martes, octubre 27, 2026

En París, Vicente Pérez Rosales le dijo al general San Martin que la mayoría de los chilenos lo culpaban a él del asesinato de los Carrera.


Recuerdos del pasado. 1886.  Por Vicente Pérez-Rosales:

1829. Las Tullerías. París.

San Martín me dijo:

―¿Qué se decía en Chile de los argentinos, cuando usted salió para acá? ¿Se acordaban del Ejército de los Andes?

―Señor, le contesté, acontecimientos hay que no pueden ser olvidados y el paso de los Andes es uno de ellas.

―Bien está, repuso; pero eso no era precisamente lo que quería averiguar. ¿Me quedan aún en Chile los pocos amigos sinceros que dejé al salir? Porque amigos de nombre, amiguito, prosiguió poniéndome con cariño la mano en el hombro, rodean con tanta abundancia al que dispone de empleos que poder repartir, cuanta es la escasez de los sinceros.

―Con la entrada de Freire al poder, contesté, conmovido por el aspecto que asumió el semblante del general al terminar su frase, muchos de los amigos íntimos de usted, por serlo también de O’Higgins, han enmudecido, y otros como Solar, cuya casa frecuentaba usted tanto, han sido arrancados entre gallos y media noche del seno de sus familias, para hacerles pagar en el destierro el crimen de la amistad que profesaban al héroe de Rancagua.

―De manera, repuso San Martin, con viveza, mi pobre reputación, por igual motivo, ¿no andará de lo mejor parada por allá?

―Así es la verdad, contesté, porque... no me atrevo...

―Atrévase, usted, querido, dijo entonces, animándome, haga usted cuenta que está hablando con un condiscípulo suyo. ¿Por qué ... decía usted?

―Porque así como O’ Higgins, ―proseguí diciendo con timidez―, tiene sus enemigos por ella, a usted tampoco le faltan, pues son contados los hijos de la Patria Vieja que no atribuyan a usted y a don Bernardo, la desastrosa muerte de los Carrera, cuya ejecución califican de inútil y de atroz asesinato; ni faltan tampoco malas lenguas que atribuyan a usted poca pureza en la administración de los dineros que Chile ponía en sus manos para que atendiese con ellos a la libertad del Perú.

Echó San Martin, al oír esto, su rostro con violencia entre ambas manos, y tanto rato permaneció en esta nerviosa situación, que así podía significar evocación de dolorosos recuerdos, como el disgusto amargo que siempre causa en corazones bien puestos la humana ingratitud; !Ya comenzaba yo a arrepentirme de haber sido tan sobradamente franco al contestarle, cuando enderezándose y aspirando el aire con violencia, y fija la vista como distraído, en las copas de los árboles, exclamó, a media voz, y como hablando para sí:

―!Gringo badulaque! ¡Almirantito, que manto no podía embolsicar lo consideraba robo! ... Dispénseme, usted, querido colegial, ―continuó―, no sé dónde se me había ida la cabeza. ¿Con que todo eso dicen por allá? Eh! razones tendrán para ello, y ahora dígame usted ¿qué hubieran hecho ustedes en Chile con tres argentinos, que por haber sido, con razón y sin ella, no solo mal recibidos sino hasta perseguidos por el gobierno chileno, se hubiesen metido, aunque llenos de las más patrióticas intenciones, dos de ellos a revolucionarios y el tercero a sangriento montonero? ¿Qué hubieran hecho ustedes ante el peligro de la pública tranquilidad y ante el aspecto de la sangre chilena derramada por las armas de este, hasta en las puertas del mismo Santiago, si esos tres argentinos hubiesen caído en sus manos? ¿Hubieran necesitado ustedes de los consejos de un 0’Higgins o de un pobre San Martin para hacerlos fusilar? ... En cuanto a lo de la poca pureza, ―prosiguió con triste sonrisa, después de echar una sarcástica mirada sobre su ropa y de contemplar, dando vuelta sus gruesos guantes de gamuza, ya lustrosos por el uso:

―¡A la vista está!

¡Pobre amigo! Me pesa aun haber pulsado en aquella conversación tan repugnante cuerda; pues de todo podría la maledicencia acusar a San Martin menos de peculado. Yo conocía la pureza de San Martin en el manejo de los dineros que corrían por su mano; pero ignoraba muchos de sus rasgos de generoso desprendimiento en obsequio del mismo país, por cuya libertad lidiaba. Ignoraba que los diez mil pesos, suma enorme entonces, obsequiados al héroe por el cabildo de Santiago para costear su viaje Buenos Aires, después de la batalla de Chacabuco, los había este cedido para que, con ellos, se echasen los primeros cimientos de nuestra actual Biblioteca Nacional, i entre otras generosidades de aquella hermosa alma, ignoraba también que hasta el fomento de la vacuna costaba a San Martin la tercera parte de los productos de un fundo rústico que poseía en Santiago, ¡San Martin era pobre!

Con mi vuelta a Chile a fines del año de 50, terminaron mis relaciones íntimas con este viejo y respetado amigo, cuya conversación me instruía y agradaba al mismo tiempo.


 

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En París, Vicente Pérez Rosales le dijo al general San Martin que la mayoría de los chilenos lo culpaban a él del asesinato de los Carrera.

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