Recuerdos del pasado. 1886. Por Vicente Pérez-Rosales:
1829. Las Tullerías. París.
San Martín me dijo:
―¿Qué se decía en Chile de los argentinos, cuando usted
salió para acá? ¿Se acordaban del Ejército de los Andes?
―Señor, le contesté, acontecimientos hay que no pueden ser
olvidados y el paso de los Andes es uno de ellas.
―Bien está, repuso; pero eso no era precisamente lo que
quería averiguar. ¿Me quedan aún en Chile los pocos amigos sinceros que dejé al
salir? Porque amigos de nombre, amiguito, prosiguió poniéndome con cariño la
mano en el hombro, rodean con tanta abundancia al que dispone de empleos que
poder repartir, cuanta es la escasez de los sinceros.
―Con la entrada de Freire al poder, contesté, conmovido por
el aspecto que asumió el semblante del general al terminar su frase, muchos de
los amigos íntimos de usted, por serlo también de O’Higgins, han enmudecido, y
otros como Solar, cuya casa frecuentaba usted tanto, han sido arrancados entre
gallos y media noche del seno de sus familias, para hacerles pagar en el
destierro el crimen de la amistad que profesaban al héroe de Rancagua.
―De manera, repuso San Martin, con viveza, mi pobre
reputación, por igual motivo, ¿no andará de lo mejor parada por allá?
―Así es la verdad, contesté, porque... no me atrevo...
―Atrévase, usted, querido, dijo entonces, animándome, haga
usted cuenta que está hablando con un condiscípulo suyo. ¿Por qué ... decía
usted?
―Porque así como O’ Higgins, ―proseguí diciendo con timidez―,
tiene sus enemigos por ella, a usted tampoco le faltan, pues son contados los
hijos de la Patria Vieja que no atribuyan a usted y a don Bernardo, la
desastrosa muerte de los Carrera, cuya ejecución califican de inútil y de atroz
asesinato; ni faltan tampoco malas lenguas que atribuyan a usted poca pureza en
la administración de los dineros que Chile ponía en sus manos para que
atendiese con ellos a la libertad del Perú.
Echó San Martin, al oír esto, su rostro con violencia entre
ambas manos, y tanto rato permaneció en esta nerviosa situación, que así podía
significar evocación de dolorosos recuerdos, como el disgusto amargo que
siempre causa en corazones bien puestos la humana ingratitud; !Ya comenzaba yo
a arrepentirme de haber sido tan sobradamente franco al contestarle, cuando
enderezándose y aspirando el aire con violencia, y fija la vista como distraído,
en las copas de los árboles, exclamó, a media voz, y como hablando para sí:
―!Gringo badulaque! ¡Almirantito, que manto no podía
embolsicar lo consideraba robo! ... Dispénseme, usted, querido colegial, ―continuó―,
no sé dónde se me había ida la cabeza. ¿Con que todo eso dicen por allá? Eh!
razones tendrán para ello, y ahora dígame usted ¿qué hubieran hecho ustedes en
Chile con tres argentinos, que por haber sido, con razón y sin ella, no solo
mal recibidos sino hasta perseguidos por el gobierno chileno, se hubiesen
metido, aunque llenos de las más patrióticas intenciones, dos de ellos a
revolucionarios y el tercero a sangriento montonero? ¿Qué hubieran hecho
ustedes ante el peligro de la pública tranquilidad y ante el aspecto de la
sangre chilena derramada por las armas de este, hasta en las puertas del mismo Santiago,
si esos tres argentinos hubiesen caído en sus manos? ¿Hubieran necesitado
ustedes de los consejos de un 0’Higgins o de un pobre San Martin para hacerlos
fusilar? ... En cuanto a lo de la poca pureza, ―prosiguió con triste sonrisa,
después de echar una sarcástica mirada sobre su ropa y de contemplar, dando
vuelta sus gruesos guantes de gamuza, ya lustrosos por el uso:
―¡A la vista está!
¡Pobre amigo! Me pesa aun haber pulsado en aquella conversación
tan repugnante cuerda; pues de todo podría la maledicencia acusar a San Martin
menos de peculado. Yo conocía la pureza de San Martin en el manejo de los
dineros que corrían por su mano; pero ignoraba muchos de sus rasgos de generoso
desprendimiento en obsequio del mismo país, por cuya libertad lidiaba. Ignoraba
que los diez mil pesos, suma enorme entonces, obsequiados al héroe por el
cabildo de Santiago para costear su viaje Buenos Aires, después de la batalla
de Chacabuco, los había este cedido para que, con ellos, se echasen los
primeros cimientos de nuestra actual Biblioteca Nacional, i entre otras
generosidades de aquella hermosa alma, ignoraba también que hasta el fomento de
la vacuna costaba a San Martin la tercera parte de los productos de un fundo
rústico que poseía en Santiago, ¡San Martin era pobre!
Con mi vuelta a Chile a fines del año de 50, terminaron mis
relaciones íntimas con este viejo y respetado amigo, cuya conversación me
instruía y agradaba al mismo tiempo.

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