La IA genera textos excelentes. Detecta patrones emergentes
con suma rapidez. Sugiere conexiones vertiginosas. Produce páginas a gran
velocidad y cada vez con mayor perfección formal. Ya escribe infinitas novelas,
guiones o cuentos de tal calidad que ganan concursos literarios.
Entonces ¿Cuál es la función del escritor ahora que la IA
domina la técnica de escribir?
La literatura no consiste únicamente en inventar historias.
La literatura descubre cuándo una sensibilidad estética e histórica
comienza y cuándo termina.
La literatura funciona como un registro de la experiencia
humana.
La literatura captura las formas en que sentimos, pensamos y
valoramos el mundo en distintas épocas.
La literatura refleja la mentalidad, los límites y los
ideales de un momento histórico específico.
La literatura marca el nacimiento y el cierre de estilos y
visiones estéticas a lo largo del tiempo.
Joyce descubrió la sensibilidad de la modernidad urbana. Del
realismo al modernismo.
Kafka, la del poder burocrático, la normalización del
absurdo y la deshumanización.
George Perec entiende en su novela Las Cosas de 1965 que el capitalismo ya no vendía
únicamente productos. Vendía estilos de vida. Perec escribe en el momento en
que la sociedad de consumo está naciendo, en 1965, una percepción con el juego radical del lenguaje y la mirada de lo
cotidiano, lo aburrido.
O vislumbrar el sueño del capitalismo tecnológico. El
cyberpunk de “Sueñan los androides con ovejas eléctricas” de Philip K. Dick, “Snow
Crash” de Neal Stephenson y “Neuromante” de William Gibson. Megacorporaciones
que controlan ciudades precarizadas y apocalípticas.
Vicenzo Latronico en su novela “Las Perfecciones” del 2022, descubre
la fatiga del cosmopolitismo neoliberal de Berlín. Reconoce el instante en que la
época deja de creer en sí misma. La transición de la era posmoderna a la era
digital y algorítmica. Latronico retrata la era de la hiperhomogeneidad global.
Ósea.
Los escritores descubren una sensibilidad de época, un
cambio de percepción. Es una operación ligada a una conciencia estética e histórica.
Es una sensibilidad que todavía no se ha estabilizado en el lenguaje.
Es decir, un escritor reconoce una transformación antes de
que esa mutación tenga un nombre. Es una modificación en la manera en que las
personas sienten el tiempo, el amor, el trabajo, el cuerpo, la memoria o la
muerte.
Eso es profundo.
Las grandes novelas consiguen captar una sensibilidad que,
cuando apareció, todavía nadie sabía nombrar.
“El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de
nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo” (“Cien años de
soledad”, García Márquez).
La literatura es una sensibilidad. No es una opinión. No es
una consigna. No es una demanda política.
La literatura puede descubrir las nuevas formas de
experiencia humana antes de que se vuelvan evidentes para todos.
Las sensibilidades cambian porque cambian las emociones
dominantes.
Las épocas cambian cuando dejan de creer en las metáforas
que las sostenían.
Es el momento preciso en que un escritor descubre, casi sin
darse cuenta, que el futuro que había heredado ya no existe.
Esa escena, puede capturar una sensibilidad histórica.
Esa es una tarea mucho más específica que "escribir
bien".
La IA (electricidad más chips) no puede hacer eso.
¿Por qué?
Porque descubrir una sensibilidad de época necesita una
capacidad casi antropológica: percibir lo que está naciendo. Reconocer el
instante en que una época deja de creer en sí misma.
No digo que eso sea imposible para una IA en el futuro.
Esa intuición no es un dato estadístico. Es una mirada. Y esa
mirada termina siendo compartida por los lectores. Entonces, estamos ante una
obra que ha captado una sensibilidad histórica.
Esa ha sido, creo yo, una de las funciones más perdurables
de la gran ficción.
Las grandes obras descubren el “deseo de una época”.
Cada época enseña a las personas qué deben desear.
Los años sesenta enseñaban a desear el consumo moderno.
Los noventa enseñaban a desear la movilidad global.
Quizá nuestra época aún desea la sofisticada simulación
digital que desearon los yuppies del Silicon Valley.
Cada una de esas sensibilidades produjo un deseo cotidiano y
una literatura con un etiquetado emocional distinto.
El escritor descubre cuándo ha cambiado el objeto del deseo.
Estamos en el fin de la era de la hiperhomogeneidad global. Hay
indicios.
La estética de las pantallas está empezando a
resquebrajarse.
Hay un cansancio digital y un repliegue hacia lo local, lo
imperfecto y lo físico. Las nuevas generaciones buscan experiencias con
texturas, fallas y peso material.
Los nuevos formatos tienden a la fealdad deliberada, el
desencuadre. Rechazan el filtro homogéneo corporativo.
Se tiende a sistemas locales o un arraigo territorial real,
en lugar del cosmopolitismo genérico y flotante.
La simulación digital ya no contiene toda la realidad
simbólica.
Entonces, la gran pregunta para los escritores —humanos o
asistidos por IA— es la siguiente:
¿Cuál es el nuevo deseo que nacerá ahora después del
descenso del actual simulacro digital?
Si un escritor logra responder literariamente a esa
pregunta, probablemente habrá captado el pulso de una época. Esa ha sido, una
de las formas en que la ficción ha alcanzado una dimensión histórica.
Entonces, repito ¿Cuál es el nuevo deseo que está naciendo
ahora, cuando acabe el simulacro o la sumisión digital?
Esa es una pregunta difícil. Y debo ser cauteloso, porque
una sensibilidad naciente es algo que todavía no puede demostrarse. Solo puede
intuirse.
Me arriesgaría con unas hipótesis.
Cada vez aparecerán obras tras el nuevo deseo de realidad, el
deseo de una realidad imaginativa que vibra, el deseo de prestar atención, de mirar, de
cortesía, de juntarse.
Empatía ambigua de los encuentros azarosos, desordenados,
rotos. Postirónicos.
El deseo de lentitud cognitiva, de pensar despacio.
El manejo del zoom, para detenerse repentinamente en un
detalle minuciosamente elaborado.
El deseo de historias en lugares ingeniosos o naturaleza
animada, mágica.
No solamente habitar apartamentos bonitos.
El deseo nuevo de tener una experiencia imaginativa,
esotérica, que no pueda ser sustituida por otra.
El deseo de una experiencia irrepetible.
Acontecimientos interiores donde el lector sienta que nadie
podría haber vivido exactamente igual.
Quizá la literatura post-algorítmica tratará más sobre la
conciencia humana perturbadora, la vulnerabilidad y el valor de lo inútil, el
error intencional, el caos y la exploración de experiencias vitales subjetivas,
viscerales, íntimas. Una realidad desordenada, absurda, profunda. De olfato,
tacto, memoria, dolor y destellos de
felicidad.
Son hipótesis. Mi pregunta no tiene todavía respuesta total.
Y precisamente por eso me parece literariamente apasionante.
Cordialmente, tal vez para explicarme mejor, insinuaré ahora
dos autores: el chileno Javier del Cerro y su novela “La Transformación” y "Land"
de la irlandesa Maggie O'Farrell.

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