miércoles, septiembre 02, 2026

Úrsula Suárez: primera escritora chilena. Pícara, lujuriosa, sensorial y sin tumba. Omar Pérez-Santiago. Ilustración: Athenea Llana. Revista Off The Record, septiembre de 2026.


Los chilenos le debemos un homenaje a Úrsula Suárez (1666–1749), la primera escritora chilena.

Si somos chilenos de bien.

Úrsula Suárez vivió desde los 12 hasta los 83 años en el convento de monjas Las Clarisas de la Victoria, en la Plaza de Armas de Santiago esquina de la calle que hoy, gracias a ellas, se llama Monjitas.

Su confesor Tomás de Gamboa le ordenó escribir como penitencia. La abasteció de papel y tinta. Y Úrsula descubrió el dulce placer de escribir su visión del mundo, sus sensaciones, sus conflictos y temores. Catorce cuadernos, ciento ochenta páginas titulado inicialmente  “Relación de las singulares misericordias”, un libro extraordinario.

Úrsula escribe porque le ordenan hacerlo. Mas, ella se apodera de sus anécdotas.  Así, la penitencia engendró una escritora, la primera escritora chilena.

Fue Braulio Arenas, Premio Nacional de Literatura, quien iluminó al afirmar que Úrsula Suárez era la primera escritora de Chile en la revista Qué Pasa de julio de 1976.

Pero la obra de Úrsula Suárez fue recién publicada en 1984 por la Universidad de Concepción, con excelente prólogo de Mario Ferreccio y con detallado estudio de Armando de Ramón.

Historiar como se conservó el manuscrito de Úrsula a través de los siglos sería un guion para una película policial como “El Código da Vinci” o la novela “El Hombre de la rosa” de Umberto Eco.

Úrsula Suárez usó una estética literaria moderna, fresca, fragmentaria. Su seductor estilo combina autobiografía confesional, oralidad narrativa, picaresca femenina y realismo sensorial. Barroquismo.

A veces su personaje de niña traviesa se parece a “Papelucho” de Marcela Paz, que tal vez la picardía chilena se hereda.

Como dijo Gabriela Mistral de Sor Juana Inés de la Cruz: “la monja pone la espina en el centro de la rosa...”

Tal vez un realismo mágico colonial cercano a Isabel Allende de “La casa de los espíritus”. Efectivamente, leo a Úrsula Suárez como una de las primeras grandes narradoras fantásticas de Chile, con una voz que mezcla autobiografía, imaginación, humor, erotismo, alucinación, sueño, profecía y vida cotidiana.

La asociación con María Luisa Bombal, la más grande escritora chilena, me parece incluso más fértil y con mayor potencial crítico. Lo recuerda María Teresa Cárdenas: Alone escribió sobre La última niebla y La amortajada que allí está “la vida; pero también está el sueño”.

Es decir, una narrativa imaginada. La literarura no es un espejo de la realidad. La gran literatura modela la sociedad.

Úrsula sueña, sueña que muere su padre, don Francisco Suárez. Signo o símbolo o aliento que evoca al ausente:

“Miré y vi a mi padre en esta cama, enfermo; tenía vela a la cabecera y demostraba en la cara estar con mucha ansia, como que de calentura se quemara:

 —Taita, ¿está enfermo? No lo sabía yo.

 —Hija, aquí me estoy abrasando.

—Pues ¿estando yo viva ha de estar con tanto trabajo?: aunque quedara destituida y me vendiera por esclava para socorrerlo, no sufre mi amor eso; ya vuelvo.

—¿Quién sino vos, hija, había de aliviarme?

Qué prosa tan viva. Úrsula, me hace enmudecer.

Ustedes lo saben: en literatura, las formas determinan el estilo. No las buenas intenciones.

“El arte es aquello que permite a las formas convertirse en estilo” (Jean-Luc Godard, Historia(s) del cine).

Técnicamente, la prosa de Úrsula parece tan hablada, tan teatral. Hay diálogos, cambios de voz, locuciones coloquiales, giros populares. Una encantadora sensación de que Úrsula nos está contando sus anécdotas asombrosas con una suspirada fuerza y potencia. Es un placer escuchar una memoria de problemas reales, sus ruidos y disonancias que ella reconcilia en belleza y verdad.

A veces, como “La vida de Lazarillo de Tormes”, Úrsula usó la picaresca como estrategia del subordinado. Se esperaba sumisión, mas la monja Úrsula construye un personaje. Ese personaje es una monja traviesa, astuta, contradictoria, sensual, ambiciosa, celosa, divertida y a veces descarada, sí, muy desvergonzada. La narradora revela sus engaños, sus tretas literarias, su peligroso doble filo, sus zumbidos de ironía. Sor Úrsula travesea con las expectativas del lector, nos da un dulce cándido mientras conserva el control del relato.

La protagonista atraviesa el mundo negociando con monjas, hombres, confesores, autoridades, familiares y, oh, con Dios mismo. A Dios también le pide inspiración para escribir. No siempre es fácil escribir. Le pide a Dios que le dé gracia para escribir, aunque sufra o no tenga ganas. Es cierto. A veces, sólo hay una resistencia posible para un escritor: tener gracia. No tomarlo tan en serio.

Y Úrsula posee algo encantador y de luz: sentido escénico, sentido teatral. Se escucha su voz.  Ella habla, alguien le responde, alguien se enoja, alguien intenta engañarla.

Escenas que parecen pequeñas piezas teatrales. Úrsula encarna su experiencia. La dramatiza.  Y eso le da una potente fuerza narrativa. Uno de sus hallazgos narrativos fue crear un personaje y una sensible tendencia estética. Convierte la voz de la monja en narración intensa, sensible y apasionada.

Asertivamente, la ensayista de la Academia Chilena de la Lengua, Adriana Valdés, dijo que Úrsula Suarez era una escritora nata de sentidos múltiples de lenguaje familiar y vivido. “El relato es dinámico, con gran presencia de diálogos, con una fuerte carga corporal y sensorial, con imágenes impregnadas de emotividad y temperamento.”

Tienes tanta razón, Adriana.

Úrsula Suárez murió a los 83 años, el 5 de octubre de 1749, en su convento.

Murió una estrella. Un árbol bien plantado.

Úrsula cumple 360 años y está tan joven.

¿Qué más decir?

Me pregunto, por último ¿Dónde está la tumba de la escritora Úrsula Suárez?

Tal vez Úrsula, extendida en un cajón, fue sepultada en la fresca y callada cripta de la iglesia, como era usual. El lugar de comunión de los santos. Pero en 1821, las monjas Clarisas se mudaron de su calle Monjitas. Ese año Bernardo O´Higgings dictó la ley de Cementerio General; a él quizás fueron los restos de Úrsula.

No hay una tumba donde dejarle una flor a nuestra colega Úrsula.

Ni una placa simbólica.

Eso deberíamos enmendar hoy, si somos chilenos de bien.


 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Sor Úrsula Suárez La primera escritora chilena. Por Braulio Arenas. Revista Qué Pasa de julio de 1976.

  composición dé su "Historia" conviene señalar, en lugar destacado, la autobiografía de una monja del convento de Santa Clara de ...