lunes, julio 18, 2005

Anna Ersdotter

Nunca antes había estado más desprovisto de barreras como aquel día en una playa vacía de Malmö cuando me enamoré de una bella mujer de cabellos rojos y aire de maliciosa ausencia: Seguía insolentemente las modas y charlaba con agradable cinismo e implacable y dulce agresividad. Apenas alzaba el tono, no forzaba jamás la voz ni nunca fruncía el ceño. Para facilitar la narración la llamaremos Anna Ersdotter.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Una triste calamidad. Morir en la Arena de Leonardo Padura

  La novela me la prestó mi amigo Raúl Aedo Riffo . A las tres páginas de lectura ya estaba enganchado con la historia. Diré más bien, atra...