tez delicada y enfermiza, su salud les causó serios temores, pues mas de una vez la vieron á los bordes del sepulcro. La naturaleza, por fin , triunfó de tantos machos; pero estos no abandonaron su presa sin desquite, dejándole por herencia la extenuación y debilidad que impidieron se desarrollase al principio su cuerpo con lozanía y vigor. Su infancia trascurrió sin ningún suceso digno de llamar la  atención á no ser el desarrollo arrepentido de sus puntos físicos y morales que prometieron a sus padres una era de felicidad y orgullo por el porvenir. La mayor parte de ella la pasó en casa de sus abuelos paternos, siendo mirada por estos con amor en razón de su agudeza y afabilidad. El cariño que le profesaban estos buenos ancianos los impulsaba a condescendencias con ella, no muy bien vistas por la madre de Úrsula; lo cual daba motivo a una serie de reprensiones de parte de esta , y a mayor aumento de cariño en sus abuelos, creyendo con esto la pobre niña no ser muy querida de su madre. Pero la experiencia le dio después palmarias lecciones de lo contrario. La muerte arrebató á estos ancianos cuando Úrsula contaba apenas seis años poco más ó menos, cuyo suceso, al parecer insignificante, contribuyó quizás más que otro alguno a la fijación de la suerte futura de la niña. Con este motivo fue separado de su madre, a quien no podía ver sin temblar , y colocada en otra casa por mucho tiempo: no viéndola aquella sino muy rara vez, comenzó a debilitarse en su corazón el cariño que naturalmente profesamos a los autores de nuestros días. En este tiempo se manifestó en el carácter de Úrsula un fondo de vivacidad que no se desmintió jamás, ni aun en el claustro. Muchas fueron víctimas mas de sus travesuras picarescas; por lo cual jamás se creía que llegase a ser lo que fue. Pero también era de una imaginación impresionable , siempre llena de visiones que influyen sobre su físico ocasionándole enfermedades. A medida que iba creciendo, se despertaba en ella el amor al lujo, el deseo de parecer bien, lo que no desagradaba a su madre, pues la destinaba ya en su mente a perpetuar su generación. Pero la maño invisible de la Providencia amontonara gran número de obstáculos que impedían la realización de estos deseos. Una invencible repugnancia al matrimonio, al mismo tiempo que un fervor ardiente de servir Dios, pre; iban ya la lucha que debía empeñarse entre la niña dócil y tímida y la imperiosa madre. Esta no por donaba medios de aumentar en ella esa inclinación al fausto que tan temprano se había pronunciado en su carácter. Pero ciertas palabras imprudentes pusieron en guardia a la niña suspicaz acerca de los designios de su madre. Ya desde ; entonces accediendo a un impulso secreto que la dominaba, empezó á hacer indicaciones a Doña María para que la entrase al monasterio de las Claras. Pero esta, lejos de oír sus súplicas , se ponía furiosa cada vez que de monjas se le hablaba, no cejan lo un punto en sus proyectos de casamiento. Esto desconsolaba á Úrsula , aconsejándole su desesperación hasta medios vedados, impropios de una niña educada en los rígidos principios de la virtud. Fundóse hacia esta época el monasterio de la Victoria, siendo patrono de él un tío del padre de Úrsula. Esta caballero fue su ángel protector y el que a fuerza de empeños logró vencer la tenacidad de la madre, la cual consintió por fin en que la niña entrase al monasterio de la Victoria de donde después tuvo deseos de irse. Hizo su entrada en él a los once años de edad, en medio de las lágrimas de su madre y los sentidos lamentos de los domésticos que la lloraban como si perdiesen lo que mas amaban. No sufriría menos el corazón de la niña: y en la mitad del caminó casi le faltaron las fuerzas para llevar a cabo su resolución. Pero su voluntad acalló su dolor, y marchó serena a encerrarse para siempre en un recinto vedado a los que no tengan vocación. La mutación de vida que experimentó con ese motivo no dejó de chocarle; pues no disfrutaba ya las mismas comodidades que en su casa pero a todo se resignó. Diósele el hábito de novicia el once de abril de 1678, abriéndose para ella una nueva era, en la cual sufrió una serie no interrumpida de trabajos y disgustos ocasionados, ya por el noviciado, ya también por inconsideración de las maestras, a quienes poco importaba la delicada constitución de Úrsula para cargarla de rigores inusitados. La desesperación vino más de una a teñirle de hermosos colores el horizonte de su vida pasada, haciéndola en cierto modo arrepentirse de resolución. No le faltaban alicientes para ello: su madre mas de una vez la invitación para que abandone el retiro, pasando al cabo de la invitación a la efectividad; porque noticiada de sus penas, su amor no pudo sufrir mas tiempo esta injusticia y la quiso arrancar del claustro por la fuerza. Pero luego la calma hacia renacer la conformidad dentro de su agitado señor; y el recuerdo de sus comodidades era desechado por ella con presteza. Su vi la la ocupó casi toda, enseñando latín a sus compañeras, las cuales mas de una vez le faltaron al respeto, porque su exigua persona poco les imponía. Ella asegura que en este tiempo le anunció una voz la muerte de tres personas que en verdad se realizaron. Prolongose su prueba por cinco años, al cabo de los cuales profesó el dos de enero de 1683. Apenas fue admitida solemnemente 

