viernes, julio 24, 2026

La Inteligencia Artificial y el misterio de la narrativa de ficción. Cómo imaginarán el deseo los nuevos escritores después de la fatiga de la globalización digital. Por escritor chileno Omar Pérez-Santiago



La IA genera textos excelentes. Detecta patrones emergentes con suma rapidez. Sugiere conexiones vertiginosas. Produce páginas a gran velocidad y cada vez con mayor perfección formal. Ya escribe infinitas novelas, guiones o cuentos de tal calidad que ganan concursos literarios.

Entonces ¿Cuál es la función del escritor ahora que la IA domina la técnica de escribir?

La literatura no consiste únicamente en inventar historias.

La literatura descubre cuándo una sensibilidad estética e histórica comienza y cuándo termina.

La literatura funciona como un registro de la experiencia humana.

La literatura captura las formas en que sentimos, pensamos y valoramos el mundo en distintas épocas.

La literatura refleja la mentalidad, los límites y los ideales de un momento histórico específico.

La literatura marca el nacimiento y el cierre de estilos y visiones estéticas a lo largo del tiempo.

Joyce descubrió la sensibilidad de la modernidad urbana. Del realismo al modernismo.

Kafka, la del poder burocrático, la normalización del absurdo y la deshumanización.

George Perec entiende en su novela Las Cosas  de 1965 que el capitalismo ya no vendía únicamente productos. Vendía estilos de vida. Perec escribe en el momento en que la sociedad de consumo está naciendo, en 1965, una percepción con  el juego radical del lenguaje y la mirada de lo cotidiano, lo aburrido.

O vislumbrar el sueño del capitalismo tecnológico. El cyberpunk de “Sueñan los androides con ovejas eléctricas” de Philip K. Dick, “Snow Crash” de Neal Stephenson y “Neuromante” de William Gibson. Megacorporaciones que controlan ciudades precarizadas y apocalípticas.

Vicenzo Latronico en su novela “Las Perfecciones” del 2022, descubre la fatiga del cosmopolitismo neoliberal de Berlín. Reconoce el instante en que la época deja de creer en sí misma. La transición de la era posmoderna a la era digital y algorítmica. Latronico retrata la era de la hiperhomogeneidad global.

Ósea.

Los escritores descubren una sensibilidad de época, un cambio de percepción. Es una operación ligada a una conciencia estética e histórica. Es una sensibilidad que todavía no se ha estabilizado en el lenguaje.

Es decir, un escritor reconoce una transformación antes de que esa mutación tenga un nombre. Es una modificación en la manera en que las personas sienten el tiempo, el amor, el trabajo, el cuerpo, la memoria o la muerte.

Eso es profundo.

Las grandes novelas consiguen captar una sensibilidad que, cuando apareció, todavía nadie sabía nombrar.

“El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo” (“Cien años de soledad”, García Márquez).

La literatura es una sensibilidad. No es una opinión. No es una consigna. No es una demanda política.

La literatura puede descubrir las nuevas formas de experiencia humana antes de que se vuelvan evidentes para todos.

Las sensibilidades cambian porque cambian las emociones dominantes.

Las épocas cambian cuando dejan de creer en las metáforas que las sostenían.

Es el momento preciso en que un escritor descubre, casi sin darse cuenta, que el futuro que había heredado ya no existe.

Esa escena, puede capturar una sensibilidad histórica.

Esa es una tarea mucho más específica que "escribir bien".

La IA (electricidad más chips) no puede hacer eso.

¿Por qué?

Porque descubrir una sensibilidad de época necesita una capacidad casi antropológica: percibir lo que está naciendo. Reconocer el instante en que una época deja de creer en sí misma.

No digo que eso sea imposible para una IA en el futuro.

Esa intuición no es un dato estadístico. Es una mirada. Y esa mirada termina siendo compartida por los lectores. Entonces, estamos ante una obra que ha captado una sensibilidad histórica.

Esa ha sido, creo yo, una de las funciones más perdurables de la gran ficción.

Las grandes obras descubren el “deseo de una época”.

Cada época enseña a las personas qué deben desear.

Los años sesenta enseñaban a desear el consumo moderno.

Los noventa enseñaban a desear la movilidad global.

Quizá nuestra época aún desea la sofisticada simulación digital que desearon los yuppies del Silicon Valley.

Cada una de esas sensibilidades produjo un deseo cotidiano y una literatura con un etiquetado emocional distinto.

El escritor descubre cuándo ha cambiado el objeto del deseo.

Estamos en el fin de la era de la hiperhomogeneidad global. Hay indicios.

La estética de las pantallas está empezando a resquebrajarse.

Hay un cansancio digital y un repliegue hacia lo local, lo imperfecto y lo físico. Las nuevas generaciones buscan experiencias con texturas, fallas y peso material.

Los nuevos formatos tienden a la fealdad deliberada, el desencuadre. Rechazan el filtro homogéneo corporativo.

Se tiende a sistemas locales o un arraigo territorial real, en lugar del cosmopolitismo genérico y flotante.

La simulación digital ya no contiene toda la realidad simbólica.

Entonces, la gran pregunta para los escritores —humanos o asistidos por IA— es la siguiente:

¿Cuál es el nuevo deseo que nacerá ahora después del descenso del actual simulacro digital?

Si un escritor logra responder literariamente a esa pregunta, probablemente habrá captado el pulso de una época. Esa ha sido, una de las formas en que la ficción ha alcanzado una dimensión histórica.

Entonces, repito ¿Cuál es el nuevo deseo que está naciendo ahora, cuando acabe el simulacro o la sumisión digital?

Esa es una pregunta difícil. Y debo ser cauteloso, porque una sensibilidad naciente es algo que todavía no puede demostrarse. Solo puede intuirse.

Me arriesgaría con unas hipótesis.

Cada vez aparecerán obras tras el nuevo deseo de realidad, el deseo de una realidad imaginativa que vibra,  el deseo de prestar atención, de mirar, de cortesía, de juntarse.

Empatía ambigua de los encuentros azarosos, desordenados, rotos. Postirónicos.

El deseo de lentitud cognitiva, de pensar despacio.  

El manejo del zoom, para detenerse repentinamente en un detalle minuciosamente elaborado.

El deseo de historias en lugares ingeniosos o naturaleza animada, mágica.

No solamente habitar apartamentos bonitos.

El deseo nuevo de tener una experiencia imaginativa, esotérica, que no pueda ser sustituida por otra.

El deseo de una experiencia irrepetible.

Acontecimientos interiores donde el lector sienta que nadie podría haber vivido exactamente igual.

Quizá la literatura post-algorítmica tratará más sobre la conciencia humana perturbadora, la vulnerabilidad y el valor de lo inútil, el error intencional, el caos y la exploración de experiencias vitales subjetivas, viscerales, íntimas. Una realidad desordenada, absurda, profunda. De olfato, tacto, memoria,  dolor y destellos de felicidad.

Son hipótesis. Mi pregunta no tiene todavía respuesta total. Y precisamente por eso me parece literariamente apasionante.

Cordialmente, tal vez para explicarme mejor, insinuaré ahora dos autores: el chileno Javier del Cerro y su novela “La Transformación” y "Land" de la irlandesa Maggie O'Farrell.

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