Son los últimos cantos de La Odisea de Homero desde el XIII hasta el XXIV.
¿Por qué conmueven tanto?
Porque, esos cantos de La Odisea de Homero dejan de ser la epopeya del viaje para convertirse en la epopeya del reconocimiento. Después de mares embravecidos, dioses caprichosos, monstruos y guerras, Homero nos enseña que la verdadera aventura es volver a ser reconocido por quienes nos aman. El nostos, la nostalgia, el regreso al hogar, es también el regreso a la propia identidad, el tiempo, la memoria, el amor, la pérdida.
Allí se abren las puertas de la intimidad.
La espada deja paso a la lágrima.
La gloria cede el lugar al abrazo.
La épica se transforma en ternura.
Escenas iluminan este final con una intensidad de gran literatura.
Es el reencuentro con su fiel perro Argos que agita la cola.
El enfrentamiento de Ulises con los odiosos 108 pretendientes de Penélope.
El abrazo entre un padre envejecido y un hijo que ha regresado del borde del mundo.
Es el reencuentro cuando Penélope rompe en llanto y corre hacia él.
Las guerras terminan, los monstruos desaparecen y hasta los dioses dejan de intervenir.
Lo único que permanece es el deseo, profundamente humano, de volver a casa y encontrar que todavía existe alguien capaz de decir: te he esperado.
Por eso conmueve, casi tres milenios después.
Esos cantos finales siguen conmoviéndonos con la fuerza intacta de las grandes obras.
Es el hombre que, al fin, recupera su hogar.

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