entre las monjas, cuando se le confirmaron algunos empleos, como el de provisora ​​y otros que colaboradores con celo y cumplidamente. Luego la ascendieron a definidora, oficio el más noble después de vicaria y abadesa, con lo cual llegó á componer parte del consejo de esta última, cuyo honor le provocó algunos sinsabores porque quiso desempañarlo con lealtad. Finalmente, cuando el conocimiento  de sus aptitudes y de la bondad de su carácter se hubo de difundir entre las monjas, quisieron elegirla por su cabeza y confiarle el gobierno de sus destinos, cuyo honor rehusó por mucho tiempo. Acéptalo por fin, vencida por las instancias y las súplicas de sus compañeras, las cuales no tuvieron jamás que arrepentirse de haber puesto sus miras en persona tan cumplida. Durante su período abadesal, hizo mejoras de consideración en el convento, segundada en sus esfuerzos por el obispo de aquella época. Este lapso de su vida, desde que entró al convento, hasta los cuarenta o cincuenta años después en que dio principio a la confección de ella por escrito, es un tejido de travesuras inocentes mezclado con apariciones divinas. Su entretención favorita, según dice, era engañar a los hombres, haciéndoles creer que no era monja, con el único objeto de reírse de ellos y participar á sus compañeras de los regalos que le enviaban. Daba lugar esta conducta a serias reprensiones de la habla, ó sea esa voz que cree continuamente oír resonar en sus oídos, echándole en cara su volubilidad, pues había ido á buscar a Dios al monasterio, y luego lo abandonó por objetos mundanos. Pero ¿Quién no ve en esto la voz de una conciencia tímida que nos echa en cara la falta en el cumplimiento de nuestros deberes? Solo un hecho pudiera alegarse en prueba de lo contrario; y es el haber visto al pasar por el coro una vez que se dirigía a la puerta a hablar con algunos hombres, un gran resplandor que la deslumbró despedido por el sagrario, el cual iluminaba la iglesia, a pesar de no haber un rayo de sol que diese en parte alguna del edificio; y una voz que le dijo entonces: ¡alma! ¿Dónde vas? Aterecida de espanto echó á correr para afuera, no deteniéndose hasta llegar á su celda. Pero esto bien pudo ser ilusión de la óptica;​ y por otra parte, Dios no hace milagros sin necesidad. Ningún peligro podría correr la virtud de Úrsula que a esto diese motivo, pues, como ella dice; lo hacia solo por engañar a los hombres. Y quién dotado de timidez habría osado continuaren estos actos con una amonestación semejante? Sin embargo, ella perseveró; prueba de que no fue otra cosa que pura ilusión; porque hartos testimonios de sumisión a esa habla da en el discurso de su vida. Siguió siendo durante toda esta, favorecida con especialísimas y raras visiones, solo de ella presenciadas, sin participar a otro que a su confesor de todo lo que le sucedía. Entre estos debe notarse al jesuita Viñas, que era su consultor, el cual siempre le manifestó compasión, no contradiciéndole jamás para refutarle la idea que formaba su tema favorito, á saber: que era la voz de Dios la que oía. Pero varias veces fue engañada por esta habla, lo que confiesa con ingenuidad candorosa; cuyo hecho solo bastaría para no dar crédito a los demás, por verosímiles que aparecieran. Sin obstante, nada tenemos que decir de su acrisolada virtud, de su obediencia suma, de su caridad para con el prójimo, siendo rígido observante de la regla, aun á pesar. de sus enfermedades. Viósela frecuentemente asistir al coro á rezar, no impidiéndoselo su quebrantada salud, pues padecía mucho del pecho y el pulmón. Era dada a la oración, y le sucedía llevarse en ella horas enteras en tiernos coloquios con su Criador, adquiriendo con esto mucha fuerza para sobrellevar las penas de la vida. Mientras oraba, parecía que el corazón se le salía del pecho, su cuerpo se encendía, la respiración se abría paso con dificultad a través de los órganos, su alma quería romper las cadenas en que a pesar suyo se encuentra retenida para unirse con su Criador. Mas de una vez fue víctima inocente de los tiros de la maledicencia; pero su resignación triunfó de sus enemigos. Fue por fin el modelo de virtud a que debían ajustarse en su conducta todas aquellas personas que aspiran a la perfección. Su muerte acaeció el cinco de octubre de mil setecientos cuarenta y nueve, habiéndola advertido ella misma el día antes a las demás religiosas que la veían sanamente al parecer. La obra original de sor Úrsula se conserva en el archivo de su monasterio y una copia de ella existe en nuestro poder.

