Siete jurados dirimen, en puertas cerradas, el Premio Nacional de Literatura. Personas inteligentes, despojadas de vanas vanidades, ponen sus cartas sobre la mesa. Pocas veces sabemos qué se juega realmente en esa partida. Poco trasciende de las deliberaciones. Todo parece quedar envuelto en una discreción casi ritual, en ese velo de opacidad que tan bien conocemos.
Somos chilenos, después de todo: tímidos, prudentes, reservados. Preferimos el murmullo al debate, el pasillo, la conversación entre cuatro paredes a la discusión abierta. Nos gusta que las cosas importantes se resuelvan discretamente, lejos de las miradas.
Ya lo dijo el gran cronista y novelista Joaquín Edwards Bello, los chilenos somos un compuesto complejo de contradicciones: mezcla de timidez y soberbia, apego a las apariencias, clasismo duro y simulación. Pueblo niño. Es nuestro carácter nacional. Somos serios o lo echamos a la risa para controlar la ansiedad.
Entra un chileno a la peluquería y el barbero le pregunta:
—¿Cómo quiere que le corte el pelo?
—Sin hablar -responde el chileno.
Según Mitopolis de Edwards Bello.
Y entonces ocurre algo extraño: un premio destinado a reconocer una obra literaria termina pareciéndose demasiado a un asunto administrativo.
Como si no estuvieran decidiendo qué literatura merece ser recordada, sino simplemente tramitando un expediente.
Siempre postulan varios escritores en la larga lista.
Conozco un escritor que fue nominado una vez, un escritor con talento y buenos sentimientos. Se apellida Cachiporra. No le dieron el premio. Pero después igual publica en su currículo que él fue nominado al Premio Nacional. Es un buen tipo, y perdono su jactancia. Tiene todo el derecho a tener una ilusión. No me gusta la moralina en la literatura.
En Verona, una vez visité una vez el balcón que inventaron para turistas, de Julieta y Romeo, personajes de ficción de Shakespeare. Muchos peregrinos visitamos esa ilusión.
Con los poetas Tote España y Sergio Badilla postulamos el 2008 a Patricio Manns al Premio. En Valparaíso dimos una conferencia de prensa. Después nos fuimos a la de casa de Patricio Manns y Alejandra, su mujer. Hablamos toda la noche. Manns confiaba en que su amigo José Miguel Varas, parte del jurado, le diera el trofeo a él. Ese año el premio fue para Efrain Barquero.
A mí me gustaría que Chile procesara abiertamente sus ideas literarias. No se trata solo de discutir nombres.
Resaltar el valor estético
¿Para qué?
Para cohesionar nuestra cultura
No creo que la literatura chilena sea un barco que se hunde con una bandera al tope, como la Esmeralda. La literatura chilena no es un pozo seco. Tiene diversas de voces, la descentralización de sus relatos y la revisión de la memoria. Explora nuevas identidades, a veces, lejos del canon que manipulan en Santiago unos cuantos. Esos cuantos que no quieren que tú opines.
Autores de las regiones escriben desde el norte minero, la pampa, el archipiélago austral o la ruralidad.
El sur y la Patagonia se reinterpretan a través de estéticas que dialogan con el paisaje extremo y la historia local.
Hay un auge evidente de voces feministas y de la diversidad sexual que replantean los cuerpos, los afectos y la marginalidad urbana.
Pioneros que adoptan nuevas formas, se renuevan y se adaptan a nuevos espacios. Hay gente tan viva y tan relevante, generando debate y controversia. Lejos de desvanecerse, la narrativa chilena está siendo adoptada por nuevas generaciones, muchas veces a través de las redes sociales. Muchas veces es una escritura perspicaz, incisiva e ingeniosa.
Hacer públicas, sacar a la luz las tendencias; desafiar las modas impuestas desde arriba.
Abrir el debate es transformador.
Es verdad también, cómo no, que hay actores de mala fe, idiotas útiles, snobs insulsos, patéticos chupapijas, recicladores, teóricos aburridos, grafómanos sin remedio, influencers pagados, provocadores baratos y charlatanes superficiales. Es cierto.
Pero también eso es señal de un ecosistema próspero.
Siempre los escritores escribieron panfletos y periódicos fundados con ese fin: meter bulla. Siempre hubo tertulias encendidas y rivalidades de grupos.
El ambiente previo a la entrega del Premio Nacional de Literatura en Chile siempre fue una deliciosa mezcla de tensión, pasiones encontradas, lobby intenso y duras polémicas entre bandos literarios. Los cafés de Santiago y los pasillos de la Biblioteca Nacional de Chile eran el escenario de intensas discusiones sobre quién merecía el máximo galardón del país.
Daré un ejemplo, en agosto del año 1978, tras unas semanas de humedad y frío, llegó el día de la vergüenza.
Luis Sánchez Latorre, FILEBO, representó a la Sociedad de Escritores en el jurado. Abogó por la gran María Luisa Bombal, la mejor escritora de Chile de enorme influencia de obras como La última niebla y La amortajada. La Academia de la Lengua postuló a su presidente, el lingüista Rodolfo Oroz. El digno de Sánchez Latorre renunció al jurado. Sobre excitado, Pinochet publicó un decreto para que éste se constituya "con los miembros que asistan". Y, claro, ganó Oroz.
Fue una tormenta grave.
La cultura florece cuando la sociedad está impregnada del espíritu crítico. Es preferible que ocurra la agitación constante. «Motus animi continuus».
Sin eso el poder de la literatura de cohesionar la cultura se debilita rápidamente y degenera en atomización cultural.
Las artes cohesionan. Las esferas culturales habitan hoy en los contextos internacionales. Las nuevas narrativas reflejan nuestras cambiantes identidades y comunitarias. Esa experiencia estética nos enriquece como país.


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