(1850)



 


José Ignacio Víctor Eyzaguirre Portales naci6 en Santiago en 1817. Estudio filosofía y teología en el Colegio de Santiago, Instituto Nacional y en el Convento de Santo Domingo. Se titulé de Bachiller en Teología en la Universidad de San Felipe en 1833, de Bachiller en Cénones y Leyes en la misma institución en 1835 y de abogado en 1838. En 1840 recibió la ordenación como presbítero. En 1850 publica la Historia Eclesiástica, Política y Literaria de Chile. En 1852 inici6 un viaje por Europa y Oriente de cuyas experiencias surgirá su obra más famosa El Catolicismo en Presencia de sus Disidentes. Fundador del Colegio Pio Latinoamericano de Roma, institución para la formación del clero americano, el cual empezó sus funciones en 1858. En 1859 editó Los Intereses Católicos en América. De vuelta en Chile, asumió la presidencia de la Sociedad Católica de Educación, ejerciendo como profesor de Derecho Canónico en el Seminario de Santiago (1871-1872) y fue presidente de la Exposición Histórica del Coloniaje en 1873. En 1874 regresa a Roma y al Colegio Pio Latinoamericano; falleció cerca de Alejandría luego de una visita a Jerusalén, en 1875. Entre otros cargos fue Vicepresidente de la Cámara de Diputados, Decano de la facultad de Teología de la Universidad de Chile, Prelado Doméstico de Su Santidad y Protonotario Apostólico, Delegado Pontificio en Ecuador, Peri y Bolivia, fundador del Colegio Pontificio Pio Latino Americano de Roma.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

El "candor infantil" en la obra "oscura e indigesta" de Úrsula Suárez. La desconsiderada crítica del eclesiástico José Ignacio Eyzaguirre

  Ilustración: Athenea Llana José Ignacio Eyzaguirre Historia Eclesiástica, Política y Literaria de Chile hasta 1810   publicada en 1850. So...